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Full text of "Conferencias y discursos. Prólogo de B. Fernández y Medina"

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Conferencias y discursos 



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http://www.archive.org/details/conferenciasydisOOzorr 












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Juan Zorrilla de San Martín 



Conferencias 



y discursos 



prólogo de B. Fernández y Medina 



MONTEVIDEO 

A. BARREIRO Y RAMOS, EDITOR 
1905 







MONTEVIDEO. — TALLERES DE A. BARREIRO Y RAMOS 

CALLE CERRO, NÚMERO 61 



PROLOGO 



>' 



Este libro, que se publica apenas terminada una guerra civil, y 
cuando las resonancias de la lucha fratricida, como una dolorosa 
imprecación del pasado, parecen sentirse aún al perderse á lo le- 
jos, es una afirmación en un país de negaciones ; es una afirma- 
ción, no sólo del talento literario y de las energías morales del 
autor, sino también del carácter de la nación que lo produce. 

Después de leerlo, todos los que tengan la inteligencia de la 
belleza y del bien comprenderán esa afirmación, y adquirirán la 
convicción consoladora de que podemos contarnos entre los paí- 
ses que, según las palabras de Pearson, tienen « la riqueza de las 
grandes acciones que han formado el carácter nacional, de las 
palabras aladas que han pasado al lenguaje corriente, de los 
ejemplos de vidas y trabajos consagrados al servicio de la repú- 
blica». 

Las Conferencias y Discursos del más grande poeta del Uru- 
guay y de la América Española, van á continuar, en esta forma 
más duradera del libro, la misión con que su autor les dio vida 
en forma oral. No son sólo «palabras de buena gracia», como 
dice el Eclesiástico, sino también ideas profundas y substancia 
valiosa de buenos estudios, que, en forma bellísima, fueron co- 
municadas á espíritus atentos, con el arte supremo é innarto de 
un orador, como pocos señor del ritmo del lenguaje, y poseedor 
del don de conmover, y de transfundir su entusiasmo y sus emo- 
ciones á los oyentes. 



VI PROLOGO 






TJn día ya lejano, el 19 de Mayo de 1879, al pie de un monu- 
mento que simboliza la independencia del Uruguay, en la Flo- 
rida, nació la gloria literaria de Juan Zorrilla de San Martín, con 
su Leyenda Patria; y, al mismo tiempo, se revelaron sus cualida- 
des incomparables de orador, que lo han hecho admirar en todas 
partes. En aquel momento glorioso, en el cual hasta la natura- 
leza pareció obedecer á su mágico acento, cuando, al describir el 
alborear de la independencia, el sol rompió el nublado para ilu- 
minar la escena, todos cuantos lo oían sintieron esa emoción in- 
definible que arrebata, que hace ver agigantado al orador, y que 
hace se le subyuguen pensamientos y voluntades. 

Desde entonces, donde quiera que su voz ha resonado con 
acento inconfundible, ya repitiendo los versos ardorosos de la 
Leyenda^ ja, afirmando, en oraciones memorables, la fe cristiana 
ó la fe nacional, evocando glorias humanas ó divinas, señalando 
en visión profética el porvenir de la raza ó la morada definitiva 
de las almas, los oyentes han sentido el estremecimiento inexpli- 
cable, la emoción que no puede ocultarse ni dominarse, como si, 
según la definición del mismo orador, « su voz resonara en las 
cabezas de los oyentes, brillara en sus ojos, ó recorriera la piel 
de sus carnes habitadas por el espíritu». 

Pero se engañará el que crea que, cual en otros oradores, las 
palabras que, en boca de Zorrilla de San Martín valen tanto, al 
leerse serán como las obras de teatro, que sólo tienen su mérito 
en acción. Nó; en las conferencias y discursos de este maravi- 
lloso orador é inspiradísimo artista, no hay sólo la belleza de la 
forma y de la expresión propia; son producciones destinadas á 
vida más larga, si no más intensa, como obra de un pensador ori- 
ginal y profundo, de un patriota, y de un creyente sincero. 

A los que pudieran creer que sus producciones oratorias, á las 
cuales animaron un día su arte y sus cualidades típicas, solo tu- 
vieron valor de circunstancias; á todos los otros que tan justa- 
mente marca Roosevelt para el gran rebaño, diciendo que no 
comprenden que un poeta pueda hacer mucho más por un país 
que el propietario de una usina cualquiera, este libro conven- 
cerá del error. 



/ Hay en este libro conferencias de rica mas no aparatosa erudi- 

ción, y admirable síntesis sociológica, como la que trata del des- 
cubrimiento y conquista del Río de la Plata; hay discursos de 
entonación épica, como el que canta el descubrimiento del nuevo 



IMtÓLOOf» Vfl 

mundo y los destinos de la ra/.u, dolanto del monasterio do la Rá- 
bida; c.oiicejjto f,larovi<l«nt<! ilo la (!nnofíanza en el dÍ8.;iirHO de 
clausura del (^-cufíroso Pedafíóf^ico; «'xpresión exacta y feliz del 
carácter de la lengua castellana y de su suerte, en la memoria 
del Con{j;reso Literario y en la alocución en la Academia Kspa- 
ñola; afirmaciones convencidas sobre el derecbo internacional, 
en el discurso del Conpjreso .Jurídico; exaltación del beroísmo y 
de la tradición nacional en el discurso sobre Lavalleja; lecciones 
de sana y previsora filosofía política, en A trabajar en paz, y en 
los pronunciados en el Salto y en el palacio de gobierno de Mon- 
tevideo; definición exactísima de la democracia cristiana y del 
génesis y carácter de nuestra revolución, en León XIII y la Amé- 
rica Latina; oraciones fúnebres, ejemplares del género, y que no 
hacen pensar en Bossuet ni en otros fríos modelos clásicos; alo- 
cuciones líricas, subjetivas, expresiones del propio yo, como di- 
ría Walt Wbitman, en el banquete á Núñez de Arce y en el que 
le dieron sus amigos al regresar de Europa. . . Todas las cuerdas 
de la lira admirable han sido pulsadas, y aquella lira de hierro 
que pidiera el poeta para cantar su Tabaré, tuvo todas las voces ; 
desde la arrebatadora del entusiasmo épico, hasta la velada por 
el llanto ante la muerte del Padre, Maestro y Amigo, que fué 
Monseñor Vera. 

II 

Vamos á hablar de esos discursos y conferencias, como si con 
los lectores juntamente los hubiéramos oído, y quisiéramos" evo- 
car las impresiones más intensas. 

La conferencia sobre el descubrimiento y conquista del Río 
de la Plata fué pronunciada en el Ateneo de Madrid. Era la época 
en que el autor representaba á su país en España, y forma 
parte de la serie con que aquel centro, de donde ha irradiado 
tanta luz, se unió á la conmemoración del cuarto centenario de 
América. 

Comienza la conferencia con una presentación que podría lia- % 
marse plástica del mundo americano y del hombre que lo habí- > 
taba al llegar el europeo; recuerda después el descubrimiento, y 
el del río de la Plata, y muestra con relieve escultórico las figu- 
ras de los conquistadores, fundadores de pueblos, núcleos de na- 
ciones , y de pronto dice : 



VIII PROLOGO 



f 



« La palabra, señores, arrojada al alma, tiene la resonancia de 
la piedra arrojada al abismo ; toman ambas las proporciones de 
la capacidad en que sus ecos se difunden; sólo por eso puedo 
acariciar la esperanza de que mi voz, al resonar en vuestro es- 
píritu, sea menos indigna de los recuerdos que evoca, de los he- 
chos que conmemora, de los gloriosos nombres que pronuncia ». 

Se presenta así con su originalidad el orador, que es siempre 
muy personal, y que establece una comunicación estrechísima 
con el público. 

Continúa estudiando el carácter de la colonización del Río de la 
Plata, y advierte que el primer acto externo de los colonos fué 
la exportación, no del oro tan funesto para España como para 
América, que engendró las encomiendas, distribución de tierras y 
hombres en que el hombre era un accesorio poseído por la tierra, 
sino de pieles y azúcar, productos del trabajo, revelación de que 
aquí no había siervos y señores, sino pastores y agricultores hu- 
mildes, que vivían al lado de los propietarios, cuando no lo eran, 
y compartían con ellos las penurias de la vida y partían el 
mismo pan. 

Habla en seguida de la calidad de los conquistadores del Plata, 
y dice que Irala y Garay, como Valdivia y otros, no tienen qui- 
zás en España la aureola de prestigio que rodea á Cortés y á 
Pizarro : « Es, dice, que el pueblo, en general, es cautivado por 
la temeraria intrepidez, la acción, la audacia inaudita, la victo- 
ria clamorosa y resonante ; por la raya hecha en tierra por Pi- 
zarro con la punta del puñal, por la fabulosa humareda de las 
naves incendiadas por Cortés», 

Esa admiración hacia el valor puramente material es para el 
autor « la forma más primitiva de la cultura humana. Todas las 
mitologías más ó menos salvajes, comienzan por la divinización 
del hombre valiente, temerario ; la luz de la civilización es la 
que va sacando poco á poco de la sombra al pensador, al poeta, 
al benefactor del hombre y de la sociedad; los representantes 
del valor moral, de la fuerza de alma, que se llama virtud, van 
entonces desalojando del espíritu del pueblo á los representantes 
divinizados de la fuerza, á medida que el pueblo avanza hacia la 
luz». 

El que así se expresa ha penetrado hondamente en la historia, 
y ha deducido esas síntesis que hoy llamamos sociológicas. Pro- 
funda y sana filosofía que aquilata acciones y personajes y los 



PRÜI.OGO IX 

muestra bajo una luz ijue permite apreciarlos con toda exac- 
titud. 

El público selecto del Ateneo de Madrid, comprendió pronto 
que oía á un pensador original, ilustradísimo, que se expresaba 
como poeta, y en forma que acaso nunca había sido superada en 
aquella tribuna. 

La impresión que causó la conferencia debe recordarse aún 
entre nosotros por 16 que reflejó la prensa española. Fué la con- 
sagración literaria, y más que literaria, de Zorrilla de San Martín, 
y le señaló el puesto culminante que iba á tener en las fiestas 
del centenario, que debían hacer perdurar, unido al nombre de su 
Patria, el del poeta, orador y diplomático que tan brillantemente 
supo representarla. 
•'f Cánovas del Castillo le hizo abrir las puertas de la Academia 
de la Historia; el gobierno español le confirió la Gran Cruz de 
Isabel la Católica ; y Sánchez Mogael, organizador con el mismo 
Cánovas de las conferencias del Ateneo, al dar cuenta de la de 
Zorrilla en la revista El Centenario, órgano oficial de la Junta 
Directiva de las solemnidades, lo hace en estos términos : 

« Ocho días después, el 25 de Febrero, dio su conferencia sobre 
el Descubrimiento y Conquista del Rio de la Plata, el señor Mi- 
nistro del Uruguay. Imaginación brillantíbima, corazón entu- 
siasta, poeta de grandes alientos, arrebató á sus oyentes desde 
los primeros períodos con el encanto y la magia de su elocuen- 
cia. Las hazañas de Juan Díaz de Solís, de Ayolas, de Irala, 
de Garay y de Ortiz de Zarate, tuvieron cantor inspiradísimo en 
el señor Zorrilla de San Martín; la colonización del territorio 
argentino, tan distinta á la de otras comarcas, expositor inteli- 
gente y discreto. 

« Aparte de estas condiciones, el señor Ministro del Uruguay 
ofreció á sus oyentes un atractivo mayor que todos en aque- 
llos momentos: el españolismo noble y generoso que rebosaba 
en sus frases, el entusiasmo con que, en nombre del mundo de 
Colón y de Isabel, publicaba la gratitud americana para con la 
madre patria. Fué aquello un acto tan esperado como oportuno; 
fué la consagración solemne de la fraternidad hispanoameri- 
cana». 

Y Miguel Cañé, después de referir en un interesante capítulo 
de su libro Prosa ligera, las circunstancias y forma en que fué 
invitado Zorrilla de San Martín para hablar en el Ateneo, dice : 



PROLOGO 



« Esa noche fui allí por primera vez, y con encanto respiré su 
culta atmósfera, tan afectuosa para nosotros. Llegado el mo- 
mento, el alma vigorosa y bien templada del poeta uruguayo 
subió hasta la tribuna su pequeña envoltura mortal. El público 
miró con sorpresa aquel rostro invadido por la hirsuta y rebelde 
cabellera que, al avanzar sobre la frente, parecía continuarla, 
para dar ancho hogar al pensamiento. Cuando empezó á hablar, 
el acento, la armonía de la palabra, la vibración de la idea, la lu- 
josa forma en que salía envuelta y la gracia con que se movía, 
conquistaron á poco andar al auditorio, que rompió en aplau- 
sos calurosos. 

« Por fin, cuando Zorrilla de San Martín, de pie en la cumbre 
que parte el istmo americano, como Balboa, miró, no ya los dos 
océanos que tendieron su inmensa majestad á los ojos atónitos 
del rudo navegante, sino el cuadro entero de esa colosal Amé- 
rica latina, que empieza en el continente austral por las regio- 
nes que baña el Orinoco y concluye en la glacial soledad del úl- 
timo cabo del mundo habitado ; cuando, como Andrade en su 
canto, descubrió una á una las naciones desprendidas del vigo- 
roso cuerpo de España, sus luchas feroces, herencia de su orga- 
nismo pasional, sus esfuerzos por surgir á la luz, sus riquezas, 
sus esperanzas y su fe en el porvenir; cuando ligó todo ese pa- 
sado al pasado de la madre patria, y confundió en la imagen 
esplendorosa del triunfo definitivo que reservan los días veni- 
deros, á la raza entera, entonces los ojos se llenaron de lágrimas, 
los corazones se agitaron á romperse, y las manos se buscaron 
instintivamente. Núñez de Arce, que estaba á mi lado, murmu- 
raba á cada instante, á mi oído, palabras de gratitud, y fué con 
un abrazo estrecho que recibió á Zorrilla, cuando éste descen- 
dió de la tribuna ». 

La resonancia de esa conferencia llegó hasta el momento de un 
triunfo mucho mayor: el que obtuvo Zorrilla en la explanada 
del Monasterio de la Rábida, en seguida de inaugurado el mo- 
numento conmemorativo del descubrimiento de América, el 12 
de Octubre, con un discurso que la prensa de Madrid fué publi- 
cando en fragmentos que se le transmitían telegráficamente. 

Es ese discurso el titulado El Mensaje de América; y, al leerlo, 
se siente una emoción intensísima, que hace pensar en la que ha de 
haber producido en el lugar y en el momento en que se pronunció. 



PRÓLOGO XI 

LóuHü la invocaciiin al p;oiiio invÍMÍblü ilo Ioh antiguoM poetan, 
la descripción do las cosas sugestivas; el monasterio, el puerto 
de Palos, ol Odi(>l, la barra del Halt«H, los liabitantos do la re- 
gión, V las carabolas. ruproiluceióri de la» nuo Uovaron A, (3olón y 
sus compañeros al encuentro do América; y tras osa pintura, que 
hacía ver la realidad y evocaba lo pasado y lo presento también 
como realidad, suenan nombres de glorias americanas, reproduc- 
ción de las españolas: HoyacA y Carabobo, Las Piodras, Salta, 
Junín y Ayacucho, la reconquista de Huenos Aires por ^lontovi- 
deo, Chacabuco, Cancha Rayada, Maipú, Ituzaingó y Sarandí; 
y los héroes: Hidalgo, Morolos, Bolívar, Sucre, San Martín, Bel- 
grano, O'Higgins, Artigas y los Treinta y Tres. 

Viene después la presentación de las banderas, que estaban 
enarboladas en torno del monumento, y que parecían escuchar 
alborozadas al orador. 

< Veo desde aquí, dice, el tricolor mejicano; distingo los colo- 
res del grupo de las hermanas centro-americanas, que parecen 
confundirse en la gloria del cielo ; allí traza Santo ÍJomingo su 
cruz blanca en el fondo transparente de este aire azul; allí es- 
tán las estrellas de las amigas boreales de la América del Sur, 
Venezuela, Colombia, Ecuador ; bien veo, más allá, la blanca es- 
trella de Chile, solitaria en su cielo azul; y allí, el bicolor pe- 
ruano, y el tricolor paraguayo más allá, y el rojo-auriverde boli- 
viano, y el blanco y el azul resplandecientes de mi hermana la 
República Argentina; y por fin, destacándose para mi alma de 
todo el grupo, como luz en la luz, como si su azul fuera un azul 
recién creado, como si su movimiento en el aire fuera personal 
y señorial como ninguno, veo conmovido resplandecer el sol de 
mi Uruguay sobre sus franjas bicolores ; veo que esa bandera se 
desprende de su grupo aéreo, se adelanta hacia mí como mi se- 
ñora. . . y siento que mis brazos se abren, que mis rodillas se 
doblan, que mis ojos se humedecen, que mi garganta se anuda. 
No me reprochéis, oh hermanos en la patria ibérica, esa mi de- 
bilidad. Vosotros la habéis sentido como yo; habéis sentido lo 
que yo. Cuando he marcado con la mano vuestro pabellón; 
cuando he pronunciado con el alma, en este momento que no 
volverá á sonar, el nombre de vuestra patria, que habéis acla- 
mado, mi voz ha resonado en vuestras cabezas, ha brillado en 
vuestros ojos, ha recorrido la piel de vuestra carne habitada por 
el espíritu » . 



PROLOGO 



Se comprende, con sólo leerlo, la impresión que debió causar 
este genial rasgo oratorio, esta inspiración en que el arte supremo 
estuvo unido al patriotismo. 

Se ve al orador dialogando con sus oyentes, infundiéndoles su 
entusiasmo y de ellos recibiéndolo, al aplaudir, nombre tras nom- 
bre, el de todas las naciones de América, para hacerse más grande, 
más sonora la aclamación, al oir ese nombre del Uruguay, tan 
musical, tan armonioso, que, como la bandera blanca y celeste, 
iluminada por el sol, hace sentir siempre que la patria es algo 
más que una combinación política y una definición geográfica. 

El orador habla en seguida del mensaje de América á la madre 
España, á la entidad política que perdura grande y gloriosa en 
el concierto de los pueblos soberanos, la que cumplía siglos en 
aquel día, la descubridora, la conquistadora, la colonizadora, la 
grande. 

« Ella existía en la raza, dice, cuando nosotros no habíamos 
nacido; ella es, pues, la madre; no la madre anciana, pues los 
pueblos no tienen edad mientras viven, sino la madre eterna- 
mente nubil ». 

« La América nació de una herida de gloria que esa España se 
hizo en el corazón ». 

Habría que citar todo el discurso, hasta las palabras del libro 
de Job, hasta el Gloria á Dios con que termina, y es el único 
digno de la gran raza cristiana. 

Fué vina grande, una hermosa expresión de justicia para Es- 
paña ese discurso que tiene conceptos que deben ser eternamente 
consoladores para la madre patria. 

Uno de los oyentes de la Rábida ha escrito este párrafo: 

« Fué de ver la sorpresa, el asombro que produjo, entre los es- 
pañoles sobre todo, yo entre ellos, aquella voz musical y vibrante, 
aquel florecimiento de la lengua castellana en labios americanos, 
aquella elocuencia inesperada que venía desde el otro lado del 
mar, como un eco del mismo mar: fresca y honda, llena de pen- 
samientos atrevidos, de ideas muy grandes y revelaciones no 
atendidas. Con saberse, como se sabía, que en América se habla 
el español, se ignoraba que pudiese hablarse así. Aquello fué un 
triunfo; el nombre del Uruguay estaba en todas las bocas, en 
muchas de ellas por la vez primera; Zorrilla de San Martín ha- 
bía descubierto el Uruguay para muchos europeos (l)>. 

(1) Saiz de Ulloa en El Correo de París, del 23 de Mayo de 1898. 



i'itoi.fxio xin 

Kl (liscui-HO Hohre Dt-revlio ¡nlcrudcittnnl ilifioro ra<li(;(iltiHuil«i 
de los juitcirioros; os otro {^óiioro do oratoria. En ól prodomina 
el raciocinio, no la sensibilidad; habla el jurisconsulto, el pensa- 
dor, ol maoHtro ; no sólo oí artista. Fut'* pronunciado en la sesión 
inaugural dol Conj;roso jurídico ilx'troamorir.ano, reunido el 20 
de Octubre do 1H92; de él sólo so había publicado algún frag- 
mento en ol diario de sesiones del Conj^reso. 

Es notable en ese discurso la precisión de conceptos sobre las 
personas y la sociedad ÍTíternacionales, el derecho entre per- 
sonas jurídicas, autoritlad internacional, derecho individual v 
social, guerra, revolución y arbitraje; la indicación certera sobre 
divergencias de criterio entre estados americanos y europeos; las 
referencias al Congreso de Montevideo y la confirmación de la 
ley personal y territorial. En esos conceptos se ve cuan arrai- 
gadas estaban ya en el autor las ideas que América ha ido ha- 
ciendo suyas en las cuestiones internacionales, y que informan 
ya tratados y actos de gran trascendencia. Hay en ese discurso 
ideas propias, trascendentales, acaso nuevas en la ciencia del 
derecho. 

La memoria sobre la lengua castellana (que va en este libro 
porque tiene la forma de una conferencia), fué presentada al Con- 
greso Literario Hispano Americano, celebrado en Madrid en No- 
viembre de 1892, y se refiere al tema «Razones de conveniencia 
general que aconsejan la conservación en toda su integridad del 
idioma castellano en los pueblos de la gran familia hispano-áme- 
ricana ». 

Empieza Zorrilla refiriéndose á la conmemoración del descu- 
brimiento, y dice cómo debe rectificarse el error de la afirmación 
histórica que designa á la toma de Constantinopla (1453) como 
el hecho inicial de la era moderna, pues los sucesos que determi- 
naron el tránsito de la época medioeval á la nueva época, son. 
sin ningún género de duda, la toma de Granada y el descubri- 
miento de América. 

— Desarrollando el tema, dice que la unidad del idioma debe ser 
I conservada con ahinco por España; que ella casi se identifica con 
la unidad nacional; y que la América debe conservar, y conser- 
vará de acuerdo con la metrópoli, la unidad de la lengua común ; 
que deben vigorizarse los agentes que á ello contribuyen, y com- 
batir los que propendan á menoscabar tan preciosa unidad. 



XIV PROLOGO 



Estudia las lenguas indígenas de América, y demuestra que, á 
diferencia de lo que sucedió con la dominación de Roma sobre las 
poblaciones europeas primitivas, en América, las poblaciones abo- 
rígenes ban sido sustituidas por la nueva raza europea, que lle- 
vaba como verbo la lengua española, y es esta exclusivamente la 
que ba servido de base á las distintas sociabilidades americanas. 
Reconoce que la lengua española debe sentir la influencia de las 
nuevas sociabilidades cultas establecidas en América, porque el 
lenguaje del pueblo es el germen de la lengua, y las lenguas y 
dialectos de nuestros aborígenes han dejado profundos vestigios; 
los vocablos vulgares de la fauna y de la flora indígenas se impo- 
nen ; las faenas del campo, por ejemplo, distintas de las europeas, 
exigen instrumentos propios, operaciones características que, 
para ser designadas, han exigido la creación de nuevos vocablos, 
los que, lejos de adulterar el idioma, lo enriquecen ; que otro tanto 
debe afirmarse de la incorporación al vocabulario de las voces y 
locuciones de otras lenguas cultas modernas, cuya influencia 
puede serle favorable y puede serie perjudicial: favorable, cuando 
aumenta su léxico con voces nuevas necesarias ó útiles, que no 
destierran del uso popular vocablos equivalentes tanto ó más 
eufónicos y expresivos, y más de acuerdo con el genio de la len- 
gua ; muy perjudicial, cuando, no sólo destierra esos vocables, sino 
que, introduciendo sonidos y signos gráficos contrarios al genio 
de la lengua, y hasta á la disposición orgánica de los que la ha- 
blan, y sobre todo, atacando la estructura sintáxica, que es el 
alma del idioma, introduce en éste el germen de la corrupción y 
de la muerte. 

Revelan estas palabras una convicción fortalecida por estudio 
y meditación, del carácter de la lengua española y de su destino 
en América. El tema está tratado profundamente, y la convicción 
del autor se impone á los qtie leen la memoria, acaso la más 
notable, por el fondo y la forma, de las presentadas al Congreso 
Literario Hispano - Americano de 1892. 

He aquí una de las producciones que, con frase de Whitman, 
hemos llamado expresiones del propio yo ; porque en él habla 
Zorrilla de San Martín del poeta, y se identifica en la efusión de 
sus sentimientos con el ilustre bardo que elogia: hablamos de 
ese armonioso discurso pronunciado en el banquete á Núñez de 
Arce. 



nioi.odo 



Itocuonla |»r¡in(>raiiH!iitL' ol orador cómo siiilió pasar las ••Htro- 
fas aladas y deapertadoras del viojo poota amigo, tocando íi glo- 
ria en sus clarines do plata, en la mañana de sus años, y desper- 
tando en su alma nubil, como cantos nupcialfís, las primeras 
rovelacionoH do puhorLad del pensamiento (;roatlor. 

Define la poesía: resplandor melodioso do los seres ó de los 
hechos, reflejados, al través de lo infinito, en las almas capaces 
de encenderse, dando forma concreta á la luz, á la eterna vibra- 
ción afinada, difumlida por el espacio invisible. 

Habla del nuunlo que es dominio ile los poetas, de donde pro- 
ceden los recuerdos sin imagen sensible, los deseos sin objeto 
propio, las revelaciones sin procedencia, los grandes silencios 
que descienden de los astros en las noches inmóviles. 

Y dice que el poeta es el que se asoma á ese mundo, para hablar 
« del amor puro que allí existe, del puro ideal de patria, emanación 
del espíritu de los héroes, que allí vive también : de la esencia del 
sacrificio y del martirio que allí se ha reconcentrado, después de 
desprenderse, sin hacer sombra, de la lágrima de una madre, de 
la gota de sangre de un soldado, de la oración de un santo, del 
quejido de un huérfano, del grito perdido en el mar de un pesca- 
dor náufrago. 

De la impresión causada por este melodioso discurso, en una 
fiesta que fué un torneo de oratoria, en que tomaron parte los 
más esclarecidos literatos españoles, puede juzgarse por lo que 
dice Benito Pérez Galdós en carta dirigida á < La Prensa » 
de Buenos Aires: 

« Y con Echegaray, dice el autor de los Episodios Nacionales, 
cito también al ministro del Uruguay, señor Zorrilla de San 
Martín, que, en aquella noche de alegrías literarias, habló en 
nombre de América y de las letras americanas. Amigo de Es- 
paña, ardiente admirador de nuestras glorias, que son, por la 
unidad de la lengua, comunes á todos los países que tienen por 
dioses mayores á Cervantes, Calderón, Quevedo, etc., expresó 
con elocuentísimo arranque esa otra fraternidad no menos bella 
que la expresada por Etchegaray. 

« Declaro que en aquella noche feliz menudearon las gratas 
sorpresas. Yo no conocía más que de nombre al digno represen- 
tante de la República Oriental. Había oído hablar de sus facul- 
tades oratorias, que me parecieron extraordinarias. La viveza 
de su imaginación corre parejas con su dominio del idioma. Po- 



PROLOGO 



see, como pocos, el arte supremo de arrebatar al auditorio, y de 
comunicarle el fuego de su inspiración tempestuosa. Y cuando 
calla el orador y habla el caballero, ¡ qué hombre tan ameno y 
simpático! En Madrid se le paga al señor Zorrilla de San Mar- 
tín con un afecto vivísimo el amor que tiene á España >. 

El discurso de clausura del Congreso Pedagógico, en que tuvo 
el cargo de Vicepresidente, obligó á Zorrilla de San Martín á 
expresar su opinión sobre la pedagogía moderna, y sobre el sis- 
tema de enseñanza aplicable á la América. 

Empezó por establecer que su patria, el Uruguay, era, entre las 
repúblicas hispano-americanas, la que más difundida tiene la 
instrucción pública y la privada en el pueblo. 

« Nadie mejor que españoles y americanos, dice después, pu- 
dieran y debieran reunirse para deliberar sobre los medios más 
adecuados de hacer fecundo su esfuerzo en pro de la instrucción 
y de la educación populares. Esos medios deben adaptarse á 
las condiciones especiales del hombre á quien deben aplicarse: á 
sus tradiciones, á sus creencias, á sus costumbres, á su carácter. 
Recurso pedagógico habrá que, produciendo magníficos frutos 
morales é intelectuales en un pueblo, puede llegar á ser de nulos 
y hasta de funestos resultados en otro, cuyo carácter y costum- 
bres difieran radicalmente de los de aquél. Sistema de enseñanza 
puede haber, que, con ser benéfico y eficaz en una nación, no ten- 
drá esas cualidades en otra. Ley de instrucción pública podría 
encontrarse, que, siendo un estímulo y una simiente de progre- 
sos en un país, se convierta en otro en una remora injusta y 
odiosa, capaz de alimentar un monopolio irracional á expensas 
de muchos gérmenes de adelanto sacrificados». 

El discurso, en que se llega á conclusiones tan exactas, de tan 
sana y práctica filosofía, termina con una admirable defensa y 
altísimo elogio de la independencia americana y sus proceres, de- 
fensa y elogio que debieron borrar el último resto de prevención 
ó resitencias que quedara en mentes españolas hacia los hombres 
que produjeron ó empujaron el hecho lógico de la revolución 
Americana, 

Y después de presentar á los hombres de la familia hispánica, 
como las hordas gaélicas, sentados en torno del hogar, reunidos 
en aquellos congresos para transmitir á los hijos tipos, ejemplos, 
sanciones, esperanzas, armas para la lucha, termina : 



l'HOl.OíiO XVÍI 

< Es preciso avanzar, marchar hacia adelante, dominar la» fuer- 
zas brutas de la naturaleza, vencer al enemigo que está, fuera 
do nosotros, con la ciencia, con el trabajo; j»firo es menester, ante 
todo, domar al enomifío que est/i dentro do nosotros, la pereza, la 
sensualidad, el egoísmo, la debilidad de carácter, la falta ile fe 
en el propio esfuerzo; domarlo con la fuerza del alma, con la vir- 
tud. Hay algo más grande que abnegarse (> sacrificarse: es el do- 
minarse, el poseerse. Hay algo más noble que realizar grandes 
acciones resonantes: es el realizar buenas acciones ignoradas. 
Eso es ser valiente según el concepto cristiano ; eso es lo que 
transmitiremos á nuestros hijos en nuestras escuelas, con la efi- 
cacia de los más perfectos recursos de la ciencia pedagógica. Eso. 
restituyendo á nuestra gran familia liispánica la mente sana en 
cuerpo sano, hará resplandecer para ella, con el supremo auxilio 
de Dios, aquellos tiempos en que, paseando por la redondez de la 
tierra por primera vez el estandarte de la Cruz y el de Castilla, 
demostró que nuestra i-aza tiene las condiciones necesarias para 
realizar grandes empresas, y para ser, como ninguna otra, la 
protagonista del mundo». 

En la fiesta celebrada en favor del « Dispensario Alfonso XIII» 
habló Zorrilla de San Martín, y su tema fué El idealismo hispá- 
nico. Este discurso es un gran acorde, una pensativa armonía, 
que debió adaptarse noblemente al ambiente del Teatro Real de 
Madrid, tan poblado de magistrales vibraciones. ¿ Es en este ó 
en los otros, donde raya á mayor altura la inspiración de este 
orador? Pregunta bien difícil de contestar, por cierto. 

Habló primero de la caridad, de la dádiva del Uruguay, la de 
menos valor, pero la más cordial ; presentó el contraste entre las 
fiestas paganas ; ensalzó las cristianas, y el idealismo hispano, 
que impulsó al descubrimiento de América, dando á Colón la 
bandera blanca con cruz roja, para que fuera á estrecharse con 
otra cruz de estrellas, que es la radiosa constelación del hemis- 
ferio austral ; con la cruz de estrellas desconocidas, recién naci- 
das, que, entre miríadas de astros nuevos, habían de saltar en el 
cielo, como chispas de un inmenso pedernal, al chocar en el 
inviolado horizonte negro las proas vencedoras de las naves es- 
pañolas. 

Véase ahora como evoca á Isabel, la gran cooperadora de Colón, 
la que comparte con él la gloria del descubrimiento : « una mujer 

PRÓLOGO. II. 



XVIII PROLOGO 



/ 



blanca, pálida, de cabellos rubios, de ojos azules casi sin mirada, 
pero llenos de recuerdos más azules y más profundos que los 
ojos, y con una alma tenue, que filtraría como una luz convale- 
ciente al través de la carne de marfil casi sagrada». 

Y después de esa evocación mágica que conmueve los corazones, 
dice : « El sol naciente del ideal, tocó á España en su cumbre 
más augusta y más sedienta de luz y de calor: en la frente de 
Isabel. España fué grande, porque, en los ojos de su reina, vio 
la realidad invisible; porque, con la fe de su mujer fuerte, creyó 
en la pi'esencia inmanente de la realidad futura ; porque, en el co- 
razón de su heroína profética, amó con pasión lo que no era 
carne ». 

Zorrilla viene á Montevideo, á hacer una visita de algunos me- 
ses á su tierra. Está de paso en ella, y es reclamado por el 
Instituto Verdi para hacerse oír en una fiesta dedicada á Santa 
Cecilia. Pronuncia entonces su oración sobre el arte musical. 

En ese discurso traza en frases sonoras, y con oportuna eru- 
dición, el origen de la música, su desarrollo, su perfeccionamiento, 
la obra de los genios. Y después cuenta la historia de Santa Ceci- 
lia, una historia que llama bien « angélica, superhumana, ininte- 
ligible para los oídos que estén llenos de tierra ». 

« El dominio de la música, dice sintetizando sus ideas, co- 
mienza allí donde termina el dominio de las otras artes, sin excluir 
el de la palabra: emociones que no tienen nombre, ensueños que 
no tienen foi'ina, vagas aspiraciones á una felicidad sin consisten- 
cia real, caricias de manos que no han existido, vaguedades infini- 
tas y tenuísimas, colores que no están en el iris, lágrimas que 
no se han hecho materiales; todo eso, que no tiene nombre, es 
ritmo, es melodía, es acorde » . . . . «La música no es ni debe ser 
imitativa, sino expresiva, sugestiva, despertadora ; es lengua ha- 
blada en infinitos mundos y por infinitos seres». * 



III 



Una brusca transición se impone á nuestro análisis; nos sale 
al encuentro el discurso A trabajar en paz, pronunciad©' por 



i'Uot, ()(;<> XIX 

Zorrilla do Sun Miirl.ín en 18H8, cuíiikIo ucahalia do .sor electo 
(liputatlo, y (leboinoH oxamiiiarlo junto con las dos r<!HoiiHnto« 
oraciouos políticas, pronunciadas quince años doapuÓH, y «lue 
figuran en el libro con los títulos Paz ú Loa hovibres y Obra de 
■paz. 

Hasta a((ui lionios visto al autor de este libro fuera do la pa- 
tria, ó de paso enella; hemos presentado al señor de la palabra, 
al erudito, al artista, al diplomático. Ahora debemos verlo en la 
patria, en la lucha; debemos considerar al ciudadano, al político, 
al leader de un principio profesado y practicado con la inque- 
brantable tenacidad de las convicciones hondas y firmísimas. 
Esos tres discursos, esculturales por la forma, lo son aun más 
por la materia: son de piedra. En el primero, en el de 1888, pro- 
clama Zorrilla sus principios sociales y políticos, los que le dicta 
la filosofía cristiana confirmada por una dolorosa experiencia, y 
y les jura fidelidad; en los dos segundos, en los de 1903, cumple 
prácticamente su promesa con la integridad y la energía inque- 
brantables de un altivo solitario. 

El orador de la Rábida, después de pronunciado en Montevi- 
deo el discurso de 1888, en que, aleccionado por la revolución del 
Quebracho en que tomó parte, declara que el ángel de la espe- 
ranza para la patria no puede ser un arcángel armado, ha pa- 
sado siete años en Europa, y lia vuelto con su convicción vigo- 
rosa como nunca, clara, señora de su espíritu: es preciso, ante 
todo y sobre todo, extirpar en su tierra el espíritu revoluciona- 
rio, germen de todos sus males; es indispensable, para ello, vi- 
gorizar, levantar, prestigiar la autoridad, muy especialmente 
cuando hay que optar entre ella y la tendencia á la revuelta. 
Roosevelt dice en su Ideal Americano que « el hombre que pro- 
duce más mal á un país libre es aquel que convence á los jóvenes 
de que uno de los caminos que conducen á la gloria, á la fama y 
á las ventajas temporales está en la resistencia armada al Go- 
bierno, y en los esfuerzos por derribarlo». Así pensaba Zorrilla 
en 1888, y así pensaba á su regreso de Europa, de acuerdo con to- 
dos los grandes pensadores, y de acuei'do sobre todo con sus prin- 
cipios católicos. '^'^ 

Ese es todo su programa político del primer momento : una vez 
realizado ese primer artículo, lo demás vendrá- 
Una revolución ha tenido lugar en el país durante su ausencia, 
la de 1897; su espíritu, casi vencedor, se ha encarnado en una 



XX PROLOGO 

personalidad extraña, extravagante, casi íbamos á decir estrafa- 
laria, elevada al poder por los sucesos : el presidente Cuestas. 
Cuestas no es hombre que se detenga ante los antecedentes y mé- 
ritos del orador de la Rábida y del Ateaeo de Madrid. Acaso 
esos mismos méritos y antecedentes son para él motivó de odio. 
No es hombre que pueda comprender, y mucho menos respetar, á 
Zorrilla de San Martín. Al contrario, se complace en la depresión 
de tales hombres. 

Con un rasgo de pluma, que trasmite á París el telégrafo, lo 
arroja de su puesto diplomático, agradeciéndole sus servicios, 
pero sin aducir un solo fundamento, sin dictar siquiera un de- 
creto de separación, sin acordarle los recursos para su viaje de 
regreso, ni el tiempo necesario para preparar el de su familia 
Lo obligó á emprender ese viaje con uno de sus hijos tan gra- 
vemente enfermo, que murió al llegar á la patria tan honrada 
por su padre. 

Zorrilla de San Martín regresó silencioso á su país, trayendo 
como último testimonio de su conducta de diplomático, la cruz 
de Comendador de la Legión de Honor que le confirió el Gobierno 
francés, y la encomienda de número de Carlos III que el Gobierno 
español agregó á la gran Cruz de Isabel que antes le había dis- 
cernido. Zorrilla regresó silencioso ; silenciosos lo recibieron tam- 
bién esta vez sus conciudadanos; no sonó una palabra en defensa 
del esclarecido representante de la nación en España y Francia ; 
ni una en contra de su injusta separación. Era el momento en que 
todo lo que sonaba en el país sonaba á aclamación á Cuestas. 
La separación de Zorrilla había sido ordenada por Cuestas, y eso 
era bastante para hacer silencio. Cuestas era una especie de 
monstruo ó de dragón sagrado, que era preciso alimentar con cual- 
quier género de víctima. 

* Por esas crisis han pasado y pasan todos los pueblos de la 
tierra, «s». 

Los principios y la virtud cívica del gran orador fueron some- 
tidos á dura prueba; pero Zorrilla triunfó de ella. Aunque no se 
acercó á Cuestas, apoyó resueltamente en la prensa el gobierno 
existente, el gobierno de Cuestas; lo apoyó hasta el fin; hasta 
el momento, que él previo, en que los más apasionados ensal- 
zadores del dragón sagrado, habían de convertirse en sus más 
encarnizados enemigos. 

Aun se recuerda bien su artículo El último cuestista, ática y 



PRÓLOGO XXI 

amarga ironía, digna de Juvenal, dirigiiia á los (^ur, liespués de 
haber levantado á, Cuestas, pretendieron dar en tierra con ól. 
Zorrilla no lo elevó ni lo hubiera jamás elevado; pero una vez 
constituido en autoridad, es él quien lo sostiene; lo sostiene so- 
bre todo ante la amenaza revolucionaria. En la opción, no puede 
vacilar un momento: será el último cuestista, es decir, el pri- 
mer enemigo de toda revolución. 

Pasa Cuestas, y es elegido legalmente el señor BatUe y Ordó- 
ñez. El espíritu revolucionario vuelve á agitarse en torno del 
nuevo gobernante. 

La actitud del orador de 18S8 no puede ser dudosa : desdeñando 
toda consideración secundaria ; sacrificando intereses, amistades 
y simpatías; encerrado en la torre de marfil de sus principios, 
apoya en Batlle la legalidad, la normalidad, el orden; y de su lira 
de hierro brotan esos dos magistrales discursos de 1903, que con- 
sagran un carácter, y definen una personalidad. 

Una. revolución se ha levantado frente al señor Batlle y 
Ordóñez, á los quince días de su elección. El esfuerzo popular 
consigue desarmarla sin lucha, y el pueblo alborozado, presidido 
por la Cámara de Comercio, van en imponente manifestación á 
aclamar con ese motivo al Presidente de la República, y á los 
doctores José P. Ramírez y Alfonso Lamas, que fueron los in- 
termediarios de pacificación. 

Zorrilla de San Martín es el órgano de ese pueblo, en su dis- 
curso Paz á los hombres, y en el saludo que dirige á los docto- 
res Ramírez y Lamas. Es órgano del pueblo, porque el pueblo 
piensa en ese momento con él. Pero bien comprende que la obra 
de paz no está terminada ; el germen de guerra no está extir- 
pado ; el pueblo será voluble, pero él no. Una nueva ocasión de 
continuar su obra institucional se le ofrece con motivo del viaje 
que hace el Presidente de la República á los departamentos del 
Norte. Acepta sin vacilar la invitación que recibe, y va; va á 
apoyar la autoridad constituida, á prestigiarla, á arraigarla en 
las entrañas del pueblo, que aun se agita receloso como el mar 
después de la tempestad. Va á ver de conjurar la nueva tempes- 
tad que relampaguea en el horizonte, y que se abatirá muy pronto 
sobre el país, á pesar de sus esfuerzos. Habla primeramente en 
Paysandú, donde es aclamado, y pronuncia después en el Salto 
el discurso que, al incorporarse en este libro, vivirá con él. 

Y debe vivir, porque es modelo de oración política en la forma; 



XXII PROLOGO 



f 



modelo de integridad de espíritu en el fondo. Debe vivir, sobre 
todo, porque es lo esencial permanente en medio de lo accidental; 
es la roca agarrada en el fondo, en medio de las olas que ruedan 
veleidosas en la superficie ; es lo que perdura y reaparece cons- 
tantemente, en medio de lo que pasa y pasa sin cesar para no vol- 
ver, ó para volver transformado. Se dirá acaso que en eso no se 
ve un político. Puede ser, aunque no lo concedemos ; pero si no 
se ve un político, se ve un hombre. La misma incorporación de 
ese discurso en este libro denuncia á ese hombre en toda su 
férrea integridad. 

Con haber hablado ya mucho, aun no hemos trazado, ni si- 
quiera ligeramente, el rasgo fundamental de la personalidad de 
Zorrilla de San Martín. Ese rasgo, que es el que se refiere al cre- 
yente y al defensor de su credo religioso, al fundador y leader de 
una causa cívica de principios en el Uruguay, está en todas las 
páginas de este libro; pero lo encontraremos especialmente en 
el discurso pronunciado en el tercer Congreso Católico del Uru- 
guay, en el que, con el título León XIII y la América Latina, 
pronunció en 1902, en el consagrado al Arzobispo de Montevi- 
deo, y en todos los otros concordantes, que, con ser numero- 
sos, no son, sin embargo, sino una parte de las palabras ger- 
minales que ha sembrado en su laboriosa vida de propagan- 
dista. 

No cabe en nuestro carácter de prologuista de este libro el 
tomar parte en la difusión de las sanas doctrinas de su autor; 
para eso está el libro; sólo debemos ofrecer una rápida sem- 
blanza de esa personalidad tan rara en nuestro tiempo. 

La obra de Zorrilla de San Martín como propagandista cató- 
lico, al presentar reunidas en este libro sus notas más salientes, 
reviste unas proporciones tales, que infundirá respeto y simpatía 
aun á sus propios adversarios. Ya lo hemos visto, en su discurso 
de 1888, ir espontáneamente al Club Católico, á hacer refrendar 
por sus correligionarios sus poderes de diputado; á refundir, en 
una sola manifestación solemne, la propaganda de sus diez pri- 
meros años de vida pública, es decir, de toda su vida anterior; á 
quemar sus naves, desligándose de todo partido político que no 
se caracterice por sus principios cristianos, á fin de consagrarse 
sólo á estos; á trazar un plan de organización, y el germen del 
gran programa de principios de una nueva entidad cívica. 



PRÓLOGO X \ 1 1 1 

En el discurso pronunciado en la Unión Católica del Uruguay 
esa tendencia tiene un amplio desarrollo. En el hay todo un j)ro- 
grama do principios y do acción. p]stH allí desde la proclama del 
credo fumlamental y esencial do la Religión del Verbo increado 
que era al principio y estaba en Dios y era Dio», hasta la pro- 
clamación de la democracia, cuya verdadera esencia define el 
orador admirablemente, presentándola como identificada con la 
patria, y como la más pura expresión ilel principio cristiano; 
desde los principios fundamentales ó indiscutibles, hasta los ar- 
tículos controvertibles del programa cívico y aun político del 
partido católico que entrevó en el porvenir, y cuyos cimientos 
están en esas sus palabras llenas de gérmenes; desde la idea fun- 
damental, hasta el detalle de la acción práctica. 

«Sí, señores, dice el orador; yo soy un viejo soñador incorre- 
gible. Cual si estuviera ligado por un voto superior á mi vo- 
luntad, -yo he renunciado al mundo, para encerrarme en el claus- 
tro solitario de mis ensueños de fe, y esperar en él la hora de la 
resurrección, y apresurarla, si fuera posible, con mi labor sin 
tregua ». J^^ 

Las ideas fundamentales de ese discurso tienen su amplio des- 
arrollo científico en la conferencia que, con el título Ltón XIII 
y la Améiñca Latina, pronunció Zorrilla algunos años después. 
En esa notabilísima pieza oratoria se ven las profundas raíces 
del árbol que ha producido, como flores y frutos, las palabras y 
las ideas armoniosas diseminadas en estas conferencias y dis- 
cursos. La marcha del Pontificado al través de los siglos ; la doc- 
trina ortodoxa sobre el origen del poder público y su aplicación 
al régimen democrático repuhlicano ; la profunda observación 
que se hace sobre la actitud de la Iglesia Católica en presencia 
de las transformaciones históricas de las sociedades civiles: el ma- 
gistral parangón entre la revolución francesa y la revolución de 
la independencia americana; la interpretación práctica, en fin. de 
las instrucciones de León XIll á los católicos ciudadanos. 

Todo en esa conferencia es fundamental: todo revela un cono- 
cimiento profundo de la ciencia del derecho; pero no de esas fi- 
losofías que, como dice Carlyle, son en los hombres el suplemento 
de su práctica y una especie de barniz lógico con que se ador- 
nan, epidermis de inteligencia con que se recubren y con la cual 
se esfuerzan por hacer admisibles sus actos instintivos y ciegos 
después que los han realizado, sino de la filosofía que, identifi- 



XXIV PROLOGO 



cada con la fe, es nervio de la vokintad, principio de acción, 
norma sagrada de conducta, sanción íntima y eficaz. 

Tracemos, siquiera sea rápidamente, la nota final, el rasgo in- 
discutido de esta interesante figura. Ese rasgo está en el dis- 
curso sobre Lavalleja ; lo está en ese Artigas que aparece como 
una sombra gigante en la conferencia sobre León XIII de que 
acabamos de hablar. 

El autor de la Leyenda Patria es, en su tierra, algo así como 
un símbolo. Su sola presencia ante la multitud sacude la fibra 
nacional. Cuando últimamente recitó en la Plaza de la Indepen- 
dencia su canto á la patria, el inmenso pueblo allí congregado 
se descubrió instintivamente al verlo subir á la tribuna. Nadie ha 
hecho despertar como él el sentimiento nacional; nadie ha arran- 
cado al pueblo oriental las aclamaciones delirantes á la patria 
que él ha arrancado cien veces al pronunciar su nombre y recor- 
/ dar sus glorias. -. — ; 
^..Á"^ Zorrilla ama á su patria con verdadero recogimiento. « Amar 
á otra patria, más que á la suya propia, escribió últimamente, es 
robar á su madre para hacer limosna». - 

En ese discurso sobre Lavalleja se refleja algo de todo eso, 
algo solamente, porque para verlo todo es preciso ver los ojos del 
orador cuando pronuncia el nombre de su patria; hubiera sido 
necesario verlo dirigir la mirada al jinete de bronce qvie se alzaba 
ante él, en la plaza de la ciudad de Minas, al viejo amigo, al 
viejo símbolo, y decirle con voz del alma: ¡Presentes, mi ge- 
neral ! 

Véase ese Lavalleja de Zorrilla de San Martín ; véase el Arti- 
gas del discurso sobre León XIII. 

Lo que hay en ellos de más notable es que la manifestación 
afectiva y conmovedora del patriotismo está unida íntimamente 
al profundo raciocinio sociológico ; el canto al héroe brota con- 
juntamente con su razón de ser y con la razón de ser de su in- 
fluencia, de su misión, de su obra. Artigas es la idea de Hegel, 
el héroe de Carlyle, el personaje reinante de Taine, la imagen 
de Goethe ; es la democracia nativa ; es la patria atlántica sub- 
tropical necesaria ; Lavalleja es el hijo primogénito de Artigas, 
el continuador de la luz profética. Nunca se ha demostrado y 
f proclamado con mayor vigor de raciocinio y de sentimiento la 
existencia de la patria uruguaya independiente. 



'KOhOGO 



IV 



QueJaa todavía otros iliacursos sin mencionar. 
Do los demás hemos recordado á los lectores rasgos é impre- 
siones de una lectura que antes de ellos liemos hecho. 

No nos ha sido posible, porque el arte poderoso nos falta, pre- 
sentarles la figura completa del autor, y ello importaba mucho, 
porque estos discursos no son producciones literarias como los 
poemas ó las novelas que se escriben; son hechos, son sucesos do 
una vida, como dice el mismo autor. No han sido formados para 
hacer un libro; han sido pronunciados para obtener un resultado 
sobre uní auditorio determinado, no sólo por medio de la idea ó 
de la imagen emitidas, sino por medio de la vibración de la voz, 
de la actitud, de la acción. Todo eso, fundido en un solo acorde, 
constituye propiamente el discurso. 

El libro que de ellos se forma tiene que ser, pues, sólo uu 
memordndmn ó un reflejo. 

Sólo podrán apreciarlo en toda su significación é intensidad 
los que nayan oído al orador. Los que no lo hayan oído, tienen 
que imaginárselo al leer estas páginas. 
K — El concepto de Zorrilla sobre sus producciones oratorias es 
este: « Yo no pronuncio lo que escribo; escribo lo que pronuncio. 
Cuando preparo un discurso en la soledad de mi estudio, pre- 
dispongo mi espíritu á hablar, no á escribir; me escucho á mi 
mismo: soy un simple taquígrafo ó amanuense de mi palabra in- 
terna, que suena en mi oído, mientras con la imaginación veo á 
mi auditorio». 

Si como orador, en las facultades que podríamos llamar físi- 
cas ó externas. Zorrilla de San Martin es eminentísimo, y puede 
ponerse entre los grandes maestros, realiza también en sus dis- 
cursos, como lo comprueba este libro, el ideal que Taine indica 
en su estudio dedicado á Macaulay en la Historia de la literatura 
inglesa: 

« Hablar en público, dice, es vulgarizar las ideas, es arrancar 
la verdad de las alturas, donde habita con algunos pensadores, 
para hacerla descender en medio de la multitud; es ponerla al 



XXVI riiOLOGO 



nivel de los espíritus comunes, que, sin esta intervención, no la 
habrían percibido nunca sino de lejos y muy por encima de ellos». 
Zorrilla sabe conciliar la novedad de la frase y la intensidad 
de la imagen con la naturaleza del género oratorio. Este no per- 
mite el uso de frases ó imágenes que, por su intensidad estética, 
no puedan ser rápidamente percibidas. Una concepción que sería 
bellísima en un poema destinado á ser leído, podría ser, no sólo 
inútil, sino perjudicial, en una pieza oratoria: el auditorio no se 
apoderaría de ella, porque la palabra oral no da tiempo á la per- 
cepción de lo que exige un poco de meditación ; toca el espíritu y 
pasa. 

No es posible, por otra parte, tener en constante tensión á un 
auditorio ; después de las locixciones intensas, es preciso hacerlo 
reposar en las sencillas, casi banales y de rápida comprensión. 

Tiene, pues, que haber diferencia, y la hay, entre el estilo y ca- 
rácter de estos discursos : los destinados al pueblo son distintos de 
los pronunciados en una asamblea científica; en los unos se revela 
el poeta; en los otros el pensador, el periodista, el profesor, el pro- 
pagandista; en todos el artista, el conocedor de la materia que 
trata y del auditorio á quien se dirige. 

Y como síntesis, como impresión definitiva de todas las pro- 
ducciones, queda la convicción de una personalidad original y 
vigorosa, que se revela con las ideas dirigentes : en el extranjero. 
no dejando pasar una ocasión de recordar á su patria el Uruguay. 
y la representación diplomática que inviste, su convicción demo- 
crática y cristiana ; en su tierra, evocando el pasado para afirmar. 
en los sólidos cimientos de su gloriosa tradición, el carácter na- 
cional ; para trazar los rumbos del futuro, la acción común, el de- 
ber de todos, confundiéndose entre los que tienen que llenar la 
misión indeclinable, y aportar el esfuerzo á la obra bendita de 
una nación á consolidar, de una sociedad á conservar para la vida 
cristiana y feliz. 

Diplomático ó simple ciudadano, su voz cálida y vibrante sólo 
se ha alzado para proclamar el ideal, para hacer afirmaciones 
luminosas, para enseñar y para alabar lo bello y lo bueno. Sus 
discursos todos, son hechos, buenos hechos, acciones de mérito. 

Los aplausos que su elocuencia arrebatadoi'a hizo bi'otar donde 
quiera, no van sin embargo indicados en la casi totalidad de eso."^ 
discursos y conferencias, como es costumbre en otros que se pi;- 
blican. No lo necesitan, ni sei'ía posible consignarlos sin inte- 



l'ltdl.oiiO XXVM 

iruinpir el ti'xti> á (^mla |)nKO ; pero ho MUMittMi, CHtáii (m toiluM 
lits púi^iiias ; (Misi podríii iltn-irsi;, iipliciindo utiii iin(i^r<ii <|iii! creo- 
tilos Vil iisatiii, i{iu* no hay nii'iH iiu*- iiplic.Hr ol oído, coiiio on tino 
de esos líennosos camcolos i|ue, deMpiiósdc rodar lar};o tiempo por 
el fondo dol mar, aparecen un día entre las arenas de la playa, 
para sentir la resonancia pordurablf. 

Montoviiloo, KiuTo lie Itífí). 

Bknjamín Fkknániíf.;^ y ^Ikdina. 



Descubrimiento y Conquista 

del 

Río de la Plata 

Conferencia dada en el Ateneo de Madrid el 25 de Enero de 1892 

(Dos ediciones en Madrid : Rlvadeoeira ( 1902 ) y Fortanet ( 1902 ) 



SUMARIO 

Exordio. — El continente americana. — El hombre americano. — 
La llegada del hombre europeo. — Juan Díaz de Solís. — 
El río de la Plata. — La conquista. — El charrúa.— Ma- 
gallanes y Etcano. — Gaboto. — Don Pedro de Mendoza. — 
Ayolas. — Irala. — Alvar Núñez. — Don Juan de Caray. — 
Fundación de ciudades. — Bnenos Aires. — Asunción. — Ca- 
rácter especial de la colonización del Río de la Plata. — 
Don Bmno Mauricio de Zabala. — Montevideo. 



Señoras : 
Señores : 

Sea por temeridad ; sea por el gran deseo que sentía 
de incorporarme, en alguna forma, á la vida activa de 
este prestigioso centro intelectual; sea por el anhelo de 
conquistar honra para mi nombre por el simple hecho de 
asociarlo al vuestro, ello es que acepté el honor que me 
dispensó el Ateneo de Madrid, al elegirme, con cortesía 
que de todas veras agradezco, para daros esta noche 
una idea del descubrimiento y conquista del Rio de la 
Plata, y vengo á cumplir mi compromiso. 

Soy, señores, el primer americano del Sur á quien 
cabe la honra de hablar desde este sitio; pero no juz- 
guéis del estado intelectual de la América, y muy espe- 
cialmente del país que tengo el honor de representar en 
España, por lo que voy á deciros esta noche; mi voz no 
es capaz de reflejar el verbo americano. No me atrevo 
ni aun á invocar, para obtener vuestra preciada benevo- 
lencia, el temor que en estos momentos no puede menos 
de embargarme ; porque, aun sin él, nada pudiera ofre- 
ceros digno de vosotros, del tema histórico que he de 



CONFERENCIAS Y DISCURSOS 



desarrollar, y del alto propósito que informa la serie de 
conferencias, de que la mía debe formar parte, con que 
el Ateneo de Madrid prepara la rememoración del des- 
cubrimiento de América. 

He vacilado, sobre todo después de haber oído á los 
esclarecidos oradores que me han precedido en otras 
conferencias, respecto de la índole que debía imprimir 
al desarrollo de un tema tan vasto, tan interesante y 
tan propicio á la prolija investigación histórica : ó bien 
desenvolvía, con detenido criterio^ un punto controver- 
tido relativo al descubrimiento y conquista del íí-ío de 
la Plata, ó bien os daba una idea general y comi^rensiva, 
pero por eso mismo ligera^ de aquel suceso, procurando 
hacer destacar de su narración los caracteres de los he- 
chos y de los hombres principales, vinculando ó esla- 
bonando mis informaciones y conclusiones con la tota- 
lidad de los hechos que constituyen el descubrimiento 
del Nuevo Mundo, dan carácter á la época en que tuvo 
lugar, y reúnen hoy á todos los hombres de la familia 
ibérica á conmemorar glorias comunes, y á estrechar sus 
vínculos tradicionales, en el regazo de los recuerdos 
centenarios. 

He optado por lo segundo, por creer que así coadyu- 
varé mejor al propósito que en esta serie de conferen- 
cias persigue el Ateneo, y que me fué comunicado : el 
de ilustrar la opinión española sobre los principales su- 
cesos del descubrimiento de América, cuyo aniversario 
va á celebrarse. 



Voy, pues, con ese objeto práctico, á daros las ligeras 
informaciones que me habéis pedido, ó, más bien, voy á 
ahorraros el trabajo de largas lecturas concordadas y 



DBSCUnRIMIBNTO IM;I, IMO I)K I,.\ ri.ATA f) 

prolijas, que liti refrescado para vosotros, tendentes á 
apreciar, primero en su conjunto, y después en sus gran- 
des detalles, el hecho memorable del descubrimiento y 
conquista de América, jjor el genio, la perseverancia y 
el valor españoles.. 

Para daros una ¡dea de aquel gran suceso, y poder en 
seguida apreciar la significación relativa, geográfica, 
etnológica é liistóricamente considerada, del descubri- 
miento y conquista del iiío de la Plata, que se derrama 
en el Atlántico, allá á los 35 grados de latitud Sur, yo 
quisiera llevaros con la imaginación, señores, al extremo 
de las glaciales latitudes del Norte, allá, al círculo polar 
ártico, y señalaros con la mano el teatro espléndido del 
drama histórico iluminado por el crepúsculo del siglo xv 
y la aurora del xvi; quisiera mostraros ese continente, 
especie de vertebrado colosal que se baña en dos océa- 
nos, y que. tocando con sus extremidades superiores, 
con la mano de la Groenlandia, la Europa, y con la que 
acaso fué el istmo de Beering, el Asia, va á sumergir, 
más allá de la Tierra del Fuego, su larga extremidad 
inferior, entre las profundidades del mar, y los eternos 
hielos inexplorados del polo antartico. 

Miradlo, señores: ahí está, con su superficie de cua~ 

renta millones de kilómetros cuadrados; con su columna 

vertebral de dos mil quinientas leguas; con sus montes 

Icomo nubes, y sus llanuras, y sus selvas; con sus volca- 

I nes, ardientes tributarios del cielo, y sus ríos, soberbios 

tributarios del mar. 

Mirad hacia abajo, desde la cima de vuestra imagi- 
nación, y ved primero esas montañas que se bifurcan y 
trifurcan teniendo por núcleo la Rocallosa: esos cinco 
lagos, que ocupan una superficie de trescientos mil küó- 
metros cuadrados ; esos ríos como mares, que se llaman 



CONFERENCIAS Y DISCURSOS 



el Misisipi y el San Lorenzo, y deteneos á escuchar un 
momento esa voz soberana de la naturaleza : es el Niá- 
gara, que se despeña cantando sus canciones inmortales, 
y prolongando las vibraciones de su interminable trueno 
casi hasta alcanzar las últimas del Tequendama, su 
incomparable rival de la América del Sur, que habla á 
su vez con su hermano el Yguazú, la más rugiente y la 
más grandiosa de las cataratas del mundo. 

Cruzad, señores, la gran meseta de Méjico; mirad de 
paso, en pie sobre ella, al Oi'izaha y al Popocatepell ; 
distinguid el golfo, el de las leyendas y las glorias, y 
pensad, al mirar aquella península de California, que se 
adelanta en el mar, quei es oro lo que circula por las 
venas subterráneas de esa especie de viscera silícica. 

Más allá, la América se estrecha para formar el istmo ; 
y, como si la tierra, estrujada y casi estrangulada, res- 
pirase con mayor violencia, levanta más su seno, y abren 
en él sus cráteres los veintisiete volcanes activos de 
Guatemala, que parecen arraigados en las entrañas del 
mar; se hunde en su profundo lecho el extenso dormido 
lago de Nicaragua ; asoman las Antillas sus trescientas 
sesenta cabezas del fondo de las aguas, como náufragos 
que sobrenadan aún del naufragio de un trozo de la tie- 
rra sumergido por la lucha sin historia de dos océanos, 
que, para encontrarse, quisieron acaso partir en dos la 
granítica cintura del continente sin lograrlo, y busca 
por fin expansión y se dilata, más allá del istmo, en 
las hermosas regiones bañadas por el Magdalevia y el 
Orinoco, precursores del Amazonas, el mayor de los ríos 
de la tierra, el cual, al encontrarse con el océano, lejos 
de sorprenderse ó arredrarse ante su azul inmensidad, 
rechaza sus aguas saladas, y corre sin confundirse con 
ellas en una extensión de trescientos kilómetros ; mirad 



DKSÜUUUlMlliiNTO UKL lUU Uü LA l'LA TA ( 

por fin, al üruguaij y al /'araná, quo, naciendo en Uh en- 
trañas de la Amórioa Meridional, en las .sierras del bra- 
sil, quo los separa d(^ los ríos (juc van hacia el Oeste, 
corren de Norte á Sur, atravesando distintas latitudes y 
climas en un trayecto de fres mil xetecientos kilómetroH, 
para formar el caudal del Río do la Plata, el grandioso 
estuario do mi patria cuyo nombre no pronuncio sin 
conmoción en este momento, y que, con una anchura dr 
cuarenta leguas, se derrama en el Océano, allá á los 
;i6 grados do latitud Sur. 

Porque mi pensamiento tiene que detenerse, señores, 
aquí, en esta costa del Atlántico, no os he mostrado, 
siquiera sea de paso, esa región inmensa que hemos de- 
jado á nuestra derecha en nuestro descenso de Norte á 
Sur, para completar este vuelo de nuestra imaginación 
sobre las cumbres: no os he hecho detener en esa tri- 
furcación de los Andes, en esa región que sigue á las 
.Antillas, y escucha, en medio de su eterna primavera, la 
voz del Tequendama; no os he señalado la espléndida 
vegetación tropical que fecunda el Amazonas; no os he 
indicado siquiera la cumbre del Chimhorazo, que se 
eleva en el desierto, ni el cono truncado del Cayambé, 
especie de columna miliaria del mundo, sobre cuya ca- 
beza blanca pasa la línea del Ecuador; ni el Pichincha 
que, como el Cerbero de la fábula, ruge por sus cuatro 
cráteres; ni el Cotopaxi de esbeltas formas matemáticas; 
ni el Ilimani más allá, ni el Sorata, ni aquellos últimos 
gigantes, guardianes de un mundo, que se levantan en 
aquel extremo, y que se llaman el Descabezado, el Maipú, 
y, por fin, el Aconcagua, la cumbre más elevada de los 
Andes, que se pierde en las nubes, á una altura de 6.894 
metros sobre el nivel del mar. 

No os he indicado los valles que se extienden entre 



CONFERENCIAS Y DISCURSOS 



los innumerables contrafuertes de los Andes, ni los la- 
gos de las cumbres, ni esa cuenca del Plata que se di- 
lata entre las dos cordilleras que franjean el conti- 
nente, con sus pampas sin orillas, sus ríos sin riberas j 
sus azules cielos sin nubes. 

Todos los climas están allí, desde el frío del polo 
basta el calor del trópico, sin encontrarse, sin embargo, 
en esas suntuosas comarcas, ni los mares de fuego de 
los desiertos africanos, ni las regiones muertas de las 
estepas del Asia; todos los cielos se proyectan en su 
cielo; todos los cantos se oyen en sus bosques; todos 
los metales circulan en las arterias subterráneas de ese 
mundo, como corrientes de fuego que bañan las raíces 
de ese bosque de piedra que se llama los Andes ; la fauna 
3^ la flora todo lo invaden, sin dar casi espacio al domi- 
nio de la infecunda arcilla; la naturaleza está pronta 
allí á recibirlo todo, á fecundizarlo, á multiplicarlo todo. 



Y sin embargo, señores, ese mundo estaba casi vacío. 
La soledad, sentada en las cumbres ó discurriendo por 
las riberas oceánicas, miraba el mar al morir el siglo xv ; 
las estrellas desconocidas brillaban en sus constelacio- 
nes ignotas, y parecían tiritar de frío. 

Mirad al hombre que allí existía : procede de una no- 
cbe misteriosa y vive sumergido en ella ; despojo de las 
tempestades del alma y de la naturaleza, vino acaso 
formando caravanas sin historia ; á excepción de algu- 
nas semicivilizaciones que agrupan algunas razas en 
torno á fragmentos monumentales ó vestigios de civili- 
zaciones humanas sin recuerdo, el hombre vaga, des- 
nudo y solitario, como el ciervo ó el tigre, por los bos- 
ques, las montañas, las costas ó las llanuras; va triste : 



DKKCl'HKIMIKNTO l>Kt, l(fo l)K I.A PLATA 9 

Hufro acaso la nostalgia do. su olvidado divino origen; 
el tiempo le ha teñido la piel con los cambiantes del 
rojo; tiene la frente estrecha, los cabellos rígidos, el 
pómulo saliente, los ojos pequeños, melancólicos y ne- 
gros; parece que camina á tientas, en actitud huraña, 
irresoluta y desconfiada; es un extranjero; en su cara 
casi no se refleja el alma; parece impasible, atónito; 
habla en voz baja; nunca ríe; apenas si una amarga 
sonrisa contrae alguna vez sus labios, formando en ellos 
una mueca desdeñosa ó sarcástica; lucha gritando, mata 
rugiendo, pero muere en silencio ; no ama, no espera, 
no canta sino alguna que otra melodía triste y monó- 
tona, y, lo que es más triste, señores, el desgraciado no 
sabe llorar. 

¿Era para ese hombre el mundo espléndido sobre cu- 
yas cumbres hemos volado? 

j Infeliz ! Ni siquiera podía sospechar sus riquezas, ni 
comprender la voz de su elocuente naturaleza, que lo 
llamaba en un idioma indescifrable para él. 

¿Era acaso señor y dueño, con derecho de propiedad 
estable sobre ese mundo ? 

Tampoco: ni siquiera lo ocupaba moralmente: era 
dueño sólo de aquello en que imprimía sus escasas facul- 
tades: de la pieza que hería con su flecha de punta de 
sílex ó de espinas de pescado; del árbol que derribaba 
para comer su fruto, ó ahuecaba al fuego para flotar en 
las aguas: pero era nómada, errante; no poseía la tie- 
rra; la mujer clavaba y desclavaba el toldo de pieles á 
cada paso, llevando á cuestas el fardo de su hijo y de 
su triste vida esclava: encendía por la mañana el hogar 
en la llanura, para volverlo á encender de nuevo en la 
cumbre al caer la tarde, mientras al hombre de la tribu, 
que no tenía más ocupación que la guerra, se le prolon- 



10 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

gaba la pupila, como á la especie felina, á fuerza de ace- 
cliar para atacar á la tribu enemiga, ó esperar su siem- 
pre inminente ataque, y satisfacer su suprema aspiración : 
lucliar, matar ó morir. 

Res sacra misera ha dicho con razón el poeta latino : 
es sagrada la desgracia; por eso está bien un latido de 
compasión, y aun de ternura, en el pecho del poeta ame- 
ricano, señores, y también del pensador cristiano, cuando 
se piensa en el inexorable destino de las razas aboríge- 
nes americanas, que desaparecieron bajo el peso de una 
ley providencial que ofusca la mente y contrista el 
corazón. 

Pero yo tengo la persuasión de que ese hombre no 
era ni podía ser un principio ; era un término, un últi- 
mo vestigio. Era joven y hermosa la naturaleza, y el 
hombre era decrépito; el hombre agonizaba, y la natu- 
raleza nacía ó renacía; el hombre temía y notaba en 
todas partes funestos presagios, y la naturaleza ansia- 
ba; el hombre cavaba su tumba, mientras la naturaleza 
cubría de musgo y flores esa tumba, y preparaba en 
ella una cuna ó un tálamo nupcial para el hombre que 
esperaba ó presentía, capaz de comprenderla, de amar- 
la y de hacerla madre. 



Vosotros sabéis, señores, cómo el hombre llegó ; voso- 
tros conocéis y habéis escuchado muchas veces la historia 
de las tres sagradas carabelas ; habéis sentido repercu- 
tir en vuestras almas emocionadas el débil cañonazo de 
la Pinta, el grito de / Tierra ! y el Ave Maris Stella de 
las tripulaciones arrodilladas en torno de la figura pro- 
f ética de Colón, y ante la cruz que las guiaba. Pero 
acaso no habéis oído, ni se ha interpretado aún, el grito 



DESCUBRIMIENTO DKI. Itío IiK I. A IM,AT\ II 

inaudito de ¡el lunnfu'e! lanzado por la naturaleza ame- 
ricana, por sus bosques, por sus montañas, por sus con- 
fusas lejanías atónitas, al sentir clavarse en su suelo y 
flotar en sus airos las dos cruces, emblema de su reden- 
ción: la cruz divina que había redimido á la humanidad 
catorce siglos atrás, levantada en la cumbre del Calva- 
rio, y la cruz roja en campo blanco, gloriosa enseña do 
Castilla, que acababa de salvar la civilización cristiana 
de Europa, enhiesta en las almenas de la torre de la 
Vela de Granada. 

Y yo os quiero hacer notar, señores, en apoyo de 
esta idea que ha preocupado algunas veces mi imagina- 
ción, exaltada por lo grande, que hay una faz misteriosa 
en el descubrimiento de América : Colón 3' sus marine- 
ros no la buscaban: ellos buscaban sólo el Oriente por 
el Occidente ; no fueron, pues, las carabelas las que sa- 
lieron al encuentro de América: fué América la que / 
salió al paso á los heroicos naA'egantes. para detenerlos 
y decirles: «Aquí estoy '>. 



Fué recto y prodigioso el viaje, vosotros lo sabéis, 
pues os lo han narrado ya desde esta tribuna oradores 
más elocuentes que yo; fué asombrosamente favorable 
al desarrollo de la grande empresa el sitio á que arriba- 
ron las carabelas: precisamente el centro, la conjunción 
de las dos Américas: parece, señores, que aquellos vien- 
tos que empujaron á las videntes naves fueron grandes 
inspiraciones del pecho oprimido del mundo que las espe- 
raba, y que las atrajo precisamente á su corazón, al 
centro mismo de su ser. 

Cerca relativamente de la isla de Guanahani. á que 
arribó Colón, estaba el istmo, la parte más estrecha del 



12 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

continente, que, aun después de descubierto, era, comc> 
tal, desconocido; según la opinión general, las tierras 
recién reveladas constituían la parte oriental del Asia, 
como sabéis. El mar misterioso estaba dominado: la 
fe, el genio y el valor le habían arrancado su secreto ; 
pero detrás de las montañas que cerraban el horizonte 
de las nuevas tierras, estaba, como oculto y agazapado, 
otro coloso : era el mar del Sur, el inmenso mar encar- 
gado de desvanecer el error de Colón, y de revelar al 
mundo que la tierra que había salido del abismo al en- 
cuentro de sus mensajeros, no érala costa del Asia, sino 
un nuevo é inmenso continente, que ensanchaba las 
proporciones del planeta. 

Vosotros ya sabéis, señores, cómo el ilustre y desven- 
turado Vasco Núñez de Balboa atravesó el istmo, con 
un puñado de héroes, entre montañas, bosques impene- 
trables, marismas y pantanos de aliento mortífero, ani- 
males venenosos y hombres fieros. 

Su descubrimiento ¡Drodujo jDrofunda impresión en 
España, 3^ cambió el rumbo de los proyectos. Se apres- 
taba una nueva expedición á la India, cuando llegó á 
la Península- la noticia de la existencia del mar de 
Balboa. 

¿ Luego es un nuevo continente, y no la costa orien- 
tal del antiguo, lo que ha sido encontrado en esos igno- 
tos mares? 

¡ Pues á buscar sin dilación el paso entre uno y otro 
mar al través de ese continente! se dijo. ¿Es éste gran- 
de? ¿Es pequeño? ¿Está el paso cerca del istmo? ¿En- 
grana esa tierra en el polo_, en lo misterioso? ¿Está allí 
la fortuna ó la muerte? 

Eso no detenía entonces ni hacía vacilar aquellos 
corazones férreos. Era necesario buscar el paso marí- 



nB.S(M'imiMIKNTÍ) DKI. It(0 DK I, A l'I.ATA l.T 

timo, do Oriente A Occidente, á través dol mundo nuo- 
vo, y <'l puso debía aparecer sin diliuicíu. 



Y allá van, aoñores, surcando los maros desconocidos, 
otras tros poqiioflas naves, que han salido el 8 de Octu- 
bre (lo 151;") (k'l puorto di* Le[)o. Allí va, sereno, en el 
puente de la capitana, fijos los ojos en la rosa de bitá- 
cora, uno de los primeros navegantes de su tiempo : el 
bizarro y honesto Juan Díaz de Solís, piloto mayor de 
España, cuyo nombre hace palpitar en estos momentos» 
mi corazón de americano, de rioplatense y de cristiano. 
jEl buen Díaz de Solís! 

Va á buscar la muerto, señores; pero sus frágiles na- 
ves avanzan, y siguen avanzando, y navegan dos mil le- 
guas ¡dos mil leguas, señores! hacia el Sur, sin desaliento, 
hasta que allá, á los 35 grados de latitud, nota el piloto 
que la tierra cambia de rumbo y se dirige al Occidente. 

Se adelantan las naves en esa dirección, casi seguras 
<le haber hallado el estrecho en que debían fundirse las 
salobres aguas de los dos océanos; pero pronto el asom- 
bro las embarga: aquella inmensa cantidad de agua 
sin riberas que cortaban sus quillas era dulce y potable. ■^ 

/ Un mar dulce ! \ 

Las naves españolas surcaban por primera vez el Río j 
de la Plata. I 

¡ El Río de la Plata ! ¡ También había de llamarse así f 
en definitiva, señores, en el mundo de Colón, que se 
llama América^ el gran río, que no tiene plata, ni en 
sus costas, ni en sus arenas, pero tiene en cambio, en 
las primeras, los restos ignorados de Juan Díaz de Solís! 

Este se adelanta con una de sus naves á reconocer el 
imo de los dos caudalosos ríos que, al desembocar, for- 



14 COKFBRBNCIAS Y DISCUKSOS 



man el grande estuario que los naturales llamaban 
Paraná- Guazú, Rio como mar; penetra en el verde 
Uruguay^ que, á diferencia del Paraná^ de profuso delta, 
desemboca por un solo brazo de grandes proporciones, 
y fondea cerca de su ribera oriental en tierra firme : la 
actual República del Uruguay, mi buena y querida 
tierra. 

El sitio del desembarco de Solís ha sido objeto de 
reñidas controversias ; se ha controvertido y se contro- 
vierte hasta el hecho de ser Solís quien primero navegó 
el Río de la Plata, pues hay quien afirma que, desde 
15Ó6, los navegantes holandeses y portugueses cruza- 
ron sus aguas, y que los segundos, conducidos por Amé- 
rico Vespucio, tomaron posesión de sus costas en nom- 
bre del monarca lusitano ; podría con esas investiga- 
ciones, aun no incorporadas á la historia, formarse 
una conferencia no escasa de interés y novedad; pero, 
como antes os lo he anunciado, no es la controversia ni 
la paciente investigación histórica el objeto de este 
discurso. Dejemos, pues, á los historiadores en su labo- 
riosa y meritoria tarea; tomemos sólo sus conclusiones 
aceptadas y corrientes hasta ahora, y acompañemos 
hasta su ignorada y gloriosa tumba á Juan Díaz de So- 
lís, ya que nuestro propósito es ante todo apologético. 

El descubridor desembarca con algunos compañeros 
en la costa, á tomar posesión de aquella hermosa tierra 
subtropical, de clima europeo, en nombre del rey de 
España; entre los jarales y los bosques inmediatos lo 
acecha el charrúa, el indio que, con los querandíes de 
la ribera occidental y las demás tribus que en esas lati- 
tudes tenían derramadas la raza tupí-guaranitica y la 
chaqueña, fué acaso el indio más fiero é indomable de 
América, y cuya conquista ha costado más sangre espa- 



DE.s('i:iuciMifc:N"ro ui-u. nm ni: i..\ n.ATA 15 



ñola en el continente de Colón, se^ún el sontir autori- 
zado de don Félix de Azara. 

Y allí reveló dc^sgraciadamente su fiereza: el siniestro 
alarido de guerra y muerte brotó de entre los jarales 
repentinamente, y la flecha charnia atravesó el corazón 
del descubridor y sus compañeros, que fueron destro- 
zados á la vista de los que en la nave habían quedado, 
y que regresaron á España con la triste nueva. Debo 
omitir detalles, señores, y, con maj'or razón, controver- 
sias históricas sobre los hechos que os narro. La histo- 
ria etnológica del Río de la Plata está aún por estu- 
diar. Se discute si fueron efectivamente las tribus 
charrúas quienes sacrificaron á Solís; si lo fueron, éste 
no fué devorado como se ha dicho, porque los charrúas 
no eran antropófagos; se estudia aún el origen de las 
diversas razas de hombres que poblaban aquellos terri- 
torios, sus nombres, sus lenguas, sus costumbres, sus 
caracteres antropológicos. Un campo vastísimo se ofrece 
allí á la ciencia : pero en este momento, debemos decir 
con el altísimo poeta: « non raggionar di loi'». Pasemos, 
pues, señores, y esperemos á que los sabios nos den sus 
conclusiones. 



El primer jalón de la conquista del Río de la Plata 
está plantado; el reguero de generosa sangre española 
es la primer senda abierta á la civilización en el seno 
de mi patria, y vosotros me permitiréis, señores, que el 
tiempo que había de invertir en minuciosos detalles 
históricos, que me están tentando, lo invierta oon prefe- 
rencia en ofrecer á la memoria de aquellos primeros 
mártires de la civilización americana el homenaje de 
mi admiración y de mi gi-atitud. 



16 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

Como se ha dicho con razón, somos nosotros, más 
aún que vosotros, los que heredamos los frutos del árbol 
regado con esa sangre ; somos, pues, nosotros, los ame- 
ricanos, los hispánicos nacidos en América, los que en 
primer término estamos en el deber de admirar la me- 
moria de los que la vertieron, y de vindicarla siempre 
con reconocimiento filial. 

Yo, señores, hijo de la tierra en que Solís halló su 
tumba, al tener que recordaros toda la sangre, todo el 
heroísmo que reclamó su conquista para la civilización 
cristiana á esta noble madre patria española, temo que 
puedan atribuirse á lisonjero halago ó á gratitud de 
huésped reconocido, las ideas y sentimientos que sobre 
esos hechos y esas glorias españolas estoy en el deber 
de enunciar, pues brotan espontáneas al calor de los re- 
cuerdos. Pero felizmente puedo reproduciros aquí mi 
sentir, manifestado en el seno de la patria, cuándo no 
creí ciertamente que había de presentarse esta feliz oca- 
sión de decíroslo á vosotros. Ved cómo yo expresaba, 
hace diez años, en mi poema Tabaré, lo que eran la con- 
quista de mi tierra y sus conquistadores : 

« Como el cachorro oculto bajo el cuerpo 

Del tigre provocado, 
Así se oculta la uruguaya tierra 
De su indómito rey bajo los arcos. 

El indio ruge, al escuchar la planta 

Del extranjero blanco, 
Con rugidos de rabia y de deseo, 
Siempre en acecho, cauteloso, huraño. 

Brilla el ojo del indio en la espesura; 

Suena por todos lados 
Su alarido feroz; brotan rabiosos 
De entre las flores sus agudos dardos. 



DESCUBRIMIENTO DEL RtO DB LA PLATA 17 



¿Dónde 86 escomien? Donde esconde el viento 

Sus p;rito.s i^'norados; 
Donde esconde la muerte las lumbreras 
Que enciende sobre el haz de los pantanos. 

Allí donde tan sólo se ve un p^rupo 

De chircas ó de cardos, 
Hay rostros escondidos y en acecho, 
Siempre despiertos, sangre olfateando. 

Allá en el matorral algo se mueve: 

¿Quién trepa en el barranco? 
¿Sentís un grito en la lejana orilla? 
Es la muerte; si vais, veréis su rastro. 

¿Que hay más allá? Lo ignoto, lo imprevisto, 

Quizá lo sobrehumano; 
Algo más que la muerte, más oscuro . . . 
¿Quién se llega hasta él? ¿Quién va á retarlo? 

España va; la cruz de su bandera, 

Su incomparable hidalgo ; 
La noble madre raza, en cuyo pecho, 
Si un mundo se estrelló, se hizo pedazos. 

El pueblo altivo, que, en la edad sin nombre, 

Era el cerebro acaso 
Del continente muerto, 
Ya sumergido en el abismo atlántico, 

Que, no teniendo en sí, para el cadáver 

De aquel coloso espacio, 
Dejó asomar, sobre la vasta tumba. 
Miembro insepulto, el mundo americano. 

Sólo España, ¿ quién más ? sólo ella pudo, 

Con paso temerario. 
Luchar con lo fatal desconocido, 
Despertar el abismo, y provocarlo; 



COK». T DISC. 



18 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

Llegarse á herir el lomo del desierto, 

Dormido entre los brazos 
De la infioita soledad su madre, 

Y en él clavar el pabellón ci'istiano, 

Y resistir la convulsión suprema 
Del monstruo aquel, al revolverse airado. 

Sin que el pavor le acongojara el alma, 
Ni el resistir le desarmara el brazo. 

Así pensaba y así pienso, señores: sólo España, Yo 
creo que es iin postulado histórico y sociológico que 
los hechos heroicos no son realizados al azar por los 
I pueblos : los realiza quien debe realizarlos, quien merece 
realizarlos, no otro. Si sólo España comprendió á Colón, 
fué porque sólo España, en aquel entonces, tenía la ca- 
pacidad necesaria para contener su genio ; porque sólo 
ella era, por consiguiente, tan grande como Colón. Lo 
heroico no se lleva á término por casualidad ó por sor- 
presa, porque el heroísmo es realidad, es persistencia, 
es el grado supremo de la virtud, que significa fuerza. 

Y así fué, señores : la sangre de Juan Díaz de Solís y 
sus compañeros no hizo vacilar el corazón español, por- 
que estaba forjado para eso; no constituyó una valla^ 
trazó una senda; y la conquista recomienza bien pronto, 
para hacer de aquellas vastas regiones desconocidas, el 
teatro de hazañas y sacrificios que emulan con los más 
grandes realizados por los conquistadores de América, 
y del mundo por consiguiente, y cuya narración no 
puede caber desgraciadamente en los estrechos límites 
de una conferencia académica, con el detalle que su in- 
terés reclamaría. 

Después de Solís, es Magallanes quien, en persecu- 
ción del paso marítimo al través del continente, visita 



DESCUBRIMIENTO 1>I2I. Itio 1>K l.A TLATA 1!> 

de nuevo, el año 1020, el Río de la Plata; pero el buque 
que ha enviado hacia el Norte, rogrosa á los quince 
días, después de haber reconocido el espléndido río Pa- 
raná, y haber adquirido la convicción de que, tanto este 
como el Uiuguay, )io se desviaban hasta sus fuentes de 
su rumbo hacia el Norte; no estaba, pues, allí el paso 
de oriente á occidente que se buscaba. 

Efectivamente: el Uruguay y el Paraná son el Eufra- 
tes y el Tigris americanos, que forman la Mesopotamia 
argentina, incomparablemente mayor y más fecunda 
que la que, en los tiempos antiguos, dio vidaá las Níni- 
ves y Babilonias de histórica opulencia. 

Dejemos, pues, á Magallanes seguir su ruta ; no pode- 
mos, señores, acompañarlo en su famosa expedición de 
descubrimiento del estrecho de su nombre, que voz más 
galana que la mía os hará conocer; él, por fin, halló el 
paso, entre uno y otro océano, que tantos habían bus- 
cado ; no podemos detenernos ni un instante en su se- 
pulcro, en una de las islas oceánicas, ni seguir ese re- 
guero de sangre española al través del mar y de las 
islas, vertida por los héroes que dieron por primera vez 
la vuelta al mundo á las órdenes de Sebastián Elcano, 
el bizarro guipuzcoano; ni siquiera podemos saludar el 
arribo á Sanlúcar de la nao Victoria^ tripulada por solos 
17 hombres, restos de los 265 españoles que, con Maga- 
llanes y Elcano, pasearon por primera vez el pabellón 
de la Cruz y el de Castilla por toda la redondez de la 
tierra. Esas hazañas sin precedente atraen casi irresis- 
tiblemente nuestro espíritu; ellas nos traen á la memo- 
ria, y quizá no nos hacen aparecer tan hinchada como 
parece, la hipérbole del poeta popular que, en su ardo- 
roso entusiasmo, nos dice que no hay un puñado de 
tierra sin una tumba española ; pero las naves de Sebas- 



20 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

tián Gabofco, el tercer explorador, entran al E,ío de la 
Plata con una nueva expedición descubridora, y allí 
me reclama mi deber de conferenciante con tema y 
tiempo limitados. Seguidme tras él, señores. 



Estamos en 1526, y es en esta fecha cuando, después 
del descubrimiento, comienza la conquista, y conjunta- 
mente la colonización del Río de la Plata. 

Me permitiréis, señores, haceros una ligerísima expo- 
sición de los hechos, para ofreceros en seguida las con- 
sideraciones que ellos sugieren á la crítica histórica, y 
dan especialísimo carácter á la conquista y población 
del que será virreinato de Buenos Aires. 

Sebastián Gaboto, que sale de Sevilla en 1526, inicia 
la población de aquellas tierras. Penetra en el Uruguay; 
en su margen oriental, confluencia con el río San Sal- 
vador, deja un fuerte con un puñado de valientes, que 
luchan contra el irreductible indio charrúa, hasta caer 
bajo la zarpa de la indomable fiera moribunda; remonta 
en seguida el Paraná, y fija allí el legendario fuerte de 
JSancti Spiritu, teatro inmediatamente de una de las más 
melodiosas y trágicas leyendas americanas, en que la 
figura transparente de Lucia Miranda, la hermosa he- 
roína del amor conyugal, flota sobre el vapor de san- 
gre de la guarnición exterminada, y se ofrece hoy al 
poema, más aún que á la historia, como la Elena de una 
Ilíada salvaje, con el prestigio del amor y del martirio. 

Sigue remontando el Paraná, y penetra al E-ío Para- 
guay, donde trescientas piraguas guaraníticas, como una 
invasión de cocodrilos, atacan su nave. Lucha, vence y 
regresa á España, después de haber dejado iniciada la 
población de aquellas regiones, sin más apoyo que el 



DBSCIIHIUMIHNTO DKI, Itlo IH: I, A IM.ATA '_M 



inan(lol>l(> (1«^1 Holdaflo, y algunas »*fíiiH^raH aJianzas con 
las tribus salvajes circunvecinas. 

Lo sucode en la labor, en 1534, don Pedro do Mendoza, 
que conduce una grande expedición de catorce naves, 
que llevan á su honlo 2.500 españoles y 150 alemanes. 
Lle¿;an los expedicionarios á la niurfjjen derecha del gran 
río, y los aires estivales que llenan sus })ulmones fati- 
gados, les inspiran el nombre de la ciudad que allí fun- 
daron, destinada á »er la suntuosa metrópoli del Plata: 
allí amasaron con sangre los cimientos de Santa María 
de Buenos Aires. 

Pero el indio querandí, el rival en fiereza del cha- 
rrúa de la orilla oriental, sitia y diezma noche y día á 
la guarnición, y hace imposible su permanencia en 
aquel sitio. Envía entonces Mendoza á sus dos bizarros 
capitanes, don Juan de Ayolas y don Domingo de Irala, 
á buscar al Norte un sitio más propicio y hospitalario; 
y mientras Mendoza, enfermo y desalentado, regresa á 
España para morir en la travesía, Ayolas é Irala, que, 
como todos los héroes, se agigantan ante el peligro, cla- 
van, nuevo jalón de la conquista, allá en las costas sej)- 
tentrionales del río Paraguay, las estacadas y débiles 
baluartes del fuerte de la Asunción^ en el que queda 
Irala en lucha sin cuartel con los naturales, mientras 
Ayolas, como Juan Díaz de Solís, va á buscar la muerte, 
á manos de los indios, en las soledades del gran Chaco 
argentino, que había cruzado hasta llegar á las fronte- 
ras del Perú. ^,0s dais cuenta, señores, de lo que es cru- 
zar desde la desembocadura del Plata hasta el Perú? 
Aun hoy, es una empresa temeraria; entonces, realizada 
por algunos hombres vestidos de hierro y armados de 
imperfectos arcabuces, era una obra sobrehumana, á la 
que los conquistadores daban cima todos los días. 



22 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

Irala espera en la Asunción, constituida en centro de 
la conquista, al nuevo adelantado designado por la corte, 
don Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que se pone en 
viaje el 2 de Noviembre de 1540, y, llegando en sus na- 
ves hasta Santa Catalina sobre el Atlántico, emprende 
por tierra, con 300 españoles y 36 caballos, la travesía 
hasta la Asunción; otro viaje asombroso y que rivaliza 
con los más arduos y peligrosos de la conquista. Ima- 
ginaos, señores, esa nueva travesía: de las costas del 
Atlántico, hoy territorio del Brasil, á la cuenca central 
del continente, al Paraguay. Alvar Núñez la hizo, atra- 
vesando los ríos en piraguas, y las montañas, sabe Dios 
cómo, y sin j)erder un solo hombre. 

Las disensiones surgidas entonces en la Asunción, y 
las rivalidades entre Irala y Alvar Núñez, no caben en 
los estrechos límites de esta ligera ojeada histórica; tie- 
nen, por otra parte, el mismo carácter que las otras 
disensiones acaecidas en la Española, en Méjico, en el 
Darién ó en el Perú, y que son un rasgo tan caracterís- 
tico de nuestra raza, que forma tal vez el defecto de 
nuestras cualidades. 

x4.1var Núñez es conducido á España, é Irala, á fin de 
legitimar su gobierno, emprende viaje al Perú, desde 
cuyas fronteras manda cumplimentar á La Gasea, el 
ilustre vencedor de Pizarro, y gran organizador del vi- 
rreinato en el Pacífico. 

La figura de Irala, una vez confirmado en el go- 
bierno, es de primera magnitud en la historia de la con- 
quista: noble, valiente, activo y organizador, recon- 
centra en la Asunción los últimos restos de la diezmada 
población de Buenos Aires, que queda, por entonces, 
abandonada; tienta nuevamente la fundación de una 
colonia á la entrada del Plata, en la tierra del charrúa, 



UBSOnnitlMIKlNTO UK\. ufo l>K t.A l'I.ATA 22{ 

que inmediatamento la destro/a y aniíjiiila; orfjanizael 
gobierno; recibe al })iimer obispo de la Asunción; pro- 
tege y estimula el trabajo honrado y rejiroductor, y 
toma posesión estable y definitiva de aquellas tierras, 
sometiendo jí los indios, y reduciéndolos á jjrestar sus 
servicios. 

Pero ya ha surgido á su lado el que ha de emularlo 
en hechos, en glorias y en virtudes: es el hidalgo vas- 
congado don Juan de Garay, el verdadero y definivo 
funilador de la ciudad de Buenos Aires, y el tipo pro- 
tagonista acaso de aquella colonización. 

Don Juan de Garay es encargado en la Asunción de 
explorar el Paraná y radicar en sus márgenes la con- 
quista; inicia su obra con la fundación, á orillas del río, 
de la ciudad de Santa Fe, y allí, uniendo el valor indo- 
mable del soldado al tino del sociólogo, reduce á las tri- 
bus indígenas, que engruesan sus filas, y serán sus po- 
derosos auxiliares, y aun sus colonos. 

Sin él, muy triste destino hubiera cabido á la expe- 
dición del nuevo adelantado, don Juan Ortiz de Zarate, 
cuyo contrato con el rey Felipe II es el último asiento 
celebrado para la conquista del Río de la Plata. 

Don Juan Ortiz de Zarate, hombre de condiciones 
muy inferiores á su época, penetra con su expedición 
al Río de la Plata el año 1573, se interna en el Uruguay, 
y va á levantar un fortín, precisamente donde Solís 3' 
sus compañeros fueron sacrificados: en la tierra de los 
charrúas, acaudillados á la sazón por el fiero y valiente 
cacique Sapicán. 

No tardan en comenzar las hostilidades, y los con- 
quistadores tienen que abandonar la tierra firme, para 
refugiarse al fin en la pequeña isla de Martín García, 
en cuyas costas naufragan las naves, quedando la des- 



24 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

trozada colonia en la más triste extremidad. La muerte 
de todos era el más probable de los desenlaces. 

Aparece entonces don Juan de Garay en su socorro. 
El río Uruguay lo recibe rencoroso y fiero, como cons- 
tituido en implacable aliado del charrúa, y hace nau- 
fragar la nave de Garay, que arroja destrozada sobre 
la costa; pero el ilustre vascongado, sacado á la orilla 
en hombros por algunos de los indios que lo acompa- 
ñan, empapado, jadeante, organiza rápidamente el grupo 
de sus soldados que ha tomado tierra, y presenta al cha- 
rrúa batalla desesperada y definitiva. El arcediano 
Barco de Centenera nos la describe en todos sus hite- 
resantes detalles; yo los he incorporado en lengua mu- 
sical al poema del Uruguay que os he citado ; pero ellos 
no tienen cabida en esta ligerísima ojeada histórica. 
Una certera flecha mata el caballo de Garay; otra se 
clava en su pecho ; pero el bizarro capitán se arranca 
esta ensangrentada, monta en otro corcel, y conduce á 
su heroico grupo á la más completa victoria, que ani- 
quila para siempre al indomable charrúa, dejando muer- 
tos en el campo á sus principales caciques. 

Garay es entonces el verdadero protagonista en aquel 
vasto teatro, y con él puede darse por terminada la con- 
quista del Río de la Plata. Sucede á Ortiz de Zarate en 
el gobierno de la Asunción, después de un período in- 
termedio insignificante; enfrena á los salvajes, y parte 
con sólo sesenta hombres á repoblar á Buenos Aires, en 
cuyo puerto levanta sus pendones el 11 de Junio de 1580, 
y deja para siempre enhiesta allí la bandera de Castilla, 
dando á los querandíes, como en la otra orilla á los 
charrúas, la última batalla, que los hace desalojar las 
costas y replegarse á las tierras interiores. 

Falta el rasgo definitivo de tan gloriosa vida: el sa- 



DBSCirURIMIBNTO DKI, KÍO HK LA PLATA 25 

crií'icio. Seguro ya do la coin})l('üi sumi.siúu do lo.s indios, 
sale do Bueiioa Aires en 1584 á visitar sus provincias, en 
dirección á la Asunción; y, como Solís en el Uruf^nay, 
y como Ayoliis cu ol mismo Paraná, es inmolado con 
todos sus compañeros por un gru¡)0 errante de indios 
minuanos que acechan el desembarco, asaltan á los ex- 
pedicionarios entre las sombras, y los hacen pasar del 
sueño del tiempo al de la eternidad y la gloria. 



La conquista de Río de la Plata puede darse por ter- 
minada, señores, con el gobierno de Garay y la funda- 
ción de Buenos Aires, que ha de ser la metrópoli del 
virreinato; porque, al par que los hechos que acabo de 
indicaros se realizaban en el litoral de los grandes ríos 
tributarios del Plata, y en el del Plata mismo, otra con- 
quista y otra colonización, convergentes al mismo lito- 
ral, han venido desde el antiguo imperio de Manco Ca- 
pac y Atahualpa, los hijos del Sol, ya dominado por las 
armas españolas, y han poblado el interior del país. 

Al mismo tiempo que Solís descubría por el Atlán- 
tico el E-ío de la Plata, los conquistadores que iban en 
pos de Balboa desde el norte, desde el istmo, por el Pa- 
cífico, se acercaban á las mismas latitudes en las costas 
del este, y, persiguiendo ambos grupos el paso, al tra-i 
vés del continente, ó las más fáciles comunicaciones te- 
rrestres, marchaban los unos al encuentro de los otros, 
explorando inmensos territorios, cruzando llanuras sin 
límites, bordeando pantanos intransitables, ó tramon- 
tando casi inaccesibles cordilleras. 

En el mismo año 1527, en que habéis visto á Gaboto 
fundar en el Paraná el desventurado fuerte de Sancti 
Spiritu, centinela perdido y avanzado en el desierto, 



26 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

Pizarro trazaba en el Pacífico la raya aquella de Oriente 
á Poniente, que debía separar los liéroes de los hombres. 
En el mismo año 1535, tienen lugar la primera funda- 
ción de Buenos Aires y la de Lima, núcleos de los fu- 
turos virreinatos ; en el mismo 1573, en que los con- 
quistadores del Plata se dirigen al Occidente con la 
fundación de Santa Fe, la ciudad de Garay, los con- 
quistadores del Pacífico adelantan hacia el Oriente con 
la fundación de Córdoba del Tucumán, bajando á las 
pampas argentinas por las gargantas de los contrafuer- 
tes orientales de los Andes, y poblando á su paso el 
Alto Perú, actual República de Bolivia, mientras allá 
por las vertientes occidentales, otro grupo puebla el 
reino de Chile, replegando hacia el extremo sur del 
continente, en porfiada lucha, á las tribus araucanas 
que, fieras y valientes, aunque no tan indomables como 
los charrúas del Uruguay, disputan palmo á palmo á 
los hombres nuevos la tierra que canta el poeta-soldado 
de aquella conquista; conquista tan legendaria como la 
del Plata, pero más afortunada, puesto que tuvo voz y 
acento imperioso, por el solo hecho, señores, de haber 
vibrado en el alma y en la lira del excelso cantor de su 
grandeza. 



Os he trazado, como lo veis, señores, sólo líneas gene- 
rales; os he mostrado sólo el esqueleto de la grande 
historia, al que vuestra imaginación inteligente y pre- 
parada dará, á no dudarlo, músculos y nervios, arterias 
y circulación y vida. La palabra, señores, arrojada al 
alma, tiene la resonancia de la piedra arrojada al abis- 
mo; toman ambas las proporciones de la capacidad en 
que sus ecos se difunden ; sólo por eso puedo acariciar 



DBSCUUKIMIBNTO UKI- HIo I»K I, A l'f.ATA 27 



la esperanza de cjiíomi voz, al icsfuiar cu vut-stio cHpí- 
ritu, sea menos ¡iidigua (J«i los recuerdos que evoca, do 
los hechos que conmemora, de los gloriosos nombres que 
pronuncia. 

Fijad, pues, vosotros mismos las proporciones de la em- 
presa que os he narrado ; recordad que el teatro cruzado 
por los descubridores en todas direcciones, como si un 
niño trazara líneas sobre un plano, era un territorio que 
ocupaba la cuarta parte de la América Meridional, que se 
extendía desde los 55 grados de latitud sur hasta cerca 
de los 10 grados dentro del trópico de Capricornio, y 
que ha dado territorio magnífico á las hoy repúblicas 
independientes del Uruguay, Argentina, Paraguay y 
Bolivia; recordad, por fin, el carácter indómito de las 
tribus aborígenes aliadas del desierto pavoroso y del 
bosque impenetrable, que salían á cada paso al encuen- 
tro del descubridor; no olvidéis los elementos de loco- 
moción y de guerra, así ofensivos como defensivos, 
con que podían contar aquellos hombres, y conven- 
dréis conmigo en que el descubrimiento y conquista 
del Río de la Plata es de lo más grandioso y homérico 
en la historia del descubrimiento y conquista del mundo 
de Colón. 



Indicados los hechos, me permitiréis, señores, que, 
para terminar, os haga algunas ligeras consideraciones 
á su respecto, y os señale los caracteres que distinguen, 
de una manera clara y precisa, la colonización de aque- 
llos vastos territorios. 

El Río de la Plata, en la gran cuenca que lo caracte- 
riza, tuvo una inapreciable fortuna: no tenía oro. 

En cambio, la madre tierra, virgen y fecunda enton- 



28 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

ees como hoy, y adaptable como ninguna á la vida del 
hombre europeo por su clima y por sus productos, ofre- 
cía su seno al trabajo que ennoblece y constituye socia- 
bilidades homogéneas y solidarias. Así, el conquistador 
tenía que transformarse allí inmediatamente en colono, 
en pastor ó en agricultor ; tenía que renunciar á la aven- 
tura y á la opresión, que es su consecuencia natural, 
para radicarse, constituir su hogar, y rendir el tributo 
de su trabajo á la agradecida tierra, que muy pronto 
demostró que es madre generosa para aquellos que sa- 
ben regar su seno con el sudor de su frente, antes que 
mancharlo con la sangre de su hermano. 

Y una prueba de ello la tenemos, señores, en que el 
primer acto externo de los colonos, muy poco después 
de la fundación de Buenos Aires, el año 1580, es la ex- 
portación, no de ese oro, causa de tanta opresión y de 
tanta desgracia en otras regiones, y que, en este caso, 
mejor que en ningún otro, podría llamarse vil metal., 
pues no enriqueció ni á España ni á América; no de ese 
oro que engendró las encomiendas, distribución de tie- 
rras y hombres en que el hombre era un accesorio po- 
seído por la tierra, sino de pieles y azúcar, producto del 
trabajo reproductor, y que revelaban que allí no había 
siervos y señores, sino pastores y agricultores humil- 
des, que vivían al lado de los propietarios de la tierra, 
y que compartían con sus amos las penurias de la vida, 
y partían con ellos el mismo pan. 

Los indígenas no domados se replegaban á las tierras 
interiores; pero los sometidos, gracias especialmente al 
esfuerzo del misionero, que fué el primer héroe de la 
conquista, se amoldaban á la vida civil y estable de los 
conquistadores, y formaban sus hogares á su lado : es 
que no veían cercanas las bocas de las minas, como tum- 



DB8CUBRIMIKNTO DlOf, nlo nic I.A M.ATA 29 

bas (li! mandíbulas siempre abiertas para recibirlos al 
caer bajo el poso de su esclavitud sin esj)orauza. 

A estas circunstancias naturales, se af^rego el carác- 
ter de los ilustres contjuistadores cuyos nombres he 
ofrecido á vuestro recuerdo y á vuestra admiración. 

Irala y Garaj' en el Río de la Plata, como Valdivia 
en Chile, no tienen quizá en España, según lo he no- 
tado, la aureola de prestigio guerrero que rodea á Cor- 
tés ó á Pizarro : es que el pueblo, en general, es cauti- 
vado por la temeraria intrepidez, la acción, la audacia 
inaudita, la victoria clamorosa y resonante; por la raya 
hecha en tierra por Pizarro con la punta del puñal; por 
la fabulosa humareda de las naves incendiadas por Cor- 
tés. Esa admiración hacia ol valor puramente material 
es, si bien lo examináis, la forma más primitiva de la 
cultura humana ; todas las mitologías más ó menos sal- 
vajes comienzan por la divinización del hombre valiente, 
temerario; la luz de la civilización es la que va sacando 
poco á poco de la sombra al pensador, al poeta, al be- 
nefactor del hombre y de la sociedad ; los representan- 
tes del valor moral, de la fuerza de alma, que se llama 
virtud, van desalojando del espíritu del pueblo á los re- 
presentantes divinizados de la fuerza, á medida que el 
pueblo avanza hacia la luz. 

Los Pizarro y los Cortés eran héroes extraordinarios 
por su valor, es cierto, y digna es su memoria, por con- 
siguiente, del homenaje de la posteridad ; pero los con- 
quistadores del Río de la Plata eran héroes y, al mismo 
tiempo, colonizadores y magistrados. Tras de la con- 
quista heroica, ya organizaban la colonia, ya fijaban 
residencia al hombre, ya acallaban el espíritu de aven- 
tura, y despertaban el de trabajo y de orden. 

De ahí que los primitivos pobladores del Río de la 



30 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

Plata puedan considerarse, nó aventureros, sino ver- 
daderos inmigrantes; muchos de ellos fueron acompa- 
ñados de sus mujeres é hijos; en las expediciones figu- 
raban veteranos de las guerras de Flandes y Alemania, 
entre los que se contaban un hermano de leche del em- 
perador Carlos V, un hermano de Santa Teresa de Je- 
sús, y muchos capitanes y oficiales, « gentes que fueron 
sin duda, dice don Félix de Azara, los más distinguidos 
é ilustres entre los conquistadores de Indias». 

La grande expedición de don Pedro de Mendoza, por 
ejemplo, una de las más numerosas yricas que^fueron 
á América, no tuvo necesidad de reclutar gentes de poco 
valer y escasas disposiciones, para formar su núcleo 
principal. Gracias á las noticias traídas á España por 
Gaboto, muchos hombres de gran valía se disputaban 
un puesto en las naves. Muchos hijosdalgo de cuenta, 
dice Díaz de Guzmán, gentiles hombres del Rey, caba- 
lleros de las grandes órdenes, y apellidos de ilustre li- 
naje, daban carácter á ese conjunto de hombres y fami- 
lias, base de la sociabilidad ríoplatense. 

Esos fueron, señores, los rasgos característicos de 
aquella conquista; y ellos acaso demuestran que los con- 
quistadores de América tuvieron que sufrir la influen- 
cia del medio en que desarrollaban su acción, de una 
manera casi inevitable ; y que á los fundados cargos que 
se hacen contra los reprensibles abusos de los aventu- 
reros que explotaron la encomienda ó la mita en condi- 
ciones de crueldad, después de sometido el indio, podría 
contestarse con amargura, pero también con verdad, en 
la forma gráfica del poeta: « Crimen fueron del tiempo; 
nó de España». 



DKSCUHHIMIENTO Dl.f- lUO DIO Í,A l'I-ATA .il 

Aquí podría (lar por loniiiiuida, señores, mi tarea; he 
procurado daros una ligera idoa dol descubrimiento y 
conquista del Río de la Plata, indicándoos los hechos, 
los liombres y las consideraciones que, en primer tér- 
mino, se ofrecen á nuestro examen; pero ni daría inte- 
gridad al cuadro que esbozo, ni, dado el carácter subje- 
tivo que instintivamente he impreso á esto estudio, 
satisfaría una exigencia de mi alma, si no os pronun- 
ciara siquiera el nombre del mariscal don Bruno Mau- 
ricio de Zabala, fundador de Montevideo, mi patria, 
que, con Buenos Aires, han sido las dos metrópolis del 
Plata, capitales hoy de los dos pueblos hermanos que 
se sientan en sus márgenes, definitiva é irrevocable- 
mente independientes, bajo la protección de Dios. 

Median casi dos siglos, señores, entre la fundación de 
una y otra metrópoli. Los conquistadores se empeña- 
ban en buscar un centro de unión imposible entre las 
poblaciones del Atlántico y las del Pacífico, y, en vez 
de fijarse en la desembocadura del Plata, prefirieron 
internarse en el Paraguay, y fundar allí su metrópoli 
atlántica. Creyeron que la Asunción debía ser el centro 
de aquella conquista, que se extendía entre el Atlántico 
y el Pacífico, y dejaron casi abandonado el hermoso 
territorio que se desarrolla entre el Uruguay, el Plata y 
el Atlántico, y que pertenecía, sin embargo, á los do- 
minios españoles. Ese territorio quedó mucho tiempo 
despoblado é inerme, aun después de la fundación de 
I Buenos Aires, y hubo de atraer necesariamente la aten- 
ción y la codicia de otras naciones que, sin el esfuerzo 
del ilustre mariscal vascongado, acaso nos hubieran 
arrebatado á los hijos del Uruguay lo que hoy á vos- 
otros nos vincula: la sangre española, la fe, la lengua, 
las tradiciones, las glorias que acabo de recordaros, y 
que consideramos tan nuestras como vuestras, señores. 



32 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

"^ Don Bruno Mauricio de Zabala tuvo que luchar largo 
tiempo, y contra muchos y poderosos enemigos, para 

, conseguir ese objeto; pero, con la fundación de Monte- 

* video en 1726, salvó definitivamente para la raza espa- 
ñola el hermoso territorio que hoy ocupa la República 
del Uruguay; y, al darle por capital una gran plaza 
fuerte, la primera de aquellas regiones ; al establecer en 
ella personalmante el Cabildo^ Justicia y Regimiento que 
había de constituir su gobierno político y económico, 
dio á ese feraz territorio que se extiende hasta el Atlán- 
tico, al oriente del Uruguay y del Plata, una persona- 
lidad propia, una autonomía poderosa dentro del vi- 
rreinato, y lo marcó, desde ese momento, como patri- 
monio inconfundible de un futuro estado independiente. 
Esa es la genealogía de todos los de América, señores: 
un baluarte y un cabildo fueron en todos ellos la si- 
miente de una nación. 

...«» Los primeros conquistadores de América, señores, 
allá en el gran siglo xvi, parece que eran guiados de un 
instinto profetice: con los cimientos de las ciudades que 
fundaban, echaban los de las futuras nacionalidades 
americanas ; el patrimonio de cada una de éstas debía 
ser el heredado de España; sus límites, los trazados por 
los demarcadores españoles. ^ 

Pizarro funda en 1535 la ciudad de los Reyes, la her- 
mosa señora del Rimac, nombre que, transformado en 
Lima, es hoy el de la capital del Perú; don Pedro de 
Mendoza, en el mismo año 1535, amasa con la sangre 
de las dos razas en pugna, como lo hemos visto, los ci- 
mientos de Buenos Aires, sobre cuyas cenizas levantará 
más tarde, en 1580, la población definitiva, el ilustre 
don Juan de Garay; Quesada clava las primeras esta- 
cadas de Santa Pe de Bogotá, en 1538; Valdivia se fija 



DiCSC'iniKIMIKNTO DKI, KÍO DiS I. A l'I.ATA íií\ 

en Saiitiiifío (i(^ Chile, y domina el \*allo dtl Míiporho 
con sus primeros baluartes, en 1547; LosacJa, cajiitán 
de Ponco de León, funda á Caracas en 15f37; Irala la 
Asunción, en 1534, allá en las costas septentrionales 
del río Paraguay. 

Todas esas ciudades serán más tarde capitales de las 
repúblicas americanas. 

Don Bruno Mauricio de Zabala trazó, pues, las fron- 
teras de una nueva patria hispánica al emplazar los 
cañones de la cindadela de Montevideo; esta fué la 
Roma cuadrada de mi patria uruguaya, y Zabala, el 
gran Zabala. como le llama el deán Funes, su jjriraer 
ilustre precursor. Débole, pues, señores, en este mo- 
mento, un tributo de especial afecto; debo presentaros 
á ese hidalgo sin tacha, cuyo nombre no puedo confun- 
dir con los de los demás esforzados colonizadores del 
Plata, con ser éstos lo que fueron, porque suena á mi 
oído de uruguayo como una nota amiga que quiere des- 
prenderse del gran acorde. 

Yo he ido j)ersonalmente á Durango, señores, en el 
viejo señorío de Vizcaya, sólo por conocer el sitio en 
que Zabala vio la luz, al finalizar el siglo xvii; por ver 
el noble solar de sus abuelos ; por respirar el aire que 
él respiró ; he ido á Durango, como si fuera en piadosa 
peregrinación patriótica, y como si en la cuna del hidalgo 
vascongado fuera á encontrar algo de la cuna de mi 
patria americana. 

Conoced á Zabala, señores, conocedlo en vuestra 
España. 

El esforzado hidalgo recibió una educación esmerada, 
y se dedicó, desde su primera juventud, á la carrera de 
las armas, en la que siempre descolló por su valor se- 
reno, y, muy especialmente, por la nobleza de su carác- 

COKF. Y DISC. 3. 



34 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

ter señorial. El mariscal era un gran señor: era el tipo 
de aquellos caballeros vascones, sanos y hermosos de 
cuerpo y alma, que lucharon en Roncesvalles, y cuyas 
voces guerreras animan el canto de Altabiscar. 

Luchó bajo las banderas de su patria en las campa- 
ñas de Flandes: el bombardeo de Namur lo vio en los 
puestos de mayor peligro; en el sitio de Gribraltar, en 
el ataque de San Mateo, en Zaragoza y en Alcántara, 
combatió bizarramente, ascendiendo siempre en su bri- 
llante carrera. En el sitio de Lérida rindió á la patria 
el tributo de su sangre: un proyectil enemigo le des- 
trozó un brazo, que perdió ; y esa honrosa mutilación, 
con muchas otras cicatrices, constituían otras tantas 
condecoraciones, que el bizarro hidalgo ostentaba al 
lado de la roja insignia de la orden de Calatrava. 

Era ese el hombre que, el 11 de Julio de 1717, tomaba 
posesión del cargo de gobernador y capitán general de 
Buenos Aires, con el grado de mariscal de campo, que 
le había sido conferido en premio de sus servicios. 

^ Precisamente en ese mismo año, se realizaba, en las 
costas del territorio á que antes me he referido, del que, 
abandonado por los conquistadores, estaba á punto de 
caer en manos no españolas, una tentativa más de toma 
de posesión por Esteban Moreau, corsario francés que 
desembarcaba en la costa de Maldonado. .¡^^ 

..^ Moreau ya había sido precedido en esos propósitos 
por corsarios holandeses, portugueses y dinamarqueses, 
desde el célebre pirata Toinás Cavendish, que apareció 
por aquellas costas en 1687. — 

^ Zabala desaloja á Moreau, capturándole dos de sus 
buques; pero el corsario reaparece de nuevo en 1720, 
aprovechando el abandono en que de nuevo queda la 
costa oriental del Plata. ^ 



DBMCIMiUlMIKNTo !>i:(, UÍo l>K I.A IM.ATA Jló 

^ Kl gdlxunador envía eiitonceH al capitán Paiulo y 
Patino, quien traba un combate con el audaz aventurero, 
en que éste muere, y sus tropas se rinden á discreción. 

Poco tarda Zabala on tener (pui acudir una vez más ¡t 
salvar para España esa codiciada región del continente. 

Era ella, de mucho tiempo atrás, campo constante de 
batalla entre españoles y portugueses, como quiera que 
por allí pasaba la línea divisoria do sus mutuos dominios, 
y la corte española había dictado las providencias necesa- 
rias para impedir que Portugal ni nación alguna se apo- 
derase de los puertos de Maldonado y Montevideo; pero la 
falta de recursos había hecho imposible su fortificación ; 
allí estaba, pues, como eterna manzana de discordia. 
>, En 1723, los portugueses se posesionan resueltamente 
de Montevideo, lo pueblan, lo fortifican, y, ala intima- 
ción de Zabala para que sea desalojado, invocan el do- 
minio de su nación sobre aquel territorio; el Uruguay 
y el Plata debían ser, según ellos, la línea divisoria occi- 
dental de los dominios portugueses, que hoy constituyen 
la espléndida herencia de nuestros hermanos del Brasil. 

El gobernador Zabala arma entonces y equipa tres 
navios, que manda personalmente, y se dirige á reivin- 
dicar el puerto usurpado. 

No se le opone resistencia : antes de llegar á Monte- 
video, el jefe portugués le comunica su retiro, « por no 
quebrantar las paces, y en vista de los aparatos con que 
intentaban atacarle » ; pero Zabala no incurre en la de- 
sidia de sus predecesores: continúa su marcha hasta la 
ensenada, la fortifica, y dispone su ocupación de una 
manera sólida y permanente. 

En Febrero de 1724. comienza á construir el fuerte de 
San José, que se conservó hasta hace pocos años, y no 
cesa en su labor, en la que despliega extraordinaria acti- 



36 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

vidad y energía, hasta dejar cerrada la línea de baluartes. 
Dirige entonces una expresiva comunicación ala corte, 
en que da cuenta de sus procedimientos, y en la que enca- 
rece la necesidad de atender aquella hermosa fracción 
de los dominios españoles, y por fin consigue su objeto. 
*-«« Sus procedimientos son aprobados por Real Cédula 

* de 16 de Abril de 1725, en la que también se dispone 
f que cuatrocientos hombres fueran á constituir la guar- 
, nición de Montevideo y Maldonado, y treinta y cinco 

* familias del reino de G-alicia^ y otras tantas de las islas 
> Canarias, constituyeran la primitiva población. En esa 
, real cédula el soberano da á Zabala muchas gracias, y, 
, en su real nombre, le manda se las dé á la ciudad, mili- 

. tares y demás vasallos que concurrieron á esa función. ^ 
Zabala realizaba, pues, el móvil supremo de sus ge- 
nerosos esfuerzos. Tiene entonces que trasladarse al 
Paraguay por orden expresa del virrey del Perú, para 
someter á Antequera y restablecer el orden allí pertur- 
bado; pero una vez llenada enérgicamente su misión, 
vuelve á ocuparse de la población de Montevideo ; y no 
habiendo aún llegado las familias pobladoras que se es- 
peraban de España, procede, sin más dilación, á su fun- 
dación solemne, con algunas familias de Buenos Aires. 
Hace delinear la futura ciudad por el capitán de cora- 
zas don Pedro Millán, y, el 30 de Enero de 1726, bajo 
la advocación de San Felipe y Santiago, en recuerdo del 
soberano á la sazón reinante, Felipe V, funda solemne 
y definitivamente la hermosa ciudad, que ha de ser más 
tarde capital de la República Oriental del Uruguay. 

Todos sus esfuerzos se concretaron entonces á fomen- 
tar la recién nacida población: declaró hijosdalgo y per- 
sonas nobles de linaje y solar conocido á los poblado- 
res de Montevideo y sus descendientes; ofreció trans- 



\: 



DIfiSCUnRI MIENTO DKfi Itlo l>K I. A l'l. Al \ H7 

|)()ite librn, y aoliiros, y campos, y «^aiiaíJos, y semilIaH 
y exención del pago do alcabalas, á todos los qne (luisie- 
ran pasar do Buonos Aires á incor¡)orarsn á la pobla- 
ción oriental; y t'uó personalmente á inspeccionarla, do- 
tándola entonces de una organización ílolinitiva, al 
organizaren ella el (cabildo, .lnstic'm y /'cf/iinirufo i)íir-A 
su gobierno })olítico y ocomhnico. 

üevistió el acto de instalación del primer cabildo toda 
hi solemnidad posible; Zabala, personalmente, recibió 
ol juramento á los cabildantes electos; mandó abrir los 
cimientos do la iglesia parroquial al norte de la ])laza 
mayor; distribuyó auxilios de todo género á los vecinos; 
fundó un hospicio de franciscanos, y, terminada su obra, 
regresó á Buenos Aires, donde el rey ^ para premiar ate 
celo, intel'Hjenc'ia y diacreclón, demostrados en siete años 
de gobierno de la provincia del E-ío de la Plata, lo pro- 
movió, ya teniente general, á la presidencia de Chile. 

Pero el ilustre Zabala debía vincular su nombre sólo 
al Plata, y muy especialmente á Montevideo: antes de 
emprender su viaje al través de los Andes, y cuando re- 
gresaba del Paraguay, á donde tuvo que acudir de nuevo 
á apaciguar disturbios que enérgicamente sofocó, lo 
sorprendió la muerte en el Paraná, el año 173-i. 

¿Preveía don Bruno Mauricio de Zabala, señores, al 
desarrollar tanto empeño é inteligencia tanta en la fun- 
dación de Montevideo, que estaba su ciudad destinada 
á tan importantes destinos en el porvenir"? 

¿La soñó acaso llamada por su rey la mmj noble 
D reconquistadora ciudad, y privilegiada en la éj^oca co- 
lonial con el uso de la corona real en su escudo, su- 
premo honor entonces para una ciudad, en premio de 
la heroica reconquista de Buenos Aires, que ella inició 
en un esfuerzo que hoy causa asombro? 



38 CONFEREIíCIAS Y DISCURSOS 

¿Previo acaso el rápido incremento que tomó aquel 
pequeño cabildo formado por él, y que, dando carácter 
y personalidad propia á aquella ciudad, había de echar 
los cimientos de altivez é independencia que son la base 
de un pueblo libre ? 

Los hombres son instrumentos de la Providencia, 
señores, y los que son grandes, lo son porque ella los 
( ha llamado á grandes destinos: nunca sus actos son ple- 
namente conscientes en cuanto á sus resultados; pero 
los hijos de la hermosa ciudad de Zabala; los hijos de 
la república de que ella fué núcleo y tradición de vida 
y gobierno propio, amamos y bendecimos el recuerdo del 
ilustre vascongado, viendo en su esfuerzo el germen de 
la patria independiente; reclamamos para él el lauro de 
los grandes hombres, y sentimos la más viva satisfac- 
ción cuando contribuímos, en el seno de la madre patria, 
á honrar la j)ura memoria del último de los fundadores 
de grandes ciudades españolas en el mundo de Colón. 
Zabala significa, pues, para nosotros, algo que se 
identifica con la patria misma, por que significa la hi- 
dalga genealogía de la patria. Los heroicos conquista- 
dores, nuestros padres, creían defender y defendían 
realmente entonces colonias; pero hicieron mucho más: 
echaron los cimientos de naciones que hoy son para Es- 
paña, incomparablemente más que colonias: son hijas 
cuyas glorias tendrán que reflejarse siempre en la ma- 
dre que no olvidan ni olvidarán jamás ; son ramas de 
V aquel tronco vigoroso regado al brotar en América con 
~*^ la sangre de Solís, de Ayolas y de G-aray, y que, por 
""^ el simple hecho de vivir hoy con vida propia y exu- 
^ berante, son prueba evidente del incontrastable vigor 
■w del tronco de que proceden. 

Por eso, señores, como el Perú hace la apoteosis de 



DBSCUHItlMIlfiNTO I)!íl- Itío DK Í,A PLATA JH> 



Pizarro, como Ruchos Airos da el nomljre de Garay á 
una de sus calles; como Chile levanta la estatua de Val- 
divia, Monto vidoo da el nombre de Solís ú su lirincipa! 
coliseo, y levanta en una de sus plazas, votada ])or el 
parlamento, la estatua de su fundador, don Bruno Mau- 
ricio de Zabala. 

Es el altar de la raza, señores, que complementa y 
preside, en el orden cronológico histórico, los otros alta- 
res de la patria independiente; es la protesta de bronce 
que dice al mundo, y á vosotros especialmente, que si 
por ley providencial se pueden y es indispensable rom- 
per vínculos políticos, no pueden romperse, ni se rom- 
perán jamás los de la sangre, los de la fe, los de la len- 
gua y los de las tradiciones y glorias que nos son co- 
munes, y constituyen nuestro orgullo conjuntamente 
con las demás glorias nacionales. 

Que Dios proteja, señores, los destinos de nuestra J 
familia hispánica, de los cuales jamás debemos desespe- ^ 
rar. ¿Quién sabe? Acaso España fué un día, geológica- ^ 
mente considerada, la cabeza del gran coloso destro- ^ 
zado y sumergido en parte por el Atlántico. Que el ^ 
tiempo confirme, señores, esa atrevida suposición : sea ^ 
ahora España la cabeza, el cerebro, el pensamiento; ^ 
palpite en América el corazón, mientras circula para / 
siempre en todo ese inmenso organismo, dueño tal vez ^ 
del porvenir del mundo, la sangre y los recuerdos de / 
los Cortés, de los Pizarro, de los Valdivia, de los Irala ^ 
3^ los Garay, de los Juan Díaz de Solís y de los Bruno f 
Mauricio de Zabala. 




El Mensaje de América 

Discurso pronunciado en la csplanada del Monasterio de la Rábida, 
después de inaugurado el monumento conmemorativo del des- 
cubrimiento de América, 12 de Octubre de 1892, 



( Publicado en la prensa 
de Madrid en fragmentos transmitidos tcle¡;ráficamente de la Rábida) 



SUMARIO 

La sugestión de las cosas: El Monasterio de la Rábida, el 
Puerto de Palos, el Odicl, la barra del Satcs, los habitantes 
de la región, las carabelas. — La persona Hispania. — Lo 
que es una nacionalidad. — La nacionalidad ibérica. — Su 
curso al través del tiempo y del espacio. — Dos mensajes: 
el de América á España; el del mundo españsl al genio 
hispánico. — Gloria á Dios. 



Y bien, señores : seré yo, pues así lo queréis, y puesto 
que alguno de entre nosotros, los rej^resentantes ameri- 
canos, ha de ser, seré yo, á pesar de todo, quien preste 
su voz á nuestra América, que, efectivamente, necesita 
hablar, que quiere hablar, que nos hace señas imperiosas 
de que hablemos en este momento. No hay duda: se 
siente flotar aquí un mensaje inarticulado que satura 
esta atmósfera; se le siente bajar, en lluvia vibrante y 
sutil, de ese cielo azul que nos envuelve . . . Yo tengo 
que recogerlo, y articularlo, y transmitirlo; yo tengo 
que darle alguna forma, ¿ no es verdad ? tengo que abri- 
garlo en una frase que uo existe aún. 

Aquí procedería, señores, la vieja invocación de lo.s 
poetas al Genio invisible ; nunca mi palabra se ha sen- 
tido más desproporcionada con el ambiente en que tiene 
que dar un sonido ajustado á una enorme armonía: 
nunca más pequeña, ante el gran momento vacío que 
tiene que llenar de un pensamiento generoso que lo 
ilumine; nunca más estrecha, para contener eso que 
anda en el aire sobre nuestras cabezas, y para dar asilo 
al tropel de ideas y sentimientos comunes, que, desper- 
tados en el fondo de todos nosotros, buscan en mi boca 
su verbo melodioso y perdurable, su verbo americano. 



44 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

Yo quisiera imprimirle entusiasmo, con toda su signifi- 
cación helénica, en theos, eco de un dios interior ; qui- 
siera darle ternura filial, solemnidad religiosa, vibración 
heroica, ruido de mar en playas remotas ó de bosques 
tropicales sacudidos por el viento, rumor de multitud 
invisible, elocuencia de tempestad ... yo quisiera más : 
quisiera darle toda la expresión de un gran silencio, 
que sólo el silencio es grande, ¿no es así? sólo el si- 
lencio es grande, señores, ante las cosas que nos ro- 
dean, y ños están mirando, y que parecen circundadas 
de un nimbo de luz tenuísima que de ellas emana, como 
si fueran cosas santas. 

j Todo esto que nos circunda está animado de una vida 
■ extraña, de un espíritu sonoro; todo: la tierra que pi- 
samos, el aire que respiramos, el sol que nos alumbra, 
el instante que suena en el reloj del tiempo, y que nos 
recuerda que, ahora hace cuatro siglos, partió Colón 
de alli, de esa punta de tierra que está allí; y esas tres 
carabelas que vemos allá fondeadas, y que, á la voz 
creadora del arte, han resucitado á los cuatrocientos 
años de entre los barcos muertos, cruzaron por ahí, j)or 
esas aguas rojizas del Odiel, y atravesaron aquella ba- 
rra del Saltes, y se perdieron por allá, por detrás de 
esa colina del monasterio, en busca del mar azul, que 
entonces, como hoy, estaba tal cual lo hemos visto al 
cruzar la ría: manso y apacible como una fiera dormida 
al sol ; azul, como si todo el cielo hubiera descendido 
hasta el agua transparente. /^ 

¡Y el viento era propicio; y era amiga la aurora; y 
el viento era propicio! ¡Era el volar del espíritu, del 
grande espíritu! 

Aquel, señores, es el convento, el verdadero con- 
vento déla Rábida; su nombre sólo, produce un esca- 



Kl. MKN.SA.IK tilC A.MfCHK^A 45 



lofrío c»n nuestra carne; osa e» la cni/ <l<' liimo dci la 
explanada, la cruz (luo couocóíh, a(iuella on cuya pjrade- 
ría do piodra, esa misma que está ahí, so sentó Colón 
ol niño, mionlras «d viejo, »d mensajero, ajioyado en hu 
báculo, l'uó á golpear a([uella ¡)uerta, en la (puí nos pa- 
rece vamos á ver aparecer al Padre Marchena; ved 
aquel caserío que comienza á blanquear en lo alto de 
aípiella loma verde. (]ue termina en las barrancas gri- 
ses: ¡es el puerto de Palos de Moguer! Kl campanario 
va á tocar el Ángelus de mediodía, el Ángelus de aque- 
lla mañana que también conocéis, de la mañana del 
viaje, del más memorable de los viajes emprendidos v 
por los hombres ; estos tipos j)Opulares que estamos 1 
viendo en esta región de España, esos hombres que me 
miran y me escuclian, y á quienes miro á mi vez con 
una intensidad que ellos no comprenden quizá, son los 
mismos calafates y marineros que construyeron hace 
cuatro siglos aquellos barcos sagrados ; son los mismos 
que los tripularon, acaudillados por los Pinzones; sus 
mujeres son las mismas que allí, sobre esa costa, agita- 
ban los pañuelos y levantaban en alto á sus hijos peque- 
ños, y miraban al través de sus lágrimas, cómo las cara- / 
belas, con las largas flámulas ondulantes al viento y el 
glorioso pabellón de la cruz de sangre en campo blanco 
en el mástil, se alejaban, se perdían, se perdían acaso 
para siempre, en la niebla rosada del horizonte crepus- 
cular de aquella perpetua mañana 

Se diría, señores, que, como un alienado ó un vidente, 
os estoy describiendo una aparición, ó narrándoos un en- 
sueño ; y sin embargo, vosotros lo veis como yo, todo es 
una verdad conmovedora y grande, que sacude el alma 
americana, y le infunde un recogimiento religioso como 
si la invitara á la grande oración de acción de gracias. 



46 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 



Pero hay aquí algo más grande que todo eso, seño- 
res, muclio más grande: es su aliento el que sentimos 
en el viento que nos toca. 
\ / Sobre todas estas cosas, que persisten y se nos apare- 
cen al través de cuatro siglos, compenetrándolo y con- 
centrándolo y animándolo todo, la luz que nos envuelve, 
el sol que nos calienta, las raíces de los árboles que nos 
dan sombra, los ojos de esos hombres que nos miran, la 
transparencia del cielo en que estamos sumergidos, y 
que son las mismas que vio Colón, hay aquí algo, hay 
una realidad intrínseca y trascendental, tan viviente, 
más viviente que el sol, más grande que lo que vemos 
con los ojos, y que, como todo esto, vive y perdura 
desde los siglos pasados, y pasará á los futuros en la 
plenitud de su excelsa personalidad sagrada : está Es- 
paña, la nación descubridora, más grande ó más pequeña 
que entonces, más feliz ó más desventurada, más prós- 
pera ó más abatida, pero la misma, señores, la misma 
que rodeaba á la mujer magna que se llamó Isabel, la 
misma que creyó en Colón, y que, por el hecho de creer 
en él, vivió de su vida, que era su fe, y fué tan grande 
como él ; la misma que le dio barcos que echar á la mar, 
que le dio sangre viva que sembrar en la tierra presen- 
tida, sangre saturada de oxígeno secular, que ahora sen- 
timos florecer en nuestras arterias americanas, y alzar ^ 
en ellas el salmo primaveral de nuestra raza. 

Sí, señores, ella, la inmortal persona, la persona His- 
pania, está aquí, y es para ella, sin duda alguna, el men- 
saje que recojo en este ambiente glorioso ; sin ella, todo 
esto que nos rodea serían cosas inanimadas, incapaces 
de producir la conmoción que nos está clavando su ga- 
rra de león en las entrañas. / 

/ \ 



Kl, MKN.SA.nC I)K AMKUHA 47 

• Yo no hablo, .siM'iortís, do la entidad polít ica ú del ««Mtado 
español solaiiuMito; yo hablo de laoutidad iiumaiia,dc la 

tiaiiún hispánica. Una nación es algo aHÍ como nna hn- I ^ 

nianidad en la humanidad, es una alma, un |)rincipio 
espiritual cpio iiif'ornuí los hechos encadenados, (pie 
amalgama las sangres, que ata en haces á los liombres, 
y los empuja al través del tiempo y del espacio, de las 
tierras y do los maros: es una herencia de recuerdos, acep- 
tada por un acto colectivo instintiva y perpetuamente 
renovado; es. . . en fin, yo no sé lo que es, señores, ni 
quiero saberlo en este momento, mucho menos definirlo ; 
me basta con sentirlo intensamente, al sentir la respi- 
ración de un gran ser colectivo (¡ue se alza sobre todo 
esto, y que me parece escucha las palabras que suben 
de mi corazón, como si recibiera el incienso que sube 
desde una ascua; yo se que, como esos grandes ríos que 
se derraman en el mar, y corren muchas leguas sin con- 
fundirse con él, fluyen las nacionalidades por entre el 
mar de la humanidad, determinando corrientes en que 
reverbera el sol. ¿De dónde proceden? ¿á dónde van? 
Flotan entre dos eternidades, como el tiempo en que 
viven; son un misterio, como la ley del universo. Yo 
veo, y se ve claramente, esa enorme corriente ibérica 
en cuyo curso inconfundible vamos envueltos; yo veo 
sobre ella una forma grande, grande como una nube 
brotada del oriente caucásico, empujada sin cesar hacia 
el occidente, aun al través del mar inviolado, por el so- 
plo del esjHritu, y cuyos bordes se esfuman en los cielos, 
pero cuyo núcleo permanente camina hacia nosotros, 
dejando atrás los siglos que se van hundiendo en si 
mismos. En ella se revuelven y confunden los alientos 
de los iberos y los celtas, y brota el alma celtíbera. 3'" 
sopla el viento huracanado de Roma que suena como 



H 



48 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

un canto en las almenas numantinas, y estalla la tem- 
pestad que se abate del Norte, y que la hace arder sin 
quemarse ni consumirse, y sale el sol visigodo que ilu- 
mina la masa entera de la nube, y brillan durante ocho 
siglos los relámpagos intermitentes de la reconquista, 
reverberando en los blancos alquiceles de los moros, y 
en las coronas de hierro de los reyes fugaces, y en las 
bruñidas armaduras de los héroes caballeros del roman- 
cero-epopeya. 
.,^ Todo eso forma una sola entidad indivisible que ab- 
sorberá el nuevo mundo ; lo anima substancialmente un 
espíritu, en que se funden astures y galaicos y lusita- 
nos, cántabros y vascones, leoneses y castellanos y na- 
varros y aragoneses y catalanes. Flota sobre todo eso 
un arcángel, el mensajero de Dios que preside los desti- 
nos de las razas, que refunde, que agrupa, que guía, que 
señala y alumbra la ruta con su espada resplandeciente; 
que pone lenguas de fuego sobre las frentes de los con- 
ductores inspirados, de los Sertorios y los Viriatos, de 
los Ataúlfos y los Leovigildos y los Eecaredos, de los 
Rodrigos y los Pelayos, y los Cides, y los Alfonsos y 
los Carlos y las Isabelas ; que resplandece en las Numan- 
cias y las Granadas y las Zaragozas, y que, como el 
fuego de San Telmo, arde en las puntas de los mástiles 
de las tres carabelas que cruzan el mar ignoto, bajo el 
influjo de la constelación de estrellas que preside la 
marcha de la nube que vino del Cáucaso, y que, al cho- 
car en el negro horizonte desconocido, harán saltar en 
él nuevas estrellas y constelaciones nuevas, f 

Sí, señores: todo eso es una persona, y esa persona 
está aquí, se sienta sobre la luz de este día ; oh, sí. está 
en todas partes, en todas ; pongamos el oído en nuestro 
propio corazón, que hemos traído de América, y oiré- 



KL MKNSAJIi Di: AMÍOUIC'A. 40 



mos una voz que vicno desde adontro, y que nos dice 
que también osa {)orsoua está acjuí, dí^ntro do nucHtraH 
entrañas; oigamos el eco de esta mi voz que está so- 
nando, y que es la vuestra, y ese eco nos dirá que tam- 
bién está aquí, en nuestra lengua castellana, en nuestro 
verbo español aprendido allá, detrás del mar, y que es 
el acorde perdurable que ha resultado del vibrar de mi- 
llones de almas que, en el correr de veinte siglos, han 
alentado y se han fundido en la esplendente nube ibérica. 

Es que ésta no se detuvo á orillas de ese mar que cir- 
cunda esta península, señores; el fuego sacro que bri- 
llaba en las puntas de los mástiles de esa Santa María, 
de esa Pinta, de esa Niña, hizo fuego é hizo luz del otro 
lado del Atlántico. 

Como arrastra el cometa su cauda luminosa por los 
espacios siderales, las carabelas arrastraban en pos de 
si por el Atlántico la cauda heroica de la inmensa nube; 
y ésta ató los continentes, y circundó la tierra, como 
circunda á Saturno el resplandeciente anillo; allá, del 
otro lado, refundió, como aquí, nuevos alientos, nuevas 
almas ; allá estallaron nuevas tempestades que sacudie- 
ron la masa entera de la nube ; brillaron nuevos meteo- 
ros, que la iluminaron con resplandores cárdenos ; allá 
continuó el romancero español en las hazañas de los des- 
cubridores y conquistadores, y, por fin, en las de sus hi- 
jos ; allá renacieron las Numancias y las Covadongas y 
las Zaragozas, en el grito de Dolores, en los clamores de 
Boyacá y Carabobo, en las voces de las Piedras, de Salta 
y de Junín y de Ayacucho, en la reconquista de Buenos 
Aires por Montevideo, en las cargas de Chacabuco, de 
Cancha Rayada y de Maipú, en las dianas de Ituzaingó, 
en la aurora de Sarandí ; allá, en el interior de la nube 
ibérica, se estrecharon las sombras de Pelayo y Reca- 



COHr. T DI8C. 



50 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

redo, de Daoiz y de Velarde, con las de Hidalgo y Mo- 
relos y Bolívar y Sucre, con las de San Martín y Bel- 
grano, con las de O'Higgins y Artigas y los Treinta y 
Tres; y al aliento de cántabros y castellanos y arago- 
neses y catalanes, se unió el aliento de mejicanos y cen- 
troamericanos, de paraguayos y colombianos y chilenos 
y peruanos y bolivianos y argentinos y uruguayos. 

Y no por ensancharse y dilatarse, estalló ni se disipó, 
ni perdió su carácter la nube peregrinante, señores ; no 
por eso ha dejado de reverberar el sol en la corriente 
ibérica; no por eso ha envainado su espada de fuego el 
arcángel que le imprime movimiento. 

Mirad, señores, esas banderas, que, como aves mari- 
nas empapadas de sol y de azul de mar, aletean en esos 
altos mástiles clavados en la tierra, que circundan el 
convento de la Rábida. Es la España de este lado quien- 
ha enarbolado ahí esos colores, para arrancarnos á nos- 
otros, á los hispánicos del otro lado, una lágrima de 
gratitud y de ternura; son nuestras banderas, señores, 
nuestras queridas banderas nacionales, llenas del alma 
de nuestras patrias americanas, y que, al agitarse mez- 
cladas con ese pabellón español de oro y llama que en- 
tre ellas resplandece, son avea de la misma banda, son 
flores del mismo tronco, son colores del mismo arco lu- 
minoso que cruza el cielo de la historia : son las bande- 
ras hispánicas. Están en su puesto, señores, están bien 
ahí, junto al convento de la Rábida; benditas sean. 

Veo desde aquí el tricolar mejicano ; distingo los co- 
lores del grupo de las hermanas centroamericanas, que 
parecen confundirse en la gloria del cielo ; allí, traza 
Santo Domingo su cruz blanca en el fondo transparente 
de este aire azul ; allá están las estrellas de las amigas 
boreales de la América del Sur, Venezuela, Colombia^ 



Kl. MIONSA.Ii: |)K AMÍJldCA 51 



Ecuador; bien veo, más allá, la blam a cstrulla do Ohilo, 
solitaria en su (!Í»?lo azul; y allí, »'l l)ic.í)lor peruano, y <•! 
tricolor parap;uayo más allá, y el rojo aurivcnlc boli- 
viano, y ol blanco y ol azul resplandeí-iontoH do mi Ium - 
mana la roi)iil>lica argentina; y, por fin, destacándos»' 
para mi alma do todo ol grupo, como luz en la luz, como 
si su azul fuera un azul recién creado, como si su mo- 
vimiento en el aire fu»n*a personal y señorial como nin- 
guno, veo conmovido resplandecer el sol de mi Uru- 
guay sobre sus franjas bicolores, veo que esa bandera 
se desprende de su grupo aéreo, se adelanta hacia mí, 
como mi señora. . . y siento que mis brazos se abren, 
que mis rodillas se doblan, que mis ojos se humede- 
cen, que mi garganta se anuda. No me reprochéis, oh 
hermanos en la patria ibérica, esa mi debilidad. Vos- 
otros la habéis sentido como yo; habéis sentido lo que 
yo. Cuando he marcado con la mano vuestro pabellón ; 
cuando he pronunciado con el alma, en este momento 
que no volverá á sonar, el nombre de vuestra patria, 
que habéis aclamado, mi voz ha resonado en vuestras 
cabezas, ha brillado en vuestros ojos, ha recorrido la 
piel de vuestra carne habitada por el espíritu. 

Y por eso he pronunciado esos nombres uno á uno, 
señores, y por eso he tocado con mis ojos, uno á uno, 
esos colores sagrados: para arrancar de vuestro propio 
organismo la prueba viva de que el sentimiento de la 
nacionalidad que proclamo, lejos de debilitar el santo 
sentimiento de patria, lo vigoriza, lo incorpora á la 
eterna gradación que es la eterna armonía providen- 
cial: el sentimiento de patria en el de nacionalidad, el 
de nacionalidad en el de raza, el de raza en el de huma- 
nidad, el de humanidad creada, en el de acatamiento y 
adoración al Dios Creador y Conservador de la humani 



-í 



52 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 



dad, y de las razas, y de las naciones, y de las pa- 
trias. 

Y he aquí, señores, que el gran mensaje que yo debía 

desentrañar de este ambiente, de lo que está fuera y de 
lo que está dentro de nosotros, se ha definido, se ha 
aclarado, al definir con precisión la entidad que reina 
sobre nosotros, y á quien debemos dirigirnos al hablar 
en este momento perdurable. 

¿Cuál es ese mensaje? ¿De quién es? ¿A quién es? 

Es, sin duda alguna, una gran palabra de amor y de 
gloria, de filiales parabienes de nuestra América á la 
madre España, á la patria española, á la entidad polí- 
\ tica que perdura, grande y gloriosa, en el concierto de 
^ los pueblos soberanos. Hoy es su cumplesiglos ; ella es 
la descubridora, ella la conquistadora, ella la coloniza- 
dora, la grande. 

Ella existía en la raza, cuando nosotros no habíamos 

nacido ; ella es, pues, la madre, no la madre anciana, 

pues los pueblos no tienen edad mientras viven, sino la 

madre eternamente nubil. 

% La América nació de una herida de gloria que esa 

\ España se hizo en el corazón. Sí, señores, hoy es día 

I de justicias seculares. 

El descubrimiento de América, su conquista, su co- 
lonización, fueron un desgarrón de las entrañas de Es- 
paña; por esa enorme herida se derramó su sangre so- 
bre el otro mundo ; se fueron con ella muchas energías 
que, si hubieran quedado aquí, en este hermoso territo- 
rio, aquí hubiera dado sus frutos, engrandeciendo á esta 
nación, dándole prosperidad, como prosperan material- 
mente los hombres infecundos, los que no parten su pan 
con sus hijos no nacidos. Hoy hace cuatro siglos, seño- 
res, ganó la raza hispánica; pero perdió la nación espa- 



BL MIONRAJIO DD AMÉRICA 53 



üola; y lo quo ella jienliú íiió nuestra vida, fué uufHtra 
herencia. 

No seremos nosotros los americanos, señores, los <]U<^ 
le reprochemos la genial locura que nos engendró: la 
decadencia es gloria en estos casos, como lo es la san- 
gre perdida en la batalla gloriosa, como lo son las gran- 
des cicatrices en el pecho, como lo es la santa palidez 
de la mujer convalesciente, después de haber sido ma- 
dre dolorosa de un hombre, que es también un mundo. 

La América, señores, reconoce su deuda: en las puer- 
tas del convento de la Rábida, arrodillada en esta tie- 
rra que pisó Colón el mensajero, y que es la tierra santa 
de la redención americana, á la que América vendrá un 
día en piadosas peregrinaciones, besa hoy en la frente 
á la fiera España, á la buena España; la besa sobretodo 
en sus cicatrices, la llama madre, la llama grande, en el 
transporte de justicia secular, que ahora afluye á mis 
labios desde todas vuestras almas refundidas en la mía. 

Para eso, señores, para decir esas cosas, y muchas 
más que no caben en una frase, para lanzar una vez más 
ese ¡viva España! sacramental que viene del otro lado 
del mar, hubiera querido arrancar á nuestra América 
la quinta esencia de todas sus voces intensas, y llenar 
de un acorde devorador de todos los demás, la religiosa 
transparencia de este día. 

Pero además de ese mensaje -aclamación de todos y 
cada uno de los pueblos libres americanos, al pueblo 
que los precedió en la gloria de la raza y los evocó á 
la vida, queda el otro, señores, el más grande, el más 
solemne: es el coro litúrgico que, como enorme nube de 
incienso iluminada por el sol, alza toda el alma españo- 
la de ambos mundos al grande espíritu hispánico del 
pasado, del presente, del porvenir, al arcángel tutelar 



54 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

de nuestra raza, que flota bajo este cielo; al Dios omni- 
potente, sobre todo, al Dios que vive en ese cielo y más 
allá de ese cielo ; al que enciende el fuego sacro del 
genio en la mente humana, bien sea en la de Colón, el 
N. navegante del mar, bien sea en Pasteur el navegante 
de una gota de agua: ambos descubren mundos; al que, 
según el libro de Job, el profeta enorme del desierto, 
pesa la fuerza de los vientos, y mide las aguas del 
abismo, da leyes á la lluvia y marca á las tempestades 
su camino; al que envía el rayo, y el rayo va, y vuelve 
para decirle ¡ aquí estoy ! ; al que da inteligencia á los 
meteoros del cielo ; al que envolvió en tinieblas la tie- 
rra recién nacida, como se envuelve un niño en sus pa- 
ñales . . . 

Señores: ese es el único grito digno de la raza his- 
pánica en este momento perdurable : el sólo digno del 
momento, el sólo digno de la gran raza cristiana : ; Glo- 
ria d Dios! 



Derecho Internacional 

Discurso pronunciado en la sesión inaugural del Congreso Jurídico 
IberO'Americano, reunido en i>ladrid en celebración del 4." Cente- 
nario del Descubrimiento de América. — (25 de Octubre de 1892). 

( Fragmeotos ea el Diario de Sesiones del Congreso.- Madrid IS93) 



SUMARIO 



ContesUciÓQ al saludo del señor Cánovas del Castillo. — Objeto 
y naturaleza del Congreso Jurídico Ibero -Americano. — Las 
personas interuacionales. — La sociedad internacional. — El 
derecho entre personas internacionales. — La autoridad in- 
ternacional. — Derecho individual y derecho social. — La gue- 
rra. — Las revoluciones. — ideal remoto del derecho Inter- 
nacional. — El arbitraje. — Derecho internacional privado.— 
Divergencia posible de criterio entre los estados europeos 
y los americanos. — Ley personal y ley territorial. — El Con- 
greso de Montevideo. — El hombre como persona de derecho 
iaternacional. — La nacionalidad ibero- americana. 



Señores: 

Mucho me honra, ¡^ero también me confunde, la invi- 
tación que he recibido del señor Cánovas del Castillo, el 
ilustre hombre de estado que nos preside, para hacer 
uso de la jDalabra en esta sesión inaugural del Congreso 
Jurídico Ibero Americano; y me confunde tanto más, 
señores, cuanto que tengo que mezclar mi voz á las 
vibraciones pensativas, que aun perduran en vuestros 
oídos y en vuestros espíritus, de la palabra elocuentísi- 
ma de aquel maestro del decir y del pensar, y de la no 
menos palpitante de los esclarecidos portugueses seño- 
res Pinto Coelho y conde de Valencas. 

Comprendo, sin embargo, que debo hacerlo, aunque 
ello me imponga algún sacrificio de amor propio. Y 
me lo impone, señores, porque, si bien no voy á impro- 
visar en este momento convicciones ó doctrinas jurídi- 
cas, y mucho menos sentimientos personales, pues vo}' 
á exponer principios que he meditado, y á expresar vie- 
jos afectos, tendré que confiar en gran parte á la obe- 
diencia, no siempre pronta, de la palabra, la forma en 
que expondré mi pensamiento, y que hubiera deseado 
ofreceros lo menos indigna de vosotros que me fuera 
posible. 



58 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

Debo sin embargo, lo repito, aceptar sin demora la 
honrosa invitación que recibo. Habiéndose escuchado 
en este acto solemne las voces de los hombres de cien- 
cia que han interpretado el pensar de las dos naciones 
descubridoras, madres de los actuales pueblos ibero- 
americanos, parece realmente indispensable que, aun- 
que sea por el órgano del más modesto de los hijos de 
América, llegue hasta el seno de esta asamblea un re- 
flejo al menos de la mente, y un latido siquiera del co- 
razón americanos. 

Retribuyo, pues, señores, con gran cordialidad, en 
nombre de los pueblos de América, y especialmente en 
el del Uruguay mi patria, el cariñoso saludo de bienve- 
nida que nos ha dirigido el señor Cánovas del Castillo, 
en representación de S. M. la reina regente, en el del 
pueblo y en el del gobierno españoles. Si bien se mira, 
á eso hemos venido, señores, principalmente, á esta 
vuestra tierra española, los representantes americanos: 
á cambiar con vosotros un saludo memorable; á buscar 
ocasiones de poner en armonía nuestras almas; á deli- 
berar sobre nuestros destinos, con el objeto de darnos 
el placer de verlos á la luz de la ciencia, y reconocerlos 
comunes, solidarios, casi idénticos. 

Y eso es lo que nos va á decir la ciencia jurídica, á 
mi juicio, en las sesiones de este Congreso, que puede 
considerarse un congreso de plenipotenciarios del co- 
razón, ya que no puede llamarse un verdadero congreso 
de plenipotenciarios: más que á discutir ó investigar 
conclusiones jurídicas, vamos á proclamar las que, si 
son aspiraciones más ó menos concretas de la humani- 
dad civilizada, deben considerarse como axiomas en 
la gran familia ibero-americana: la paz, la justicia; el 
mutuo apoj^o en el orden del derecho internacional 



DBRSCHO INTBRNACIONAI. H!) 



público; la mayor armonía jurídica en el del interna- 
cional privado, la mayor extensión posible, dentro de 
las soberanías individuales, del imperio de las leyes 
del uno en el territorio del otro. 



El presidente de esta academia espera, y no sin cau- 
sa, el concurso de los hombres de ciencia y de expe- 
riencia, para resolver, en las sesiones del congreso que 
en este acto se inaugura, esos trascendentales problemas 
sometidos á su deliberación. El señor Cánovas del Cas- 
tillo, que es actualmente uno de los grandes pensadores 
de Europa, ha comenzado ya, en el intenso discurso que 
acabamos de oir, á traernos ese concurso por su parte, al 
presentarnos la verdad desnuda sobre el universal anhelo 
de evitar la guerra entre los ¡pueblos; él nos ha recor- 
dado los peligros inevitables, las tristes y obscuras le-, 
yes, superiores á la voluntad del hombre, que perturban 
el equilibrio internacional, y provocan las tempestades; 
pero también ha manifestado una consoladora confian- 
za en la marcha progresiva y cristiana de la ciencia del 
derecho, que, si no puede hacer desaparecer por com- 
pleto el mal, triste herencia de la humanidad caída, 
podrá al menos atenuarlo mucho, en los futuros destinos 
de los hombres y de las naciones. 

Yo adhiero, señores, á las doctrinas, y también á los 
generosos anhelos y esperanzas del señor Cánovas del 
Castillo; ellos arraigan en las entrañas de la naturaleza 
ó de la persona humana, y en la naturaleza, por con- 
siguiente, de las agrupaciones de hombres que cons- 
tituyen las personas colectivas, personas de derecho 
internacional, que llamamos estados independientes y 
soberanos, y cuya coexistencia sobre la tierra constitu- 



60 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

ye, ipso fado é ipsojure, la sociedad internacional, como 
se constituye ipsojure é ipso fado, la sociedad civil, que 
nace de pleno derecho con la coexistencia de las perso- 
nas físicas en un espacio determinado de la tierra. La 
paz, la arinonía, el respeto mutuo, el mutuo auxilio, la 
caridad, son el orden, son la ley, son el bien; el anta- 
gonismo, la rivalidad, la guerra, el odio, son el mal, por- 
que son la perturbación del orden, la violación de la 
eterna Voluntad Creadora, que, en el amor necesario á 
la perfección infinita de su propio Ser, que es todo amor, 
traza la norma del bien absoluto, y de la absoluta feli- 
cidad. 
'^^ / Como lo veis, señores, yo creo en lo absoluto, en lo 
/ eternamente preexistente ; yo creo en la causa de las 
causas: creo en Dios. Yo creo que, así como los radios 
de un círculo eran iguales, aun antes de haber sido tra- 
zado el primer círculo; así como el camino más corto 
entre un punto y otro era la línea recta, aun antes de 
haber existido la primera línea y de haberse emprendi- 
do el primer camino á la luz del primer sol, así existía 
la ley del hombre, antes de existir un hombre; la ley de 
la sociedad civil necesaria, antes coexistir los hombres 
formando sociedad; la ley de la sociedad internacional, 
antes de coexistir los estados soberanos formando el 
concierto de los pueblos civilizados. *^' 

Desentrañar esta última ley, señores, del estudio del 
gran organismo de la sociedad internacional, y de su 
funcionamiento al través del tiempo; formularla, pro- 
mulgarla, sancionarla sobre todo, y trasladarla de la es- 
fera moral á la jurídica, esa es la empresa en que está 
empeñada, desde siglos atrás, la humanidad, que trepa 
lentamente la montaña interminable, como aquel Sísifo 
que llevaba sobre la cabeza la enorme piedra que soste- 



DBRHCHO INTERNACIONAL 61 



nía con las manos; esa es la obra (\\ie continúan esto» 
congresos internacionales, con los ojos fijos en el ideal 
cristiano entrevisto en la cnmbre lejana, |)í«ro iní^iiiian- 
do de vez en cuando la cabeza, para mirar la tierra en 
que caminan, ó volviéndola hacia atrás, para ver el ca- 
mino recorrido. 

Empujemos, señores, hacia arriba, la pesada piedra, 
con nuestras cabezas y con nuestras manos; pensemos 
y analicemos; estudiemos los hechos á la luz de los 
principios; es el método deductivo; desduzcamos los 
principios de la permanencia ó repetición de los hechos: 
es el inductivo. Sin los principios, los hechos carecen 
de legitimidad; sin los hechos, los principios no serán 
prácticos. La experiencia sólo puede suministrar lo que 
es; pero no lo que debe ser; y, si bien la historia nada 
tiene que ver con la moral, es indudable que la moral 
tiene su historia, y esta historia su influencia. Todos 
sabemos, señores, que el derecho internacional es un 
derecho consuetudinario; todos sabemos, y es un viejo 
axioma, que la experiencia es la madre de la ciencia, y 
que la razón, por poderosa que sea, muy á menudo 
yerra, sin el contraste de la experiencia: verdad vulga- 
rísima, de la que me parece se ha abusado demasiado en 
nuestros días, y 

El señor Cánovas del Castillo acaba de decir que el 
derecho de gentes es la parte más atrasada del derecho 
general. 

Y se comprende, señores. Las personas que son su- 
jeto y término de esa rama del derecho, y cuyas rela- 
ciones morales y jurídicas deben regirse por él, son 
personas que viven al través de los siglos, como los 



62 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

hombres al través de las horas; no tienen, por otra 
parte, como los hombres, una vida de ultratumba; su 
destino se realiza en la tierra; sus días, como los días 
genesíacoSj son épocas históricas; su marcha es muy 
lenta, pues, con relación á la vida del hombre, que, en la 
tierra, es un instante de aurora; su infancia es muy 
larga, su madurez muy tardía. Vosotros lo sabéis, se- 
ñores: la antigüedad fué una larga noche; la edad me- 
dia un crepúsculo, en que el sol del cristianismo rompía 
lentamente las brumas de la barbarie ; apenas son una 
alborada la edad moderna y aun la contemporánea 
para el derecho internacional. Los astros comenzaron á 
aparecer en España, como lo ha afirmado el señor Cáno- 
vas: Suárez, Victoria, Soto, Ayala. Y los astros no enve- 
jecen; las doctrinas de los teólogos españoles parecen 
resucitar en nuestros días, y resucitarán eternamente, 
porque son la verdad. Es que nada son el tiempo y la dis- 
tancia en la eterna armonía: el tiempo es un misterio ; el 
sol es una estrella de la vía láctea, de la infinita nebulosa. 
La humanidad, señores, es acaso un niño de cuatro mil 
años ; la sociedad internacional, que ni siquiera ha en- 
trado en su período constituyente, es quizá ¿lo diré, 
señores? es acaso una enorme tribu de gigantes, sin más 
autoridad que la del más fuerte, ya que la autoridad, 
que debiera residir potencialmente en el conjunto de per- 
sonas colectivas, en el conjunto de estados soberanos, 
es aún una especie de res nulliiis^ que sólo pertenece al 
primer ocupante, al que la ejerce de hecho. 

Y eso acontece, señores, á mi sentir, porque aun no 
se ha hallado la forma de determinar esa autoridad, 
encarnación de la Voluntad Suprema, por medio de la 
voluntad de las naciones; esa autoridad que, si no es 
elemento esencial de la noción filosófica de sociedad. 



IlKHKrno INTKKNACIUNAI, íiM 

es, sin (luda ul^'iiiia, mi iin-ilio nrccsaiio jtiii'a (jUf la 
sociedad civil, y tambióii la intoriiacional, tíüigaii fun- 
ciones ordiMuuias, y realicen sus destinos: el bien eomún 
de todos los pueblos, en j)r¡nier tórniino,y la felicidad d»- 
los individuos, personas físicas ó personas colectivas, d»- 
cuyo conjunto están formadas respectivamente, como 
término final. La sociedad internacional no lia entrado 
aún, como antes lo he afirmado, ni siquiera en su pe- 
ríodo constituyente, y mucho menos en su período le- 
gislativo; ese derecho que la rige ó debe regirla, está, 
sí, muy atrasadO; señores, como lo ha afirmado el señor 
Cánovas del Castillo con la autoridad de su elocuente 
palabra. 



Pero lo que debe ser, es, en el orden moral ; ese dere- 
cho existe, señores, porque debe existir: está en las 
entrañas de la naturaleza humana, y en la de las agru- 
paciones de hombres que forman los estados. Leamos, 
señores, en esas entrañas, como los antiguos augures 
leían sus vaticinios en las entrañas de los holocaustos. 

Yo veo en ellas, señores, un derecho internacional 
que, como el derecho civil, presenta dos aspectos: el 
del derecho individual, y el del derecho social. El pri- 
mero considera á los estados en si mismos, con las fa- 
cultades y atributos inherentes á su personalidad in- 
violable, con destino propio, fin de sí mismos ; nunca 
simples medios para que otros realicen sus destinos; los 
mira, pues, como simplemente coexistentes. El segundo, 
el derecho social internacional, los considera como aso- 
ciados, como miembros de esa sociedad natural y nece- 
saria formada ij)so jure, como antes he dicho, por la 
coexistencia sobre la tierra de personas colectivas de 



64 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 



la misma especie, del mismo origen, del mismo destino. 
Pero el derecho social no puede estar en pugna con el 
individual, señores, en la sociedad internacional, como 
no lo está en la civil; son rayos del mismo foco lumi- 
noso; son funciones del mismo organismo; son notas 
del mismo acorde. 

/ Así, pues, como la sociedad civil y el derecho social 
"que la rige, lejos de menoscabar la inviolable persona- 
lidad del hombre, tienen por objeto esencial su conser- 
vación, su desarrollo en su ambiente propio y su feli- 
cidad, así la sociedad internacional,'-y el derecho social 
que de ella emana y que es su ley, lejos de menoscabar 
la soberanía de los estados que la forman, tiene por 
objeto último el conservarla, el vigorizarla, el desarro- 
llarla. No existe el hombre para el estado; existe el 
estado para el hombre. No existen los estados para la 
sociedad internacional ; pero debe existir ésta para los 
estados soberanos. / 

Yo concibo, pues, señores, en la sociedad internacio- 
nal, el ejercicio de los derechos individuales por cada 
una de las personas colectivas en que esos derechos ra- 
dican, y concibo también el ejercicio de los derechos so- 
ciales, ó, más bien dicho, de los derechos de la sociedad 
internacional, por la entidad jurídica que pueda invo- 
car legítimamente la personería de esa sociedad, y de- 
fenderla de los injustos agresores de la felicidad común, I 
que sólo puede ser el resultado de la felicidad indivi- 
dual. 

Llego, por consiguiente, á concebir, y hasta á vislum- 
brar en el porvenir, la existencia, no sólo de un derecho 
constitucional de la gran confederación humana; no 
sólo la de un derecho civil y administrativo, sino tam- 
bién la de un derecho penal internacional, entendiéndose 



DERBCIIO INTBHNACIONAL fíTi 



/ * 

^ por tal, nool apoyo mutuo quo se prestan los estados 
soberanos para castipfur el delito en los individuos, como 
lo entienden hoy los autores al tratar de la extradición, 
sino el castigo imj)uestoá los estados mismos, con el ob- 
jeto de restablecer el orden moral internacional jjertur- 
bado, con todas las benéficas consecuencias, en el orden 
sociológico y económico, del reinado de la justicia sobre 
V los pueblos. 

Pero ¿quién es esa entidad jurídica que ha de dirimir 
los conflictos del derecho individual de cada estado, ó 
asumir la personería de la sociedad internacional, para 
ejercitar y hacer prevalecer los derechos sociales que 
se identifican con el orden ó la intrínseca armonía? 

En una palabra, señores: ¿cuál es la forma de go- 
bierno de la sociedad internacional? ¿Quién es el su- 
perior entre los iguales, la encarnación del conjunto 
entre los miembros soberanos que lo forman ? ¿ Cómo se 
determina? ¿Cómo se designa y constituye la autori- 
dad, sin incurrir en un monstruoso cesarismo interna- 
cional? 

He ahí el gran problema, cuya solución encierra acaso 
el porvenir; pero que no conoce el ¡presente. La socie- 
dad internacional, señores, seguirá, en su desarrollo al 
través de los tiempos, las mismas ó parecidas etapas por 
que ha atravesado la sociedad civil ó política, con la 
sola diferencia que antes hemos notado : su marcha 
será más lenta, sus años se contarán por siglos. Tam- 
bién la sociedades políticas tuvieron su período de larga 
formación ; también en ellas, la autoridad perteneció 
durante mucho tiempo al más fuerte, al primer ocu- 
pante. Y aun hoy, señores, ¿en qué período vivimos? 

Se dice que es la fuerza la que predomina en las re- 
laciones entre los estados, y se reniega por eso de la 

C05F. Y DISC. 5. 



\ 



66 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

justicia internacional, ó se abandona la labor que con- 
duce á su conquista. 

¿Pero acaso en las diversas sociedades políticas lia 
/ dejado en absoluto de ser la fuerza el arbitro entre los 
hombres, como suele serlo entre los estados ? ¿Acaso es 
hoy un lieclio el reinado de la justicia, y de su hijo pri- 
mogénito el derecho, en nuestras sociedades políticas? 
¿Acaso las leyes internas de los estados son siempre 
ordenaciones de la razón enderezadas sólo al bien co- 
mún, y promulgadas por la legítima autoridad? 

La autoridad que legisla, que juzga, que ejacuta la 
ley, no es siempre en la sociedad civil, bien lo sabemos 
por desgracia, la encarnación de la eterna justicia que 
fluye del eterno amor, 

Y la injusticia, señores, es la hija y es la madre del 
odio. Y el odio engendra la guerra. / 



Ah, la guerra! He ahí el enigma que aparece;, seño- 
res, la negación de todo amor, la hija predilecta del ar- 
cángel que no amó. La guerra es una esfinge que mira 
con ojos inmóviles de hermosura siniestra. Su beso es 
mortal, y su hija suele llamarse Gloria. ¿Y no ha 
dado nacimiento á las naciones? Es otras veces un 
genio vengador; es otras, un flagelo meteórico, de 
fulgurante cauda roja, que purifica el ambiente si- 
deral. 

Pero sea lo que sea, ahí está, señores, sentada en los 
horizontes internacionales, con los ojos siniestramente 
hermosos, impasibles y gélidos, clavados en nosotros que 
pretendemos interrogarla. Miradla: parece muda; no os 
contesta. Y si llegara á contestaros, sus palabras serían 
más hondas é impenetrables que el silencio, más obscu- 



DBKEÜIIO INTERNACIONAL (¡7 



ras que el dorso de nuestros párpados cerrados, más frías 
que la piel del hombre muerto de ayer. 

La guerra, sonoros, os la tiranía, ])ero. . . ¡cuántas 
veces, en el hocho, la tiranía o la dictadura es la auto- 
ridad, aun en la sociedad civil! 

Notad, señores, yo os lo ruego, la marcha que ha se- 
guido la humanidad en cuanto al criterio internacional 
sancionado por la guerra. 

Esta fué, durante largo tiempo, la sanción de los de- 
rechos individuales en la sociedad internacional ; fué el 
acto por el cual los estados se defendían, se hacían jus- 
ticia por si mismos ; los pueblos tenían empeño en en- 
cerrarse en los derechos individuales; aun las doctrinas 
sobre equilibrios europeos é intervenciones, se funda- 
ban sólo en los derechos de cada estado á su propia 
seguridad, en el derecho individual internacional. Hoy 
ya se invoca abiertamente el derecho social, el bien 
común de los estados, el interés déla humanidad, para 
justificar el empleo de la fuerza. Ya es algo más que la 
intervención de un estado en el régimen interno de 
otro estado, que provocó en las escuelas los anatemas 
de la mitad de este siglo: es la constitución de hecho de 
la autoridad en la sociedad internacional; es la aplica- 
ción á ésta de los principios que rigen la organización 
de las sociedades políticas. La evolución es radical, 
pero se define con toda precisión, y parece incontras- 
table. Es i^reciso que la ciencia se adelante á ella, y la 
encauze en los límites del derecho. 

Obsérvese bien, señores, y medítese en la analogía 
que existe entre un estado que hace una guerra defen- 
siva contra otro que, erigido en autoridad, la trae ofen- ( 
siva, invocando el orden internacional, y un pueblo que 
se alza en revolución, para resistir al gobierno de he- 



66 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 



\ 



clio que rige la sociedad, y dice defender el orden polí- 
tico. Este se proclama autoridad en la sociedad civil, 
con el mismo título con que se atribuye ese carácter en 
la sociedad internacional el estado agresor que, en po- 
sesión de la fuerza, toma también posesión de la auto- 
ridad internacional, que, como res nullius^ viene á per- 
tenecer de hecho al primer ocupante. 

En ambos casos existe, pues, la autoridad; en ambos 
será la fuerza, será la guerra, la que, en definitiva, esta- 
blecerá cual es, de hecho, la autoridad legítima; en 
ambos, la sanción expresa del pueblo ó de las naciones, 
que constituiría la verdadera legitimidad, queda susti- 
tuida por el silencio, por la resignación de la humani- 
dad ó del pueblo, y afianzada en el tiempo por la pres- 
cripción ó por el hecho consumado. 

Si negamos, pues, señores, la existencia de la autori- 
dad en la sociedad internacional, porque es sólo la fuerza 
la que en ésta la ejerce, tendremos que negar también 
su existencia en la sociedad civil, porque también en ella 
concurre muy á menudo esa circunstancia. La historia de 
las sociedades políticas no es sino la historia de sus gran- 
des revoluciones, la de sus constantes tentativas por 
hallar lo que también busca la sociedad internacional: la 
forma de constituir la autoridad legítima, ó de hacer 
práctico el principio absoluto de justicia que debe reglar 
las relaciones entre los hombres ó entre los estados. 

Caen, señores, los estados débiles, víctima de los 
fuertes, en la sociedad internacional, como caen, víctima 
de la injusticia de los magistrados ó de los otros hom- 
bres, las personas débiles, físicas ó colectivas, en la 
sociedad civil. 

¿No se constituyen muchas veces por la fuerza ó por 
el fraude las autoridades en el seno del estado ? 



IMOKKIIIO INTKHNACIONAI. f,!» 

¿Pues en qué se diferencia, señores, esa senie.ncia po- 
Iffica, dictada y sancionada en definitiva por la fuerza . 
interna que prevalece, de la. sentencia internacional con- * 

tenida en uno de esos llamados casi sarcásticamente 
tratados, ¡y tratado de paz! impuestos por el vencedor 
al estado vencido? 

Y La consecuencia de todo esto, señores, es, á mi en- 
tender, la siguiente: en la sociedad internacional, lo 
mismo que en la sociedad política, el simple funciona- 
miento del organismo social, que obedece á una ley di- 
vina, tiende á la constitución de una autoridad, como 
tienden los átomos, por su propia rotación, á agruparse 
en torno de un núcleo : ó esa autoridad se constituye 
de derecho, ó se constituye de hecho, que acaso fué el 
derecho primitivo; pero se constituye forzosamente. >^ 
Sin ella, la guerra es inevitable. ^^ 

La solución delgran problemaquenos hemos planteado 
no debe buscarse, pues, en el rechazo de la autoridad inter- 
nacional, sino en hacer á ésta legítima, en buscar el mis- 
terio de su forma constitutiva, desentrañándola de los 
principios y de los hechos. Es el secreto del porvenir 
como antes lo he afirmado; es la labor del presente. 

Sustituir la autoridad de derecho, la autoridad deter- 
minada por la voluntad inteligente del hombre, á la sim- 
ple autoridad de hecho emanada de una fuerza ó dina- 
mismo ajeno á la razón y á la libertad individuales hu- 
manas, ha sido la larga y lenta labor de las sociedades 
políticas; ella ha dado por resultado, hasta hoy, la pro- 
clamación del principio de la soberanía po|)ular, cuj^a 
forma de ejercicio perfecto busca en vano la ciencia 
del derecho contitucional, que día á día se perfecciona 
con la educación cívica de los pueblos. 

Pues bien, señores : esa misma labor, más larga y más 



70 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

lenta, pero no más sangrienta, porque no lo son más las 
guerras internacionales que las civiles, esa misma labor 
es la que sigue al través de los tiempos la sociedad in- 
ternacional; ese mismo ideal de soberanía razonable es 
el que persigue, sin lograr alcanzarlo, la ciencia del de- 
recho de gentes; y ese es, señores, el ideal que hoy 
congrega á todos los miembros de la gran familia ibero- 
americana, en el congreso jurídico que en este acto se 
inaugura, para solemnizar el cuarto centenario del des- 
cubrimiento de América. 



Nuestro programa propone especialmente á nuestro 
estudio, como solución del problema que he planteado, 
el arbitraje internacional, y el señor Cánovas del Cas- 
tillo acaba de marcarlo con el dedo en su magistral 
discurso, como el núcleo de nuestras deliberaciones. 

Sí, señores : ahí está la palabra de orden de esta asam- 
blea; el arbitraje internacional es la última palabra de 
la ciencia jurídica moderna, para acercarnos á la solu- 
ción del problema que acabo de indicar, ya que no es 
su verdadera solución. 

Todos los otros proyectos de paz universal han fra- 
casado como lo sabéis : sólo el arbitraje persiste en los 
dominios de la ciencia jurídica. 

Pues bien, señores: los estados de nuestra América 
lo aceptan unánimes ; puedo declararlo sin vacilación. 
Aun más: me parece sentir en este momento, que, no 
sólo el Uruguay mi patria, sino todos mis hermanos los 
estados de la familia iberoamericana, me incitan á re- 
clamar para nuestra América el honor de ser llamada 
la patria del arbitraje internacional. 

Bien sabéis, señores, que, á despecho de los que se 



ÜEUECIIO INTEUNACIOXAIi 71 

empeñan en buscar en la antigüedad, y aún en las eda- 
des media y moderna, la genealogía del arbitraje, os 
éste, como entidad jurídica, una institución contempo- 
ránea; el arbitraje de Ginebra sobre el Alahama, en 
1872, y las declaraciones del parlamento italiano, he- 
chas más ó menos en la misma fecha á instancia de 
Mancini, en favor de la cláusula compromisaria, son, 
en Europa, los actos iniciales de esa nueva faz del de- 
recho de gentes. 

Ahora bien, señores: medio siglo antes de cpie tales 
sucesos se produjeran en Europa, ya la cláusula com- 
promisaria se introducía, por iniciativa de Bolívar, en 
los primeros tratados de las repúblicas americanas re- 
cién nacidas; ya la idea de un tribunal de arbitraje fi- 
guraba en ellos. Y si bien es cierto que esa idea de arbi- 
traje nacía allí vinculada á la de liga ó confederación, 
opuesta á una posible reacción contra la común indepen- 
dencia, no por eso perdía su carácter esencial; y si bien 
la influencia de tales pactos podría considerarse circuns- 
crita á la reducida esfera de acción de aquellas inci- 
pientes repúblicas, bueno será recordar que, en algunos 
de elloS; fueron partes Inglaterra y Estados Unidos, que, 
medio siglo después, habían de someter al mismo pro- 
cedimiento la solución del conflicto producido por los 
célebres corsarios de la guerra de secesión. 

Desde los tratados á que dieron lugar los congresos 
de Panamá de 1822 y 1826 ; desde los formulados en los 
congresos y conferencias de Lima (1847-48) y de San- 
tiago y Washington (1856) y Lima í 1864-65), hasta 
los celebrados entre el Brasil y la Argentina y el Para- 
guay para arreglar arbitralmente la cuestión de límites 
con este último, ó los que actualmente someten á arbi- 
traje la importante cuestión de Misiones entre los dos 



72 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

primeros, una serie no interrumpida de pactos interna- 
cionales, concluidos entre los estados americanos, y en- 
tre estos y los europeos, da testimonio, como sabéis, de 
lo que afirmo : la América española podría reclamar, y 
no sin títulos, el derecho de ser llamada la patria ini- 
cial del arbitraje, considerado como institución jurídica. 

¿Pero es realmente el arbitraje la solución del pro- 
blema? 

Nó, señores: no debemos hacernos ilusiones: el arbitraje 
que, precedido déla mediación, los buenos oficios', lasco- 
misiones de investigación, las gestiones diplomáticas, 
es el gran triunfo de la razón pública en la éjDOca mo- 
derna, no es, sin embargo, como antes lo he afirmado, 
la soluciónque se busca; no es esa entidad, entrevista 
por la ciencia jurídica y por el anhelo universal, que 
ha de desempeñar, en la sociedad internacional, las 
funciones que desempeña, en la civil, la autoridad legí- 
tima. Esas dos entidades difieren substancialmente : la 
autoridad es fuerza; el arbitraje es razón; la auto- 
ridad es poder moral, y también jurídico, que engen- 
dra deberes y derechos perfectos; el arbitraje es sólo 
poder moral, que da origen á deberes y derechos im- 
perfectos sin sanción coercitiva; la autoridad es, en 
la sociedad, la encarnación de algo superior substan- 
cialmente á los individuos que la componen, y que, 
siendo iguales entre si, no pueden crear, por el simple 
hecho de reunirse, una superioridad que obligue en 
conciencia, y que no tienen individualmente considera- 
dos ; el arbitraje no entraña ese espíritu superior, orde- 
nador del caos, que flota sobre los estados como el 
espíritu de Dios flotaba sobre las aguas antes de nacer 
la luz ; encarna sólo la voluntad de los estados que á él 
se someten voluntariamente; es delegación revocable 



DKUKCHO INTEUNACIONAL 73 

de igualdad inalienable: no es tribunal, no es eajiada, 
no sale de la esfera del derecho individual de los esta- 
dos coexistentes. Examínese bien la fórmula ai'lútraje 
internacional obligatorio^ señores, y se la verá desvane- 
cerse en el principio de contradicción; arbitraje y obli- 
gación jurídica son términos que se excluyen; el arbi- 
traje no ¡pertenece, })ues, al derecho constitucional de 
la sociedad de los estados soberanos; es un artículo de 
su derecho civil incipiente: no resuelve, por consi- 
guiente, el punto relativo á la organización social de los 
estados soberanos. 

No debemos, pues, contar con el arbitraje, señores, 
para los conflictos internacionales en que el elemento 
político predomine, con prescindencia, tácita ó expresa, 
del elemento jurídico. En tales casos, mal puede invo- 
carse el derecho positivo, cuando se trata precisamente 
de crearlo, ó, más propiamente dicho, de destruir el 
existente para sustituirlo por uno nuevo. 

Es claro, señores, que estoy hablando del derecho po- 
sitivo con sanción coercitiva, del derecho que se iden- 
tifica con la ley. El derecho, facultad ó potencia que 
defiende y guarda los atributos inherentes á la perso- 
nalidad, es una entidad, nó del orden físico, sino del 
racional y moral. Nada tiene, pues, que ver con la 
fuerza física; ésta no puede ni crearlo ni aniquilarlo. El 
nuevo derecho positivo á que me refiero, germina y 
crece muchas veces sobre las ruinas de la moral y 
de la justicia absoluta, como esas plantas que nacen en 
la tierra abonada por la ceniza de los bosques incen- 
diados ; y ese derecho engendra nuevas personas colec- 
tivas, que nacen, y se desarrollan, y se perpetúan, como ¡ 
esos liijos hermosos, y aun virtuosos, que nacen de ma- , 
dre adúltera, ó como aquellos bastardos que grababan ' 



74 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

entre las empresas de su heráldico escudo de nobleza 
los símbolos y los emblemas de su propia bastardía, 
adoptando como lema el Honni soit qtii mal y pense del 
noble escudo. 

Pero el arbitraje internacional, señores, es, y no es 
posible dudarlo, un paso hacia adelante, hacia la ignota 
cumbre que va escalando la caravana humana; el con- 
greso jurídico ibero -americano lo proclamará, estoy 
seguro, como un postulado de la gran familia aquí 
reunida para conmemorar glorias comunes, y los repre- 
sentantes de las repúblicas liis23a,noamericanas adhe- 
riremos á él sin vacilar, no sólo porque así lo aconseja 
la ciencia jurídica, sino porque, como antes lo he recor- 
dado, el arbitraje internacional está escrito en las tra- 
diciones, y aun en las leyes positivas del derecho pú- 
blico americano. 



También hallaréis en nosotros, señores, sinceros y en- 
tusiastas adherentes á los principios de derecho inter- 
nacional privado que, á falta de una imposible unidad 
ó uniformidad de legislaciones internas, diriman los 
conflictos de nuestras leyes respectivas, haciendo des- 
aparecer, en lo posible, para ellas, las fronteras que nos 
separan, y acercándonos así más y más á la constitución 
jurídica de la sociedad internacional que antes he indi- 
cado^ y que he entrevisto como el ideal remoto de la 
humanidad. 

Porque si hoy prima quizá el principio según el cual 
la fuerza obligatoria de las leyes armónicas de un es- 
tado en el territorio de otro, depende sólo del consen- 
timiento expreso ó tácito de dichos estados, en vista de 
conveniencias individuales recíprocas, existe indudable- 



I)líKK<JHí> INTKKNAíMíJNAI. 



mente una ley, no escrita aún, (¡ue prescril)e esa obli- 
íjjación, como emanada, no del dorccho individual de los 
estados, y nuiciio menos de su libi'e arbitrio, sino del 
derecho social, hijo de la moral y la justicia, (jue los un»' 
en sociedad perfecta; esa ley sólo espera el legislador que 
la ])romulguo como la carta fundamental déla sociedad 
internacional constituida del porvenir, á fin de trasla- 
darla de la esfera moral á la jurídica. 

Nadie más ])red¡spuosto, señores, que los pueblos de 
nuestra América es[)afiola á cooperar á la sanción de 
esas leyes que se ocupan del hombre en marcha al tra- 
vés del universo, y persiguen la más amplia extraterrito- 
rialidad del derecho, conciliada con la conservación y 
el funcionamiento regular del organismo nacional de 
los estados soberanos. 

Yo creo ver, señores, en esas nuestras repúblicas, la 
patria clásica del Derecho Internacional Privado del 
porvenir, como veo en ellas, y en todos los estados me- 
nos fuertes, y por lo mismo que son débiles, los defen- 
sores naturales del derecho y de la justicia que consti- 
tuyen su principal baluarte. 

Formados por la emigración europea, que una ley 
providencial pone en movimiento para distribuir la hu- 
manidad sobre la tierra, los horizontes de esas repúbli- 
cas jóvenes son como dos brazos siempre abiertos para 
recibir á los hombres, incorporarlos á su vida rebosante, 
y hacerlos parte integrante de su propio ser colectivo. 
La igualdad absoluta de derechos civiles y de condición 
social entre nacionales y extranjeros, es allí un postu- 
lado democrático. ¿Y como nó, si los llamados extran- 
jeros son nuestros padres? ¿Cómo nó, si lejos de ser 
exfraneus, transeúntes, son la base de nuestro propio ho- 
gar americano, y. por consiguiente, del conjunto de ho- 



76 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

gares que constituye la patria independiente y soberana ? 

Aun en cuanto á los derechos políticos, señores, el 
extranjero, ya que me es necesario emplear la palabra, 
es en nuestra patria tan extranjero cuanto él mismo 
quiere serlo, pero no más; en mi país puede serlo todo, 
menos presidente de la república. Nuestro ideal es lia- 
cernos amables, hasta inclinar hacia nosotros ese libre 
querer, respetando, sin embargo, el sentimiento de na- 
cionalidad, tan delicado, tan celoso, tan natural, y que 
nosotros abrigamos como el que más. De eso se deduce, 
señores, que, en los estados ibero -americanos, el interés 
político, el sentimiento de nacionalidad, lejos, de pugnar, 
se identifica en un todo con el interés personal de los 
habitantes del estado, y hace de este su objeto ; la na- 
cionalidad y el domicilio ó la residencia con ánimo de 
permanecer, de buscar el bienestar propio, de formar 
una familia, tienen que ser ideas inseparables en pue- 
blos formados principalmente por hombres de naciona- 
lidades varias, que allí se han domiciliado, formando 
por ese solo hecho, una nacionalidad nueva. 

Si de esos hombres y de sus hijos, que somos nosotros, 
no se forman las potencias americanas, señores, ¿de qué 
se han de formar? ¿Qué sería de las diez y seis repú- 
blicas ibero -americanas, si adoptáramos, como única 
base de los estados, el principio de la nacionalidad, 
que ata al hombre indefinidamente á su patria de origen, 
y con él á sus hijos y á los hijos de sus hijos? 

Se refundirían las unas en las otras, para refundirse 
en seguida en sus metrópolis respectivas; y por ese ca- 
mino, señores, ¿no iríamos á la reconstitución del an- 
tiguo imperio romano de que proceden los mismos pue- 
blos latinos de la Europa occidental? 



DISUICCIin INTKI(NA( lONAI. 



No puede siT idéntico al iiuentro, bion lo com[)rpndo, 
el criterio, por mus am|)lio que sea, de los pueblos an- 
tiguos y de raza honio<;énea, en los cuales las inmigra- 
ciones en masa son desconocidas. No es posibb^ exigir 
á esos pueblos la absoluta prescindeneia de las tradicio- 
nes seculares, do las exigencias políticas, de los senti- 
mientos de raza, para la resolución de los problemas de 
derecho internacional privado, que sólo buscan sin em- 
bargo el bien y la felicidad del hombre y de la familia, 
donde quiera (¡ue se encuentren, y considerados co7iio 
fin ij no como medio de las sociedades políticas. 

De ahí, señores, que puedan surgir entre nosotros 
algunas discrepancias de doctrina jurídica, al desarro- 
llar, en este importante fraternal congreso, los temas 
que se relacionan con el predominio de la ley ó estatuto 
personal ó de nacionalidad, en contraposición con la 
ley territorial, del domicilio, ó estatuto real. Vosotros 
conocéis como yo, señores, las conclusiones á que llegó 
el Congreso Sud Americano de Derecho Internacional 
Privado que, á invitación del gobierno de mi país, la 
república del Uruguay, y del de su querida hermana la 
república Argentina, se celebró el año 1888 en la capi- 
tal del Uruguay, y en el que estuvieron representados, 
además de los dos estados iniciadores, los de Bolivia, 
Brasil, Chile, Paraguay y Perú. En ese Congreso de 
Montevideo se diseñó con bastante precisión la tenden- 
cia del derecho público y jDrivado sudamericano : el 
hombre, antes que la agrupación política, como objeto 
del derecho internacional privado; la mayor extraterri- 
torialidad del derecho, concillada con la conservación 
y desarrollo de la soberanía nacional; la tierra poseída 
por el hombre; no el hombre poseído y dominado inde- 
finidamente por la tierra; y, como consecuencia de tales 



CONFERENCIAS Y DISCURSOS 



premisas, el sistema del domicilio, como el recurso m.ás 
científico de solución para los conflictos que surjan 
entre las diversas legislaciones, sin perjuicio de la lex 
rei sitoe, y de las formas de los actos que crean vínculos 
jurídicos. 

Pero esos principios, señores, no son inflexibles; muy 
lejos de ello; nosotros mismos debatimos largamente 
sobre su extensión y aplicación. Lejos, pues, de entor- 
pecer ó desarmonizar las deliberaciones de este con- 
greso, bien pueden proyectar sobre él la lumbre, aun- 
que sea débil, de un ideal, más ó menos remoto, 'pero 
encendido y alimentado por el alma del pueblo hispano- 
americano, que, como todos los jóvenes, señores, acaso 
tenga sus proféticas ingenuidades. 

Ese criterio sobre derecho internacional privado, 
presupone, á mi sentir, un criterio, también hispano- 
americano, sobre derecho internacional público, que 
acaso pudiera sintetizarse en esta fórmula que yo pro- 
pongo: el hombre no es persona de derecho internacio- 
nal, cuando no tiene un carácter representativo. Identi- 
ficar, por consiguiente, los derechos ó intereses de un 
hombre con los de un estado, en las relaciones de dere- 
cho piíblico; transformar el conflicto que surja entre 
un hombre y el estado soberano de su residencia, en un 
conflicto internacional entre estado y estado; aplicar á 
la solución de ese conflicto los principios de derecho 
que rigen las relaciones mutuas de las personas inter- 
nacionales, y dar en él intervención ó personería á los 
representantes diplomáticos, es, sin duda alguna, un 
error científico, porque adiciona unidades heterogéneas, 
ó atribuye al hombre un carácter representativo, y le 
otorga una especie de credencial tácita perpetua para 
hacer solidaria de sus actos á la nación de que procede. 



UISRKCÜO INTERNACIONAL 79 

Si se establece que im extranjero que es perjudicado en 
el estado ile su residencia tiene derecho á recurrir, en 
demautla de justicia, á su país de origen, ¿no sería de 
lógica estricta el acordar al estado de la residencia de 
ese extranjero una acción contra la patria de éste, en 
caso de que sea el extranjero quien ocasiona el per- 
juicio? ¿Y no es esto absurdo á todas luces? Es claro, 
señores, que estoy hablando de las relaciones entre 
estados civilizados. La protección que un estado presta 
á sus subditos que se hallan entre bárbaros, no se basa 
en el principio de nacionalidad, sino en el de huma- 
nidad; y esa protección puede prestarla, no sólo el 
estado de que procede el hombre, sino cualquiera na- 
ción del mundo, como ha sucedido en la guerra decla- 
rada por la humanidad entera á la esclavitud ó la pira- 
tería, cualquiera que sea el origen del hombre que es su 
víctima. Pero eso mismo demuestra que la interven- 
ción de un estado en el seno de otro para defender 
los derechos de los subditos del primero, importa negar 
al segundo el carácter de pueblo civilizado, é inferirle, 
por consiguiente, un injusto agravio. 



En ninguna asamblea, señores, mejor que en la que 
por este acto se inaugura, podrían encontrarse, promul- 
garse y llevarse á ejecución las soluciones desinteresa- 
damente científicas de los grandes problemas del dere- 
cho internacional, sea público, sea privado. Yo siento 
aquí, señores, sin abandonar el terreno del raciocinio puro 
y simple, algo de esa noción vaga de patria internacional 
que ha entrevisto tantas veces la humanidad sin verla 
con precisión. No es aquel estado, ó confederación, ó 
imperio artificial y monstruoso, con que soñaron los 



80 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

empíricos, lo que se ofrece á mi examen en esta asam- 
blea, en que se reúnen á deliberarlos estados proceden- 
tes de las dos grandes metrópolis descubridoras y po- 
bladoras de América; no es tampoco esa confusión mo- 
derna de la noción de estado y de nacionalidad, que 
atribuye, contra los dictados de la ciencia y la expe- 
riencia, sólo al clima, á la lengua, á las tradiciones, á 
las influencias étnicas, á los accidentes geográficos, el 
poder jurídico de formar los estados políticos sobera- 
nos; doctrina sostenida por hombres de ciencia, y con 
todo, no más científica ni más consistente que Jos en- 
sueños de monarquía universal. Pero 3^0 veo aquí algo 
que, sin ser nada de eso, constituye, sin embargo, una 
entidad sociológica que no es posible desconocer; hay 
entre los estados ibero -americanos una fuerza de cohe- 
sión innegable, que, sin confundirse con el vínculo 
político, ni con los intereses nacionales, ni con los cál- 
culos ó combinaciones internacionales, imprime á este 
congreso una homogeneidad característica, muy distinta 
de la que tendría una asamblea formada por otros j^ue- 
blos. Existe, pues, una nación ibero-americana; 3'"0 veo 
en ella el núcleo de una de las sociedades internaciona- 
les parciales, de cuyo conjunto se formará acaso la gran 
sociedad internacional definitivamente constituida de 
que antes he hablado. 

Yo no quiero entrar á analizar ese fenómeno ; me 
basta con consignarlo, me basta con sentirlo en el 
ambiente que nos enA^uelve. Yo no quiero hablar de 
raza, de religión, de lengua, de tradiciones ; analizarlo 
demasiado, sería debilitar el poder del hecho que se 
ofrece directamente á nuestros ojos. Sólo quiero que 
me permitáis recordar, para terminar, que esos grandes 
agentes de cohesión entre los hombres y los pueblos, 



bBRECUO INTDRNACIONAL di 



como procodoiitos do dosigiiios providenciales, suelen 
hacer su aparición en los grandes momontos históricos, 
y desbaratar los veleidosos planes de los hombres, res- 
tableciendo los ocpiilibrios humanos perturbados. 

No reneguemos, señores, de ese agente misterioso que 
nos vincula y nos vinculará, con nuestra voluntad, sin 
nuestra voluntad y aun contra nuestra voluntad; culti- 
vémoslo más bien, y cifremos en él las grandes esperan- 
zas de la familia ibérica. Lo (juiere la historia, lo per- 
mite la ciencia, y lo confirma el corazón. Y yo, señores, 
lo proclamo con gran satisfacción en este momento, 
como el mejor tributo que, sin disonar en la serenidad 
de un congreso científico, puedo ofrecer, en nombre de 
América, á la esclarecida nación que, hace cuatro siglos, 
supo identificar la más pura y más fecunda de sus glo- 
rias, con el primero entre los recuerdos, y la primera en- 
tre las grandes efemérides del continente americano. 



COSr. T DliC. 



La Lengua Castellana 

Memoria presentada en ci "Cüiigrcso Literario Hispano -Ameri* 
cano" celebrado en Madrid, (31 de Octubre á 10 de Noviembre 
de 1892 ) en la que se desarrulla el tema 1." de la sección filólo* 
gica: "Razones de conveniencia $>[cncral que aconsejan la con* 
servación en toda su integridad del idioma castellano en Ioü pue- 
blos de la ^an familia hispano -americana". 

(Actas de sesiones del Coat;reso Lilerarlu Ilijpaao- Amertcaoo) 



SUMARIO 



El descubrimiento de América, hecho inicial de ia edad mo* 
deroa. ~ La lengua castellana en América. — Necesidad y 
convenleacia de su cultivo y conservación, ante todo en Es- 
paña y para España.— Proporciones y efectos de su difu- 
sión en América. — El maestro Lebrija y su primera fra- 
mática. — Necesidad y conveniencia de la conservación del 
castellano en América. — Proposición de don Andrés Bello. — 
La unidad de lengua signo de progreso y esplendor. — Las 
lenguas americanas. — Su infinita variedad.— C£¡usas de 
ésta. — La procedencia del hombre americano. —Las tribus 
aisladas. — La conservación del idioma concillada con su 
vida y su desarrolla orgánico. — La influencia popular con- 
cillada con la científica. — Influencias que han obrado sobre 
la lengua castellana en .América. — Acción de las lenguas 
extranjeras.— El vocabulario y la sintaxis.- Principios fua- 
damentaies de Max Mñller. — La herencia común. 



Señores : 

Es un error, que la historia deberá rectificar, el ha- 
berse establecido la toraa de Constantinopla ( 1453 ) como 
el hecho inicial de la edad moderna. 

No es, por supuesto, menos errónea, á mi sentir, la opi- 
nión de los que indican la predicación de la Reforma por 
Lutero, (1517) ó la revolución francesa (1789). 

No faltan autores, como sabéis, que sólo admiten dos 
edades, limitadas por el nacimiento del Redentor del 
mundo : la antigua ó pagana, y la moderna ó cristiana. 
Aun predominando esta opinión, el hecho de la difusión 
del Evangelio en un continente aparecido á la humani- 
dad, no podría menos de establecer una subdivisión fun- 
damental en la segunda de esas edades. El descubri- 
miento de América, determinando un cambio de ley ó 
de estado en un mundo nuevo, tiene que dar origen á 
una nueva edad, si es que por edad debe entenderse, 
como es opinión general, un período de la historia ini- 
ciado por una de esas transformaciones. 

Pero aun aceptando las divisiones corrientes, creo que 
los sucesos que determinan el tránsito de la época me- 
dioeval á la nueva época son, sin ningún género de 



86 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

duda, la toma de Grranada y el descubrimiento de Amé- 
rica. Esos dos acontecimientos cambian la faz de la hu- 
manidad ; cierran un pasado y abren un porvenir; radi- 
can definitivamente la civilización cristiana en Europa, 
y, haciéndola dar un paso inaudito en su marcha pro- 
videncial, que, como la del sol, avanza de oriente á occi- 
dente, abren el occidente desconocido, la cuarta parte 
del planeta, al paso triunfal del Evangelio. 

La marcha de la cruz en la sobrevesta de los cruza- 
dos al través de Europa, pero de occidente á oriente, 
para reconquistar el santo sepulcro ; su mismo paso de 
las catacumbas á la corona de Constantino, ejercen, á 
mi sentir, menos influencia en los destinos humanos, que 
su salto desde las almenas de la torre bermeja de Gra- 
nada hasta las playas del nuevo mundo, al través de las 
tinieblas impenetrables del mar ignoto. 

Cupo á España la gloria de abrir ese nuevo horizonte 
á la humanidad, y de descubrirle sus nuevos destinos. 

Digitus Dei est Me. 

Era quizás el premio que discernía la Providencia á 
su esfuerzo de ocho siglos; era que la Providencia po- 
nía la cruz que debía pasar al mundo nuevo al través 
del Atlántico, en la misma mano que, como ninguna 
otra, había sostenido esa cruz en el mundo antiguo, con 
perseverancia secular ; era que la sangre que debía po- 
blar el continente reservado al más digno de poseerlo, 
tenía que ser la misma que había llenado los fosos del 
antemural de la civilización cristiana en Europa, de ese 
baluarte pirenaico, en cuyas crestas y gargantas los si- 
glos medioevales vieron siempre de pie, con la mano en 
la cruz de la espada, y el corazón en la cruz de la ban- 
dera, al obstinado pueblo ibero, al centinela de hierro 
que guardó las puertas últimas del mar que se apoyaban 



LA LBNGUA CASTBLLANA 87 



en las columnas do Hércules; era por fin, señores, quo en 
la misma lengua en que había sido pronunciado el nom- 
bre de Dios en Covadonga y las Navas y el Salado, para 
•pie fuera oído con pavor por el infiel, al cerrar tras él 
para siempre aquellas puertas, debía ser pronunciado 
por primera vez en el mundo recién nacido, á fin r\o 
(pie fuera escuchado con asombro de esperanza por la 
selva virgen, por el desierto, por el hombre americano. 

Esa lengua castellana tomó entonces posesión de 
aijuel mundo iluminándolo, y aun hoy es su dueña en 
gran parte. 

¿Debe arrebatársele ese dominio secular? 

¿Hay alguna lengua que pueda ejercer, á justo títu- 
lo, contra la castellana, el derecho de reivindicación? 

¿ O hay, por el contrario, razones, no sólo de conve- 
niencia, sino también de naturaleza, que aconsejan ó 
imponen la conservación del común idioma castellano 
en los pueblos de la gran familia fundada por la madre 
España en el continente que descubrió? 

La conveniencia de esa conservación, sus razones, 
los perjuicios de una desmembración que entrañaría la 
destrucción del más precioso de los patrimonios, cons- 
tituirán el tema de esta sintética memoria, cuyas defi- 
ciencias deberán atribuirse, no sólo á la escasez de 
facultades de su autor, á quien, sin merecerlo, habéis 
honrado con la presidencia de la primera comisión de 
este congreso, y, por eso, está en el deber de hablaros, 
sino también á la desproporción entre lo vasto del 
asunto, y el tiempo de que le es dado á aquél disponer 
para su racional desarrollo. 



CONFiERENCIAS Y DISCURSOS 



Si en América ha habido quien lo niegue, señores, 
no ha llegado á mi noticia que haya existido en Es- 
paña quien ponga en duda la conveniencia de que la 
lengua castellana sea conservada en todos los pueblos 
americanos que actualmente la hablan. Testimonio vi- 
viente de la más grande y más fecunda de las glorias 
nacionales, ya que el descubrimiento de América á que 
I dio cima España es la «mayor cosa, después de la 
I creación del mundo, sacando la encarnación y muerte 
I del que lo creó », según la gráfica expresión de Goma- 
ra ; ensanche inmenso de la esfera de jurisdicción del 
pensar y del sentir españoles; arteria por donde circu- 
lan al través del mundo, como sangre del alma, las tra- 
diciones, las costumbres^ el espíritu de esta nación, es 
indudable que ningún español puede desear que las 
fronteras territoriales de su patria formen un valladar 
que detenga el vuelo de su pensamiento, siendo así que 
el mismo impulso y el mismo esfuerzo pueden hacer 
que ese pensamiento, sin perder ni el polvo brillante 
de sus alas, ni el calor del alma en que nace, salve 
aquellas fronteras, y se difunda por la tercera ^^arte 
del mundo civilizado. 

No cabe en las proporciones de esta memoria, seño- 
res, el ofreceros un estudio estadístico sobre el colosal 
desarrollo que ha tomado y está llamada á tomar la 
población de las repúblicas iberoamericanas, dueñas 
de una superficie de más de veinte millones de kilóme- 
tros cuadrados; me permitiréis benévolamente, sin 
embargo,- ciarme la satisfacción de citar como ejemplo, 
ya que alguno he de citar, el que ofrece la república 
del Uruguay, mi i3atria, la cual, nacida á la vida inde- 
pendiente hace sólo sesenta años, con una población 
total de setenta ú ochenta mil habitantes, diseminados 



LA LENGUA CASTELLANA 



011 SU priviU'giiulo torritorio do ílosciontos mil kiló- 
metros, ofrece hoy on su sola capital, Montevifleo, una 
población de doscientos (juince mil almas, y entrará al 
siglo veinte con un millón de habitantes de raza caucá- 
sica en su casi totalidarl. Toda la América de origen 
ibérico, que ha seguido una [)roporción análoga, tiene 
hoy una ])oblación de sesenta millones de almas, en 
una superficie de más de veinte millones de kilómetros 
cuadrados. 

Ese es, señores, el campo de acción, trazado en un 
solo rasgo, de la lengua castellana en el continente de 
Colón. -^ 

Si se considera además que ese extraordinario aumen- 
to de población se ha formado, en gran parte, por la in- 
migración procedente de todos los pueblos de Europa, 
de orígenes y lenguas diferentes, y que los hijos de esos 
millones de hombres, franceses, ingleses, italianos, ale- 
manes, que han convergido y seguirán convergiendo á 
América, hablarán como nosotros la lengua castellana, 
á la que, como nosotros, llamarán su lengua madre; si i 
se advierte que todos esos hombres del presente y del \ 
porvenir, aunque originarios de diversas razas huma- 
nas, oirán en lengua castellana los cantos de la cuna, en 
castellano pronunciarán el nombre de Dios y el de la 
Patria, y en lengua castellana darán el líltimo adiós á 
las generaciones que dejen en pos de sí, legándoles, con 
el idioma, el espíritu español que lo informa y vivifica, 
no es concebible que jDueda existir un hijo de la tierra 
de Cervantes, que no vea en la conservación de la uni- 
dad de su lengua dentro de la gran familia hispano- 
americana, el triunfo más sólido, el verdadero triunfo 
de la España descubridora de mundos. ¿Qué ha sido, 
qué queda, señores, de los antiguos dominios españoles 



90 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

en Cerdeña, en Sicilia, en Ñápeles, en Flandes? Todo 
se ha desvanecido en el tiempo; apenas si algún nombre 
nos recuerda que allí venció España, y que allí dominó. 
Y en cambio, en nuestra América, ¿qué importa la rup- 
/ tura de sus vínculos políticos con la metrópoli, si los 
I estados que allí han nacido son arterias por las cuales 
continúa circulando la sangre melodiosa de la lengua 
común, que el corazón secular, la madre España, con- 
tinúa elaborando y distribuyendo por el árbol circula- 
torio de la familia? 
V y Es indudable, señores: el lenguaje es, para un pue- 
blo, lo que la sangre para un organismo; como ésta de- 
termina la constitución en el hombre, aquél determina 
el temperamento en una nación, sus tendencias, su ca- 
rácter. El lenguaje es una perpetua sugestión; la misma 
asimilación de ideas extrañas tiene que hacerse previa 
traducción de esas ideas á la propia lengua; y la traduc- 
ción es, en sí misma, una transformación en substancia 
propia, una adaptación á nuestro modo de ser. / , 

Cuando el americano, señores, que de veras ama á 
España, recuerda, como yo lo hago en estos momentos, 
la deuda de gratitud que la América tiene contraída 
para la nación que le dio la civilización cristiana, no 
puede menos de experimentar cierta satisfacción al 
considerar ese predominio de la lengua española; le 
parece que, con orgullo filial, puede decir á la madre 
patria: tú conquistaste América para la civilización 
cristiana, á trueque de grandes sacrificios que te exte- 
nuaron; América, para pagarte tan inolvidable benefi- 
cio, conquista gran parte del mundo para tí: ahí tienes 
esos sesenta millones de hombres, procedentes de los 
cuatro vientos, que hablan tu lengua; los hijos, y los 
hijos de los hijos de esos hombres, hasta las innúmeras 



LA LBNOUA CASTELLANA 91 



generaciones, la llamarán, como nosotroH, lengua ma- • 
dre; y tú, oh vic^ja heroína d*^ la historia, tú reinarás 
en la torcera parto del mundo con sólo hablar. Y tu 
reino no tendrá fin, mientras haya palabra humana. 



Pero señores: para <iuo p]spañai)ueda ejercitar el dere- 
cho que asiste á su lengua sobre el mundo que sacó del 
mar; para que la madre patria sea, como debe ser, el 
núcleo de resistencia contra las tendencias disgregado- 
ras, y el de lucha inteligente en pro ele la unidad de la 
lengua en toda la familia hispanoamericana, fuerza 
nos será convenir en que debe tomar á pechos la con- 
servación de esa unidad dentro de sus propias fronte- 
ras, y dedicarse á ella con ahinco. Esa unidad casi se 
identifica con la unidad nacional, como quiera que ella 
fué también la conquista á que dio cima el esfuerzo 
secular de la España que triunfó en Granada. 

Notad, señores, una circunstancia muy digna de men- 
ción al respecto: en los precisos momentos en que 
España recoge las llaves del último baluarte moro; en 
el momento en que entrega tres barcos y un puñado de 
sus héroes al vidente genovés, para que vaya en busca 
de la visión surgente del Atlántico, el maestro Lebrija 
da á la prensa la primera Gramática Castellana, con el 
propósito, según él mismo lo dice, de engrandecer las 
cosas de su nación, y de dar á su patria, eh los momen- 
tos en que las naves de Colón cruzaban el mar tene- 
broso, una lengua definitiva, para imponer con ella sus 
leyes de vencedor d los pueblos bárbaros ó naciones de 
peregrinas lenguas que conquiste, y que tendrán que reci- 
bir aquellas leyes. La lengua española se formaba, pues, 
en definitiva, esi^ecialmente para la América, para 



92 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

sustituir con ella las peregrinas lenguas del nuevo 
mundo. 

í^y El insigne maestro tenía razón: el pequeño libro que 
escribía era más poderoso, para asegurar la conquista, 
que los mosquetes y arcabuces de los soldados ; ella es 
lo que ha quedado á España de todo su dominio. Es 
bastante, sin embargo. 

Pero hoy ya no existen, como en los tiempos de Le- 
brija, conquistados y conquistadores, vencedores y ven- 
cidos; hoy España, bien que vencedora en el tiempo y 
en el espacio, no intenta imponer sus leyes : reclama 
sólo, y no sin causa, el derecho, y cumple solícita con 
su deber de madre, al estimular á sus hijos, de aquende 
y de allende el Atlántico, á no dilapidar la preciada y 
costosa herencia de la lengua común, que hace comu- 
nes las glorias, común el caudal literario de los siglos 
de esplendor, y da á nuestras ideas, al encenderse en 
nuestro verbo común, la vibración necesaria para bri- 
llar, como las constelaciones cenitales, sobre los dos 

^ hemisferios. 
# La América, dignamente representada en este con- 
greso literario, debe adherir, señores, sin vacilar, á tal 
y tan simpático propósito, y pugnará con vosotros en 
defensa de su herencia. Sensible es que para ello cuente 
en este momento con tan débil intérprete ; pero para que, 
cuando menos en su proposición fundamental, tenga 
esta memoria la debida autoridad, invocaré la opinión 
del más ilustre de los filólogos americanos, de autori- 
dad irrecusable. El esclarecido don Andrés Bello juzga 
de tal importancia la unidad del lenguaje hispano- 
americano, que no vacila en afirmar que ese era uno de 
los principales fines que perseguía al escribir su Gra- 
mática Castellana^ obra monumental que es honra y 



LA LBNGUA 0A8TKLLANA 9: 1 



prez (le las letras españolas, vjuz^o importante, rjice 
el sabio venezolano, la conservación de la lengna de 
nuestros padrea en su posible pureza, como un medio- 
proviiieuoial ile coniunioación, y un vínculo do frater- 
nidad entre las naciones de origen espauol derramadas 
sobre los dos continentes». Como se ve, la proposición 
del maestro americano coincide en un todo con la de 
la primera sección de Filología que me cabe la honra 
de elesarroUar en este congreso literario hispanoame- 
ricano. Voy, pues, en buena compañía, y recorreré con 
seguridad el camino. 

Sí, señores: la América debe conservar y conservará, 
de acuerdo con España, la unidad de la lengua común; 
debe vigorizar los agentes que á ello contribuyen, y 
combatir los que propenden á menoscabar tan preciosa 
unidad. Pero, como lo afirma el mismo Bello, es pre- 
ciso no confundir la unidad con el purismo supersti- 
cioso ; ella no pugna tampoco, en manera alguna, con 
el desarrollo progresivo, natural y científico, del orga- 
nismo vivo del idioma, ni es parte á arrebatarle la 
fuerza asimiladora que caracteriza la vida, sino que, 
por el contrario, alimenta su vigor y acrecienta sus 
energías, á fin de que pueda absorber sin ser absorbido; 
así podrá armonizar el crecimiento con la existencia, 
el movimiento con el orden, la autoridad y el uso con 
la ciencia y con la lógica. 

Eso es lo que demostraré en esta memoria. 



Con decir que los pueblos que hoy hablan el idioma 
castellano son, como no es posible dudarlo, sociabilida- 
des civilizadas con personalidad y carácter propios, 
dicho se está que deben considerar su lengua tan incon- 



94 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

movible y permanente en su esencia y en su genio, 
como su propia personalidad política y sociológica. 
Dudar de la primera ó suponerla en formación caótica, 
es vacilar sobre la segunda, es considerarse á sí mismo 
como un embrión, como la materia cósmica de que se 
formará ó no se formará un ser colectivo, pero no como 
una persona social determinada y definitiva. Y huelga 
decir que un pueblo que admite dudas sobre su propia 
existencia de tal, no pueder ser considerado como un 
pueblo. 

La unidad de las lenguas con vasta jurisdicción terri- 
torial ha coincidido siempre, en la historia de la huma- 
nidad, con las épocas de progreso y esplendor de las 
naciones; la desmembración del lenguaje, por el con- 
trario, ha sido signo inequívoco de decadencia; ha 
representado, en el orden moral y social, lo que el feu- 
dalismo ó la anarquía en el orden político, lo que la 
descomposición cadavérica en el orgánico. Los hechos 
que pudiera citar en apoyo de mi afirmación han acudido 
ya á vuestra memoria, segiín son ellos notorios y conclu- 
yentes; pero ninguno más interesante, oportuno y digno 
de estudio, que el que nos ofrecían los pueblos salvajes 
de América al ser ésta descubierta. Una infinita varie- 
dad de lenguas, revelación del estado de aislamiento y 
de ignorancia de aquellos hombres, poblaba el conti- 
nente, y era indudablemente una de las causas, y no 
la menos principal, que impedía, y hubiera impedido 
siempre, su civilización, si una lengua común no hu- 
biera creado allí la comunicación moral é intelectual de 
los hombres. 

La América era un torre de Babel. Los escritores de 
los primeros tiempos del descubrimiento, Fernández de 
Oviedo, Solórzano, los misioneros, nos manifiestan su 



I.A LBNQUA CA8TRLLANA 96 



sorpresa al rosi)ec!to; <'l Padre Kirdifr, r-it-ado por «•! 
erudito Fernández y González, lleva el número de len- 
guas americanas á ([uinientas; en el siglo xviii, don 
Juan FraiK'isr-o Lójíez afirma que se hablahan en las 
indias occidentales no menos de mil (juinientas; y esta 
opinión aparece confirmada por el abate Clavijero, qne 
atestiguaba haber distinguido hasta treinta y cinco len- 
guas diferentes, sólo en naciones conocidas de la juris- 
ilicción de Méjico. En el siglo pasado, los estudios de 
Buschmann, D'Orbigny, Orozco y Berra, Bancroft, Fe- 
derico Muller y otros, citados también por Fernández y 
González, denuncian cifras análogas; y Brinton, el ilus- 
tre profesor de arqueología y de lingüística americanas, 
habla de unos ochocientos cincuenta y cuatro lengua- 
jes, entre idiomas y dialectos. 

¿Cuáles eran las causas de esa enorme variedad de 
dialectos y lenguas en el continente descubierto por 
Colón? 

No hay duda de que la diversidad de origen del hom- 
bre americano es una de ellas. Ni mi preparación cien- 
tífica en esta materia, que excede mis facultades; ni la 
índole y proporciones de esta memoria, me autorizan á 
desarrollar ese debatido é interesantísimo tema. Yo 
creo, sin embargo, con las últimas conclusiones de la 
ciencia, que existieron en nuestro planeta comunicacio- 
nes terrestres ó marítimas distintas de las que conoce- 
mos por la historia del hombre. Cada período geológico 
ha modificado la estructura de la costra terrestre; aun 
en nuestros días, sentimos de vez en cuando, como es 
notorio, bajo nuestros pies, la lenta continuación subte- 
rránea de ese misterioso proceso evolutivo de tierras y 
de mares. Se eleva el suelo submarino del Atlántico, se 
modifica el relieve de las costas, parece que, como enor- 



d6 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

mes cetáceos dormidos sobre el mar, los continentes, al 
moverse y cambiar lentamente de estructura, quieren 
demostrarnos que, aunque sumergidos en sueño secular, 
no están muertos. Existió un continente en el Atlán- 
tico entre América y África; esas constelaciones de is- 
las de los archipiélagos del Pacífico son restos que so- 
brenadan de otros continentes tragados por el mar, son 
como palabras que persisten de un idioma extinguido; 
la Australia es un pedazo de una pequeña América, rota 
por un zarpazo del abismo. 

Sí: ha habido un día, envuelto en niebla, en que el 
antiguo y el nuevo mundo se han dado la mano; por 
allí, por el Atlántico y por el Pacífico, desde el occi- 
dente de Europa y desde el oriente de Asia, ha pasado 
á América la emigración humana, hasta que los levan- 
tamientos de los Alpes, quizá, del Himalaya, de los An- 
des, y los derrumbes caóticos acaecidos en el Atlántico 
y en el Pacífico, interpusieron las inmensidades oceá- 
nicas entre los continentes que sobrevivieron al gran 
cataclismo geológico. 

Quedaron, pues, en América, diversos pueblos de dis- 
tintos orígenes, con diferentes caracteres antropológi- 
cos, con diversas lenguas. Pero si bien es cierto que 
esa es una de las causas, sin duda la principal, de la 
variedad de lenguajes americanos, no lo es menos que 
la desmembración ó descomposición de éstos, y la con- 
siguiente formación de infinitos dialectos, á que antes 
me he referido, tuvieron por causa, y fueron causa á su 
vez, de la decadencia, de la ignorancia y de la barba- 
rie en que la civilización cristiana encontró á los abo- 
rígenes de América. Sin terciar en las disputas que se 
han empeñado á este respecto, á mí me basta saber, 
para apreciar dicho estado, aun entre los pueblos más 



LA LENGUA CASTELLANA 97 



adelantados del contiuento en la época del descubri- 
miento, lo siguiente : en materia moral, no conocían á 
Dios, mucho menos á Jesucristo, y ofrecían sacrificios 
humanos; en materia económica, no conocían la mo- 
neda; en materia industrial, no conocían la rueda. 

Max Müller cita una observación de Mr. H. Bates, 
que vivió muchos años entre las tribus del Amazonas, 
y que es muy digna de ser tenida en cuenta, siquiera 
sea por el color sugestivo con que está expuesta. 

«La lengua, dice Bates, no es un guía seguro para 
establecer la filiación de las tribus brasileñas, puesto 
que siete ú ocho lenguas se hablan en las orillas de un 
mismo río, en un espacio de 200 ó 300 millas. Hay en 
las costumbres indias ciertas particularidades, que aca- 
rrean la alteración de las lenguas y la separación de los 
dialectos. Desde el momento en que los indios, hombres 
ó mujeres, se ponen á conversar entre si, parece que 
tienen un placer especial en desfigurar las palabras y 
en inventar pronunciaciones nuevas. Es ciertamente 
divertido el ver cómo toda la reunión estalla en risa, 
cuando el gracioso del corrillo encuentra algún nuevo 
término de jerga ó jerigonza; y esas palabras nuevas 
permanecen muy á menudo ». 

« Desde que estas corrupciones de lenguaje se produ- 
cen en una familia ó en una pequeña horda, que perma- 
nece á menudo, durante largos años, sin comunicación 
con las demás tribus, aquellas palabras quedan consa- 
gradas por el uso definitivamente. Así es como las hor- 
das separadas, aunque pertenezcan á la misma tribu y 
habiten las orillas del mismo río, acaban, después de un 
número de años de aislamiento, por no ser entendidas 
por sus hermanos. Me parece, pues, muy probable que, 
en esta disposición á inventar nuevas palabras y nue- 

cojnr. T Disc. 7. 



98 CONFBRBÍÍCIAS Y DISCURSOS 

vas pronunciaciones, y en el aislamiento en que viven 
las hordas y las tribus, es en donde podemos encontrar 
las causas de la asombrosa diversidad de los dialectos 
de la América Meridional » . 

¿No es verdad, señores, que, si bien en menores pro- 
porciones, algo de lo que observaba Bates entre los sal- 
vajes podría observarse en el seno de nuestras socie- 
dades cultas, para atribuir á ello la decadencia ó la des- 
membración de nuestra lengua común ? ¿ No es verdad 
que ello nos debe mover y convidar á ponernos en 
guardia, parapetados en la ciencia y el buen sentido, 
contra la invasión de la ignorancia inconsciente, que 
así habla de reformar ó enriquecer la lengua sin cono- 
cerla, como de formar nuevos idiomas al azar? 



Como desaparecen las estrellas, cuya luz de plata pa- 
rece diluirse en las primeras tintas de la aurora, así 
desaparecieron las lenguas primitivas de América al sa- 
lir el sol de nuestra lengua castellana; y es incontro- 
vertible que la marcha de la civilización en el conti- 
nente, ha sido determinada por la ascensión de ese sol 
en el cielo de nuestra América española. Cuando menos, 
es un hecho que allí donde su luz no ha penetrado, ha 
continuado la noche de la barbarie. 

Pretender que los pueblos americanos retrograden de 
esa luz meridiana, si nó al caos absoluto de las lenguas 
aborígenes primitivas, al vago crepúsculo en que se 
hallaban los pueblos occidentales de Europa antes de 
la formación de sus actuales lenguas, sería renunciar, 
sin causa alguna ni pretexto, al legado providencial de 
los siglos. Y no otra cosa que esa regresión sería la for- 
mación de dialectos en las diferentes regiones ó estados 



LA LRNOUA CARTRLLANA 99 



americanos, sin luá.s baso (juo la ignorancia (ic la len- 
gua heredada, ó el desdan indolente en lo relativo á su 
cultivo científico, y á la conservación fie mu pureza y 
unidad. 

Bien es verdad (pie ha habido quien afirme que la 
lengua castellana llegará á ser, con el andar del tiempo, 
lo que el latín clásico: una lengua muerta, que sólo vi- 
virá en sus hijos: estos serán tantos cuantos sean los 
estados hispano -americanos, España misma inclusive. 
Pero esa hipótesis, además de ser gratuita, no puede 
sernos simpática. No fué ciertamente una ventaja para 
el mundo romano la desmembración de la lengua co- 
mún, si es que común pudo considerarse en él la lengua 
latina, como lo es hoy la castellana entre los pueblos de 
América, lo que no creo. Si esa comunidad hubiera exis- 
tido, nada hubiera sido más grande que su conserva- 
ción. Imaginémonos, si nó, á la Italia, la Francia, la Ru- 
mania, la España, el Portugal, y todos los estados 
iberoamericanos hablando la misma lengua, cultiván- 
dola, inoculándole la vida intelectual y moral de toda 
esa gran familia latina. ¡ Qué tesoro no sería para ésta 
la posesión de esa lengua común ! 

Pero he dicho que la hipótesis es gratuita. La des- 
membración del latín, y la formación de los idiomas ro- 
mances, obedecieron á causas que la ciencia ha estudiado 
y establecido, y que no obran sobre el castellano. Ni las 
influencias étnicas }'• antropológicas; ni las sociológicas 
determinadas por las distintas invasiones del Norte en 
los diversos pueblos de la Europa occidental; ni el aisla- 
miento en que éstos se encontraban por falta de fáciles 
comunicaciones; ni las rivalidades seculares de senti- 
mientos é intereses entre los distintos pueblos, ni nada 
de lo que determinó la formación del francés al lado 



loó CONi'BRENClAS Y DISCURSOS 

del español, ó del italiano al lado del francés, concu- 
rren á formar el argentino al lado del uruguayo ó del 
chileno, ni el mejicano aliado del centroamericano. Las 
grandes influencias que pueden modificar la lengua 
castellana se ejercerán por igual en toda su masa, en 
todos los pueblos que la hablan, España inclusive; las 
diferencias locales serán siempre accidentales, más de 
vocabulario que de sintaxis, tal cual acontece con el 
francés en las diversas regiones de Francia, ó con el es- 
pañol en las d© España. 

Porque es preciso no echar en olvido que la domina- 
ción de Roma sobre los pueblos europeos, fué militar y 
política; pero no sustituyó un pueblo á otro en las re- 
giones á donde llevó sus armas. Las poblaciones euro- 
peas primitivas, aunque adoptaron la lengua del vence- 
dor, persistieron como entidades sociológicas, se desa- 
rrollaron, constituyeron la única base de las distintas 
naciones latinas. No así en América: las poblaciones 
aborígenes han sido allí sustituidas por la nueva raza 
europea, que llevaba como verbo la lengua española, y 
es ésta exclusivamente la que ha servido de base á las 
distintas sociabilidades americanas. La civilización del 
nuevo mundo es, desde su origen, la civilización euro- 
pea, la civilización cristiana; ñola azteca, ni la incá- 
sica, ni la guaranítica, que, como entidades sociológicas, 
desaparecieron desde los albores de la conquista. La 
colonización europea en América fué una especie de 
repoblación. 

Es verdad que, así como España impuso su lengua 
á las distintas regiones de América que dominó, Roma 
había impuesto la suya, el latín, á los distintos pueblos 
de Europa; ese predominio del latín en Europa, fué, sin 
duda alguna, tan grande ó mayor que el del español en 



LA LBNQUA CASTELLANA 101 



América; llego á creer (lu»- lo fué más: creo que los ves- 
tigios de las lenguas primitivas americanas on nuestro 
lenguaje popular, no son menores (juo los (|ue (juerlan 
en el español do las lenguas primitivas de los iberos, 
de los celtas, de los fenicios y demás pueblos anteriores 
á la dominación púnica, y aún más que á los que deja- 
ron los bárbaros del Norte y los mismos árabes, con 
haber éstos dominado durante largos siglos en la penín- 
sula. El español, como el italiano ó el francés ó los 
otros romances, es hijo exclusivamente del latín; quí- 
teseles todo lo que puedan tener de celta, de godo, de 
árabe, y apenas si se echará de menos; hágase con el 
español, por ejemplo, la prueba que hizo Chevallet con 
el francés, cuando puso el mismo pasaje de la Biblia en 
celto- bretón, en tudesco, en latín y en francés, y se 
verá que el mismo resultado que él obtuvo en su lengua 
se ofrece en la nuestra: de 71 palabras del texto, las 66 
eran latinas, 5 germánicas y 1 celta. 

Pero adviértase que, si bien eso demuestra que las len- 
guas romances de Europa fueron hermanas, como hijas 
del latín, no por eso queda demostrado que fueron lo 
mi.'inia lengua^ como lo fué desde su origen, y lo es hoy 
día. el español, en todos los estados de América. Desde 
el primer momento de su nacimiento en los distintos 
pueblos europeos, el neo -latín de cada uno de ellos, 
por los motivos antropológicos, sociológicos, políticos, 
geográficos, y hasta económicos á que antes me he refe- 
rido, tomó su rumbo divergente; y la dispersión hubiera 
sido mucho mayor, con gran perjuicio de la gran fami- 
lia latina, si, al dejar el imperio romano todo el occi- 
dente de Europa á merced de las hordas invasoras con 
la traslación de su capital de Roma á Bizancio, no hu- 
biera existido otra gran entidad que restableciese en 



102 CONTEREXCIAS Y DISCURSOS 

occidente el benéfico predominio de Roma, y conservase 
su preciosa lengua; esa entidad, como lo sabéis, fué la 
Iglesia, que, haciendo de la capital del imperio la me- 
trópoli del cristianismo, y adoptando el latín como len- 
gua cristiana por excelencia, inoculó en él su indestruc- 
tible vitalidad ; y haciéndolo servir de intérprete á la 
civilización de la edad moderna, reservó á la gran fami- 
lia latina el honor, que hoy es su gloria, de ser madre 
de la humana civilización. 

Pero ninguna de esas circunstancias, lo repito, con- 
curre, ni remotamente, en el reinado de la lengua espa- 
ñola en el continente americano ; y nada es, por consi- 
guiente, más contrario á la historia y á la ciencia filo- 
lógica, que la hipótesis á que me he referido, y que 
combato. 

No es, pues, de presumir, y menos de desear, la muerte 
de la lengua madre castellana, como condición necesa- 
ria para que sus hijos gocen de su autonomía política ; 
esta no exige la malversación de la preciosa herencia 
común, tanto más preciosa cuanto mayor sea el número 
de hombres y naciones que nos entiendan cuando ha- 
blemos nuestra lengua materna. 



¿Debe ahora deducirse de esa doctrina, que la conser- 
vación de la unidad y pureza del idioma imjDorta nece- 
sariamente condenarlo á muerte y momificarlo, deján- 
dolo, como la religión de los egipcios, á merced del al- 
bedrío de una casta privilegiada, y haciéndolo inaccesi- 
ble á la influencia popular? 

Todo lo contrario : los dos factores esenciales eu la 
formación y desarrollo de las lenguas son precisamente 
el individuo con su iniciativa propia, y el todo social 



LA LENGUA CASTELLANA 108 

que en ella influyo, (juo la determina en gran parte, 
y que consagra por el uso el signo creado por aquél. 
En la mutua corriente entre ambos factores, consiste la 
vida del lenguaje, « producto vivo del hombre interior » 
como dice Schlegel. Podría, pues, afirmarse que las 
lenguas están en perpetua formación, en creación in- 
definida. 

Las lenguas cultas, consideradas, no sólo en su desa- 
rrollo, sino aun examinadas en su esencia, son hijas le- 
gítimas, no de otra lengua madre, sino de los dialectos 
populares precisamente : por ellos nacen y por ellos se 
desarrollan. 

El latín clásico, que, descompuesto por los distintos 
pueblos, dio origen alas lenguas romances ó neolatinas, 
era, en su origen, uno de los dialectos de los habitantes 
de Italia; era, en Italia, el dialecto del Lacio; en el La- 
cio, el dialecto de Roma ; en Roma, el dialecto de los 
patricios. 

El pueblo, pues, ha dado y dará siempre la materia 
prima, si se me permite la expresión, para la cons- 
trucción y desarrollo de las lenguas literarias; pero 
para que estas tomen los caracteres de tales, dejando de 
ser dialectos informes y sin persistQncia, es necesario 
que sean fijadas, organizadas y usadas, ya no por el 
pueblo solamente, sino por los Livios y los Andrónicos, 
por los Catones y los Lucrecios, por los Scipiones y los 
Hortensios y los Cicerones. Por eso el latín prevaleció, 
y levantó su colosal predominio sobre las ruinas de 
otros dialectos, que desaparecieron ó se fundieron en la 
lengua soberana, absorbidos y sojuzgados por ella: por 
que se formó, es decir, porque fué amasado, si me tole- 
ráis la frase, por el esfuerzo de la inteligencia humana. 
Eso es lo que yo llamo formarse. Todo se cubre y en- 



104 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

vuelve naturalmente en formas, dice Carlyle; la única 
parte utilizable de la tierra es la formada^ la que re- 
presenta una suma de fuerza invertida en ella por la 
industria y el ingenio del hombre. Podría decirse, 
agrega el pensador inglés, si no vamos desacertados, (y 
ésta sería la definición más breve ) que las formas que 
crecen espontáneamente alrededor de una substancia, 
corresponderán á la naturaleza real y espíritu íntimo 
de la misma, y esas serán las formas verdaderas, las 
buenas; pero las formas que se disponen consciente- 
mente alrededor de una substancia, serán, por ese mero 
hecho, falsas, no genuinas. 

Así se forman^ efectivamente, los idiomas, como to- 
das las cosas; así se formó el latín, y por eso preva- 
leció. 

Otro tanto pudiera decirse de las lenguas romances 
modernas, y entre ellas de nuestro castellano, que, como 
el latín en Italia, se formó en la península ibérica por 
el predominio de uno de los dialectos populares, fun- 
diendo en este todos los elementos asimilables de ori- 
gen distinto, é inoculando, por fin, en ese limo deposi- 
tado por el tiempo en el territorio de la nación española, 
el aliento vital del espíritu de ésta, que cobró forma 
definitiva en el verbo de sus grandes escritores. 



Ahora bien, señores : si el lenguaje del pueblo es el 
germen de la lengua ; si él tiene tan vital intervención 
en su nacimiento, ¿ cómo no ha de tenerla en su per- 
petuo desarrollo ? ¿ Cómo, pues, al pasar á América la 
lengua castellana, no ha de sentir la influencia de las 
nuevas sociabilidades cultas allí establecidas? 

Allí dejaron las lenguas y dialectos de nuestros 



LA LBMOUA CASTELLANA 106 



aborígonos sus profundos vestigios; allí los vocabloH 
vulgares de la fauna y de la flora indígenas se imponen, 
no sólo al lenguaje jiopular, pero al mismo vocabulario 
(le la ciencia; allí las faenas del campo, por ejemplo, 
distintas de todo en todo de las europeas, han exigido 
utensilios propios, instrumentos de labor no conocidos, 
operaciones características que, para ser designadas, 
han exigido la creación de nuevos vocablos: el pastor ó 
el tropero, conductor á grandes distancias de nuestros 
ganados innumerables ; el agricultor ó el chacarero, ha- 
bitante del rancho aislado, pues allá no se conoce la 
aldea; el hombre casi nómada, el gaucho de nuestras 
pampas ó de nuestras colinas ; el esforzado soldado de 
nuestras luchas que, con el flotante poncho al viento y 
el lazo y las boleadoras sobre las ancas de su insepara- 
ble amigo, recorría las llanuras ó las cuchillas, llevando 
por lanza un trozo de tijera de esquilar enastado en 
una tacuara ó caña americana, todas esas faenas, todos 
esos tipos, y tantos más, tales y tan llenos de carácter, 
han tenido que dar nacimiento á nuevas voces irrem- 
plazables. Ellas, lejos de adulterar el idioma, lo enri- 
({uecen, porque agregan á él, nó nuevos términos bár- 
baros, de esos que, como la mala yerba en la vegetación, 
se desarrollan á expensas de los vocablos útiles y cas- 
tizos que ellos matan y sustituyen, sino un caudal pre- 
cioso de voces con etimología racional, intérpretes de 
ideas, de sentimientos, de necesidades y de objetos 
nuevos. 

Todo eso puede y debe incorporarse al caudal de la 
lengua común sin adulterar su genio ni romper su uni- 
dad científica, antes imprimiéndole, dentro de esta, una 
pintoresca y sugestiva variedad. 

Otro tanto debe afirmarse, y por las mismas razones. 



106 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

sobre la incorporación al vocabulario de las voces y 
locuciones de otras lenguas cultas modernas. La influen- 
cia de estas sobre nuestra lengua común, puede serle 
favorable, y puede serle perjudicial: favorable, cuando 
aumenta su léxico con voces nuevas necesarias ó útiles, 
que no destierran del uso popular vocablos equivalen- 
tes, tanto ó más eufónicos y expresivos, y más de 
acuerdo con el genio de la lengua; muy perjudicial, 
cuando, no sólo destierra esos vocablos, sino que, intro- 
duciendo sonidos y signos gráficos contrarios al genio 
de la lengua, y hasta á la disposición orgánica de los 
que la hablan, y, sobretodo, atacando la estructura sin- 
táxioa, que es el alma del idioma, introduce en éste el 
germen de la corrupción y de la muerte. 

Bien es verdad, señores, que esa influencia deletérea 
de las lenguas extranjeras sobre la lengua española, se 
siente profundamente en los pueblos hispanoamerica- 
nos, por lo mismo que ellos son el gran receptáculo de 
la inmigración cosmopolita de que están formados prin- 
cipalmente; pero no es menos cierto que ella se echa 
de ver y se deplora también en España, y que no pocos 
de los giros, locuciones y vocablos bárbaros que inficio- 
nan el lenguaje americano han pasado antes por la san- 
ción del uso español. Eso denuncia poca fe en la vitali- 
dad de nuestra lengua común, en su fuerza de asimilación 
conciliada con la de propia conservación. Y es preciso 
que los hombres que meditan seriamente sobre el por- 
venir de la patria, y el de la familia hispánica, se empe- 
ñen, tanto en España como en América, por demostrar, 
recordando las épocas de esplendor, que nuestra lengua 
castellana, conservada en toda su pureza esencial, y des- 
arrollada científicamente, tiene energías y elementos 
sobrados para disputar á cualquier otra lengua la sobe- 



LA LBNaUA CARTBLLANA 107 



ranía on todas las osfcn'as rln la actividad humana; es 
menester (|ue nosotros mismos ad<juiramos la convicción 
ilt* (|in>, si el iiuiravilloso instrumento do nuestra hinp;ua 
no luí producido, en los i'dl irnos siglos, los graiuliosos 
acordes originales de otros tiempos o do otros pue- 
blos, no debemos imputar ese silencio al instrumento, 
ni mirar impasibles su inconsiderada destrucción. Ks, 
pues, común y urgent«> la necesidad do luchar, tanto en 
Kspaña como en América, contra las influencias disgre- 
gadoras á que me he referido, sin que ello entrañe, como 
algunos han (juerido suponerlo, la momificación del ha- 
bla castellana. Hemos sentado quo el desarrollo progre- 
sivo es la vida de una lengua; y mal puede suponerse 
que de la asimilación constante, que constituye preci- 
samente la vida, ha de resultar la muerte del organismo 
de un idioma, es decir, la pérdida de su carácter, de su 
unidad, ó, más propiamente dicho, y para expresarlo en 
el término más comprensivo, la transformación brusca 
ó irracional de su gramática, de su sintaxis. 

Con esto no quiero afirmar que la sintaxis no sufra 
también, como el léxico, transformaciones; pero, esas 
transformaciones son tan lentas é insensibles, que no 
son percibidas por una generación. 

Yo, por mi parte, debo confesar que las influencias 
extranjeras sobre la lengua castellana en América no 
me sobresaltan hasta hacerme temer por la vida de la 
última, ni mucho menos. Bien es verdad que esas in- 
fluencias tienen que modificar algo el idioma ; pero lo 
modifican mucho menos de lo que generalmente se 
cree, y, sobre todo, es incomparablemente mayor la 
influencia que en América ejerce el idioma castellano 
sobre las ideas y costumbres y tendencias extranjeras 
introducidas allí, que la que los idiomas extraños pue- 



108 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

den ejercer sobre la lengua española. Y con decir que 
las ideas y las costumbres propias quedan vencedoras 
de las extrañas por la influencia de la lengua, dicho se 
está que vencedora queda también ésta. 

Creo, por otra parte, señores, que nuestra lengua es- 
pañola, como todas las lenguas, contiene en su propia 
esencia tesoros secretos ó inexplorados, potencias des- 
conocidas, gérmenes ocultos, que bien pueden hallar 
ambiente propicio j^ara desarrollarse en la tierra ame- 
ricana, como otros lo han hallado y lo hallarán en tierra 
española. Esa nueva eflorescencia de la lengua caste- 
llana, será siempre una manifestación y un ensanche del 
alma hispánica, y no hay que mirarlo con ojeriza. 

Entre los filólogos modernos, ninguno acaso como 
Max Müller, el célebre autor de La Extratificación del 
Lenguaje^ ha sentado y desarrollado los verdaderos prin- 
cipios lingüísticos. De ellos ha deducido dos fundamen- 
tales, que califica de verdaderos axiomas: 1." La gramá- 
tica es él elemento más esencial, y, por consiguiente, la 
base de la clasificaciófi de las lenguas. 2.° Una lengua 
mixta 710 es posible. 

De estos dos axiomas filológicos, cuyo desarrollo no 
cabe en los límites de esta memoria, debemos deducir 
que la inevitable incorporación al lenguaje comiín his- 
panoamericano de nuevos vocablos y locuciones no 
debe ser tan inconsciente é iliterata que pugne con la 
elemental estructura de la lengua, adulterando su gra- 
mática. 

Si eso se aceptara, á poco andar del tiempo tendrían 
distintas lenguas iliteratas é informes, no ya cada uno 
de los estados de la gran familia hispanoamericana, 
sino cada una de sus regiones dentro de la república, 
cada ciudad, dentro de la región, cada barrio dentro de 



l.A l.RNUUA CAHTBLLANA 109 



la cíndarl. Reprodnriríamos la Airn^rira antorior al de»- 
fulniinií'iito. 

No podemos aspirar A tal situación Ioh quo, en pOHP- 
sión do una Icnj^iia como lacaNtcllana, somos duefiosde 
un tesoro inapreciable; no va posilde sostener (jue el uso 
que do esa lengua se hace en el corrillo, en la conver- 
sación familiar, aun en la prensa periódica, á la que »'l 
vértigo do la labor diaria no permite el esmero y la co 
rrección necesarios, ha <le sobrejjonerse al uso conse- 
cuente y científico, meditado y noble de los Cervantes, 
Granada, Quevedo, Solís, Jovellanos, Lista, Bello, He- 
redia, Valera, Meiiéndezy Pelayo, Pereda, Caro, Cuervo, 
Pardo y Aliaga, Tamayo y Baus, Becquer, Fernández 
Guerra, Núñez de Arce y tantos otros que, así en Es- 
paña como en América, significan, no sólo el esplendor 
y la gloria de la lengua española, sino su marcha y sus 
modificaciones progresivas, sus palpitaciones al través 
del tiempo, su energía asimiladora, la conciliación, en 
una palabra, del movimiento con el orden, del uso con 
la lógica, del desarrollo con la vida. 



Ntíñez de Arce 



Discurso pronunciado en el Banquete dado por la Asociación de Es- 
critores y Artistas Españoles en honor de su Presidente Doa 
Oaspar Núñez de Arce, el 5 de Enero de 1894. 



Nnettro" pocU. — Añoranzas de América. — Qlorificaclóo i» 
España en el poeta español. — El poeta y la poesía. — La 
forma rítmica. — La región de üu madres. — El que viene 
de allá. —Los qne redtwn el mensaje musical. —Lo que 
trajo Núñei de Arce á sh refreso. — La aclamación de ia 
raía. 



Sí, sefiores: me lie dado euenta del deber que me 
impone el honor que me habéis dispensado al sentarme 
en este sitio, á la derecha del poeta, y estoy dispuesto 
á cumplir con eso mi deber. No importa que, para ma- 
yor confusión mía, tenga que proyectar mi pensa- 
miento sobre ese resplandor que acaba de dejar la pa- 
labra del ilustre don José de Echegaray en vuestro 
espíritu deslumbrado ; no importa. Yo haré que la mía, 
ya que no por lo brillante y elocuente, por lo sincera y 
calurosa, sea luz en esa luz, chispa en ese fuego, gota 
de agua ó de granizo en esa lluvia resonante. Yo, en 
nombre de mi Uruguay, que en España represento, en 
nombre de mi América, cuya voz me parece sentir vi- 
brar en la mía al celebrar á Núfiez de Arce, me uno á 
vosotros, señores, en la glorificación de vuestro poeta, 
de nuestro poeta, debo decir, del que. siendo gloria y 
esplendor de nuestro verbo común, es el símbolo ama- 
ble y el más perdurable y artístico monumento de 
nuestro mutuo afecto. 

Y'o agradezco á la Asociación de Escritores y Artistas, 
yo os agradezco á vosotros todos, señores, el que me 
hayáis dado esta nueva ocasión de dejar en España 
todo lo que para España traía desde mi tierra, además 



COXT. T DISC 



114 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

de mis mensajes oficiales : todos los mensajes de afecto, 
todas las saudades ó añoranzas, ó como querrais lla- 
marles, recogidas aquí y allá del alma americana en un 
largo espacio de tiempo, y en los momentos de las ex- 
pansiones dispersas, que brotan ingenuas y calientes en 
las ocasiones propicias. 

Yo os estoy reconocido, porque, así como ayer me 
dabais parte en vuestras mejores glorias, incitándome á 
invocar mi sangre y mi lengua, para poder llamar glo- 
rias comunes á las españolas del descubrimiento de Amé- 
rica, hoy me dais parte principal en vuestras alegrías, 
ofreciéndome la ocasión de ensalzar en coro litúrgico 
con vosotros al poeta que siempre amé, al viejo bardo 
amigo, cuyas estrofas aladas y despertadoras sentí pa- 
sar, tocando á gloria en sus clarines de plata, en la ma- 
ñana de mis años, y despertando en mi alma nubil, como 
cantos nupciales, las primeras revelaciones de pubertad 
del pensamiento creador; al vigoroso poeta de las cum- 
bres, cuyo pujante grito rítmico, lanzado aquí, en medio 
á los combates por los grandes ideales, iba á repercutir 
allá, al través del Atlántico, como el trueno de las mon- 
tañas, en el fondo de las almas americanas apercibidas 
también á la batalla; al poeta de la esperanza, señores, 
de la esperanza que, como planta que arraiga en las 
grietas de las ruinas y se alimíínta de sus jugos acres 
para envolverlas en flores de ovarios dulces, brota siem- 
pre de entre las dudas amontonadas en el corazón de 
vuestro bardo por el humano combate, y las hace desa- 
parecer en la eflorescencia triunfante de vuestra fe 
cristiana secular. 

Sí, señores; yo alzo mi aclamación con la vuestra, y 
me siento alegre y feliz al ver que, en esta fiesta de la 
familia española, no disuena del todo la voz del amigo 



NI*!!)»/ 1>K AKCB 115 



uinrric'rtiio; yo corono i'i la iiiadro »'n la trente «1*»1 lujo 
predilecto, porque eso qutí en ella brilla y noH encanta, 
no es otra cosa, miradlo bien, señores, no es otra cosa 
que la huella del beso de vuestra Patria espaíiola que 
lo ha besado en los ojos. Es olla la que ha hecho luz en 
su alma; es ella la que ha hecho fuego en sus estrofas; 
es ella la que ha hecho gloria en su vida y en su 
nombre. / 

Y eso es siempre el poeta, señores: una «juinta esencia; 
eso es Núñez de Arce en este momento: la melodiosa 
personificación de vuestra España, la de su espíritu, la 
de sus ideales, la de su naturaleza, la de sus dolores, la 
de sus cicatrices. 

¡Y se ha dicho, sin embargo, señores, que la poesía 
ya no existe, ó que, como princesa destronada y fugi- 
tiva, abandona y hasta rehusa el cincelado alcázar de 
la estrofa señorial en que nació, para refugiarse, con- 
fundida con la plebe, en el albergue j)restado de la frase 
sin sugestión y sin nimbo, hecha sólo para tener un 
sentido, sin tener una alma! 

Oh, nó señores; la poesía, el canto, el pensamiento 
musical, ha existido y existirá; nosotros lo estamos 
proclamando en esta fiesta; existirá mientras haya pue- 
blos dignos de ella, pueblos capaces de reflejar la luz 
solar de un ideal. Si llegara un día en que no se la en- 
contrara sobre la faz de ¡atierra, no debiera decirse «ya 
no hay poesía», como no debiera decirse «ya no hay 
sol » porque un planeta tributario se ha sumergido en 
la obscuridad ó en la penumbra, ó .se ha desprendido de 
la eterna armonía de los orbes. 

La poesía, señores, no es otra cosa que el resplandor 
melodioso de los seres ó de los hechos, reflejado, al 
través de lo infinito, en las almas capaces de encen- 



116 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

derse, dando forma concreta á la luz, á la eterna vi- 
bración afinada, difundida por el espacio invisible. 

El historiador narra el hecho, el novelista lo detalla 
y anima, el filósofo estudia sus causas; pero en el he- 
cho, señores, existe algo más, existe mucho más que el 
hecho mismo, y que es muy distinto de este: existe su 
resplandor, su resonancia en el alma humana, su reper- 
cusión melodiosa en el espíritu del pueblo; y eso es algo 
que es en sí, algo sustancial que vive, que es noble ó in- 
noble, es grande ó pequeño, según la capacidad ó. el tem- 
ple del espíritu que crea la repercusión; algo que per- 
manece y que perdura: que permanece y perdura en la 
tierra si encuentra en ella una alma escogida y una 
forma sensible que le den albergue, ó que se va para 
siempre á la región serena de las madres impasibles, si 
no halla entre nosotros una alma digna de ser su habi- 
tación y su intérprete. Y allá la espera, señores, allá es- 
pera su forma rítmica ; allá aguarda á su hermana mu- 
cho tiempo, indefinidamente: allá, en la región déla per- 
durable belleza. Sí ; yo quiero imaginarme, para creer 
en él con devoción, un sitio entre los mundos, á donde 
va á parar y á existir todo lo grande, todo lo bello que 
ha pasado entre nosotros sin reflejo y sin historia: los 
actos heroicos ignorados, los suspiros que el hombre no 
escucha ni comprende, las lágrimas ahogadas en se- 
creto, los llantos de los niños huérfanos, los anhelos de 
los pueblos mártires, los largos ayes de las razas extin- 
guidas, los deseos muertos de sed. los amores muertos 
de frío, los recuerdos sepultados vivos, las esperanzas 
abrigadas muertas en senos calientes y palpitantes pero 
sepulcrales. Allí, en ese sitio, fuera del alcance de nues- 
tra mirada, las resonancias de la tierra, las armonías 
de las almas dispersas, se mezclan á las armonías de los 



NÚÑBZ DE AROB 117 



orbes; los amores engendran inuiiflos, las auroras abren 
épocas siderales, las antorchas son estrellas recién na- 
cidas (jue se oncionden para iniciar su jornada. Es do 
ese mundo, señores, do donde proceden los recuerdos 
sin imagen sensible, los deseos sin objeto propio, las 
revelaciones sin procedencia: es de ese mundo de donde 
proceden osos grandes silencios que descienden de los 
astros en las noches inmóviles. 

No todos podemos asomarnos á ese mundo, señores, 
])orque no todos los oídos están dispuestos para resis- 
tir sus voces, ni todos los ojos constituidos para recibir 
sin cegar, los resplandores ígneos de su deslumbrante 
realidad. 

Pero es preciso que haya alguien que vaya allá, que 
nos traiga algo de allá; pues así como necesitamos la 
historia de los hechos pasados, para que ella sea la es- 
cuela de las costumbres, así necesitamos la historia de 
la resonancia de esos hechos en lo infinito, para que 
ella sea la escuela de los corazones, á fin de que éstos, 
al vibrar musicalmente, se ajusten al infinito acorde de 
que son notas palpitantes. 

Es necesario, sí, que haya alguien que vaya allá, que 
se asome á eso obscuro que está fuera del alcance del 
común de las gentes; alguien que, como el astrónomo 
nos cuenta del ritmo de los grandes astros, nos cuente 
del ritmo de las almas siderales; que nos hable del amor 
puro que allí existe; del puro ideal de patria, emanación 
del espíritu de los héroes, que allí vive también; de la 
esencia del sacrificio y del martirio que allí se ha re- 
concentrado, después de desprenderse, sin hacer sombra, 
de la lágrima de una madre, de la gota de sangre de un 
soldado, déla oración de un santo, del quejido de un huér- 
fano, del grito perdido en el mar de un pescador náufrago. 



118 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

Y el que lia logrado asomarse, el que ha visto, seño- 
res, ese océano de luz y de armonías, no puede hablar 
de él á los hombres con las palabras que se emplean 
para contar las cosas comunes. Viene compenetrado de 
substancia musical ; trae la resonancia del infinito oleaje 
en la cabeza; puntos flotantes negros franjeados de 
fuego intenso en las pupilas deslumbradas; soplos de 
vientos armoniosos en las sienes palpitantes; acor- 
des inauditos en los oídos, en la circulación de la 
sangre. 

El poeta, el vidente, el profeta, el mensajero, tiene 
entonces que hacer palpable lo que no se toca, inteli- 
gible lo confuso, limitado lo inmenso, sensible lo que no 
cabe en la forma, • • . y canta ; canta con palabras habi- 
tadas por ideas rítmicas ; con palabras que son emana- 
ción directa de la vibración de las cosas; que se extien- 
den, que se difunden, según la capacidad del alma en 
que resuenan; que se abrazan en la cadencia musical 
para ser algo más que palabras; que vibran en la frase 
numerosa imitando á su manera las vibraciones del 
alma sacudida; que resuenan al caer en la estrofa como 
un collar que se rompe y se desgrana en una copa de 
cristal. Entonces el sonido es idea que no ha cabido en 
la palabra, y se ha difundido en el verso y en la estrofa, 
haciéndolas palpitar como á un organismo vivo; enton- 
ces se consuma el fecundo consorcio de la palabra vir- 
gen con el pensamiento que la hace estremecer de amor; 
la fusión luminosa de la idea que canta con el ritmo 
que piensa; y se enhebran, como teorías de urnas ar- 
moniosas, los tercetos del Raimundo Lulio, brotan las 
alas á las octavas de la Lamentación de Lord Byron, 
la lucha de la duda con la fe hace vibrar la estrofa de 
las Tt'istezas, y se empapa en lágrimas la Elegía, y el 



NÚÑBZ DE ARCE 119 



Idilio en los perfumes del primer amor, y la Pesca en 
laH hondas tragedias del mar, y el Luzbel, ípic acabáÍH 
de oir, en las pavorosas tragedias del cielo. 

Ha surgido entonces el Poeta: entonces ha surgido 
Núñez de Arce con el beso de la gloria en la frente, y 
con la aclamación del pueblo en los oídos; del pueblo 
que, al aclamarlo, se aclama j' se ennoblece á sí mismo, 
porque se incorpora á la universal armonía, porque pro- 
clama su fiera capacidad para comprender lo grande, su 
noble anhelo de desprenderse de lo mezquino, para ba- 
ñar alguna vez su alma en el Jordán de la belleza per- 
durable, hermana gemela y esplendor de la perdurable 
verdad y del eterno bien. 



Señores : 

Yo quiero que la voz de América se una en la mía á 
la vuestra, no tanto para honrar á Núñez de Arce, 
cuanto á fin de reclamar para mi América el honor de 
comprender y de amar al poeta con tanta intensidad 
como vosotros. 

El en tanto, estoy seguro, oirá conmovido esa voz, 
porque la debe sentir ingenua, ingenua y penetrante 
como la mirada de una estrella amiga. 

El poeta ha escuchado la aclamación de su patria; 
que oiga en la mía algo más: que escuche la aclama- 
ción que le llega, como un huracán de los cuatro vien- 
tos, de todos los extremos de la tierra en que se habla 
la lengua de Cervantes. 

El ha escuchado la voz de su patria : yo soy la voz 
de su raza. 

Señores: en su nombre, saludo á Núñez de Arce. 



120 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

Aclamemos juntos, una vez más, en lengua española, en 
lengua americana, al que es honra y prez de ese tesoro 
común que nos vincula. 

Señores : al enviado, al mensajero, al que nos ha lle- 
gado de allá; al que nos ha traído la substancia lumi- 
nosa y musical que, al habitar nuestra lengua común, 
le ha impreso la vibración de nuestras almas, la ha ca- 
lentado con el calor de nuestras entrañas, y ha fundido 
en ella, en aleación indestructible, el pensar, el sentir, 
el anhelar de los pueblos todos de la gran familia his- 
pánica. 



Congreso Pedagógico 

Discurso de clausura pronunciado en el Ateneo de Madrid 

( Diarlo de Senlonet del Conireío. — I89J ) 



SUMARIO 



Loi debates del Congrego. — El propósito común de difundir la 
Instrucción educadora. -Adhesión á él del Uruguay. —U 
pedagogía como ciencia y como arte. - Sus relaciones con 
el hombre y con las naciones. — Unión de España y los 
estados hispanoamericanos para su estudio. — La antigua 
y la moderna pedagogía. — Sus transformaciones. Raza la- 
tina y familia hispánica. — L.a independencia americana.— 
Su carácter. — Después de la lucha. — El valor pagano y el 
valor cristiano. 



Seiiores congrégales : 

Aun teniendo que confiar la forma de mi pensamiento 
al natural desaliño de una deficiente preparación, que 
contrastará con la brillante elocución de los discursos 
que &qu.i habéis pronunciado en el transcurso de vues- 
tras sesiones, no puedo excusar la obligación en que 
me veo de acceder á la invitación de vuestro esclareci- 
do presidente, señor Labra, que exige mi palabra en 
este acto. 

Y tiene derecho á ello. 

Me hicisteis el honor de noriibrarme vicepresidente 
efectivo del congreso pedagógico, y lo acepté solícito: 
lo acepté, porque no estaba en mi mano rehusarlo ; por- 
que sabía que vosotros, pasando por sobre los escasos 
merecimientos del representante, queríais honrar á la 
patria americana que él representa, y yo debía recoger, 
y he recogido con gratitud para ella, y sólo para ella, 
aquel honor tan señalado. 

Esa aceptación me impone ahora la grata obligación 
de pronunciar algunas palabras en esta solemne sesión 
de clausura, ya que mi asistencia á las sesiones ordina- 
rias no ha podido ser constante. 



124 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

Por más que españoles y americanos hubiéramos de- 
seado estar todos en todas partes en las solemnida- 
des de estos días de recuerdos y glorias comunes, la 
circunstancia de tener que concurrir á varias de ellas, 
ya personalmente, ya con trabajos científicos ó litera- 
rios que han absorbido mis horas, me ha impedido asis- 
tir asiduamente, como era mi deseo, á vuestras intere- 
santes deliberaciones, que mucho me hubieran enseñado. 
No estoy pues habilitado para referirme á ellas, ni para 
apreciar debidamente las conclusiones á que habéis lle- 
ga,do. 

Por otra parte, en las graves cuestiones que se han 
debatido en este congreso, opiniones y propósitos 
opuestos se han disputado bizarramente el triunfo; 
desde la enseñanza primaria, hasta la técnica y superior, 
vosotros habéis oído desarrollar elocuentemente en esta 
tribuna doctrinas antagónicas apasionadamente soste- 
nidas ; y las que en definitiva han triunfado, no han 
conseguido siempre la victoria con el sufragio unánime 
del congreso. No me corresponde, pues, en este mo- 
mento, referirme á ellas ; no puede ser mi objeto actual 
el de agregar á las vuestras mi opinión personal, ter- 
ciando en vuestros debates generosamente apasionados. 

Pero en lo que sí puedo y debo suponer unanimidad 
en el Congreso Pedagógico Ibero -Americano, es en el 
alto propósito de difundir la instrucción educadora en 
todos los pueblos de la gran familia aquí representados; 
en el de propender, por los medios más eficaces, indi- 
cados por la ciencia y la experiencia, al desenvolvi- 
miento armónico de todas las facultades humanas, co- 
menzando por hacer del niño un hombre completo, 
capaz de realizar toda la perfección de que sea suscep- 
tible su naturaleza, en orden á su misión en la tierra; 



CONQBBSO PKUAOÓOM.'O l'¿5 



en el de mejorar, en una palabra, por medio de la edu- 
caci(')u, el estado intelootual y moral, y hasta el orga- 
nismo físico, (mens sima in oorpore sano) de toda la 
familia ibérica, considerada como una pluralidad de per- 
sonas colectivas, homogéneas y solidarias. 

Todos estamos convencidos, sffiores, de que no basta, 
para realizar el progreso en una sociedad, el dotar á 
ésta de algunos hombres sabios: es preciso levantar el 
nivel general de esa sociedad. La antigüedad pagana 
tuvo grandes pensadores, y, sin embargo, la civilización 
antigua fué bárbara, se devoró á si misma. Es que fal- 
taba el principio cristiano de la igualdad de los hom- 
bres; faltaba esa solidaridad social á que antes me he 
referido, y que, en lengua cristiana, se llama caridad, 
anhelo de hacer partícipes á todos de nuestro progreso, 
de nuestra luz. Que no quede una alma sola, si es po- 
sible, sentada en las tinieblas de la ignorancia; ese es 
el ideal; y eso sólo se conseguirá haciendo desaparecer 
la obscuridad del ambiente social. 

La civilización antigua, dice Renán, no desapareció 
por falta de intensidad, sino por falta de extensión. Creo 
que tiene razón, materialmente hablando. 

Ahora bien, señores: en ese propósito nobilísimo, cor- 
dialmente y sin reticencias puede y debe acompañaros 
el representante de una república americana que, como 
sus hermanas, y como vosotros, trabaja y trabajará sin 
cesar por difundir en su propio seno la instrucción 
educadora ; que busca los medios más adecuados para 
conseguirlo; que estudia procedimientos, abre amplio 
campo á la libertad y á la concurrencia de métodos, 
para reconocer el triunfo á aquel que por sus resulta- 



126 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

dos demuestre su mayor eficacia y perfección; que es- 
timula y corona la iniciativa y el esfuerzo privados 
en pro de la educación, esfuerzo compatible con el ofi- 
cial y aún complementario de él; y que, como el ave 
simbólica, se desgarra á veces sus propias entrañas 
para alimentar con su sangre sus escuelas, que consi- 
dera como las hijas predilectas de su corazón, pues en 
ellas concentra sus anhelos, y cifra sus esperanzas de 
un honroso porvenir. 

Efectivamente, señores: el Uruguay mi patria es hoy 
quizá, entre las repúblicas hispanoamericanas, la que 
más difundida tiene la instrucción pública y la pri- 
vada en el pueblo; la que más esfuerzos y sacrificios 
ha hecho y hace por colocarla á la mayor altura de 
prosperidad y de progreso. ^ . 

Su representante no puede, pues, ser indiferente á 
una asamblea en que se reúnen los hombres de ciencia 
y de experiencia á tratar de esos asuntos; está obligado 
á mirarla con especial predilección, y trasmitirá á su 
país las conclusiones de este congreso con el mayor in- 
terés. 

Porque nadie, mejor que españoles y americanos, pu- 
diera y debiera reunirse para deliberar sobre los medios 
más adecuados de hacer fecundo su esfuerzo en pro de 
la instrucción y de la educación del pueblo. 

Esos medios deben adaptarse á las condiciones espe- 
ciales del hombre á quien deben aplicarse: á sus tradi- 
ciones, á sus creencias, á sus costumbres, á su carácter. 
Recurso pedagógico habrá, que, produciendo magnífi- 
cos frutos morales é intelectuales en un pueblo, pueda 
llegar á ser de nulos y hasta de funestos resultados en 
otro, cuyo carácter y costumbres difieran radicalmente 
de los de aquél. Sistema de enseñanza puede haber, 



(ÍONOHKHO HKtíAdÓOICO 1 ¿7 

que, con ser benéiioo y eficaz «n una nación, no tendrH 
esas (iualidadeH en otra. Ley de instrucción jnibliea po- 
dría encontrarse, que, siendo un estímulo y una si- 
miente de progresos en un país, se convierta en otro 
en una rt^mora injusta y odiosa, capaz de alimentar un 
monopolio irracional, á expensas de muchos gérmenes 
de adelanto sacrificados. 

Entre los pueblos americanos y la que aún hoy lla- 
man éstos con cariño su madre patria española, existen 
analogías de creencias, de tradiciones y de carácter, que 
hacen aplicables á todos ellos, con pequeñas variantes, 
las deliberaciones y conclusiones de un congreso como 
el que me cabe la honra de clausurar; en éste se han re- 
flejado las tendencias contradictorias de todos y cada 
uno de aquellos pueblos, por el hecho de haberse refle- 
jado las españolas; las cuestiones aquí debatidas son, en 
cada uno de ellos, objeto de acalorados debates; vues- 
tras pasiones, señores, son las nuestras, nuestras vues- 
tras cualidades, y ¿por qué no decirlo? también nues- 
tros vuestros defectos. 

Ahora bien, señores: la pedagogía, elevada hoy á la 
categoría de ciencia, debe tener muy en cuenta, en 
sus aplicaciones prácticas, ese estudio del hombre, del 
medio en que éste se desarrolla, de las influencias his- 
tóricas, sociológicas, y hasta étnicas y fisiológicas, si 
queréis, que determinan su carácter y sus predisposi- 
ciones. Vosotros sabéis, señores, que la pedagogía mo- 
derna pide en nuestro tiempo su concurso, no sólo á 
las ciencias morales, sino también á las antropológicas; 
busca luz y apoyo, no sólo en la psicología, sino tam- 
bién en la que hoy se llama, con dudosa propiedad, 
psicofísica, que. á mi sentir, no es otra cosa, aunque 
pareaca lo contrario, que la confirmación del sano prin- 



128 CONPERBHCIAS Y DÍSCURSOSl 

cipio espiritualista, según el cual el alma es forma subs- 
tancial del cuerpo humano, y el hombre un espíritu 
servido por órganos, cuyo funcionamiento no puede ser 
indiferente al estudio de las operaciones del alma. Vos- 
otros conocéis cómo los registros y laboratorios antro- 
pológicos, al par de los trabajos sobre sugestión, he- 
rencia mórbida y psicológica, etc., son hoy llamados á 
contribución por los maestros de la ciencia pedagógica 
moderna, maestros que no he de citar, porque os son se- 
guramente más familiares que á mí. Todo eso, á. pesar 
del desequilibrio que, á mi sentir, tiende á introducir 
actualmente en la ciencia pedagógica, al desarrollar el 
estudio del organismo á expensas del principio es]DÍri- 
tual que lo informa substancialmente, abre, no es posi- 
ble dudarlo, nuevo campo á la investigación científica, 
y contribuirá, una vez restablecido el equilibrio, al pro- 
greso de la ciencia humana, y muy especialmente de la 
alta psicología. 

Nada tenemos que temer, para las grandes verdades, 
del progreso de la ciencia verdadera, cualquiera que sea 
su campo de acción; nada podrá quebrantar la existen- 
tencia axiomática de ese yo que permanece inmutable 
al través de las modificaciones, de esa misteriosa subs- 
tancia permanente que habita nuestra carne sin ser 
carne, y en la que reside la conciencia del ser inteligente 
y libre. 

Debemos, pues, utilizar los dictados de la ciencia en 
todo cuanto juzguemos aplicable á nuestro común j)ro- 
pósito ; y lo son. señores, las conclusiones de la ciencia 
antropológica y de sus derivadas, al propósito que ha 
congregado á españoles y americanos en la serie de se- 
siones á que la presente pone término. 



CÜNURBHO PBDAOÓOICO 12*.) 



Y si la pedagop^ía no lia do considerarso sólo nomo 
una ciencia, sino también como el arte do la enseñanza 
integral ; si no ha de ser sólo teoría, sino también prác- 
tica y experiencia, es indudable que el estudio y la con- 
sideración del hombro á que ha de aplicarse, de su ori- 
gen, de sus tradiciones, de su carácter, es indispensable, 
y que la unión de españoles y americanos para el cam- 
bio recíproco de las conclusiones que les dicta la racio- 
nal experiencia tiene que ser fructífera. 

Hasta ayer no más, señores, la historia pedagógica 
de España y de América ha sido una sola; en todo el 
período colonial, y en el primer medio siglo de la vida 
independiente de los estados americanos, la tradición, 
los métodos, el espíritu españoles han informado el mo- 
vimiento pedagógico en toda la familia hispánica de 
aquende y de allende el mar. En esto, como en todo, la 
metrópoli dio á sus colonias todo cuanto era dado exi- 
girle, es decir, todo cuanto tenía ; é ingratos seríamos 
los estados americanos, si, al tratar de educación, no 
recordáramos la que recibimos en herencia de la madre 
patria, cualquiera que haya sido nuestro acervo here- 
ditario. 

Hoy día, la ciencia pedagógica sufre, como antes lo 
he indicado, una transformación radical; españoles y 
americanos nos sentimos arrastrados hacia el nuevo 
rumbo. 

Sea en buena hora, señores, sea en buena hora ; pero 
no por eso podemos prescindir de lo que nos es carac- 
terístico, si es que no hemos de dejarnos llevar de em- 
pirismos, por más prestigiosos y deslumbrantes que 
ellos sean. La ciencia, señores, es también en si misma 
una herencia constantemente acrecida; lo es, por con- 
siguiente, la ciencia pedagógica. 

COSF. T DI8C. 9. 



130 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

Desde los sistemas clásicos de educación de Grecia y 
E/Oma^ en que predominaba la educación física tendente 
á formar soldados robustos y ciudadanos aptos para los 
fines de aquellas sociedades; desde los tiempos griegos 
posteriores, (me refiero á los de Platón y Aristóteles) 
en que predominó el culto de la educación estética, que 
daba por resultado la formación del hombre hermoso 
casi divinizado ; desde las épocas ascéticas de los padres 
de la Iglesia y de los jansenistas, que determinaron la 
reacción contra la divinidad pagana y sensualista de 
las formas; desde las escuelas utilitarias de Descartes 
y Locke, continuadas por los filósofos del siglo xviii ; 
desde el cultivo predominante del gusto literario clá- 
sico de los humanistas del renacimiento j de los insig- 
nes maestros de la Compañía de Jesús, hasta el predo- 
minio del espíritu científico que, desde Diderot hasta 
Herbert Spencer, ha adelantado en rápida progresión y 
dado carácter á la ciencia pedagógica contemporánea, 
todo es factor, todo es elemento de juicio, todo heren- 
cia del pasado que el presente analiza y transforma y 
adapta, como analizará, transformará y adaptará el 
porvenir lo que nosotros le leguemos, pese á la cons- 
tante pretensión de las edades, que creen siempre ha- 
ber pronunciado ó estar pronunciando la última pala- 
bra en materia de ciencia, y se califican á si mismas de 
científicas por antonomasia con encantadora sencillez. 

Pero en nada como en lo relativo al recto aprove- 
chamiento de los progresos de la ciencia pedagógica 
debe examinarse la naturaleza del hombre que es ob- 
jeto de ella; en nada pueden, y aun deben, por consi- 
guiente, estar más unidos españoles y americanos. 

Yo no creo, os lo confesaré francamente, en eso que 
ha dado en llamarse raza latina. Bien es verdad que 



CONUKBKO I'KI)A(1Ó(U(;0 181 



exÍHten piu^MoH (jue hablan loiií^uiis (If^rivadiis del latín; 
no es menos citirlo que (!So común origen del verbo, que 
es forma musical del alma, constituye efectivamente 
un vínculo poderoso entre esos pueblos, y que dentro de 
ellos existen, en Eurojíay América, naciones en las que 
la lengua común castellana establece un vínculo in- 
destructible, como lo constituye la lengua inglesa, en- 
tre las que la hablan: english-speakimj-folk^ dicen ellos, 
pueblo de lengua inglesa. Pero debemos convenir en ([ue 
eso no determina una raza en el sentido étnico ó fisio- 
lógico, que es el que sirve de base á la clasificación 
científica de las razas humanas : no existe, pues, en la es- 
fera de la ciencia, una raza latina. 
^A. Pero si bien juzgo inconcusa esa verdad, yo creo fir- 
memente que existe, no una raza, pero si una gran na- 
ción, ó, si queréis, una gran familia hispánica, que, si no 
tiene como rasgos característicos, los antropológicos que 
distinguen y diferencian las distintas razas humanas, 
posee, en la comunidad de lengua, de religión, de cos- 
tumbres, de tradiciones, de educación, un elemento de 
una influencia tal en la actividad funcional del orga- 
nismo del hombre, que bien puede influir en este mismo 
modificándolo, y constituir esa fuerza, ó dinamismo, ó 
como queráis llamarle, que reduce una pluralidad ori- 
ginaria á una unidad sociológica, sin menoscabar la 
personalidad independiente de las unidades libres que 
componen la primera. 

¿Qué importa, señores, al lado de ese nudo subcons- 
ciente que nos une, qué importa la ruptura de los vín- 
culos políticos que nos unieron? ¿La recordamos acaso? 
¿Se atraviesa por dicha esa idea en nuestro camino, 
cuando juntos recorremos el de la ciencia de nuestra 
común educación? Ciertamente que nó. 



132 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

Y es porque las grandes y providenciales desmem- 
braciones políticas, que pudieron en un día trazar nue- 
vas fronteras en el mundo hispánico distribuyéndolo 
en nuevos estados, no tuvieron ni podían tener la fa- 
cultad de establecer separaciones en la sangre, enten- 
diéndose por tal, no tanto la sangre material que ha 
sido llamada el medio ambiente interior del cuerpo, y 
forma su idiosincrasia ó temperamento, cuanto la san- 
gre espiritual, ese medio ambiente social interno for- 
mado por la lengua, la religión, la educación, la común 
historia, las tradiciones comunes. En esto, señores, no se 
han trazado nuevas fronteras entre españoles y ameri- 
canos; para ello hubiera sido necesario abrir surcos pro- 
fundos en el corazón, y un surco en el corazón es la 
muerte. 

La guerra de la independencia americana no fué, ni la 
considera hoy ya la historia, como una guerra entre 
naciones; fué una guerra civil dentro de un mismo 
pueblo ; fué la ebullición de la misma sangre en las ar- 
terias del mismo árbol circulatorio. 

Esa verdad, que hoy se nos impone como inconcusa, 
señores, y se nos ofrece como una aparición luminosa y 
amiga brotada de eso que he llamado, con más ó menos 
propiedad, la subconsciencia hispánica, esa verdad no hu- 
biera podido ser recordada entre nosotros hace algún 
tiempo. Se consideraban los sucesos de la emancipación 
americana como si fueran los episodios de una guerra 
nacional entre pueblos de tradiciones enemigas y de 
antagónicos destinos; caldeaban la atmósfera las pala- 
bras incendiadas como teas, los mutuos cargos, los ren- 
cores apasionados que envenenaban la historia, y cuya 
misma intensidad revela muy á menudo el carácter civil 
de la lucha; la resonancia de recientes batallas atronaba 



C0N0RB60 PRDAOÓOICO 18B 

HÚn los oídos, OHCurecía la víhíóii, derramaba noche en 
las cabezas. 

Nos estaba anoclipciondo «mi la aurora, seftorf-s, on la 
nueva aurora do la gran l'ainilia ¡bórica. Las verdades 
viejas, como dice un gran pensador, yacían por tierra 
casi mudas, y las nuevas estaban ocultas sin atreverse 
á hablar. 



Ha vuelto á salir el sol en nuestra historia, y vemos 
que nuestros ¡jasados disturbios, si bien nos lo habían 
ocultado, no lo habían detenido en su marcha hacia el 
cénit : está más alto, y á su luz vemos más claro : ve- 
mos, con el mismo pensador, que la destrucción de las 
antiguas formas no es la destrucción de las eternas 
substancias. 
^ No era cierto, hoy lo advertimos con toda precisión, 
no era cierto que España hubiese sido en el mundo al 
que dio todo cuanto tenía, desde su civilización cris- 
tiana hasta su sangre y gran parte de su porvenir, una 
madre indigna de amor : hoy los americanos le damos aún 
ese nombre, que vibra como una bendición en nuestros 
labios, porque comprendemos que si España no hubiera 
derramado su savia en América; si la hubiera concen- 
trado en si misma, hoy sería más de lo que es. No era 
cierto tampoco, ¿verdad, señores? no era cierto que 
nuestros proceres americanos fueran sólo insurrectos 
desnaturalizados ; mirad esas banderas que ellos nos le- 
garon; miradlas cómo, agrupadas ahí por vuestras pro- 
pias manos, se estrechan y confunden sus colores en el 
regazo de vuestra gloriosa bicolor bandera, para formar 
el iris simbólico de nuestra perdurable reconciliación 
doméstica. 



134 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

Era, señores, que había sonado una hora grande, la 
hora de la Providencia; era que los frutos maduros 
tenían que desprenderse, aun desgarrando tejidos y 
derramando preciosa savia, del árbol secular que le 
había dado vida, y, con la vida, la potencia generadora 
de nuevos seres de su especie ; era que el ave sentía su- 
ficiente vigor en las alas, para ir á repetir, fuera del 
nido, los cantos aprendidos en él ; era que en la sangre 
española, esparcida por todo un inmenso continente, 
hervía el misterio de la universal germinación, que des- 
garra entrañas, agrieta rocas, y hace rodar aludes desdp 
las cumbres ; era, señores, la aurora, era la primavera, 
en que estallan los estambres y las yemas, se desalojan 
los nidos, circula atropellada la savia fecundadora, y 
aparecen nuevos astros en el cielo, y nuevas flores y 
nuevos seres vivos en la tierra estremecida. 

Se oyen entonces en la naturaleza los gritos de los 
pájaros que, al parecer, se persiguen y se hieren en los 
aires. Y no se persiguen, señores; es que se atraen; 
no se hieren; es que se besan y se fecundan. Eso 
eran aquellos gritos de guerra que estremecieron el 
continente americano al nacer de nuestro siglo; eso 
aquellos choques formidables entre legiones que, en la 
igualdad de su heroísmo, demostraban la identidad de 
su origen heroico: eran los besos de la gloria impresos 
sobre la frente ds nuestra raza, al hacerla, una vez más, 
la madre gloriosa de nuevos pueblos soberanos. 

Hablemos, hoy, señores, de todo eso, como de una 
página de nuestro común romancero heroico ; senté- 
monos en torno del hogar, á recordar nuestras glorias, 
como se sentaban los héroes de Ossián, en torno de los 
abrasados troncos de la encina salvaje que ardían al 
soplo del viento, á deleitar con sus cantos las sombras 



tutelaroH do los caídos en la luclia, (|Uo se aHomaliuii al 
borch^ di' sus luihes á escuchar ol melodioso relato dí« 
los bardos. 

Pero ellos nairabau sólo hi destrucción y la guerra; 
ellos transmitían á sus hijos la lanza de Fingal, el es- 
cudo resíinanto do Ouclnilin. y les ensenaban las piedras 
cubiertas de musgo (|ue marcaban el sitio en que des- 
cansaban los solos virtuosos: los guerreros valientes, 
los leñadores, los desbravadores de selvas. Era la tradi- 
ción escandinava, la religión norsa, que, como todas las 
mitologías primitivas, divinizaba el valor salvaje. En 
ella, los ángeles tutelares eran aquellas valkiries, aque- 
llas vírgenes escogedoras de muertos en el campo de ba- 
talla, que conducían las almas de los valientes á lamo- 
rada de Odino, la divinidad implacable. Era para ellos 
la mayor de las miserias el no morir matando en í-1 
campo de batalla. Cuando creían próxima la muerte 
natural, se causaban heridas en la propia carne, para 
presentarse ensangrentados ante Odino; cuando los re- 
yes ancianos se creían cercanos á su fin, se encerraban 
en una nave que ardía á fuego lento, y era lanzada al 
mar á toda vela, para que sepultase al héroe anciano en 
tumba digna de su valor: el mar y el firmamento. 
■^ Eso narraban los bardos gaélicos al son de sus arpas, 
sentados en torno del hogar. 

■^ Nosotros también, señores, los hombres de la familia 
liispánica, nos sentamos juntos, después de la lucha, en 
estos congresos, en torno del hogar; también nosotros 
debemos transmitir algo á nuestros hijos, á toda la fami- 
lia hispánica: tipos, ejemplos, sanciones, esperanzas, 
armas para la lucha; también debemos inocular en 
nuestra gran familia el deber que, hoy como en los 
tiempos de Ossián, es el deber supremo del hombre : el 



136 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

deber de ser valiente, de ser heroico si es preciso. Pero 
el valor salvaje, que era todo en la mitología iiorsa del 
implacable Odino, es muy secundario en la religión del 
Divino Libertador del mundo, que, lejos de morir ma- 
tando, redimió á la humanidad muriendo. Sí, es preciso 
que nuestra raza sea valiente; valorees fuerza, vir, vir- 
tud. Es preciso avanzar, marchar hacia adelante, domi- 
nar las fuerzas bmitas de la naturaleza, vencer al ene- 
migo que esta fuera de nosotros, con la ciencia, con el 
trabajo; pero es menester, ante todo, domar el enemigo 
que está dentro de nosotros, la pereza, la sensiialidad, 
el egoísmo, la debilidad de carácter, la falta de fe en 
el propio esfuerzo, domarlo con la fuerza del alma, con 
la virtud. Hay algo más grande que abnegarse ó sacrifi- 
carse : es el dominarse, el poseerse. Hay algo más noble 
que realizar grandes acciones resonantes: es el realizar 
buenas acciones ignoradas. Eso es ser valiente según 
el concepto cristiano; eso es lo que transmitiremos á 
nuestros hijos en nuestras escuelas, con la eficacia de 
los más perfectos recursos de la ciencia pedagógica. 
Eso, restituyendo á nuestra gran familia hispánica la 
mente sana en cuerpo sano, hará resplandecer para ella, 
con el supremo auxilio de Dios, aquellos tiempos en que, 
paseando por la redondez de la tierra por primera vez 
el estandarte de la Cruz y el de Castilla, demostró que 
nuestra raza tiene las condiciones necesarias para reali- 
zar grandes empresas, y para ser, como ninguna otra, 
la protagonista del mundo. 



El idealismo hispánico 

Discurso pronunciado en el Teatro Real de Madrid, en la fiesta que 
se celebró en favor del "Dispensario Alfonso Xlll" bajo el pa* 
tronato del rey de España. 



SUMARIO 



L'na limosna del Uruguay. — El espíritu de caridad. — La ¡oten' 
ción actual y la virtual.— Las fiestas paganas y las cris- 
tianas. —El anfiteatro Flavio. — El idealismo. — ¿ Es nii 
defecto de la raza? -El idealismo español descubrió Amé- 
rica. — La empresa de Colón. — La locura de Culón y la de 
España. — Evocación de Isabel, la mujer reina. — So apari- 
ción.— El liéroe y el pueblo en que arraiga. — Los ideales 
que se van. — El ideal es la sola realidad. — Coaservacióo 
de los grandes ideales en e! fondo del alma hispánica. 



Señoras: 
Señores: 

Cuando la comisión de caballeros constituida para la 
fundación en Madrid de un dispensario para niños po- 
bres bajo el patronato y con el nombre de S. M. don 
Alfonso XIII, el rey niño, me hizo el honor de acor- 
darse de mí invitándome á tomar parte en este festival 
de caridad, mi primer movimiento, debo confesároslo, 
fué el de declinar agradecido la invitación, con ser 
tan amable y tan honrosa. 

Y no era para menos, señores. Se me ofrecía, como 
tribuna, el proscenio de este Teatro E-eal, de nombre re- 
sonante en el mundo del arte cuyas reputaciones con- 
sagra; como compañeros, á los príncipes de la elocuencia 
y de la poesía españolas, cuyo solo nombre es victoria: 
como auditorio, en fin, al que tal propósito, tales com- 
pañeros y tal teatro tenían que congregar, j han con- 
gregado efectivamente esta noche, ofreciendo á mis 
ojos el espectáculo suntuoso de vuestra presencia^ se- 
ñores; el de la vuestra muy especialmente, señoras, que 
constituís el principal esplendor de esta fiesta espiri- 



140 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

tual, y tenéis el dereclio de determinar el carácter de 
mi auditorio, y, por consiguiente, el de exigirme que 
llene vuestros corazones sólo de palabras y de ideas 
melodiosas. 

Esas circustancias, capaces de poner pavor en la vo- 
luntad del oracjor más elocuente y animoso, no triunfa- 
ron, sin embargo, sobre la mía, pues, como lo veis, me 
resolví valientemente á venir, y he venido. Y lie ve- 
nido, señores, confiado en algo que no puede menos de 
protegerme á vuestros ojos : en mi propia debilidad, en 
mi propio desamparo. 

¿Cómo rehusar, por otra parte, lo que se me pedía 
en nombre de los niños enfermos de Madrid? 

Soy el representante diplomático del Uruguay en Es- 
paña ; mi misión principal entre vosotros es la de hace- 
ros amable el nombre de mi país. ¿Cómo hacer perder 
á mi Uruguay la gratísima ocasión de dar una nueva 
prueba de afecto á esta nación que le es tan querida, 
poniendo, como ofrenda, en la escarcela de vuestros 
niños pobres, la palabra de su representante diplomá- 
tico, ya que ella ha tenido la fortuna de ser cotizada en 
algo por vuestra munif ícente acogida? 

Tomadla, pues, señores, sólo como tal: como una li- 
mosna modesta que os envía mi patria uruguaya, para 
que la agreguéis á la espléndida de arte, de belleza, de 
elocuencia, que vosotros hacéis en este festival á vues- 
tros niños indigentes; miradla como el óbolo aquél de 
la pobre viuda del Evangelio, Ninguna dádiva habrá que 
sea de menos valor que la del Uruguay; pero ninguna 
tampoco más cordial ; ninguna que mejor se armonice con 
el espíritu de esta fiesta; ninguna, en suma, más im- 
pregnada del espíritu de caridad cristiana que os anima, 
y que consiste, no tanto en dar á los pobres, cuanto en 



KI. IDKAI.IHMO HISPÁNICO 141 



(larHe a ellos. Yo, Ronores. y oii mí la nanlóii que rr[)ríi- 
wento, 1108 (lamosa vuestros pobres niños enfermos; nos 
damos á ellos, por amor de Dios, y por amor de Es- 
paña. 



Yo creo, señores, en el espíritu de caridad de este es- 
pléndido festival; creo en él, porque creo en la bondad, 
cualquiera que sea el traje con que se me presente ves- 
tida; porque concibo que puede verse la humildad, y 
hasta la negación de si mismo, al través de las sun- 
tuosidades de una fiesta, como podía verse el orgullo 
y la soberbia de una alma huraña escondida en su nido 
de serpientes, al través de los agujeros de la capa de 
Diógenes, el filósofo mendigo. 

Yo siento que anda esta noche por el ambiente de este 
vuestro espléndido Teatro Real un espíritu amable, de 
alas sutiles y rosadas, cuyo aliento, difundido por el aire, 
nos compenetra. Oh, sí, es un espíritu bueno, inconfun- 
dible. No importa que la intención actual inmediata 
que nos ha traído aquí haya sido la de buscar el solaz 
de nuestro propio espíritu, y aún el de nuestros sentidos 
atraídos por la belleza y el arte ; no por eso desaparece 
la intención virtual de hacer el bien, el impulso inicial 
que nos ha congregado, y que persiste, dando valor mo- 
ral á nuestros actos, aunque todos y cada uno de ellos no 
sean una renovación consciente del generoso impulso 
primitivo. 

Y esa intención de hacer el bien, señores, aun en las 
acciones indiferentes, aun en los actos mundanos, no es 
otra cosa, si bien lo examináis, que la palpitación en el 
organismo social del espíritu cristiano que lo anima re- 
gulando sus funciones. Bien puede no constituir un 



142 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

acto de gran virtud individual en todos y cada uno de 
los que á tales fiestas concurren; pero es un acto de vir- 
tud social: bien puede no ser un aumento del capital 
moral que forman las sociedades con las virtudes de 
sus miembros; pero es la percepción de intereses del 
capital de virtudes cristianas acumuladas, que forman 
las costumbres, y que empujan casi inconscientemente 
á los hombres al bien ; bien puede no ser un nuevo 
árbol del espléndido bosque que brotó y sigue brotan- 
do de las semillas del árbol divino en que ^e con- 
sumó la redención del mundo ; pero es, sin duda alguna, 
la recolección de los frutos de ese bosque sagrado á 
cuya sombra vivimos, y que se desprenden de las ramas, 
al sólo ser sacudidas por el espíritu de amor que pasa 
por el viento. 

Ese concepto de virtud social, señores, que, aunque 
formada de actos individuales, no es un acto individual, 
se ofrecerá con mayor claridad y nitidez á nuestros ojos, 
por el contraste: proyectando su forma blanca sobre 
el fondo oscuro de los recuerdos antiguos. ¿Pensó al- 
guna vez el paganismo en divertirse á beneficio de 
los pobres, de los enfermos, de los niños desvalidos? 

Era todo lo contrario, señores, oh, todo lo contrario. 

¿ Cómo el pueblo de B-oma, el pueblo rey, había de 
pensar en aliviar el dolor humano al alegrarse y di- 
vertirse, si era el dolor humano precisamente lo que 
constituía la suprema diversión y el deleite supremo 
de aquel pueblo? 

Hoy la España cristiana celebra con fiestas memora- 
bles el descubrimiento de América, y entre ellas incluye 
ésta, destinada á los pequeños que sufren. Roma cele- 
braba ayer sus victorias con la inauguración, por ejem- 
plo, del anfiteatro Flavio. 



101. IDKAMHMO IIISI'ÁNICO 148 



¿Lo recordáis, HPfioroH? Aun nos (jikmIu su cscjuí'lt^lo 
entre las ruinas dol loro. Jja antif^üodad no lialjía cono- 
cido nada tan grandioso ; las edades posteriores no han 
visto nada igual. Llenaban cien mil espectadores ávidos 
de muorto su lioniiciclo. Allí (3staban los sacerdotes y 
las vírgenes romanas pidiendo sangre; allí los nobles y 
los plebeyos. Los esclavos no eran hombres; las muje- 
res no eran personas; los gladiadores eran músculos y 
sangre organizados para divertir matando y muriendo; 
los mártires. . . oh, los mártires cristianos! Esos eran 
también dolor, pero eran el dolor nuevo, el dolor (pie 
sonríe, que redime: el dolor divinizado. 

El emperador Tito inauguró ese circo con cien días 
de fiesta; mataron entonces diez mil hombres cautivos, 
diez mil piezas capaces de dolor, es decir, de placer, de 
diversión y de alegría para el jDueblo. 

Pasad, señores, de ese espectáculo, al que hoy ofrece 
el Teatro Real de Madrid en esta fiesta á beneficio de 
los pobres niños enfermos, y decidme si, en el fondo de 
estas suntuosas apariencias, no existe la gran realidad 
pristiana: la alegría de hacer el bien; el amor al des- 
graciado por amor de Dios; la virtud social acumulada 
á que antes me he referido ; la sombra del árbol sagra- 
do que arraigó en las ruinas del anfiteatro Flavio de 
una semilla que cayó del cielo, y que es hoy el único 
refugio de los enfermos del cuerpo, y sobre todo, de los 
dolientes del alma. 



Y era necesario, señores, que, en la serie de fiestas 
resonantes con que la familia hispánica, reunida en torno 
de la madre común, rememora el secular aniversario del 
descubrimiento de América, era necesario que hubiera 



144 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

también una fiesta especialmente consagrada á aliviar 
las desgracias de nuestros semejantes, y que á ella invi- 
tarais á un representante de América ; era preciso que 
hiciéramos juntos, españoles y americanos, alguna obra 
siquiera de misericordia. Sin ella, hubiera faltado algo 
que diera la nota característica de nuestra raza; nues- 
tro rasgo de familia : el amor desinteresado, la caridad, 
el idealismo puro. 

Sí, el idealismo, señores. Yo bien sé que hay quien 
imputa á nuestra raza esa generosa tendencia idealista 
ó afectiva, no como una virtud, sino como una infe- 
rioridad con relación á otros pueblos, ó como una falta 
de aptitud para el cálculo positivo que engéndralos pro- 
gresos materiales. 

¿Pero será cierta, señores, esa inferioridad, iba á 
decir antropológica, que se nos atribuye, y, sobre todo, 
será exacto que nuestro idealismo es su causa? 

Yo confieso, por mi parte, que no puedo convencerme 
de que el ideal, el tipo de perfección concebido por la 
razón en forma de idea, visto por la fantasía en forma 
de imagen, y amado por la voluntad en forma de pasión, 
pueda obstar á la ejecución de lo real, pues aquel no es 
otra cosa que la forma anticipada de la realidad, j su 
realización en el alma ; el ideal es, por consiguiente, y 
tiene que ser necesariamente fuerza, dinamismo, acción 
inmanente. Hay quien afirma que eso ideal que vive en 
la esfera metafísica, y preside nuestra vida afectiva, no 
solo es realidad, sino que es la sola realidad. Lo que se 
toca es apariencia; la verdadera esencia es lo inma- 
nente, lo intangible, lo inefable, que está en el fondo 
de tales apariencias. 

Pero es esa una cuestión que no cabe entre los 
esplendores de esta fiesta. Si efectivamente faltan en 



■L IDBALI8MO IlIgPÁNIOO 145 



nuestra raza actualmonto aquellas aptitudes, yo con- 
vengo en que deben adquirirse; si efectivamente existe 
en nosotros un doso(|uilibrio producido por ol predo- 
minio do la sensibilidad afectiva o del amor á la gran 
realidad futura, sobre el cálculo que sólo considera la 
realidad presente y tangible, que el equilibrio se resta- 
blezca en hora buena. Todo eso podemos concederlo, 
y también desearlo. Pero lo que no debemos afirmar ni 
conceder, señores, es que la adquisición de eso que di- 
cen que nos falta, sea incompatible con la conservación 
de lo quo dicen que en alto grado tenemos : de nuestra 
pasión por lo ideal, de nuestro dinamismo afectivo. Por- 
que al imponérsenos el sacrificio de nuestro instintivo 
amor por lo grande, por lo caballeresco y desintere- 
sado, se nos impondría la triste apostasía de nuestro 
propio ser. Seremos como somos, señores, ó no seremos. 

Nó. Eso no podemos hacerlo, y mucho menos en es- 
tos momentos en que conmemoramos el descubrimiento 
de América, es decir, la más grande de las realidades, 
hija exclusivamente del idealismo español. 

Ese idealismo que se nos imputa, sólo él, fué el que 
descubrió el nuevo mundo; por él salió de su eclipse 
parcial nuestro planeta, y se proyectó en la conciencia 
de este pueblo, como se proyecta la luna sobre el sol; 
el nuevo mundo existió en el alma hispánica, aun antes 
de haber sido vistas por los ojos de Colón las nuevas 
constelaciones australes; por él, la tierra entró en po- 
sesión real de si misma; por él, por ese idealismo de 
que algunos reniegan, la España creyó en el genio, en 
el hombre vidente que, caminando á tientas, golpeó en 
las puertas del convento de la Rábida, pidiendo agua 
y pan para el niño fatigado que traía de la mano. 

COSF. T DISC. 10. 



146 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

j Y se ha diclio, sin embargo, que fué España la que 
tuvo por loco al navegante mensajero, portador del gran 
secreto! Acaso lo habrán tenido por tal, señores, los 
realistas, los calculistas del siglo xv ; pero aquella per- 
sona España amó, sin duda alguna, amó el fantasma 
incorpóreo, el fantasma de niebla y luz, como dice vues- 
tro poeta : la realidad futura presentida. 

Aquella España del siglo xv, desgarrada por las 
caricias de león de la gloria, empobrecida por ocho 
siglos de guerra intermitente, sin recursos para subve- 
nir á sus más premiosas necesidades, dio á Colón tres 
carabelas ... ¿Os imagináis, señores, lo que, en aquella 
época y en aquel momento, representaban tres carabe- 
las avaluadas en dinero? Dicen que aquello costó dos 
millones de maravedís. No me detendré á verificar la 
cifra, señores; pero es indudable que aquello, en aque- 
llas circunstancias, reclamó efectivamente muchas mo- 
nedas acuñadas. Oh, sí, no hay duda: aquello fué un 
mal negocio, señores, un desastroso negocio, ¡ Qué no 
tendría hoy España, si ese dinero hubiera sido colocado 
á buen interés y con firmes garantías ! Pero España dio 
mucho más que tres carabelas á Colón; le dio sus Pin- 
zones, le dio cien marineros . . . oh, eso no es nada: aun 
le dio mucho más : le dio su mayor tesoro, le dio, no las 
joyas de su reina, como ha dicho la leyenda, sino el 
corazón, la fe, la palabra, que era armonía, de aque- 
lla mujer incomparable, diáfana joya del alma hispá- 
nica ... Y aun más que todo eso, que parece insupe- 
rable, aun algo más grande y más valioso que todo eso 
puso en manos del navegante visionario : le dio sus ban- 
deras, el estandarte real de Castilla y de León, su ban- 
dera blanca con cruz roja, para que la enarbolara en su 
mástil como un signo de victoria, para que trazara esa 



BL IDEALISMO IIIRPÍNIGO 147 



cruz de Pelayo en las largas flámulas de sus barcos, á 
fin de que ella fuera á estrecharse con otra cruz que 
había do salirle al paso desde lo infinito: con la cruz 
de estrellas que es la radiosa constelación del hemis- 
ferio austral; con la cruz de estrellas desconocidas, 
recién nacidas, que, entre miriadas de astros nuevos, 
habían de saltar en el cielo, como chispas de un inmen- 
so pedernal, al chocar en el inviolado horizonte negro 
las proas vencedoras de las naves españolas. 

Con un loco no se procede así, ¿no es verdad, seño- 
res? A un loco no se le confía tanto tesoro, tanta fe. 

Luego, señores, convengamos en que una de dos: ó 
no es cierto que Colón haya sido tomado por loco en 
España, ó España, al darle su fe, y al confiarle su for- 
tuna, su sangre, y sus banderas, tuvo la gloria, la exclu- 
siva gloria, de ser tan loca ó más loca que Colón. 

Reclamemos lo segundo, señores ; también se ha ha- 
blado de la locura de la cruz. Confesemos que la Es- 
paña ha sido, en ese sentido, muchas veces, la gran loca 
de la historia. Por eso acogió al demente genovés, que 
otras naciones más cuerdas quizá y más positivas arro- 
jaron de su seno, para que viniera aquí, á pedir una li- 
mosna de pan á un franciscano español, que le dio todo 
su hogar, una limosna de luz á una reina española, que 
le dio toda su fe, y una limosna de afecto á una mujer 
española, que le dio todo su amor. 

Oh, sí, es verdad, señores; la empresa de Colón era 
un mal negocio, un negocio descabellado ; no era aquello, 
por cierto, una de nuestras conquistas modernas, calcu- 
ladas á plazo fijo; ni en si mismo, ni en sus consecuen- 
cias, podía producir, ni ha producido á España, un mó- 
dico interés siquiera para el capital que empleaba. Sus 
acciones no se hubieran cotizado ciertamente en la ac- 
tual bolsa de Londres 



148 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 



Y sin embargo, es un genial escritor inglés el que, 
hablando de otro inglés, del hombre Shakespeare, nos' 
dice con gran sinceridad : « Considerad ahora, si se nos 
llegase á preguntar: ¿queréis abandonar vuestro impe- 
rio de la India ó vuestro Shakespeare? ¿Preferiríais no 
haber tenido nunca un imperio de la India ó no haber 
tenido nunca un Shakespeare? Realmente, contesta el 
inglés, con ser inglés, realmente sería esta una pregunta 
grave. Las personas que ocupasen puestos oficiales con- 
testarían en lenguaje oficial; pero nosotros, por nuestra 
parte, también nos veríamos obligados á responder: 
¡Con ó sin imperio de la India, nosotros no podemos 
prescindir de nuestro Shakespeare! El imperio de la 
India se irá de todos modos cualquier día; pero este 
Shakespeare no se va; permanecerá siempre con nos- 
otros; no podemos desprendernos de nuestro Shakes- 
peare». 

Eso dice un idealista inglés de alma germánica. 

Y á vosotros, señores ; á nosotros debo decir^ porque 
siento vuestra sangre con toda su ebullición afectiva en 
mis arterias, si se nos preguntara, ¿preferiríais haberos 
hecho cien veces más ricos ó no haber protegido al loco 
mensajero, ó no haber descubierto América? ¿Queréis 
abandonar la gloria de haber descubierto América, 
sólo la gloria, á trueque de ese montón espantoso de 
monedas de oro que brillan en las cajas del Banco de 
Inglaterra ? 

Yo no sé, señores, lo que á eso contestaría un tesorero 
general de la nación, en cumplimiento de su deber ofi- 
cial; pero creo que todos vosotros, aun estando entre 
vosotros muchos tesoreros, estáis contestando conmigo 
en este momento: 



EL IDKALI8MO HISPÁNICO 149 



Oh, nó; guardaos vuestros montónos de oro acuñado 
ó en barras; pero nosotros nos quedamos con nuestro 
loco, y aún con nuestra locura, nos quedamos con nues- 
tro Colón, porque es nuestro ; nos quedamos con nues- 
tra Isabel, con nuestras pobres carabelas. España no 
puede vivir sin su gloria, no puede vivir sin su descu- 
brimiento de América, haya costado cuanto haya cos- 
tado, y cueste lo que cueste. 

Pues eso, que os hace aclamar, señores, eso que mi 
üalabra ha removido en vuestras entrañas, eso es rea- 
lidad, es la sola realidad. De eso, que es amor, de eso 
que sentís, j^ero elevado á una potencia infinita, brota- 
ron los astros, flores de la divina pasión, en el campo 
negro del vacío; Dios es amor; de eso mismo, reducido 
á nuestras proporciones terrenas, brotó el mundo nuevo, 
en el campo azul de las marinas soledades. Y eso es 
idealismo, señores, es decir, la más grande de las fuer- 
zas creadoras, que se pretende imputar como un defecto, 
sin embargo, á la raza hispánica, y de la que se quiere 
hacerla renegar á trueque de algunos bienes materiales, 
como se hacía renegar á los indios americanos de su li- 
bertad, en cambio de un puñado de abalorios. 



Bien es verdad que también se ha dicho que no fué 
España sino Isabel, la mujer Isabel, la reina Isabel, la 
que acogió á Colón; fué el alma de Isabel la que, fe- 
cundada en España por el beso entrañable del ideal, 
concibió en su mente el mundo niño. 

Oh, señores: si algún momento entre los de estos días 
ha sido el momento consagrado á Isabel, la mujer reina, 
ese momento es este, sin duda alguna. 

Es este el ambiente propicio, pues sois vosotras, se- 



150 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

ñoras, quienes le dais carácter, y á quienes debo espe- 
cialmente mi palabra, es este el nimbo adecuado, para 
proyectar sobre él, como una aparición, la forma lumi- 
nosa de esa mujer matinal que se presentó un día en 
esta vuestra tierra, con los grandes ojos abiertos á una 
nueva luz que los demás no veían, y que la hacía apa- 
recer como asombrada de si misma. 

Si yo fuera dueño de esas palabras que se estremecen, 
y son substancia en si mismas, que salen de las entra- 
ñas y con las entrañas de las cosas y de las armoniosas 
ideas, y son la irradiación de su intensa claridad, yo os 
formaría con ellas un conjunto de notas y de líneas y de 
colores milagrosos, en que veríais pasar por aquí, la 
forma hierática de esa mujer que se vio aparecer en 
vuestra España, con el candor profetice de la sibila vi- 
dente, con la extática impasibilidad del asceta, con la 
luminosa irradiación del bienaventurado, con el men- 
saje sideral del genio. Os sentiríais sobrecogidos, seño- 
res, al ver pasar ante vosotros, sin hollar los átomos, 
una mujer blanca, pálida, de cabellos rubios, de ojos 
azules casi sin mirada, pero llenos de recuerdos más azu- 
les y más profundos que los ojos, y con un alma tenue 
que filtraría como una luz convalesciente al través de 
su carne de marfil casi sagrada. Oh, no la confundiríais, 
señores, no la confundiríais: reconoceríais á la reina. 
Na puede confundirse; sólo hay una. 

No importa la época en que esa mujer reapareciese: 
siempre veríais sobre ella el resplandor cercano de la 
estrella polar. 

Si se os presentara niña, en Arévalo, desamparada y 
abandonada, junto á su madre doliente, al lado de su 
hermano menor don Alfonso, teniendo la adversidad 
por maestra, ya veríais en esa niña, una reina; si se os 



BL IDEALISMO IIIRI'ÁNIOO 151 



apareciese iiicontaiuiíuida eii medio de. la disolución de 
la corte de su hermano Enrique IV; si la vieseis cruzar 
por los claustros solitarios del monasterio de Avila, ó 
entre las disensiones civiles de Segovia, ó en medio á 
las enconadas parcialidades en Córdoba, en Extrema- 
dura, en Sevilla, entonces veríais en ella el rayo de luz 
fecundo que rompe las tinieblas de vuestra España caó- 
tica; el primer lirio brotado en aquel inmenso erial de 
sangre y lodo. ¡ Y qué no sentiríais, señores, si se os 
apareciera bajo el dosel real en las cortes de Toledo, ó 
montada en su palafrén de guerra, con la armadura ce- 
ñida á su cuerpo ebúrneo, y recorriendo las huestes 
españolas en los campamentos de Modín, de Málaga, 
de Baza, de GuadiX; de Almería, de Granada, ó al frente 
de su campo volante en Burgos, ó en la fortaleza recon- 
quistada de Toro ! Entonces vierais la mujer arcángel : 
los reflejos del sol en las escamas de su cota, ó en los 
pliegues blancos de su brial de seda, la circundarían de 
asteroides; el cielo español le formaría su inmenso 
nimbo. 

Y sin embargo, señores, no sería más grande que si 
se nos ofreciera en sus consejos con el Gran Capitán, so- 
bre las guerras de Italia ; con Cisneros, sobre la reforma 
religiosa; con Montalvo, sobre las ordenanzas; con Men- 
doza, sobre el imperio de las leyes y el reinado de la paz ; 
conNebrija, sobre las letras; con Fray Hernando de Ta- 
lavera, sobre su conciencia y su vida; con Cristóbal Co- 
lón, por fin, con el genio vagabundo, en cuyos ojos ne- 
gros, hermanos de los suyos, penetraban las miradas 
azules de la reina, para ver en el fondo, con intensa cla- 
ridad, la surgente aparición del mundo nuevo. 

Ella trajo un mensaje del cielo para vosotros, seño- 
res, y profetizó la España, la tocó en la frente, la sacó 



152 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

del caos. Aun en su amor de mujer era profética. Amó 
á Fernando de Aragón, á él solo, con una pasión igual 
y distinta de la de las demás mujeres. Fernando fué el 
objeto de su pasión, y la intuición su genio; vio en él la 
unión de dos almas, y la de dos reinos ; sintió en su amor 
idilios y tragedias; por ese amor concibió á doña Juana, 
la madre de Carlos V, y concibió á España, á la España 
formada por Castilla y Aragón, la madre del nuevo 
mundo. El amor de Isabel hacia Fernando, de una mu- 
jer adolescente, casi niña, fué más poderoso que^ las ra- 
zones de estado, más que las intrigas reales, más que las 
leyes aparentes de la historia. Ese amor derogó todas 
las leyes, desbarató todos los planes: fué la sola realidad. 
¿La queréis ver por fin, señores, revestida de la su- 
prema majestad? Miradla envuelta en la majestad de 
la muerte. Ha muerto joven aún. Está amortajada, se- 
gún su voluntad, en el hábito franciscano ; las palabras 
de su memorable testamento flotan como estrellas en 
torno de su cabeza dormida: manda su alma á Dios, su 
pensamiento á la patria, su cuerpo, su eterna fidelidad 
de amor á Fernando. Si éste eligiese otra sepultura que 
la que yo elijo, dice la augusta expirante, sea allí tras- 
ladado é sepultado mi cadáver, allí, junto al cuerpo de 
Su Señoría. 

De esos elementos, señores, se forman los ensueños 
majestuosos, y de esos sueños nacen las grandes cosas, 
que sólo son grandes porque los tienen dentro : Isabel es 
visión, es majestad. Fué más que soberana de Castilla; 
fué soberana de si misma, reina de su inmenso corazón. 

Oh, sí, señores, ¿quién puede dudarlo? Esa mujer 
mensajera, que en vano intento evocar con mi palabra 
sin imperio, esa mujer, que fué reina en la más honda 



EL lUBALISMO HIHI'ÁNKJO 163 



acepción del concepto de re.c, fué el héroe de vuestra 
España. ¿Pero puede deducirse de ello que no fué Es- 
paña, sino su reina, la que concibió la realidad del ideal 
heroico? 

Nó, por cierto. Esos héroes que descienden ó se aj)a- 
recen entre los pueblos con un secreto que revelarles, 
no son trozos cósmicos de un astro, caídos en un astro 
distinto. El héroe, por el contrario, es algo así como el 
primer fragmento del mundo en fusión que se solidifica. 
La revelación á un pueblo de su destino, tiene que des- 
cender á una conciencia; y como no existe más concien- 
cia que la del hombre, la de un hombre, esa revelación 
se realiza en el héroe, ilumina la más alta conciencia de 
la estirpe, mueve la más excelsa voluntad, resplandece 
en la frente más profética. Si el héroe, señores, no 
arraiga en las entrañas del pueblo ; si no brota de ellas 
como el árbol de las entrañas de la tierra, ó como la pa- 
labra de las profundidades de la idea, el héroe es artifi- 
cial, como es leña el árbol, y soplo de muerto la pala- 
bra. El sol y la lluvia del cielo caerán sobre las hojas, 
sin incorporarse á la grande armonía germinadora que 
canta en las flores que se aman, y en los frutos que dan 
simiente; el sonido articulado sin raíces, vibrará sin 
arraigar en las almas, sin llevarles el sol, sin ajustarías 
á la eterna armonía del verbo universal. 

El sol naciente del ideal, señores, tocó á España en 
su cumbre más augusta y más sedienta de luz y de ca- 
lor: en la frente de Isabel. España fué grande, porque, 
en los ojos de su reina, vio la realidad invisible ; por- 
que, con la fe de su mujer fuerte, creyó en la presencia 
inmanente de la realidad futura; porque, en el cora- 
zón de su heroína profética. amó con pasión lo que no 
era carne. 



154 conferbnciAkS y discursos 



¿Y habrá de renegar la familia hispánica, señores, de 
su ingénita propensión á lo ideal? No será, por el con- 
trario, la predestinada á salvarlo para el porvenir, en 
medio de las obscuridades del presente? 

Porque no es posible negarlo, señores; no es posible 
negar desgraciadamente que hoy los grandes ideales se 
van, perseguidos por un azote invisible; se les ve aban- 
donar en bandas la tierra, alzar el vuelo de aquí y de 
allá, como pájaros amedrentados que se dirigen al sol. 
Las almas se enfrian, y los antiguos sentimientos las 
abandonan. La realidad presente se juzga incompatible 
con la realidad absoluta, con la que no tiene edad, con 
la eternamente joven, con el tipo de perfección concebido 
por la razón en forma de idea, visto por la fantasía en for- 
ma de imagen, amado por la voluntad en forma de pasión. 

El naturalista que despedaza un lirio para analizarlo, 
cree verlo con sus instrumentos ópticos en la plenitud 
de su realidad, y mejor qne los que sólo miran con los 
ojos; cree verlo mejor, porque ve el polen de los estam- 
bres, y percibe el estremecimiento de los ovarios; por 
que da nombres y clasifica y encasilla la expresiva na- 
turaleza, que es toda relación, que es un inmenso ins- 
trumento de divina armonía. Ese hombre, que se clasi- 
fica á si mismo con el dictado de hombre de ciencia, á 
fuerza de mirar, ha acabado por no ver, señores; en ese 
lirio tejido por manos invisibles, hay algo más que ova- 
rios y estambres y materia colorante: hay flor, flor que 
mira al hombre desde el fondo de su expresión ingenua, 
flor que ríe en la trasparente profundidad de su blan- 
cura. Para el naturalista, el lirio no existe. 

A fuerza de disecar los secretos orgánicos de la pa- 
sión, del entusiasmo, del amor, los entusiasmos, ecos de 



Kl, IDKAMSMO KI.HI'ÁNICO 166 



lo interior, desaparecían, el amor se aniquila. ;,Y cómo 
había de sobrevivir el amor á la muorto del ideal, h^íio- 
res, 8Í el amor, en su concepto esencial, no es una rea- 
lidad objetiva, sino un acordó, una armonía, uiia abs- 
tracción que no puede confundirse con los elementos 
que por ella y en ella se vinculan? El movimiento pa- 
sional del amor no tiene vuelta, como ha dicho el gran 
filósofo griego, no tiene vuelta sobre si mismo ; va recto 
á su objeto y se fija en él como en su término ; no so- 
porta, por consiguiente, ni cálculo ni límite: es absoluto. 
El amor está en dos almas, pero no es ninguna de ellas. 
Y sin embargo, es realidad, es substancia, es en si. 

Y eso, señores, para lo cual no tiene el lenguaje hu- 
mano palabras bastante armoniosas ; eso, que se consi- 
dera no entidad, eso es precisamente la sola intrínseca 
realidad : es la armonía de los seres, de las cosas, de las 
substancias inmateriales vibrantes con el universo mu- 
sical de que forman parte, es la armonía que mantiene 
ese universo, es la eterna realidad que está dentro de 
todas las realidades concretas. Lo que es apariencia é 
ilusión, señores, es la materia, es la carne deshabitada : 
la suprema verdad es la vida, señores, y la vida no es 
la cosa, es su ritmo, su armonía, su vibración ajustada 
al diapasón del universo : es el espíritu. 

Oh, sí, es verdad : un invierno intenso parece que ha 
descendido sobre las almas ; hace en ellas mucho frío, 
y los seres con alas, águilas ó alondras, religión, amor 
puro, poesía, besos en los ojos y en las frentes, substan- 
cias musicales, desocupan esas almas deshojadas. 

Pero todo eso no se aniquila, señores. ¡ Ay del uni- 
verso si tal aconteciera, si perdiera su ritmo, su vibra- 
ción armoniosa, su ley de amor eternamente preexistente, 
sus intrínsecos ideales ! 



156 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 



Yo estoy persuadido, señores, de que, así como hay 
estaciones del año en que los habitantes musicales del 
aire, aun aquellos que no abandonan nuestras regiones, 
desaparecen algún tiempo de entre nosotros para regre- 
sar, así desaparecen, en ciertas épocas históricas, los me- 
lodiosos habitantes del alma, los hijos de la vida afec- 
tiva. Hay bosques ocultos, aun en nuestros climas, aun 
á nuestro lado, en que se recogen los primeros, los pá- 
jaros ahuyentados ; hay pueblos encerrados en sí mis- 
mos, substraídos á las influencias invernales, que sirven 
de refugio á los últimos, á los grandes ideales. Como ha 
habido bosques sagrados, no estercolados para la pro- 
ducción, y habitados sólo por las visiones, también exis- 
ten pueblos que conservan algo de sagrado, de no ester- 
colado, en el fondo de su ser. 

Creamos, señores, creamos, al menos en estos momen- 
tos en que rememoramos el descubrimiento de Amé- 
rica, que el pueblo hispánico de ambos mundos es uno 
de esos pueblos ; creamos que es en su seno, en las inti- 
midades de su vida, donde están todavía refugiados los 
grandes ideales que ya no cantan como antes el himmo 
al sol, el salmo de la vida: fe religiosa, amor puro, fami- 
lia, patria, libertad, culto caballeresco de la mujer, ca- 
ridad sobre todo, señores, que es la sola realidad, que es la 
santa realidad, que es la eterna realidad. Dios es cari- 
dad. Creamos que todo eso está aún abrigado y oculto 
en las transparentes profundidades del alma hispánica, 
y que de ella alzará el vuelo, en banda resonante y mu- 
sical, cuando llegue el momento de repoblar la tierra de 
los casi desaparecidos mensajeros del cielo. 



En la Real Academia Española 

Contestación dada al conde de Cheste, Director de la Academia, al 
asistir por primera vez á las sesiones de aquella, como individuo 
correspondiente. 



SUMARIO 



La Academia Española, casa solar de la lengua bispinlca. — 
lid antiguo afecto. — Su orijfeo. — Su transformacióa. — 
Coaveoieocia común de la autoridad de la Academia. — 
Como la Academia Española abre sus puertas al verbo 
americano. 



Señor director: 

Debo confesar ingenuamente que las palabras que 
acabo de escuchar, con que tenéis la bondad de aco- 
germe en esta ilustre corporación, y que reclaman algu- 
nas de mi parte, no sólo me producen una grande emo- 
ción, sino que me toman muy de sorpresa. 

Yo había venido esta noche, señores académicos, á 
recibir, sin duda alguna, un señalado honor; pero creía 
que él iba a limitarse al hecho de sentarme por vez pri- 
mera, silencioso y obscuro, entre vosotros, como indivi- 
duo correspondiente de esta academia. Eso hubiera 
bastado, y aún sobrado, para que yo marcara esta se- 
sión de la E-eal Academia Española como una sesión 
memorable, memorable para mi recuerdo. 

Pero el ilustre conde de Cheste, tan benevolente 
como ilustre, ha querido sacar mi persona de la obscu- 
ridad que le correspondía, iluminándola de lleno con 
sus palabras, y con palabras de tan generoso aliento 
compuestas, que os han hecho volver á todos la cabeza, 
no me cabe la menor duda, para conocer al insigne 
compañero que ha hecho brotar de la nada la palabra, 
que en este momento puede llamarse creadora, del su- 



160 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

cesor del marqués de Villana, y de Martínez de la 
Rosa. 

Ese hombre que buscáis, señores, no existe en mí; es 
invisible é impalpable; es sólo un engendro del nobilí- 
simo corazón del rico hombre que ha querido sin duda 
dar en mí, con generosa opulencia, una afectuosa bien- 
venida á los correspondientes americanos, recordando 
quizá, entre muchas otras cosas, que él también, aun- 
que honra y prez de las armas y de las letras españo- 
las, vio la primera luz en la buena tierra de Colón. 

Yo no soy, señores, eso que ha dicho, obligándome 
para siempre, el señor conde de Cheste; no soy un no- 
table, ni siquiera un mediano escritor castellano, pese 
á la benevolencia de mi esclarecido amigo, vuestro in- 
signe compañero don Juan Valera, para quien también 
tengo una deuda, que jamás pagaré, de gratitud litera- 
ria. Pero si no soy eso que ha dicho el venerable pro- 
cer que nos preside, señores, yo quisiera ser lo que él 
ha dicho. Oh, sí, yo quisiera ser un escritor caste- 
llano ... Y como estoy plenamente persuadido de que 
fué ese simple anhelo, transparentado en mis pocas 
producciones literarias, el que me sirvió de título sufi- 
ciente para que la Real Academia me incorporara á su 
seno hace algunos años; como creo haber comprendido 
su intención, que no ha sido otra que la de cooperar, 
con la fundación de academias correspondientes ameri- 
canas, á la obra de unión de todos los pueblos de habla 
española, juzgo que no puedo ofrecer ahora un tributo 
que más grato sea al oído benevolente de esta corpora- 
ción, que el que consista en ratificar, en vuestra presen- 
cia, mis reiteradas protestas de amor á nuestra lengua 
común, y las cordialísimas de adhesión y de respeto á 
esta casa solar del verbo hispánico, en que viven núes- 



EN LA RBAL ACADBMIA ESPAÑOLA IGl 



tros maestros, nuestros arbitros, nuestras glorias; en 
que vivís vosotros, señores académicos. 

Os vuelvo á declarar que la gonorosa bienvenida que 
me ha dado el señor conde de Clieste me ha conmovido 
muy hondamente. Yo he sido siempre en América un 
fervoroso defensor de la gloria y de la autoridad de la 
Academia Española, en las disputas que, allá como acá, 
y como en todas partes, se levantan en torno de estas 
autoridades, sobre todo en nuestros tiempos. Os haré 
gracia, señores, de mis razones: son las comunes que 
conocéis. Pero, más aún que un defensor, he sido y soy 
un ferviente amador de esta institución. Bien es verdad 
que mal puede defenderse, y ni siquiera conocerse, lo 
que no se ama. 

Yo recuerdo que, en mi primera juventud, mi afecto 
hacia esta Academia rayaba en entusiasta ternura, en 
una admiración apasionada casi inconsciente. 

¿De qué había nacido ese afecto que, al despertarse 
en este momento en mi alma, me hace recordar el verso 
aquel de Dante que vos, señor Conde, nos habéis noble- 
mente traducido en verso castellano, aquel Conosco i 
segni delVantica fiamma, que es, á su vez, el Agnosco ve- 
teris vestigia flamince de Virgilio, el coronado maestro ? 

Yo no lo sé. Pasa en este momento por mi memoria 
el recuerdo venerando de mi padre; él, como tributo 
quizás á esta su patria española ausente, que él amaba 
con pasión, me hacía conocer de niño muchos de vues- 
tros nombres, muchos de los de vuestros predecesores 
sobretodo. Oh! Esos nuestros buenos padres españoles 
fueron, allá en América, vuestros verdaderos académi- 
cos correspondientes, señores; lo fueron mucho más que 
nosotros. Dejadme bendecir la memoria del mío en este 
momento ; siento la necesidad de hacerlo .... Recuerdo 



COHF. T DISC. 



U. 



162 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

también mi vieja Gramática de la Academia Españo- 
la. . . ¡Los malos ratos que me hicisteis pasar con ella, 
señores académicos; con aquellas reglas, con aquellos 
verbos irregulares ! Pero esos ratos son inseparables de 
las horas de infancia, y éstas nos son siempre queri- 
das. . . acaso sólo por que han pasado. ¿No será algo 
de todo eso, y de lo que eso sugiere, lo que despertó en 
mi alma el sentimiento de admiración y de ternura ha- 
cia esta casa lejana, á que antes me he referido? 

Oh, si entonces, en aquellos años, se me hubiera pre- 
sentado la escena de esta noche, en que el Venerable 
conde de Cheste, cuyo nombre pronuncié con tanto 
respeto siendo niño, me señala mi puesto á su lado y 
entre vosotros, como digno de él, y me juzga acreedor 
á las palabras con que me ha recibido, yo hubiera visto 
pasar esta escena como un ensueño. 

¡Quién me diera volver á esa época, que ya está lejos, 
para poder gozar de este momento con la intensidad 
con que se goza en los años en que aun se cree en la 
gloria ! 

Vosotros sabéis, señores, lo que en esos sentimientos 
se opera generalmente con el andar del tiempo: ó se 
mueren de frío, ó cambian de habitación, pasando del 
corazón á la cabeza, donde se transforman en convic- 
ciones. 

Me parece que en mi ha acontecido lo segundo, pero 
sin acaecer lo primero. 



Se me ocurre, señores, que así como hay corazones 
que no tienen necesidad de esperar la noche para haber 
terminado su día, así hay otros que prolongan el día, ó 
cuando menos un crepúsculo casi más amable que la luz 



XK LA RKAL AOADBMIA ESPAÑOLA 168 



solar, hasta ya muy entradas las horas, casi hasta rayar 
la media noche. 

¿Será mi corazón uno de éstos? 

Algo de eso ha do pasar dentro de él, porque yo siento 
que, sin haber muerto el primitivo afecto, se ha arrai- 
gado en mi entendimiento una convicción profunda 
sobre la necesidad y la utilidad, comunes á españoles y 
americanos, de la existencia de la autoridad de esta Aca- 
demia; sobre la racional conveniencia de que, puesto 
que debe existir una casa paterna de toda la familia 
hispánica, lo sea esta robusta casa solar que tantos títu- 
los tiene para serlo, y cuyas puertas vosotros abrís á 
los escritores americanos con tan generosa cortesía, y 
con un afecto tan transparente, y tan ajeno á todo in- 
terés que no nos sea común. 

Esta especie de recepción doméstica que me hacéis, 
señor director, con ser tan íntima y sencilla, será con- 
tada por mí algún día, en una forma ó en otra, á mis 
compatriotas americanos. Yo contraigo en este mo- 
mento el compromiso de hacerlo. Yo les haré saber có- 
mo me habéis acogido ; con cuánta sinceridad me abrís 
de par en par las puertas de esta casa, me ofrecéis 
asiento entre vosotros cual si fuera un miembro siem- 
pre esperado de la familia, y me dais parte en vuestras 
deliberaciones sobre la lengua española, que, siendo 
como es el tesoro común de españoles y americanos, 
puede y aun debe ser custodiado con igual solicitud por 
americanos y españoles. Así contribuiré, aunque débil- 
mente, á disipar el error, en que suele incurrirse, de su- 
poner á la Academia Española encastillada tras los mu- 
ros agrietados de una rutina vetusta, é inaccesible á las 
palpitaciones de la vida de nuestra lengua común. Aquí 
hay sitio para todos, bien lo veo, desde que lo hay, y 



164 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

tan amplio, tan generoso, para mí, el más modesto en- 
tre los cultores de nuestra lengua, y el menos apto, por 
consiguiente, para haceros ver las nuevas transparen- 
cias y vislumbres que le haya impreso el pensamiento 
americano al encenderse en ella, ó los nuevos sonidos 
que nuestra palabra interior haya sabido arrancar al 
maravilloso instrumento de nuestro idioma, al cobrar la 
forma melodiosa de la palabra articulada. 

Pero no importa, señor director; no importa, seño- 
res ; no os arrepintáis de vuestro extremo de bondad 
para conmigo. La prueba de la amplitud de vuestro cri- 
terio aparecerá tanto más concluyente, cuanto mayor 
sea la desproporción entre vuestra munificente acogida 
y los méritos literarios del correspondiente americano 
á quien hacéis objeto de vuestro afecto. 



En la Real Academia de la Historia 



Palabras pronunciadas en la Academia de la Historia de Madrid al 
incorporarse á ella, y contestadas por el señor don Antonio Cá* 
novas del Castillo, presidente de la Academia. 



Señor Presidente : 

Al asistir por primera vez á las sesiones de la Real 
Academia de la Historia, debo á esta ilustre corpora- 
ción una expresión siquiera de reconocimiento por el 
honor que me ha dispensado al incorporarme á su seno, 
aunque, si bien se examina, esa manifestación me la 
debo más á mí mismo que á la academia. Sí, no hay 
duda: estas palabras, con que distraigo un momento 
vuestra atención, señores académicos, más que un tri- 
buto que os ofrezco, son un nuevo honor que os arranco. 
Yo os he agradecido ya, al aceptar por escrito este 
puesto, el honor de mi elección; pero yo quiero que, en 
las actas de las sesiones de esta insigne compañía de sa- 
bios, quede la huella, aunque sea casi imperceptible, de 
mi paso por aquí. Ya que no la de mi inteligencia, que- 
dará la de mi corazón. 

Sí, señor presidente : yo he experimentado un intenso 
sentimiento de satisfacción al ser llamado por la Aca- 
demia de la Historia á tomar parte en sus trabajos. Pero 
yo bien me sé que no es el trabajo lo que vosotros 
habéis querido compartir conmigo, señores ; es la gloria. 
Me apresuro, pues, á recoger, y á guardar como una eje- 



168 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

cutoria, la que consiste en estar entre vosotros, y quiero 
hacer de estas palabras, que acaso sean las únicas que 
pronuncie en este sitio, algo así como la tradición ficta, 
ó la toma de posesión ánimo dómini de la gloria que 
me ofrecéis. 

Digo que acaso sean estas las únicas palabras que 
aquí pronuncie, no sólo porque la fugacidad de mi gra- 
tísima residencia en España es incompatible con el es- 
tudio que, para tomar parte en vuestras deliberaciones, 
os debería á vosotros, y me debería á mí mismo sobre 
todo, sino porque os considero, señores académicos, como 
mis maestros en la ciencia de la historia; y el tiempo que 
pase entre vosotros me será siempre escaso para escu- 
charos, y recoger de vosotros provechosas lecciones. Veo 
á mi lado á los cultores de las ciencias históricas y de 
sus anexas, cuyas reputaciones forman el acervo inte- 
lectual de esta gran nación : geógrafos, cronologistas, 
etnógrafos, arqueólogos y paleógrafos eminentes, que 
aunan en esta academia su labor y sus conclusiones 
con las de los cultores de la epigrafía, de la numismá- 
tica, de la estadística, de la filosofía y de la hermenéu- 
tica históricas, y con la de los maestros de la forma y 
expertos en ese folk-lore ó saber popular revelador de 
la vida íntima de las sociedades que pasaron. 

Excuso pronunciar sus nombres, ya consagrados por 
el mundo científico y literario, porque mi modesta pro- 
testa de admiración y de respeto muy poco ó nada po- 
dría agregar á su lustre y nombradía. 

Sí, señores: tengo mucho que aprender entre voso- 
tros; tengo mucho que llevar de aquí. Pero, aunque no 
llevara otra cosa, me creería siempre conductor de un 
tesoro, con sólo llevar en mi espíritu el recuerdo de 
haber estado en vuestra compañía, señores académicos. 



BN LA RBAL ACADEMIA DB LA HISTORIA 169 



el de haberme dicho vuestro compañero en la labor cien- 
tífica, y el de haber confundido mi pensamiento, aunque 
sea en forma pasiva, con el de los más esclarecidos 
cultores de la ciencia española, que son honra y prez 
de esta academia y de esta nación ilustre entre las 
naciones. 



/ 



X 



La música 

PANEGÍRICO DE SANTA CECILIA 

Conferencia dada en el "Instituto Verdi" de Montevideo, en la 
noche del 22 de Noviembre de 1896 



SUMARIO 



De paso por la patria. — El arte. — Es educador en si mismo. — 
Sobre la fórmula "el arte por el arte". — El arte al tra- 
vés del tiempo. — La música. — Es cieacia, es arte y es len- 
guaje. — Resumen de su historia. — El nuevo día cristiano. — 
El Dante y San Francisco. — Los grandes nombres. — El arte 
en el siglo XIX. — Lo que es la cración artística. — El si> 
gio de Bethoven. — Los grandes nombres contemporáneos. — 
¿ Dónde está santa Cecilia ? — No fué música, pero es y debe 
ser la patrooa del arte musical. — Historia melodiosa de la 
virgen romana. — La música es sugestión; es despertadora 
de lo dormido ; exige predisposición en el alma y eo el or- 
ganismo. — Oración panegírica de Cecilia. — Una frase de 
Pasteur. — Camino de la luz armoniosa. 



Señoras, 
Señores : 

De paso por mi tierra; huésped en mi propia casa, en 
estos días en que he venido á buscar un poco de aire de 
patria para mis pulmones y para mi alma, os confieso 
que me es muy grato hacer oir en público mi voz de 
vez en cuando. Así me formaré la ilusión de que, cuando 
de nuevo tenga que dejar el suelo natal para seguir mi 
peregrinación al través del mundo, que sabe Dios cuándo 
acabará, acaso quede aquí, en el eco de mi voz, una 
parte de mí mismo, la parte musical de mi persona ; 
acaso así prolongue un poco más mi recuerdo en vues- 
tras almas, y desvanezca el fantasma que más de una 
vez me ha asaltado en mi incidental carrera diplomá- 
tica: el temor de llegar á ser un desconocido, casi un 
extranjero en mi tierra natal. 

Creédmelo, señores: nada hay que me alarme más que 
esa antipática y molesta idea en mis largas ausencias, 
y por eso he aceptado, con muchísimo gusto, la cortés 
invitación del Instituto Verdi; por eso debo comenzar 
agradeciéndole el honor que con ella me ha dispensado. 



174 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

y la ocasión que me proporciona de demostrar, en este 
terreno neutral en que se rinde culto ala belleza amiga, 
con cuánto interés sigo el movimiento de cultura de mi 
país, con cuánto entusiasmo advierto sus progresos, que 
colocan á nuestro Montevideo á la altura de las más 
cultas capitales de Europa, y con cuánta resolución es- 
toy siempre dispuesto á prestar mi concurso á todo 
aquello que importe elevación de nuestro nivel social, 
progreso en nuestras costumbres, y educación de nues- 
tras almas por el cultivo del arte. 

Sí, señores: el arte, que es realización de la belleza 
ideal, ó, si queréis, conjunto de medios expresivos por 
los cuales los puros sentimientos humanos se propagan 
por vía de imitación ó simpatía, el arte, digo, es un 
gran educador. 

Ojalá que su influencia se hiciera sentir cada vez más 
en nuestra sociedad, que muchas veces echa de menos, 
al tocar las consecuencias de la ausencia de culto á lo 
bello, esa delicadeza de sentimientos, ese mutuo respeto 
entre los hombres que hace tan amable la vida, y que 
no es otra cosa que el reinado de la caridad en las re- 
laciones sociales. 

Y digo que el arte es educador, señores, no sólo porque 
puede ponerse al servicio de una idea moral ó cientí- 
fica ajena al arte mismo ; no sólo porque sirve para 
prestigiar ó ennoblecer la propaganda de la verdad ó 
del bien. Ese puede ser uno de sus objetos accidentales; 
pero no constituye su esencia. El arte es educador por 
si mismo ; lo es, porque la belleza, la suprema belleza, 
en si misma es buena y es verdadera; y, siendo la be- 
lleza relativa que nosotros podemos alcanzar y gozar 
sólo un reflejo de la belleza absoluta, es indudable que 
la elevación que el arte produce en nuestra sensibilidad 



y, 



LA MÚSICA 175 

importa oii si niisina una elevación do todo iiugh- 
tro ser. 

El simplo contacto con lo ^rand»*, enprandcoo al 
hombre; el simple contacto con lo bello lo embellece. 
Quien vacile en asentir á esa verdad, concederá al me- 
nos que el contacto con lo pequeño nos empequeñece; 
que el espectáculo constante de lo feo nos rebaja los 
gustos, nos hace groseros, inconsiderados, menos ama- 
bles, menos armoniosos, menos virtuosos, pues virtud 
es armonía. yV. 

y Hay quien se escandaliza de aquella fórmula e¡ arte 
por el arte. 
^ No hay que espantarse, señores, de palabras que son 
de aire, y giran y se transforman según el labio que las 
sopla. Lleguemos á las realidades que están en el fondo 
de las jDalabras, y son su luz interior.^ 

¿Puede acaso negarse que la verdad por si misma en- 
sancha las facultades intelectuales del hombre, y que 
quien que está en contacto con más verdades ha agran- 
dado y perfeccionado aquellas facultades? Eso podría 
llamarse la verdad por la verdad. No es necesario que 
la verdad sea útil ó buena para que su adquisición en- 
sanche la inteligencia. Hay poetas que, para predisponer 
su espíritu á la inspiración, se ejercitan en resolver pro- 
blemas matemáticos; hay, en cambio, hombres de cien- 
cia que comienzan sus investigaciones por la hipótesis 
que les sugiere la imaginación, y predisponen su espí- 
ritu á la inspiración como los poetas. No en balde al- 
guien ha dicho que las grandes ideas vienen siempre 
del corazón. 

¿Puede negarse que quien está en contacto con mayor 
bien, ensancha y amplía la noble capacidad de su volun- 
tad en orden á su objeto propio, á su perfección, aun- 



176 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

que no sea él quien realizó los actos buenos? Eso es eZ 
bien por el bien. Pues de la misma manera, yo creo que 
el que está en contacto con mayor belleza ensancha su 
sensibilidad; y siendo el arte realización de belleza, el 
arte por si mismo es moralizador, pues es perfecciona- 
dor del alma humana, que es simple, indivisible en sus 
facultades. Eso es la belleza por la belleza, el arte por 
el arte. 

Es innegable que el arte que desarrolla y educa la 
sensibilidad á expensas de la inteligencia y de la volun- 
tad, contribuyendo al error ó al mal, es reprobable; es 
indudable que el artista que realiza una escena innoble 
que arrastra la voluntad al vicio, neutraliza el efecto 
psicológico de su obra, en razón directa del efecto in- 
moral que produce en la voluntad. Pero de eso no 
puede deducirse que el arte, para ser tal, deba necesa- 
riamente proponerse inducir á la verdad y al bien ; bás- 
tale, para llenar su misión, ensanchar y ennoblecer la 
sensibilidad con la belleza. Y en ese sentido, la vieja 
fórmula de «el arte por el arte», sólo quiere decir, en 
mi concepto, «belleza para la sensibilidad», es decir, 
objeto noble para la facultad que le es propia. Y eso 
es verdadero, y es bueno en si mismo. 

Reprobemos, pues, señores, el arte que educa la sen- 
sibilidad á expensas del corazón ó de la mente, rom- 
piendo el equilibrio que las facultades humanas deben 
guardar en su desarrollo para el perfeccionamiento del 
hombre; pero no por eso exijamos al artista otra cosa 
que belleza. No le exijamos desarrollo ó demostración 
de temas ; tanto valdría exigir al matemático hermosura 
en la forma de los signos algebraicos con que expone 
sus ecuaciones. Exijamos al artista sólo realización ó 
reflejo, espontáneo en la forma, de sus sentimientos, de 



LA MÚSICA 177 

, - i 

SUS afectos, de las aparicionoH (luc ve pasar en lo obs- 
curo, (lo sus visiones impalpahlos y fugaces, do sus es- 
tremecimientos geniales. 

El artista nativo tiene que ser sólo artista al realizar 
sus obras ; y, por lo tanto, ha de ser espontáneo. 81 el 
artista es bueno, su obra sorá buena, al par que bella; 
será bella en la intrínseca plenitud de la belleza. Si el 
artista es malo, producirá obra mala, en la (juo la be- 
lleza, encadenada á los sentidos, y sin poder ir más 
allá, sin propat^arse ni multiplicarse, se verá impotente 
do realizar su misión elevadora de todo el ser humano; 
será obra contradictoria, que se devorará á si misma 
con tanta mayor voracidad, cuanto mayor sea el predo- 
minio del placer grosero que ella produzca por repug- 
nantes asociaciones, sobre el verdadero deleite estético, 
que es pureza, elevación espiritual, armonía. 

De ahí que las grandes obras de arte sean, porque 
son bellas, es decir, espontáneas, el reflejo de la época 
y de la sociedad en que nacen; el arte verdadero no 
miente. 

De ahí que la historia del arte sea la historia de la 
civilización del hombre. Seguir su curso al través de los 
siglos, es poner el oído sobre el corazón de la humani- 
dad; poner la mano sobre su frente que abrasa en Grecia, 
deémayay comienza á enfriarse en Roma, tiene sudo- 
res agónicos en Bizancio, y vuelve á palpitar vigorosa, 
como el Moisés de piedra que es su símbolo, en las 
épocas espléndidas del renacimiento italiano. 

Yo he seguido, señores, con vivo interés, en mis via- 
jes por el viejo mundo, esa marcha de oriente á occi- 
dente de la belleza ideal, en las artes plásticas, en las 
artes del dibujo, más bien dicho: la he visto realizada, 
por medio de la línea, en los monumentos de arquitec- 

COSP. Y DI8C. 12. 



178 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

tura y de escultura que nos han legado las edades; por 
medio del color, en las sagradas galerías pictóricas que, 
desde Ñapóles hasta Madrid, nos conservan la huella de 
los grandes genios. Yo quisiera hablaros de todo eso 
en esta noche; llenar de alas el ambiente de este salón, 
Pero al tener que hablaros, por las exigencias del mo- 
mento, sólo del arte musical, que es la realización de la 
belleza ideal por medio del sonido inarticulado, y al 
teneros que hablar de ello unido al recuerdo de Santa 
Cecilia, la melodiosa doncella romana que habéis ele- 
gido por vuestra patrona, siento que el recuerdo de 
mis impresiones objetivas me es inútil por completo; 
un acorde lírico se levanta del fondo de mi espíritu, y 
tendré que hacer un esfuerzo para que mi discurso no 
se transforme en el canto matinal que acompaña el des- 
pertar de tales recuerdos en el fondo de las almas reso- 
nantes. 



Vosotros celebráis esta noche á Santa Cecilia, y me 
habéis pedido que haga algo así como la oración pane- 
gírica de vuestra blanca amiga celestial. 

¿Pero conocéis, señores, la historia de Santa Ce- 
cilia ? 

¿Sabéis acaso por qué esa joven patricia romana, que 
sufrió el martirio allá por el siglo tercero de nuestra 
era, ha sido de siglo en siglo, y lo es aún hoy, la pa- 
trona de los artistas, y el símbolo del arte musical? 

Casi estoy seguro de que nó. 

Voy á decíroslo, pues. Escucharéis una vieja nove- 
dad. 

Para apreciar, en toda su intensidad y significado, el 
predominio del recuerdo de la virgen Cecilia sobre los 



LA MÚHIÜA 179 

otros graiuU's nombres y recutírdos que nos ofrece la 
liistoria (lo la música humana, sería nocosario recordar 
siquiera esta historia; pronunciar, en busca del nombre 
de Cecilia, algunos do los grandes nombres ; recorrer con 
la imaginación esa inmensa vía láctea de sonidos en el 
oielo del arte, sobro la vnn\ so proyecta, como la solita- 
ria estrella de las mañanas tranquilas, la mirada angé- 
lica y melodiosa de aquella virgen cristiana. Veamos, 
pues, en donde encontramos á Cecilia en la historia de 
la música. 

La música comienza con la humanidad. Es ciencia, es 
arte; pero también es lengua, lengua de origen divino, 
como la lengua articulada. Se creyó, durante mucho 
tiempo, que el lenguaje musical no difiere esencial- 
mente del lenguaje hablado, y hasta se le juzgó inferior 
á él por sólo servir para interpretar lo vago, lo abs- 
tracto. 

¡ Como si lo vago, lo abstracto, fuera inferior á lo con- 
creto que llamamos real! 

Hoy la misma ciencia demuestra que el lenguaje mu- 
sical constituye una función distinta de la palabra, fun- 
ción que responde á centros propios, á zonas determi- 
nadas de la corteza cerebral. Y vosotros sabéis, señores, 
que, dada la unión íntima, substancial, como dicen los 
escolásticos, del alma con el cuerpo, el estudio del orga- 
nismo, lejos de entrañar la negación de la existencia 
del alma, es un recurso poderoso para mejor conocer las 
operaciones de ésta. No importa que ese estudio haya 
inducido á grandes errores; éstos pasarán, y las con- 
quistas de la ciencia acrecerán la herencia de verdades 
psicológicas de las generaciones humanas. 

La miisica, pues, comienza, como la palabra, con la 
vida de los hombres y los pueblos. Sentid esas lejanas 



180 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

armonías rudimentarias: son los címbalos y los timbales 
de los asirlos ; son las cornetas guerreras ó las trompe- 
tas sagradas de los egipcios; son las liras y las cítaras 
y las dobles flautas de los griegos ; son las trompetas 
que derrumban los muros de Jericó, ó las arpas de Israel 
que lloran colgadas en las márgenes del río de Babilo- 
nia; son el salterio de David, que entona las alabanzas 
del Señor, y acompaña los salmos y las contriciones ar- 
moniosas del rey; son las quenas de los indios america- 
nos, que parecen quejidos de agonizantes. 

El arte comienza apoyándose apenas en el sonido y 
en el ritmo. 

¡Qué monótono, qué rudimentario es todo eso, sin 
embargo! Casi no se oye música: no hay arte; hay sólo 
lengua instintiva y balbuciente. 

Escuchad en seguida cómo suenan las trompetas de 
guerra de Roma la conquistadora; la música es brutal, 
y sus sonidos ahogan los llantos de los esclavos, al acom- 
pañar el carro del César vencedor . . . 

Bien es verdad que en Grecia se inventa el llamado 
sistema diatónico, que distribuye la sucesión de los so- 
nidos en tonos y semitonos, lo que, según algunos, es el 
verdadero origen de la música moderna; pero la música 
griega no sale del sonido muerto; no piensa, no siente; 
es un cuerpo sin su forma substancial : sin alma. La 
Grecia podrá llamarse madre de todas las artes, me- 
nos de la música: el arte musical no ha nacido aún. 

Pero allá, en un extremo del mundo, también la mú- 
sica acaba de hacerse oir en cantos de alborada: una 
nueva inmortal aurora se ha abierto para la humanidad; 
y mientras en el circo romano suenan las cornetas de 
guerra mezcladas al rugido de los tigres que husmean 
la sangre ; mientras el hombre antiguo canta gritando : 



LA MÚSICA 181 

jyloria al Ct'sar rencedor <jiio nos da pan y nos da circo! 
se oye allá en la Palestina la alada armonía de los án- 
ji^elcs que despiertan á los pastores, al hombre nuevo, y 
i|ue cantan la eterna melodía: ¡(jhtriu d IHnn en lux altu- 
ras, n paz, 1/ amor // redención á los hombres! 

Ese canto an<:;élico, señores, ha sido un diapasón col- 
pjado en el cielo, y (jue, í;olpeado por un martillo invi- 
sible, ha dado un nuevo tono, ha marcado un nuevo 
rumbo al arte musical, arte esencialmente cristiano. 
Empieza á afinarse con él el murmullo de los primeros 
cantos de los cristianos perseguidos, que oran en las ca- 
tacumbas á la luz de sus lámparas de aceite, y sigue 
esa salmodia informe y nemorosa, hasta que San Ambro- 
sio y San Gregorio dan forma á los que se han llamado 
cantos ambrosiano ó gregoriano, que cierran la anti- 
güedad para iniciar la artística edad media. 

Despierta el siglo trece. 

Suenan bajo las bóvedas de la gótica catedral los 
cantos de Santo Tomás y San Bernardo; aparece el 
Dante en esa Italia, cuna privilegiada del arte, y, al 
abandonar el latín para escribir en lengua \iilgar esa 
colosal sinfonía del cielo, del infierno, del universo, que 
se llama la Divina Comedia, desgarra los horizontes, y 
muestra al arte su nueva senda: la verdad intrínseca. 
Surge, al mismo tiempo, San Francisco de Asís, el clá- 
sico santo del pueblo, de la pobreza, del arte en la na- 
turaleza; él siente por todas partes un himno de ter- 
nura y de amor que filtra como un efluvio de las cosas, 
y se difunde entre el cielo y la tierra : él estimula á las 
aves á cantar, porque cantar es alabar á Dios: él pre- 
dica á la golondrina, convierte al lobo, y llama herma- 
nas á las estrellas, y hermanos á los pájaros y á los 
vientos y á las hormigas. 



182 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

La naturaleza animada es el arte nuevo, que comienza 
á andar lentamente, y llega á su apogeo medioeval con 
el insigne Palestrina; sigue en la edad moderna en 
Stradella, en Pergolese, en Cimarosa ; cobra nuevo vigor 
y nueva gloria en Alemania conBack, con Hoendel, con 
Glück y con Mozart, el niño prodigio, y abre nuestro 
encendido siglo, el siglo músico por excelencia, con la 
aparición esplendente de Bethoven. 

Nuestro siglo, señores, escéptico, positivo, y, sobre- 
todo, atormentado y versátil en materia de ideales, no 
lia sido un siglo artista ; sólo la música lo salvará de 
ese cargo. En las demás artes, si bien ha producido mu- 
cho, nada ha creado. Los artistas, arquitectos, pintores, 
escultores, decoradores, imitando todo lo pasado, repro- 
duciéndolo, combinándolo, nos han presentado la histo- 
ria de las evoluciones del arte, reeditándonos líneas, 
colores, tipos, movimientos, con nuevos y poderosos re- 
cursos de ejecución. Bien es verdad que se advierte un 
progreso en la copia del natural vivo; pero en eso no 
surge una nueva idea : es sólo rejDroduccióndelo externo, 
que se sumerge en 'el alma del artista, y reaparece tal 
como entró, sin traernos nada de ella, de sus secretos, 
de sus armonías. Los artistas de nuestro siglo han pa- 
sado de la copia servil de los maestros de primer orden, 
á la de los de segunda categoría; de éstos han pasado á 
la copia del natural: todo es copia, todo decadencia, 
desde que no existe una diferencia esencial entre copiar 
una estatua griega ó un cuadro del Ticiano, y copiar un 
modelo desnudo en el taller. Falta en todo eso el espí- 
ritu, el ideal; y por eso la muchedumbre de los artistas, 
no sabiendo revelar los secretos del alma, han tendido 
á revelar los del cuerpo, los groseros atributos de la 
carne, ó han caído en la extravagancia. La misma arqui- 



I, A MÚMICA IWÍ 



tectura in<»(|rrmi, ¿ha ciciido muí líiwa piopiR, fufra de 
hiH aiiti(íst óticas rormas ¡inpiU'.staH j)or laH coiiHtruccio- 
nos cío lüorro? ¿ PaNará á la lii.storia un estilo, un arco, 
una línoasiijuiora, con ol nomhnMJol sigloíJiczy nueve? 
jArf nourraii. se dice, (irte nuevo! 8u mismo nombre 
indica su t'uf;ac¡dad, «>1 j)ropüsito de no llo/^ar á sít 
viejo, es decir, do no durar, desde que durar y enveje- 
cer son sinónimos. Arte arqueológico, le llamará acaso 
la historia, si es que la historia necesita pronunciar su 
nombre. 



En cambio, señores, el arte musical, como si desco- 
rriera un inmenso velo gris, ha abierto en nuestro siglo 
al sentimiento y á los sentidos atónitos del hombre un 
horizonte desconocido : ha revelado que los sonidos tie- 
nen alma; se ha levantado, porque se ha idealizado. 
No sólo no ha imitado, sino que ha luchado, hasta triun- 
far, por el principio según el cual el arte musical no es 
imitativo, sino esencialmente expresivo; no reproduce 
gemidos ni tempestades; arranca los primeros y suscita 
las segundas en el alma humana, por medio de sus pro- 
pios recursos. Es que el secreto de arrancar un gemido, 
señores, ó el de suscitar una tempestad en el alma, exis- 
tía antes de que el primer gemido humano se hubiese 
hecho oir, y antes de que la primera tempestad hubiera 
existido en la naturaleza, bien así como la belleza de la 
forma del hombre perfecto debió existir en la mente 
creadora de Dios antes de la creación del primer hombre. 

El verdadero artista, señores, el artista genial, el vi- 
dente, el creador, tiene que ir á beber su inspiración en 
la eterna fuente, en lo increado. Si no llega hasta allí, 
ya no es él el creador, sino aquel que, habiendo llegado 



184 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

antes que él, le trajo la revelación ; el artista musical 
va, j)ues, á leer, como el augur sagrado en las entrañas 
de las víctimas, va á leer, digo, en las entrañas mismas 
del sonido, para revelar al mundo su palpitación su- 
gestiva, sus relaciones con el organismo humano. Es 
indudable que las diferencias de ritmo, de tono, de in- 
tensidad en los sonidos aislados ó combinados, deter- 
minan acciones fisiológicas diversas en nuestro orga- 
nismo, y que son causa y efecto á la vez de las emocio- 
nes del alma; entre la pena y el placer humanos hay la 
misma relación que entre el tono menor y el tono ma- 
yor. El sonido también goza, también sufre. 

Eso es lo que ha hecho la música moderna, y ese es 
el secreto del arte. Os hablaré de ese secreto, lo más 
claramente que me sea posible, por más que la suprema 
W'- claridad no es siempre lauy accesible en estos casos. 

Los hombres, señores, hemos recibido un organismo 
que nos permite sufrir ó gozar los unos en los otros. 
Sólo se hace obra de arte cuando se reviste un pensa- 
miento de una de las formas del sentimiento, y se rea- 
liza, en consecuencia, un signo propio á provocar en 
otro organismo, en otra alma humana, que es forma 
substancial de ese organismo, la conmoción que sacu- 
dió al artista cuando creó su obra. Ese signo es más 
que la naturaleza, porque no interpreta sólo la natura- 
leza, sino la pasión, es decir, la conmoción orgánica ó 
corporal que acompaña al pensamiento y á la visión 
imaginativa en el momento de la inspiración. Esos sig- 
nos misteriosos, señores, transmisores de la emoción, no 
son la naturaleza, la realidad externa; no son, pues la 
imitación; son secreto de lo vago, sugestión indefinible, 
mensajeros de otras regiones, vibración de la belleza 
ideal, anterior y superior á la belleza concreta. 



I. A Ml'fMIOA IHT» 

Ahora bien: lu nuiHica inodorna, dosd»' la rra il»; lie- 
tlioven, el genial poeta del sonido eHpiritual, del HonifJo 
substancia animada y pensativa, «d arto nnisical lia ha- 
llado [)or fin su ruinho m nuestra época, ha mirado dn 
frente las cumbres en dondí^ nace el sol. Ya no es d 
simple sonido más ó menos rítmico de los antiguos : ya 
no es la melodía unísona do Palostrina; el sonido en él 
es idea, el motivo siuíúnico es persona, el conjunto de la 
sinfonía es drama, on «píese desarrollan y entrechocan 
hvs pasiones. 

8urgon entonces por todas partes los geniales intér- 
[)retes del nuevo mundo musical. Weber, y Mendelson, 
y Schubert, y Schuman, arrojan ondas vivas de expresi- 
vas armonías en Alemania, y son, con I\Ieyerbeer. los 
])recursores de ese extraño genial revolucionario del 
ritmo que se llama Wagner; Francia vierte su es^jíritu 
resplandeciente en las liras de Auber, de Halévy. de 
Adam, de Berlioz, de Gounod, y del simpático Ambroise 
Thomas, cuya mano de amigo estrechaba j^o ayer no 
más en París, y cuyos restos acompañaba poco después 
á su glorioso sepulcro; Italia, la primaveral Italia, abre 
el siglo con Rossini; nos ofrece dos genios tipos de la in- 
genua melodía en Bellini y Donizetti, y, como si recor- 
dara que ella es la verdadera madre del arte musical en 
el mundo, se entretiene en acariciar y cubrir de laure- 
les la cabeza blanca de ese viejo gigante cuyo nombre 
habéis adoptado, señores, para honrar este instituto, y 
ofrece al mundo, como un timbre de gloria, la eterna ju- 
ventud del viejo autor de Rigoletto. que ayer no más bajó 
á la tumba con el nombre de Dios y las protestas de 
cristiano en los labios y en el corazón. 

Señores: un músico no puede ser incrédulo, porque 
ha vivido en el cielo: su fe es visión, es recuerdo. 



186 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 



Ahora, señores, que hemos recorrido, aunque ligerísi- 
mamente, la historia del arte musical ; ahora que hemos 
saltado de cumbre en cumbre al través del tiempo y del 
espacio, sólo para pronunciar los nombres de los gran- 
des genios de la música, ahora es el caso de no olvidar 
el objeto principal de mi discurso, y de repetir la pre- 
gunta que nos hacíamos al emprender nuestra excur- 
sión: ¿dónde está en todo esto Santa Cecilia, que no 
nos hemos encontrado con ella? ¿A qué escuela perte- 
neció ? ¿ Fué acaso una artista distinguida, pues Jia sido 
proclamada protectora y símbolo del arte musical? 
¿ Cuál es su historia ? 

Pues bien, señores; debo deciros algo raro : Santa Ce- 
cilia no fué música. Y, sin embargo, no debéis temer 
por su reinado ; no vamos á destronar á la virgen azul. 
Santa Cecilia es y debe ser la patrona del arte musical ; 
ella, solo ella. 

Tengo que fundar esa mi proposición que os parecerá 
paradojal. 

La historia de Cecilia es una historia angélica, super- 
humana, ininteligible para los oídos que estén llenos 
de tierra. Dejadme que os cuente esa hermosa historia; 
haceos lo más niños que podáis para escucharla. Ceci- 
lia era una jovencita romana, patricia, que figuró allá 
por el siglo tercero de nuestra era. Convertida al cris- 
tianismo, siente brotar alas en su corazón, y ansia vo- 
lar en pos de ciertas angélicas melodías que escucha 
flotar en la infinita transparencia azul. Sueña con Dios, 
á quien consagra todos sus pensamientos, toda su vida, 
todo su ser: su alma y su cuerpo; quiere huir de la tie- 
rra, para no manchar con barro la transparencia de su 
veste blanca; y, obligada á contraer nupcias con unjo- 



I. A MÚSICA 187 

ven del patriciado romano, se presenta á él con dos co- 
ronas en las manos: la nna de azahares, la corona nup- 
cial, la otrade es|)¡nas, la corona áo\ martirio. Yo tongo 
un ángol, le dice, un ángel de luz (|Ut^ me guarda; él es 
el testigo de mis votos, y tú lo verás con tus ojos, y oi- 
rás su voz, quo es armonía, si te haces digno de oir voces 
del cielo, y de ver transparencias inmortales. Hazte 
cristiano como yo, recibe el bautismo, y verás, y oirás, y 
entenderás. El joven corre á hacerse cristiano ; un viejo 
pontífice lo instruye y lo bautiza. Vuelve aquél al lado 
de su esposa, y ve al ángel, y oye su voz, y eleva su espí- 
ritu, y muere mártir, como su virgen compañera, derra- 
mando ambos su sangre por confesar y proclamar su fe. 

¿Habéis oído esa historia, señores? ¿No habéis sen- 
tido pasar entre vosotros algo así como una ráfaga mu- 
sical? 

La Iglesia católica, la gran madre de Poesía, ha per- 
petuado la pureza de esa vida y de ese martirio ; y al 
recordar que, en medio de las músicas nupciales, Ce- 
cilia se desprendía de la tierra, dice con la solemnidad 
de su liturgia: Al son de los órganos, la virgen Cecilia 
cantaba en su corazón sólo á Dios. Y la dulce virgen 
cantaba: haced ¡oh Señor! inmaculados mi corazón y mi 
cuerpo, para que yo no sea confundida. 

Esa es toda la historia, señores; esa toda la tradición. 

Es una historia vestida de blanco, con manchas de 
sangre, como la túnica blanca del niño israelita, man- 
chada con sangre de corderos; es un poema de inocen- 
cia y de candor, de blancura y de martirio. Para escu- 
charla y comprenderla, es necesario ^predisponer el al- 
ma á recibir todo aquello que es sutil, fragilísimo y 
casto, intangible y transparente : pensar en el último 
beso de la madre, en el rayo de sol convalesciente que 



188 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

la vio morir, en nuestra despedida del mundo, en nues- 
tra inmersión en la luz negra de la muerte ; es necesa- 
rio desprenderla de la tierra, y hacerla flotar y vivir en 
los espacios siderales, en que flotan y viven los arcán- 
geles, que no liacen sombra, aunque los soles los alum- 
bren, cuando pasan por el azur. 

Pues bien, señores: alii tenéis la razón de por qué la 
virgen romana es, y debe ser, el símbolo y la protectora 
de la música : porque el arte musical es la más pura y 
la más transparente de las artes; porque jDara poder 
gozar de ella, es necesario casi desprenderse de la tierra 
y purificar el alma, como para escuchar y comprender 
la historia de las vírgenes pálidas, y la de los mártires 
encendidos y suspirantes : la historia de Cecilia. 

La antigüedad pagana, que nos ha legado monumen- 
tos de poesía, de escultura, de arquitectura, jamás supe- 
rados, no nos ha transmitido un solo monumento musi- 
cal. La música es un arte esencialmente espiritual, y 
esencialmente cristiano, por consiguiente, como antes 
he dicho. 

Por eso está bien simbolizada en la diáfana virgen 
del martirologio, en esa su historia que os he contado, 
pura y transparente como el motivo sinfónico del viento 
que pasa entre los juncos. 

La música es la menos material de las artes ; ella da 
un cuerpo á la emoción abstracta, conmueve por medio 
del sonido, y da expresión y alma al silencio mismo. 
El dominio de la música comienza allí donde termina 
el dominio de las otras artes, sin excluir el de la pala- 
bra: emociones que no tienen nombre, ensueños que no 
tienen forma, vagas aspiraciones á una felicidad sin 
consistencia real, caricias de manos que no han exis- 
tido, vaguedades infinitas y tenuísimas, colores que no 



LA MÚSICA lft9 



están en el iris, lágrimas que no se han hecho materia- 
les; todo eso, (jue no tiene nombro, es ritmo, es melodía, 
es acorde. La música, sólo la música puede hablarnos fie 
ello, en su idioma misterioso, y elevarnos así á las re- 
giones en que todo es puro, todo es inviolado; sólo ella 
puede reflejar ó interpretar la concomitancia de afec- 
tos encontrados que á veces se entrechocan en el alma, 
su compenetración sinfónica, sus estremecimientos caó- 
ticos, sus derrumbes en el vacío, de los que emergen, 
como náufragos del abismo, recuerdos huérfanos, gritos 
lejanos que sobrenadan en la inmensidad, ruegos infan- 
tiles é ingenuos, llamas lívidas, desmayos tenuísimos, 
miradas familiares desconocidas, que nos sonríen ó nos 
compadecen, voces conocidas que no hemos jamás es- 
cuchado. 

Por eso, señores, he afirmado, con la doctrina estética 
moderna, que la música no es ni debe ser imitativa, sino 
expresiva, sugestiva, despertadora; es lengua hablada 
en infinitos mundos y por infinitos seres. Y por eso, 
para comprenderla, como para comprender y amar y 
admirar la virginidad, es necesario tener la noción si- 
quiera de las armonías abstractas del universo, estar si- 
quiera iniciado en la existencia de un orden de deleites 
para el alma humana fuera de los deleites groseros que 
nos son comunes con el bruto que no alza la cabeza ; tener 
algo sideral en el alma. El sólo aspirar á esos deleites, 
señores, es una elevación del hombre sobre todos los 
otros seres de la tierra, es la vibración musical de la 
naturaleza inteligente. 

Bien es verdad que todas las artes exigen, en el que 
debe gozar de ellas, una predisposición individual, se- 
gún la teoría antes expuesta, una educación del espíritu: 
el arte es despertador, hemos dicho, y, para despertar. 



190 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

es menester que haya algo dormido. También es cierto 
que, siendo el efecto del arte una conmoción orgánica, 
el efecto de la obra artística tiene que cobrar las pro- 
porciones del organismo que afecta, desde la estúpida 
impasibilidad del incapaz de estremecerse por simpa- 
tía, hasta la docilidad de los organismos perfectos, que 
vibran al menor roce de alma que pasa por el viento, j 
que dan á veces á la obra de arte un alcance más amplio 
aún que el que sentía su propio engendrador. 

Pero ninguna de las artes, señores, exige, oomo la 
música, eso que yo llamaría predisposición virginal del 
alma, para producir su efecto en el organismo humano; 
ninguna de ellas tiene, pues, el privilegio de verse 
simbolizada en la forma nivea, melodiosa, casi inma- 
terial, de la virgen romana, á la que una vez más acla- 
máis en esta noche como vuestra patrona, vuestro sím- 
bolo y vuestra gloria. 



Os he hecho, señores, el panegírico que de ella me 
pedíais, en una forma ó en un idioma que acaso pueda 
ser tachado de vago, de confuso, de poco oratorio, 
cuando menos. Es verdad, señores, es verdad: ya os 
había anunciado la dificultad de ser en esto muy claro. 
Parece que yo también he querido buscar algo de su- 
gestivo en esta mi ideológica sinfonía; dejar sólo en 
vuestro espíritu algo así como el acorde de un arpa, 
traído por el viento, y disipado por él. 

Ha dicho Pasteur, según creo, el excelso sabio cris- 
tiano contemporáneo, que le parece evidente que el 
hombre que no tuviera más que ideas claras sería segu- 
ramente un tonto. Yo lo creo evidente, señores; sería 
un tonto. El mundo de lo entrevisto, de lo soñado, de 



LA MÚSICA 191 



lo sospechado por el hombre, de eso que no se sabe pero 
que se sabe que existe, es inmenso, es incomparabln- 
mente mayor que el de la realidad sensible, y hasta ma- 
yor que el de la realidad ideológica que cabe en el ra- 
ciocinio humano. Pasteur, con ser como es el creador 
de la ciencia biológica experimental, ha adquirido la 
convicción, sin duda, de que, aun en las ciencias más 
prácticas, aun en los descubrimientos más experimen- 
tales, el punto de partida del raciocinio y de la expe- 
riencia fecunda ha sido generalmente una revelación 
inconsciente de lo vago, un mensaje de lo azul, que es 
el color del vacío ilimitado y misterioso que nos en- 
vuelve, el tono de la infinita transparencia. Eso es lo 
que quería expresar, sin duda alguna, Duclaux, el con- 
tinuador de la obra de Pasteur, cuando decía que el 
sabio necesita, más aún que el artista, de la imagina- 
ción, pues es ésta la que le inspira la hipótesis. Reve- 
laciones, profecías, mensajes, inspiraciones, desgarrones 
del velo negro que nos oculta la luz : he ahí el punto 
de partida de todo lo que es creación, aun científica. 
Pues yo digo, para terminar, señores: un pueblo que 
no entendiera sino la lengua clara de los números, y 
que fuera incapaz de comprender el lenguaje vago y 
sugestivo de los ritmos y los acordes, sería segura- 
mente un pueblo salvaje. Y por el contrario; lo digo 
con grande alegría: un pueblo que, como el nuestro, 
cultiva y entiende la lengua de los ángeles ; que sos- 
tiene y hace prosperar un instituto como éste, que cree 
en Santa Cecilia, y levanta como bandera un girón de 
su veste de nieve sutilísima, ese pueblo ve lo invisible, 
oye lo inaudito, se incorpora á la eterna armonía, y ca- 
mina; camina hacia la luz, hacia la cumbre, hacia el 
ideal. 



A trabajar en paz 

Discurso pronunciado en la velada literaria que tuvo lugar en el 
Club Católico de Montevideo, el 4 de Octubre de 1888 



SUMARIO 



Diputado católico. — Su carácter como representante del pueblo 
y su proj^rama. — La confirmación social de sus poderes. — 
Ratificación de sus invariables declaraciones. — La frase- 
programa del Presidente de la República: "A trabajar en 
paz por los intereses de la Patria". — Puesto y programa 
de los católicos en la ejecución de ese propósito. — El pro- 
greso material y el progreso moral. — No sólo de pan vive 
el hombre. — La riqueza. — El dinero. —La inmigración y 
el hombre de la tierra.— Lo que es la virtud del patrio- 
tismo. — El gaucho. — La única entidad que se acerca al 
pueblo para elevar su nivel moral. — La organización cató- 
lica. — La parte que en ella corresponde á la mujer. — La 
revolución del Quebracho. — Ineficacia de las revoluciones 
para el mejoramiento moral de! pueblo. — El único recurso 
eficaz. 



COWF. T DISC. 13. 



Vacilé, señores, mucho tiempo, antes de resolverme 
á tomar parte en este acto, pues es una fiesta; pero, al 
fin, por diversas consideraciones, lo estimé un deber 
ineludible, y vengo sólo á cumplirlo. 

Vosotros comprendéis la intención de mis palabras; 
yo pasaré rápidamente á mi objeto fundamental sin más 
preámbulo, porque vosotros no necesitáis que yo os 
pida alguna indulgencia, alguna simpatía, para conce- 
dérmelas generosas. 

Es la primera vez, señores, que tengo el honor de 
hacer oir mi voz en el Club Católico después de algu- 
nos años, y, principalmente, después que los sucesos 
que la Providencia ordenó en nuestro país en ese lapso 
de tiempo, me llevaron al seno de la representación 
nacional. Formada mi modestísima personalidad polí- 
tica en gran parte aquí, en el seno de este Club Católico, 
campo casi exclusivo de mi actividad intelectual, yo 
estaba de tiempo atrás en el deber, según las exigen- 
cias razonables de la vida democrática, de hacer en 
este centro algunas declaraciones. Voy á aprovechar 
este acto para darles forma, adaptándolas, en lo posi- 
ble, á la índole de esta fiesta. 

Antes de que el hecho á que me he referido se pro- 



196 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

dujera, pero cuando ya se hacía posible, si no probable, 
yo procuré, en declaración que vio la luz jDÚblica, defi- 
nir mi carácter y mis propósitos de ciudadano, á fin de 
que, en caso de que los sucesos pusieran sobre mis hom- 
bros, harto débiles por cierto, la augusta investidura 
de representante del pueblo, nunca pudiera verse en mí 
otra cosa, nunca pudiera designárseme con otro nombre, 
que con el para mí tan preciado y tan querido de di- 
putado católico. 

Tener ese carácter, con prescindencia de todo otro 
partido político, había sido siempre el programa de mi 
pasado; ese es el anhelo de mi presente, y esa la pro- 
testa que hoy vuelvo á deponer en vuestras manos, para 
que rija mis actos en lo porvenir. Soy sólo de mi causa 
católica; en ella veo concentradas todas las aspiracio- 
nes sanas de las demás actuales agrupaciones políticas 
de mi país, que considero indiferentes. La causa cató- 
lica es la causa verdaderamente institucional en esta 
tierra; la sola que acepta la constitución de la república 
íntegra, sin mutilaciones, sin reservas mentales, con el 
propósito de cumplirla en todas sus partes, como el 
cumplimiento del propio programa. 

Con esa bandera luché desde muy joven ; con ella en 
las manos, fui heridO;, acaso de muerte, en el corazón, y 
alzándola en alto quiero terminar los días, cortos ó lar- 
gos que Dios me acuerde sobre la tierra. Bien poco es 
una vida para tal causa, señores; bien poco es una vida, 
para dejar de dársela toda. 



En este vivir siempre instable de nuestras turbulen- 
tas democracias, señores, en que el ciudadano pasa, con 
vertiginosa rapidez, de la labor tranquila al ostracismo. 



Á TUABAJAU EN V\7. VM 



de la prensa ó la tribuna á la conspiración ó al campo 
de batalla; en que los hechos se presentan y se suceden 
como las imágenes de un caleidoscojíio, y los desenlaces 
jamás pueden preverse; en esta nuestra vida, en (pie la 
Providencia parece empeñada en burlar todos los cálcu- 
los y las previsiones todas de los hombres, dejándoles en 
cambio lecciones que meditar, el ciudadano que, empu- 
jado por los acontecimientos, se encuentra, como yo, sin 
buscarlo ni siquiera desearlo, sentado en el recinto de las 
leyes, y se ve llamado representante del pueblo, siente 
una ansia viva de poner en claro sus títulos y su ejecu- 
toria, pues ni siquiera ha tenido el reposo necesario 
para verse á si mismo. 

Yo, señores, aun aceptando, como ha aceptado el país, 
las evoluciones pacíficas impuestas por providenciales 
desastres, más de una vez, os lo confieso ingenuamente, 
he creído ver desteñida mi investidura, al invocarla 
en el recinto de las leyes. Sin méritos especiales que 
me hicieran descollar entre mis conciudadanos ; sin ta- 
lentos ni virtudes relevantes, únicos títulos que, según 
nuestra constitución, pueden establecer preeminencias 
entre los hombres, yo he sentido acaso algún momento 
de desaliento, en medio á la satisfacción moral que me 
proporcionaba la esperanza de ser útil á mi país y á mi 
causa en la tribuna parlamentaria. 

Sí, yo he sentido, señores, esos desalientos. Pero 
cuando he recordado que tantas veces aquí, en este 
mismo sitio, mi mente se ha identificado con vuestra 
mente ; que mi corazón ha latido al unísono con el vues- 
tro; que mis entusiasmos han sido los vuestros, y vues- 
tras también mis amarguras en los momentos de prueba; 
cuando he pensado en que. según la idílica frase del 
Evangelio, puesta en labios de la hermosa mohabita, mi 



198 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

Dios es vuestro Dios, mis altares son los vuestros, y co- 
munes entre vosotros y yo los conceptos de patria, de 
verdad, de justicia, de felicidad individual y social; 
cuando he pensado y pienso por fin, en que vosotros, 
señores miembros del Club Católico^ y vosotras también, 
señoras, sois los intérpretes más genuinos del pensar y 
del sentir de este país cristiano, me he sentido firme por 
vosotros, grande en vosotros, y me he dicho á mí mismo 
que, puesto que puedo ser el eco de vuestras almas, bien 
puedo ser llamado representante del pueblo, á pesar de 
mis escasos merecimientos personales. 

Una vez más me aplaudís, señores. Yo os lo agra- 
dezco ; sí, os lo agradezco. Esos vuestros aplausos, quiero 
creerlo, ratifican la investidura que los sucesos han 
puesto sobre mis hombros; nunca los he escuchado con 
más satisfacción, nunca con mayor alegría. Os confieso 
que los necesitaba. 

Yo pido á Dios me dé la fuerza necesaria para ha- 
cerme digno de ellos ; y, confiando en El, yo os prometo 
que aquellas protestas de fe y de amor á la causa de 
Cristo que vosotros oísteis de mis labios en este sitio, 
cuando la felicidad me sonreía, no serán vanas, y, antes 
por el contrario, se habrán retemplado y vigorizado en 
el infortunio y la amargura; yo os prometo trasladar 
fielmente á la tribuna parlamentaria, si no con brillo, 
con entereza y energía, todas las ideas y sentimientos, 
todos los anhelos, los amores, las protestas, que tan- 
tas veces brotaron de mis labios en esta tribuna que me 
parece animada de mis mejores recuerdos, recuerdos ar- 
moniosos, cuyos acordes lejanos parecen perderse en una 
larga queja impregnada de melancolía. 

Esta era la declaración que os debía, señores; y, una 
vez hecha, debo dar por terminado mi discurso. Yo es- 



Á TltAIIA.IAU i;N I'A/ ÜKÍ 

toy mal en osto sitio : no me [x-rtenece ; com^sjjondfi lioy 
sólo á la juventud y á la belleza que reclaman alegría. 
Sólo es propio arrojaros flores desde aquí; y las flonts 
ya no brotan en mi huerto; que si brotasen, casi estoy 
por creer con el poeta que sólo al tocarlas yo se marchi- 
taran 



Pero á todo lie venido dispuesto y preparado al ha- 
cer oir mi palabra en este acto, y, sobre todo, á poner en 
práctica el principio aquel de los maestros, según el 
cual, el orador debe dejar á su auditorio, antes que el 
auditorio interrumpa su comunicación con el orador. 

Siento que aun hay contacto entre nuestros espíritus; 
que no me abandonáis todavía; me dispensáis atención 
benévola y generosa, y proseguiré, mientras esta m»^ 
dure, aunque tenga que pasar del diapasón de los afec- 
tos, al menos musical del raciocinio, y sin que por eso 
afirme que el raciocinio no tenga también sus resonan- 
tes armonías. 

Estamos en nuestro país, señores, en un período de 
fundadas esperanzas, al que todos debemos colaborar. 
Quien no espera vencer, está vencido. 

Comenzó con una frase de nuestro presidente de la 
república, que, como síntesis de un programa de go- 
bierno, ha hecho camino : « Vamos á trabajar en paz 
por los intereses de la Patria ». 

Sea: vamos á trabajar en paz, cada uno en su puesto, 
por esos intereses: por la vida y la prosperidad de la 
patria; por su presente y por su porvenir; por su en- 
grandecimiento, por su honor y por su gloria. 

Pero en esa labor patriótica, señores, nosotros, el 
Club Católico^ los que aspiramos al título de sus repre- 



200 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

sentantes, tenemos nuestro puesto perfectamente carac- 
terizado ; tenemos una misión que nos define y diferen- 
cia, constituyendo nuestra razón de ser; tenemos pues, 
un programa; somos, por consiguiente, y debemos ser 
algo en la vida cívica de la nación. 

Que el progreso se difunda vigoroso en este hermoso 
y querido pedazo de tierra que es nuestro, y al que la 
Providencia depara tan grandes destinos ; que se pue- 
blen nuestras musicales colinas casi solitarias ; que silbe 
por todas partes la locomotora triunfante, cruzando al 
través de campos poblados de ganados de noble raza y 
generosa, ó cubiertos de espigas, de mazorcas, y de pám- 
panos; que barcos de todas las banderas amigas sean, en 
nuestros puertos cómodos y hospitalarios, el símbolo y 
la realidad del intercambio comercial que pone en con- 
tacto al productor con el consumidor, centuplicando el 
acervo de la riqueza nacional ; que las flámulas de humo 
de las chimeneas proclamen el nacimiento y el desarro- 
llo de la industria uruguaya ; que los cantos de los la- 
bradores felices saluden las auroras por todas partes 
también, con sus cantos de amanecer. Ese anhelo nos es 
común con todos nuestros conciudadanos. 

Pero nosotros creemos, y ese es el programa que nos 
caracteriza y distingue, que si labor empeñosa exigen 
los intereses materiales, empeño más valiente aún recla- 
man los intereses morales ; porque nosotros creemos que, 
si el ideal del bruto en la tierra consiste en satisfacer 
del mejor modo posible todos los apetitos de su ser pu- 
ramente sensitivo, en algo debe diferenciarse de él el 
ser inteligente y libre, á despecho y pesar de las doctri- 
nas decadentes que hacen del hombre un simple eslabón 
en la cadena de los brutos, ó del bruto un simple tramo 
en la escala de los hombres ; porque nosotros sostene- 



Á TUAIIA.IAK KN PAZ '-"U 



mos que el trabajo es bueno indudablemente, pero no 
lo es en absoluto, sino en relación á su fin, desdo que 
también el crimen puofle imponer trabajo ul hombre, 
como se lo impone la avaricia, el epjoísmo, la acumula- 
ción do riquezas destinadas al mal ó ala simple satisfac- 
ción de los apetitos: porque nosotros creemos, por fin, 
con el Divino Maestro, que no sólo de pan vive el hom- 
bre, ni sólo de puentes y ferrocarriles pueden vivir 
las naciones cristianas, y muy especialmenre nuestra 
patria. 

Las palabras de Jesucristo, señores, «no mío de pan 
rife el hombre », demuestran bien á las claras que lo que 
nuestros principios condenan no es que se busque y se 
desee el pan, es decir, el bienestar general y el progreso 
económico, sino que se busque y se desee sólo el pan ; 
que se haga del bienestar material, déla satisfacción de 
los deseos puramente sensitivos y terrenales, el único 
objetivo de la actividad humana, y la fórmula de la 
perfección social y política; que hagamos de los dones 
de Dios una ocasión próxima de olvido de su nombre, 
en vez de hacer de ellos, como lo hacen los cielos al en- 
cender sus soles y sus auroras, una ocasión de recono- 
cerlo, de bendecirlo, de servirlo, de glorificarlo. 

No hemos, pues, desechado nosotros jamás el pro- 
greso material. Bien al contrario, juzgamos que los 
bienes materiales son también un don de Dios, y son á 
menudo el fruto bendito del trabajo encaminado á un 
fin honesto : la manifestación de la justicia. Proudhon 
tuvo una vez razón, en cierto sentido, cuando dijo que 
«lo útil es el aspecto práctico de lo justo». 

Los pontífices de la Iglesia han estimulado siempre 
el verdadero progreso, aún material; y Pío IX conde- 
naba en el Syllabus, según el mismo lo enseñaba, no el 



202 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

progreso ni la civilización, qne son hijos del cristia- 
nismo, sino el progreso y la civilización modernos^ es 
decir, la tendencia según la cual los hombres y las na- 
ciones más ricas, las que tienen más trabajo material 
acumulado ó en acción, las que más profusamente satis- 
facen los apetitos humanos y más gozan materialmente, 
son, por ese solo hecho, más civilizadas, y desempeñan 
mejor su misión sobre la tierra. 

Bien es cierto que la Iglesia enseña, y nosotros cree- 
mos, que es heroico el abandono de las riquezas; pero 
los actos heroicos no son obligatorios ni generales, y, 
por otra parte, bien se puede trabajar con tesón y ener- 
gía por aumentar la riqueza individual, base armónica 
de la social, sin apegar á ella el corazón: ser pobre de 
los que Cristo proclamó bienaventurados, en medio de 
las riquezas, y hasta hacer de éstas un instrumento de 
la gloria de -Dios y del adelantamiento moral del hom- 
bre y de la sociedad. 

Esa es la única riqueza verdaderamente respetable y 
digna de ser estimulada ; nó la riqueza en sí misma, cua- 
lesquiera que sean su origen y su empleo. Esa es la ri- 
queza por cuyo acrecentamiento en la sociedad debe- 
mos trabajar los católicos: la virtud de la riqueza, la 
virtud en la riqueza. 



Y hoy más que nunca, señores, es necesario poner en 
guardia á hombres y á pueblos contra el predominio ab- 
soluto de los bienes materiales ó del dinero que es su sím- 
bolo ó su equivalente para los cambios. Verdad es, ha 
dicho un gran pensador, que el dinero puede hacer mu- 
cho; pero no puede hacerlo todo. Es de necesidad que 
conozcamos los límites de su dominio, y que no con- 



Á TKAIJAJAK ICN l'A/ 20'{ 



sintamos en manera al|:^nna qup los traspase, dado que 
lo pretendiera. 

Para ello, señores, es necesario prestigiar la virtud, 
hacer que ella se cotice también en la sociedad en que 
vivimos, que se cotice al menos tanto como el dinero, 
como los bienes materiales; negar á éstos, no sólo una 
adoración incondicional y con prescindencia de su ori- 
gen, sino también un res^^eto y una consideración de 
preferencia, aunque su origen sea puro. 

La adquisición de bienes materiales \)0y los indivi- 
duos ó las sociedades puede ser, y es realmente, como 
lo he afirmado, un elemento de progreso moral ; pero 
después de cierto límite, y. sobre todo, no siendo pre- 
sidida por el principio cristiano que nosotros procla- 
mamos, puede ser un elemento de decadencia indivi- 
dual y social. Es preciso evitar que lo sea; es preciso 
ser muy altivo ante esa plebej^a majestad, por más for- 
nida que sea, si pretende erigirse en tirano. 

Cuando un hombre de fortuna, dice Renán, trabaja 
por enriquecerse más, realiza una obra que, cuando me- 
nos, es profana, desde que ese hombre no puede propo- 
nerse más objeto que el del goce; pero cuando el que tra- 
baja es un miserable, que lo hace para elevarse más 
arriba de la necesidad, ese hombre realiza una acción 
virtuosa, porque establece la base de su redención, y 
hace todo cuanto debe hacer por el momento. 

El extraviado filósofo francés no concibe que un 
rico trabaje por enriquecerse más, con un propósito que 
no sea el de gozar. Yo sí lo concibo; yo concibo ricos 
trabajadores virtuosos; pero cuando el rico no tiene 
otro propósito que el goce, ó el predominio sobre sus 
semejantes, su riqueza, efectivamente, no le da un tí- 
tulo de honor, porque no importa un acto de virtud: ren- 



204 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

dirle esa honra, es un acto indigno y aun corruptor. Y 
lo que se dice del hombre, debe decirse de la sociedad. 
Yo estoy plenamente persuadido, señores, de que la ver- 
dadera causa de la decadencia moral de ciertas nacio- 
nes no ha sido otra que el aumento del bienestar mate- 
rial, más allá de cierto límite ; el aumento ó la conser- 
vación cuando menos de ese bienestar llega á constituir 
la suprema aspiración del hombre ; perder ese bienestar, 
ese predominio que da el dinero, es el supremo, es el 
único mal. Todo se sacrifica á esa aspiración concu- 
piscente; el trabajo, tan noble en sí mismo, se transfor- 
ma entonces en vértigo, que lleva á la sociedad á hun- 
dirse hasta el cuello en la materia. 

Sí: todo se sacrifica entonces á la posesión del di- 
nero. Hasta el más fecundo de los amores de la tierra, 
el que une al hombre y la mujer para constituir la fa- 
milia, se ofrece en holocausto á esa siniestra y voraz di- 
vinidad; los matrimonios por amor desaparecen, para 
ceder su puesto á los contratos; la unión de los corazo- 
nes queda sustituida por la unión de las fortunas. Eso, 
que no existe y que parece felizmente imposible entre 
nosotros, acontece, sin embargo, en el mundo, y en el 
mundo cristiano. 

Los progresos modernos corren peligro de conver- 
tirse en ese vértigo, señores; la virtud, el honor, la con- 
sideración, el amor del hombre, se cotizan cada vez 
menos en el mundo ; sólo se cotiza la riqueza. La grati- 
tud llegará á ser palabra sin sentido. En otro tiempo, 
dice Lerroux, que he leído citado por Fernández Con- 
cha, la sociedad tenía al menos la apariencia de una fa- 
milia. . . El honor, como el más rico de todos los me- 
tales, circulaba como letra de cambio ; el más pobre, 
al rendir honor, tenía por lo mismo derecho á la consi- 



Á TKAIIAJAU KN FAZ 206 



deraoión, porquo ene homenaje (jue él rendía era una ri- 
<Hieza (lo aii alma, que le reconocía aijuel á (¡uifu él ren- 
ilía tal honor. Hoy no existe t^ntro los hombres otra 
rit^ueza que el oro; y aquel que de él se halla privado, 
nada tiene que dar á otros; y, por consiguiente, nada 
podrá recibir. Ya no es, ])ues, ol homl>ro (juien reina so- 
bre el hombre; es el metal (juien reina; es la propiedad 
quien reina. Luego es la materia quien reina, es el oro, 
es la plata; es esa porción de tierra, de lodo, de estiér- 
col, lo que ejerce el imperio. . . 

Hay una gran profundidad en esas observaciones, se- 
ñores. Cuando no se cotizan, ó se cotizan en poco, el 
honor ó la amistad, el placer ó la satisfacción que ofre- 
ce el contacto de los hombres de virtud, de valer mo- 
ral ó de inteligencia, es porque no hay demanda de todo 
eso, porque no hay quien desee honor, ejemplos de vir- 
tud, verdades, deleites intelectuales. El dinero, pues, 
que se acumule suprimiendo esos deleites superiores, ó 
se guardará como el ídolo del avaro, ó se invertirá en 
deleites de otro género : en deleites inferiores ; en sen- 
sualidades ó en faustos tendentes á ostentar el reinado 
insolente del poseedor del dinero sobre los que no lo 
tienen. En ese caso, la falta de demanda disminuirá la 
producción de esos elementos despreciados en la socie- 
dad: de la virtud, de las producciones de la inteligencia ó 
del corazón ó de la sensibilidad delicada, de todo aque- 
llo, en fin. que tiende á satisfacer las exigencias de lo 
que no sea sensualidad y fausto. Desaparecerá, pues, la 
sociabilidad afectuosa, la cultura ideal, el cambio de 
buenos ejemplos y buenas inspiraciones. Esa es la razón 
de la decadencia moral de muchas sociedades, señores, 
esa, y no otra es la causa: el reinado del dinero, como 
medio de obtener el bienestar, aun lícito, ó el deleite 



206 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

ilícito, constituidos en supremo objeto de la vida hu- 
mana, y como único signo de progreso social. 



Los católicos, pues, trabajaremos en paz, unidos á 
todos nuestros conciudadanos, por los intereses de la 
patria ; pero trabajaremos guiados por los grandes idea- 
les de equilibrio entre el progreso moral y el material, 
que constituyen las sublimes armonías del Evangelio. Y 
cuando otros piensen en las cosas, nosotros, sin descui- 
dar éstas, pensaremos también en el hombre, que es tam- 
bién valor, el más sublime de los valores; que es el fac- 
tor más importante en los problemas económicos y po- 
líticos, y cuya felicidad, no sólo material, sino también 
eterna, constituye el objeto final de las sociedades cris- 
tianas. Cuando otros piensen sólo en los cuerpos, alguien 
habrá también, estando nosotros, que piense en las al- 
mas y las valorice; cuando otros busquen que se levan- 
ten al aire, como símbolo único de prosperidad, las hu- 
meantes chimeneas de la fábrica, alguien habrá que, sin 
apagar el fuego de los hornos, pida que se levante tam- 
bién al cielo la simbólica cruz del campanario sonoro. 
Trabajar es orar, ha solido decirse. Sí, es verdad en 
cierto modo; pero orar es también trabajar, realizar el 
más noble y fecundo de los trabajos; el que distingue 
al hombre que conduce un arado, del buey que tira de él. 

Y cuando otros deseen, por fin, señores, que vengan 
hombres á nuestro país despoblado, muchos hombres 
de otros pueblos, considerados como meros instrumen- 
tos de producción, alguien habrá, allí donde nosotros es- 
temos, que considere á esos hombres, no sólo como pie- 
zas útiles de carne organizada importada para la má- 
quina social, sino como cristianos, y que, sin rechazar 



A TKAISAJAK UN PAZ 207 



ese elemento inestimable de prosporidad, piense tam- 
bién un poco cu el hombre de nuestra tierra, qu«' Dios 
nos ha confiado expresamente, en ese nuestro pobre 
gaucho, que no podemos olvidar, porque si, como dicen 
algunos, no ha a[)rnn(li(lo á trabajar mucho, es porque 
tuvo que pelear mucho: porque si, como dicen otros, 
no está muy habituado aún á regar su tierra con el su- 
dor de la frente, es porque ha tenido que regarla mu- 
cho tiempo con la sangre de las venas. 

Sólo así, señores, formando nuestro pueblo propio, 
corrigiéndole sus vicios y conservándole sus virtudes, 
sólo así evitaremos los males de que adolece nuestra 
patria, y que muchos creen poder evitar modificando 
las leyes ó las situaciones políticas. Nó, señores; lo que 
es preciso modificar es el hombre, la masa de hombres, 
el organismo social que de ésta se forma. Yo recuerdo, 
cuando pienso en esta verdad, ya muy repetida, y que 
en nuestro país toma un carácter propio, yo recuerdo 
siempre la frase gráfica de Carlyle que, con la crudeza 
que le es propia, nos dice: la Inglaterra sigue empe- 
ñada todavía en la solución imposible de este desespe- 
rado problema: dado un mundo de bribones, educir una 
honradez de la acción combinada de todos esos caba- 
lleros. 

Dado un pueblo formado de hombres sin familia 
cristiana, sin las virtudes domésticas que sólo se conci- 
ben en la vida religiosa, sin respeto de los hijos á Ios- 
padres, sin ejemplos de los padres á los hijos, sin cono- 
cimiento de los mandamientos de la ley de Dios, sin 
virtudes individuales, jamás educiremos del conjunto- 
de esos hombres una libertad política ni un bienestar 
social. 

Inútil será pensar para ello en el predominio del par- 



208 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

tido político A sobre el partido político B, desde que 
todos los partidos políticos de nuestro país no son hoy 
sino pedazos heterogéneos de la misma masa, de la mis- 
ma substancia social, que no se mejora con la simple 
agitación; ésta, muy generalmente, sólo saca á la su- 
perficie á los menos aptos para el mejoramiento moral 
del individuo, de la familia, de la sociedad. 

Es este un problema, señores, que tiene que entrar 
de lleno en nuestro programa católico caracterizándolo: 
.el mejoramiento moral y material de nuestro pueblo. 
Sólo nosotros pensaremos en él: las doctrinas -anticris- 
tianas condenan á la extinción, entre los hombres como 
entre los brutos, á los débiles y desamparados, consi- 
derados como especies inferiores llamadas á desapare- 
cer. El hombre de la patria tiene que ser uno de esos 
condenados, en el concepto de los que sólo creen en el 
resultado material é inmediato del esfuerzo humano. 
Según esa do'ctrina, que es una regresión al paganismo, 
la caridad, y el amor al hombre por amor á Dios, debe ser 
sustituida por la filantropía, que es el amor al hombre 
por el hombre mismo ó por la humanidad, es decir, una 
simple forma del egoísmo. Nosotros, señores, que pro- 
clamamos el amor del hombre por amor de Dios, pro- 
clamamos, como base de la virtud cristiana del patrio- 
tismo, nó la falta de amor, y menos el odio, hacia los 
hombres de otras regiones, pero sí el amor de predilec- 
ción hacia el hombre que Dios ha puesto á nuestro lado, 
hacia aquel que, con nosotros, forma la comunidad de 
hombres que constituye la patria, y comparte con noso- 
tros el amor á los recuerdos, á las tradiciones, á la 
tierra, á las glorias que nos son comunes, y forman 
nuestro patrimonio exclusivo. 

Sí, señores : nuestros principios nos imponen la pre- 



A TKAIIA.IAU KN l'AZ 2<)'J 



diloccióii liiifia (^I coiujuitriota (juti liubitii nuestros 
campos. 

Yo recuerdo siempre á ese hombro, señores, en su 
origen, en sus vicisitudes, en sus glorias impersonales 
é ignoradas; yo proclamo su título histórico á nuestra 
gratitud, á nuestra predilección, á nuestro sacrificio, é 
incorporo el de esa deuda nacional á nuestro programa. 
Hablo de su título histórico, señores, es decir, del que 
puede exhibir una clase de hombres en una sociedad ^ 
sin ser el que procede del trabajo individual, ó de la uti- 
lidad actual apreciable por la simple ley de la oferta y 
la demanda. 

Yo recuerdo aquella época de formación de la patria, 
en que Artigas, el viejo sembrador, amasaba nuestra na- 
cionalidad con el limo de nuestra tierra, para inocularle 
el soplo de la libertad, germen de la futura indepen- 
dencia. Allí, como en un crisol sostenido por un forja- 
dor hercúleo, hervían las últimas gotas de sangre del 
charrúa, y se perdían en la generosa sangre española 
predominante, para formar nuestro tipo popular. 

Entonces veo brotar de aquel crisol á nuestro gau- 
cho, libre, altivo, con sus grandes ojos negros llenos de 
melancolía, con su melena al viento del desierto y su 
potro á la carrera; tiene el beso de la gloria en la frente, 
y con ella descubierta y levantada, atraviesa nuestras 
lomas en busca del campo de batalla, cantando á media 
voz, al compás del galope de su caballo, una fiera can- 
ción de guerra, ó una triste cantinela de amor. 

Fué el primer trovador errante de nuestros patrios 
desiertos; sonaban sus tristes al compás de la guitarra 
en los fogones del vivac, y en ellos exhalaba la patria 
sus anhelos balbucientes de libertad; y ese hombre lu- 
chaba, y moría, y nos legaba una patria sin legarnos 

CONF. T DISC. 14. 



210 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

siquiera su nombre, y sin pedirnos un pedazo de pan 
para los hijos desvalidos que habían quedado en su 
rancho abandonado, ó habían nacido en la carreta que 
seguía al ejército heroico en sus marchas incesantes. 

Ese hombre existe aún, señores, y constituye nuestro 
pueblo. Si nosotros tenemos glorias, suyas son esas glo- 
rias; y si él tiene vicios tradicionales, nuestros son esos 
vicios. Lejos de pensar en arrojarlo después de haberlo 
exprimido, como se arroja una corteza, estamos en el 
deber de corregirlo con tesón cristiano, de incorporarlo 
á todo trance al movimiento del progreso, y de hacerlo 
el más apto entre todos los habitantes de la república 
para la vida social. 

Los principios religiosos nos imponen vínculos espe- 
ciales con el compatriota, porque nos los imponen para 
con la patria. 

¡Qué misteriosa sugestión he visto yo siempre, seño- 
res, en aquella firme predilección con que Jesucristo 
miraba á Jerusalén, metrópoli entonces de Judea, pa- 
tria del Hombre -Dios! 

El patriotismo es una virtud esencialmente religiosa; 
se ama á la patria porque Dios lo quiere, porque es ley 
natural, es decir, ley grabada por el Creador en el alma 
de la criatura inteligente y libre, y que ésta puede leer 
en su propia naturaleza á la luz de la razón. 

Por eso el ansia de solos progresos materiales, que es 
la negación de religión, extingue paulatinamente el 
patriotismo; de ahí que el olvido de los altos objetivos 
puramente morales traiga aparejado un enfriamiento 
inmediato del sentimiento patrio, en cuya formación 
tienen que entrar, como elemento esencial, el desinterés, 
la abnegación, el amor; de ahí que la tendencia á hacer 
del hombre una máquina, que será tanto mejor y más 



A TKAIIAJAK KN TAZ 'Jl 1 



})rüfor¡l>U< cuanto nuís produzca, llevo á los pUí'bloH al 
enorvaniieiito, al olvido dr sus tradicionen y do huh glo- 
rias, y los conduzca, por fin, á la pérdida de hu propia 
personalidad, es decir, á la muerte. 



Ahora bien, señores : salid de nuestra capital ; atra- 
vesad nuestros campos solitarios, y preguntad al habi- 
tante de nuestros ranchos, al hijo de los que nos dieron 
patria, si algún hombre, en cumplimiento del programa 
de su partido político, se ha acercado á él alguna vez 
sin más propósito que el de ayudarlo á elevar su nivel 
moral y social, para hablarle de Dios, de virtudes pri- 
vadas ó domésticas, de principios cristianos, de orden, 
de civilización. 

Ese hombre os contestará que, si algún propagandista 
político se ha acercado á él, sólo ha sido para inocularle 
ó ratificarle pasiones ó tradiciones instintivas, para pe- 
dirle su sangre, para estimular sus instintos de guerra 
en favor de su partido, para empujarlo por fin á la lu- 
cha, en que han revivido todos sus malos instintos cada 
vez que han comenzado á amortiguarse, y para olvidarlo 
después ó sustituirlo en el trabajo por el hombre venido 
de otras tierras, á pretexto de que es mejor, porque es 
más dócil, más laborioso, más obediente. Ese hombre 
de nuestro rancho os contestará, señores, que, si al- 
guna vez ha oído en su vida el nombre de Dios ó el de 
Jesucristo, y escuchado palabras de paz, de mansedum- 
bre, de perdón de las injurias, de amor á la virtud y odio 
al vicio, de sumisión á las leyes divinas y humanas, esas 
palabras le han sido dichas, nó por los políticos que se 
llaman sus amigos, sino por algún Jacinto Vera que ha 
pasado por aquellos campos, ó por algún desconocido 



212 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

misionero que ha cruzado aquellas soledades en busca 
de almas que salvar, de pobres que evangelizar, de hom- 
bres que ennoblecer, de familias que legitimar ante 
Dios y ante los hombres. Y en esa obra de civilización, 
señores, lejos de contar el misionero con el apoyo de 
todos esos políticos que se dicen amigos del pueblo, 
¡cuántas veces tiene que luchar con la hostilidad, con 
el odio, con la injuria de gran parte de ellos! 

Sólo, pues, el espíritu católico, como el espíritu de 
Dios que flotaba sobre las aguas del caos, pasa por so- 
bre las almas de nuestro pueblo, derramando sobre ellas 
palabras germinadoras. Y sólo ese espíritu, señores, pe- 
netra hasta la raíz de las acciones humanas, pues sólo 
él influye en la conciencia del hombre, la rectifica, la 
ilumina, la levanta, la constituye en sanción eficaz de 
nuestros actos. Nosotros somos ese espíritu en la vida 
cívica de nuestro país : somos la fe cristiana colocada 
como base de todo progreso ; somos el progreso moral 
antepuesto al simple progreso material ; somos la fe en 
la palabra de Cristo, según la cual el pueblo, lo mismo 
que el hombre, que busca el reino de Dios y su justicia, 
obtendrá por añadidura todo lo demás : bienestar mate- 
rial, progreso institucional, paz fecunda; somos pues, esa 
paz que se busca para trabajar á su sombra por los in- 
tereses de la patria. 

¿No será bastante, señores, un programa como ese, 
para exigir de nosotros todas nuestras energías de ciu- 
dadanos, sin exclusiones ni regateos? 

Estas ligeras consideraciones no son un programa 
ciertamente, señores ; pero acaso pueden ser el esbozo 
ó los fragmentos del que debe regular nuestra acción de 
ciudadanos católicos, y darnos un carácter. 

Ese es nuestro rumbo cuando menos; esos los propó- 



Á TRABAJAR BN PAZ 218 



sitos que deben abrigar los representantes católicos ; esa 
la razón por la cual yo he reclamado y reclamo y recla- 
maré ese título, y sólo ese título. 



Para realizar tales propósitos, de nada sirven los pues- 
tos elevados, si el que los ocupa no cuenta con el apoyo 
popular y social. 

Por eso vosotros, señores miembros del Cluh Católico^ 
debéis trabajar sin cesar porque vuestra organización 
no languidezca, y porque vuestra influencia so haga sen- 
tir á todo trance en todas las manifestaciones de nues- 
tra vida social y también cívica. No esperéis de nuevo, 
señores, á ser brutalmente agredidos en vuestros dere- 
chos, para organizar vuestra defensa; no esperéis á ver 
de nuevo dictadas leyes de opresión por hombres desig- 
nados por la tiranía, perseguidas y expulsadas vuestras 
comunidades religiosas, amordazada la cátedra sagrada. 
No esperéis nada de eso para recordar que también vos- 
otros sois ciudadanos, que sois el derecho, y que podéis 
ser la fuerza, con sólo buscar la unión en el seno de los 
principios fundamentales que os son comunes, y que de- 
ben hablar más alto en vuestras almas católicas que las 
tradiciones é intereses de otro orden que pudieran divi- 
diros ó dispersaros. No confiéis, señores, para la defensa 
de nuestra causa, en más recurso que en ese : en la unión, 
en la organización, en la disciplina de los católicos. Ya 
habéis palpado, señores, el resultado de los otros recur- 
sos : sacrificio estéril ; confirmación de los actos de la 
tiranía contra nosotros, por muchos de los que con nos- 
otros decían combatirla. 



214 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

También tenemos necesidad de vuestro precioso con- 
curso, señoras. 

Acaso alguna vez se ha procurado desdeñar el apoyo 
que vosotras prestáis irresistiblemente á la gran causa 
religiosa y social en nuestra patria; pero, ó mucbo me 
equivoco, ó eso ha sido precisamente porque se le cree 
muy poderoso. 

Si la naturaleza de vuestra misión sobre la tierra no 
os da derechos políticos, tenéis en cambio derechos so- 
ciales ; si no hacéis las leyes, hacéis las costumbres, que 
las leyes no pueden menos de respetar; si la constitu- 
ción no os da la facultad de elegir á los ciudadanos para 
los cargos públicos, Dios os ha dado la excelsa facul- 
tad de formarlos, de inocularles el ser de vuestro ser, y, 
lo que es más grande y más sutil, el perfume cristiano 
de vuestras almas. 

Es cierto, señoras, que vosotras no vais al campo de 
batalla; pero. . . ¡el campo de batalla! 

¡ Qué tristes y precarias son las esperanzas que en él 
se cifran! ¡Qué distintas de las que se basan en el fiel 
desempeño de nuestra misión moral sobre la tierra, se- 
ñoras, en el cumplimiento estricto de nuestro deber, en 
la firme confianza puesta en los principios conservado- 
res católicos que son claros y precisos! 

Un recuerdo me asalta en estos momentos, y me feli- 
cito de ello, porque sin él hubiera quedado trunco el 
pensamiento que preside mis palabras. 

Hubo un momento, no muy remoto, en nuestro país, en 
que todo parecía derrumbarse ; en que se dijera que todo 
tambaleaba : leyes, instituciones, hasta el mismo santua- 
rio. Detentadores ilegítimos de la autoridad ó del poder 
público hacían de este, nó un elemento de orden y de 
felicidad común, sino un instrumento, de origen espurio, 



A TKAIIA.ÍAR KN' PAZ 215 



de común desgracia. Poco hubiera sido la malversa- 
ción de nuestros bienes materiales, ni la supresión de 
las formas institucionales, si no se hubiera atentado 
contra las conciencias ; no hubiera sido tanto el desco- 
nocimiento de los derechos políticos de los ciudadanos, 
si no se hubieran desconocido aún los civiles de los hom- 
bres; no hubiera sido tan desesperante el atentado con- 
tra los partidos políticos y las personas físicas, si no 
hubiera existido el peligro de la patria misma, el de la 
persona colectiva que forma el estado independiente y 
soberano. No se trataba, pues, de las formas ó acciden- 
tes, sino de las esencias. Fuimos los católicos, á causa 
de nuestra altiva actitud frente al poder ilegítimo y 
arbitrario, el objeto preferido de sus injustos ataques ; 
se dictaron leyes fundamentales contra nosotros, bajo 
la presión irresistible de un hombre; se expulsaron co- 
munidades de caridad, con fractura de sus domicilios ; 
se pusieron soldados al pie de las cátedras sagradas, 
para impedir la predicación de la verdad evangélica, y 
se proyectaban nuevas expulsiones y confiscaciones, 
que llegaron á ser inminentes, y que hubieran sido irre- 
parables. 

Vosotras recordáis perfectamente, señoras, aquellos 
días de angustia y desesperación de esta sociedad, que 
clamaba sin esperanza de ser escuchada. 

En esos momentos de ira hacia la tiranía, y de casi 
desaliento, yo, como tantos otros, busqué el ángel de la 
esperanza parala patria, y creí verlo simbolizado en un 
arcángel armado que cruzaba ante mis ojos, y mostraba, 
en el campo de batalla, el sitio indispensable de las rei- 
vindicaciones heroicas. Formé entonces plena concien- 
cia moral, y me adherí, con pasión santa y convicción 
plena, á la última revolución popular, no de un partido, 



216 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

sino del país entero, y cuyos sucesos me arrancaron los 
girones más preciosos de mi alma. 

Bien está este recuerdo, aunque parezca lo contrario, 
al dirigirme especialmente á vosotras, señoras, que sois 
encarnación de la ternura, del amor y de la paz. 

Es que yo os debía una satisfacción, y os la quiero 
dar; es que yo había dicho en este mismo sitio, y hoy 
debo ratificarlo, que el ángel de la esperanza para la 
patria no era un arcángel armado; yo había afirmado 
que él estaba en vosotras, que formáis las nuevas gene- 
raciones en el patriotismo y la virtud ; que él palpitaba 
en vuestros corazones cristianos, sonreía en vuestro re- 
gazo, ó dormía en esas cunas que vosotras arrullabais 
con vuestros maternos y pensativos cantares. 

Pues bien, señoras; desencantado, hoy creo lo que 
ayer. Hoy espero incomparablemente más de vuestra 
dulce y constante solicitud por inspirar á vuestros hijos 
el odio al mal y á la tiranía, que del esfuerzo popular 
por derrocarla. Vuestros desvelos son siempre hermo- 
sos y benditos de Dios ; los esfuerzos populares son ¡ y 
cuan á menudo ! disipados por la Providencia, que parece 
repetirnos, en la práctica, lo que ya estaba escrito en el 
libro santo : « ¡ Maldito el hombre que en el hombre 
confía! » 

Sí, señores : vamos, vamos todos juntos, cada cual en 
su puesto, á trabajar en paz por los intereses de la pa- 
tria, dispuestos á soportar las inevitables imperfeccio- 
nes de nuestra sociabilidad incipiente. No nos desalen- 
temos por sus tropiezos y caídas; todos los pueblos han 
tropezado y han padecido congojas. Sólo han muerto 
los que se han resuelto á morir. 



k TKAHAJAIt KN l'AZ 217 



Ya lo veis, señores; os parecería imposible que aun 
quedaran energías y entusiasmos en mi espíritu mar- 
chito. Es verdad: me siento viejo, aunque sin canas y 
quizá sin muchos anos; pero como el muerto aquel de 
la leyenda alemana, que creía percibir y distinguir desde 
su tumba el casco del caballo del emperador que pasaba 
sobre la tierra, yo siento, señores, cuando la voz de mi 
causa eterna me llama, que llega el tiempo de arrojar 
mis ropas de luto, y vestir de nuevo mi antiguo uni- 
forme de soldado. Entonces creo que es y será inextin- 
guible mi entusiasmo, y eterna mi juventud. 

Vamos, pues, señores, vamos á trabajar, con fe en 
nuestros principios, con esperanza en Dios, con pruden- 
cia y fortaleza de alma, vamos á trabajar en paz por 
los verdaderos intereses de la patria. 

Cuando lo hayamos puesto todo de nuestra parte. 
Dios hará lo demás ; jDero no antes. No tenemos el dere- 
cho de pedir al Cielo que venga á suplir nuestra pereza, 
nuestra indiferencia ó nuestra culpable ineptitud en 
buscar el reino de Dios y su justicia. Si lo buscamos, 
estemos plenamente seguros de que todo lo demás nos 
será dado por añadidura: tendremos libertades públi- 
cas, progresos administrativos, prosperidades económi- 
cas, felicidad individual. 

«Los cielos y la tierra pasarán, pero mis palabras no 
pasarán». Eso fué lo que dijo el Maestro; Aquél cuyas 
palabras, como estrellas polares habitadas por el Espí- 
ritu, rigen y regirán, mientras existan estrellas, y aun 
más allá, infinitamente más allá, los destinos de los 
hombres, y de los pueblos, y de los orbes. 



Á los amigos 



Discurso pronunciado en el banquete ofrecido al autor por sus ami- 
gos, en el salón del Club Católico al regresar de su misión diplo* 
mática en España y Francia. -12 de septiembre de 1896. 



SUMARIO 



Contestando la bienvenida del prelado. — Agradeciendo á los ami- 
gos. — Yo creo, Señor; ayuda Tú mi incredulidad. ~ La obra 
literaria. — La labor diplomática. — Lo que es la Ce. — El 
ciego de Jericó. — Los servicios á la causa católica. — Re- 
tribuyendo el abrazo de la amistad. 



Todas mis ideas, todo cuanto se me ocurría decir en 
este momento embarazoso, para agradecer esta riente 
manifestación de afecto que me ofrecéis, señores, tiene 
que ceder el paso al reflejo de la impresión que me han 
producido las palabras que mi insigne prelado acaba de 
dejar caer en el fondo de mi corazón. Dejadme, pues, 
estar sólo con él por un momento. 

Nó, excelentísimo señor. Mis correligionarios, la causa 
católica, vuestra señoría especialmente, no necesitáis 
de mí en la patria; lo que os hace desear mi permanen- 
cia entre mis hermanos, que yo también desearía, señor, 
no son mis méritos. Advertid que estáis padeciendo una 
paternal ilusión; advertid que estáis dando demasiado 
crédito á vuestro afecto, y que me estáis mirando al 
través de un lente que produce, en los ojos de vuestra 
alma generosa, una desviación tanto más sensible, cuanto 
mayor es la pureza y la diáfana curvatura del cris- 
tal ; ese lente es vuestro corazón, señor, vuestro cora- 
zón todo transparencia. Nó, excelentísimo señor: nin- 
guno de vuestros hijos, y menos yo, es necesario aquí 
para la causa católica, mientras estéis vos, que lo ha- 
béis sido y lo seréis todo para ella después de Dios ; 
que le dais brillo, con el de vuestro nombre ilustre, que 



222 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

le dais luz, con la clarísima de vuestra inteligencia, que 
le dais la sal de vuestra prudencia, el calor vital de 
vuestros ejemplos, el nervio de vuestro carácter. 

Yo me inclino, sin embargo, á recoger avergonzado, 
pero con gratitud filial, ese aplauso inmerecido que me 
tributáis, y lo guardo, como guarda el avaro sus mone- 
das de oro, en el fondo de esta mi cerrada caja de cau- 
dales: mi corazón, mi memoria. 

También recojo vuestro aplauso, señores, amigos 
míos; también lo pongo conmovido entre mis joyas. Lo 
guardaré con doble llave, para sacarlo como consuelo en 
las horas tristes que vendrán, y para incluirlo oportu- 
namente en el acervo hereditario que se repartirán mis 
hijos. 



¿Que os diré, después de eso, sobre los elogios que me 
habéis tributado ? Porque es preciso que yo os diga algo, 
por más que nada tiene mayor intensidad que el silencio 
en estos casos. ¿Deberé decir que no soy acreedor á esos 
elogios? Os confieso que tengo una aversión invencible 
á las fórmulas banales, á las palabras deshabitadas. Eso 
lo dicen todos en las circunstancias en que yo me en- 
cuentro ; y yo debo buscar algo personal que deciros, 
señores; debo buscar lo más sincero, lo más real que 
se halle en mí, para corresponder á la sinceridad con 
que vosotros os equivocáis en favor mío. 

¿ JElecordáis, señores, la frase aquella del Maestro, en el 
Evangelio de San Marcos, «ayuda mi incredulidad»? 
Era un padre desgraciado, como lo recordaréis, que ha- 
bía traído ante el Salvador que pasaba, su hijo poseído 
por un espíritu mudo ; el pobre padre le pedía su am- 
paro. Jesús le dijo : Si puedes creer, todas las cosas son 



Á LOS AMIGOS '¿Zi 

posibles })ara ol que cree. Y el padre le contesta) llo- 
rando: Yo creo, Señor; ayuda Tú mi incredulidad. 

¡Ayuda Tú mi iucredulidud ! 

Yo creo, señores, en esto momento, que no soy verda- 
deramente acreedor á esta vuestra manifestación de ex- 
traordinario aplauso; pero ¿cómo evitar en mí mismo 
algún sentimiento de orgullo en presencia de esta es- 
pléndida fiesta, que me ofrecéis con tanta sinceridad, po- 
niendo á prueba el temple de mi humildad de corazón? 

Tengo que llamar á la Verdad, señores, tengo que lla- 
marla en ayuda de mi incredulidad. 

Y con esa ayuda, puedo deciros con ingenuo corazón 
que realmente creo en lo que os digo. 

Veamos, pues, esa verdad, señores. 

Yo os he oído decir que celebráis en mí al poeta los 
unos, al digno representante de la patria en el extran- 
jero los otros, al hombre de fe, al católico todos. 

Festejáis al literato, al poeta. ¿Pero qué es en mí, se- 
ñores, el literato? Apenas una parte de mí mismo, un 
accidente de mi vida, una forma mía, una forma amiga 
que pasó, que se fué con mi juventud primera. Muy poco 
ha quedado, como substancia, del paso de ese fantasma 
amable por mi vida, muy poco si se compara con vues- 
tros generosos tributos ; ahí están algunos cantos, sin- 
ceros es verdad, pero frágiles como esas mariposas 
blancas de muselina que aparecen en los soles de verano, 
y desaparecen como diluidas en el mismo sol que las 
trae. 

Y esos mismos cantos, oh amigos, más que vosotros á 
mí, soy yo quien los debo á vosotros. Y"© bien recuerdo 
vuestras manifestaciones, vuestros entusiastas aplausos 
en la época en que tales cantos sonaron en mí; re- 
cuerdo cómo la melodiosa repercusión de vuestro aplauso 



224 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

en mi alma, era en mí sugestión, estímulo, anhelo de 
merecer lo que se me decía ; eran nuevos cantos, pero 
cantos vuestros reflejados en mi espíritu. Os estáis, 
pues, aplaudiendo á vosotros mismos, desde que es bien 
notorio que el poeta, si no es un genio extraordinario 
portador de mensajes inauditos, no es sino el intérprete 
del medio en que vive. Y es evidente, señores, que yo 
no soy un genio. 

Pero también festejáis al representante de la nación 
que vuelve del extranjero, y también decís que en eso 
yo he merecido bien de la patria. 

Eso ya es otra cosa, señores, eso ya es otra cosa. Os 
he prometido la verdad, y este es el momento psicoló- 
gico de la sincera confidencia. 

No podéis imaginaros cuánto os agradezco vuestro 
bullente tributo, que, como sabéis, otros de mis conciu- 
dadanos pensaron en ofrecerme conjuntamente con vos- 
otros. 

¡ Si supierais, amigos míos, cuánto ha pesado sobre 
mi alma esa representación de la patria en el extran- 
jero, desde el momento en que, sin una preparación 
larga y especial, que no se adquiere expresamente entre 
nosotros, la acepté después de mucha vacilación! ¡Si 
pudiera describiros la impresión que yo experimentaba, 
sobre todo en los primeros tiempos, al ver enarbolada 
la bandera de la patria sobre mi casa modesta^ conver- 
tida en pedazo desprendido de la patria misma, en el 
mástil del barco que me conducía, ó cuando la veía bri- 
llar en las escarapelas de mi uniforme diplomático ! 

Ah, señores, esa bandera tan querida pesaba terrible- 
mente sobre mi alma, se transformaba en un fantasma 
casi amenazante. ¿Cómo rectificar y dignificar mis ac- 



tos? ¿Cómo velar Huficientemente sobre mí mismo, so- 
bre mi conducta, sobre mis palabras, liasta sobre mis 
miradas, para ipio las accioiios mías no destiñeran jamás 
los colores simbólicos de nuestro honor, de nuestro de- 
coro y nuestras glorias? 

Esas datas que habéis recordado, señores; esos mis 
discursos que veo habéis seguido con interés, desde el 
pronunciado en nombre de América en el monasterio 
de la Rábida, desde las conferencias dadas en el Ateneo 
de Madrid, ó en el Teatro Real, ó en los congresos del 
centenario, hasta las palabras dichas en lengua que no 
era la m^a al poner mis papeles diplomáticos en manos 
del presidente de la república francesa, todo eso ha 
sido, os lo confieso ingenuamente, una serie de ansieda- 
des, de sobresaltos, de verdaderos pánicos para mí; por- 
que, al resolverme á ocupar una posición mas visible 
que la estrictamente exigida por mi cargo diplomático, 
sabía que me colocaba en un puesto de mayor honor, 
es cierto, pero también de mucho mayor peligro, que 
acaso debía evitar. Y al alzar entonces la cabeza, y ver 
la bandera de la patria que me cubría, creía sentir sa- 
lir de entre sus pliegues la voz severa de un espíritu, 
que yo reconocía perfectamente, y que me decía: aquí 
estoy, ¡Cuántas veces hubiera yo pagado á peso de oro, 
señores, la facultad de desistir de un compromiso, ó de 
excusarme de subir á una tribuna ! ¡ Cuántas veces habrá 
pasado por mi imaginación la idea, iba á decir el deseo, 
de una enfermedad, de un accidente cualquiera, así 
fuera el más desagradable, que justificara mi inasisten- 
cia á un acto solemne en que debía hacerme oir! 

Yo no he podido descansar hasta este momento, se- 
ñores; creédmelo, porque os estoy contando la historia 
de mi alma. La bandera de la patria es muy frágil, y al 

COÍTF. Y DISC. 15. 



226 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

mismo tiempo muy pesada, para ser llevada en hombros 
al través del mundo, por quien la ama, sobre todo, como 
yo la amo. 

Hoy, oh amigos míos, hoy, que al fin recibo vuestro 
aplauso, y el de todos mis conciudadanos, experimento 
un gran reposo en el alma ; siento, os lo confieso, un 
deleite inefable, y una gran necesidad de dar plena fe á 
lo que vosotros me decís: que no he sido indigno del 
depósito de fe que me ha confiado la patria; que he 
llevado con decoro su bandera, y que la traigo, si nó con 
mayor gloria, tal cual me fué entregada cuando^ menos: 
pura, brillante, digna del respeto de los extraños, como 
lo es del amor de los propios, de nuestro amor, oh ami- 
gos míos, de nuestro apasionado amor. Gracias, porque 
me hacéis creer en eso. Sí: yo quiero creerlo; yo debo 
creerlo. 



Vosotros celebráis en mí también, y en primer tér- 
mino, al correligionario, al católico, al hombre de fe 
inquebrantable, al compañero de esfuerzos y de luchas. 

Pero ¿es realmente un mérito personal, señores, digno 
del tributo que me ofrecéis, el haber recibido de Dios 
ese don inapreciable de la fe, que constituye nuestro te- 
soro, nuestra gloria, nuestra dicha? 

Os he citado antes una frase inmensa del Evangelio. 
Otro recuerdo de la misma índole baja no sé desde dónde 
en este momento, y se posa en mi memoria : es el del 
ciego de Jericó. ¿Lo recordáis? Estaba sentado cerca del 
camino pidiendo limosna; oyó tropel de gente que pa- 
saba, y preguntó que qué era aquello. Cuando le dijeron 
que era Jesús Nazareno que pasaba, el hombre ciego 
comenzó á gritar : Jesús, hijo de David, ten misericor- 



Á LOS AMI008 227 

dia de mí . . . Y, á posar de los que querían hacerlo ca- 
llar, seguía gritando el desgraciado con más fuerza : 
¡Hijo do David! ¡Hijo do David! 

¿ Hocordáis ontonccs á Jesús, seíioros ? ¡ (¿uó hermoso ! 
jQué grande! ¡Qué bueno! ¡Oh, el Hombre Dios! Se de- 
tuvo. ¿Qué quieres que te haga? dijo al hombre sin luz. 
Y éste le respondió : Señor, que vea. 

— Vé. . . Tu fe te ha hocho salvo. 

Y el ciego vio, dice el Evangelio, y seguía á Jesús, 
glorificando á Dios. 

¡ Qué hondo es todo eso, señores ! ¿ No sentís, como yo, 
que esas palabras divinas pasan como un escalofrío al 
ras de vuestra carne? 

¡Que vea! ¡Que vea! Eso es la fe, señores, eso es la 
fe: anhelo humilde y sincero de luz en el hombre; luz 
de Dios, palabra de Jesús de Nazaret, que abre nuestros 
ojos. 

Líbreme Dios de afirmar, señores, que no hay en el 
acto de creer un acto de nuestro libre albedrío; sin eso 
la fe no sería obligatoria, y menos meritoria. Sí, hay en 
nosotros el grito del ciego, la plegaria, el clamor al Hijo 
de David ; pero ¿ qué es, señores, el grito del ciego, al 
lado de la palabra de Cristo : Ve ? 

La fe, señores, es, para el alma, lo que el aire para 
los pulmones: es necesario hacer algún esfuerzo de 
nuestra parte, es verdad, para respirarlo. ¿Pero qué es 
ese esfuerzo, si se le compara con la presión que hace el 
aire mismo para penetrar en nuestros pulmones, y en- 
cenderlos de vida? 

La razón humana, señores, el acto libre del que an- 
hela ver, es el pequeño movimiento de inspiración ha- 
cia el cielo ; pero la fe, oh amigos míos, vosotros lo sa- 
béis y lo sentís como yo, la fe es el aliento, es el espíritu, 



228 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

es el Verbo de Dios que penetra en nuestra alma, y liace 
en ella la luz, le trae mensajes misteriosos, evidencias 
imprevistas que se abren en ella como estrellas fijas, 
claridades boreales que se levantan en los horizontes y 
nos marcan la eterna ruta del Norte. 

Y dice el libro sagrado : Tú niegas al orgullo del sa- 
bio, lo que revelas á la humildad de los pequeños. 

Dejadme, pues, señores, colocarme entre los peque- 
ños; dejadme humillar ante Dios, y ante vosotros, al 
sentir vuestros aplausos á mi fe, á fin de no exponerme 
á perder, con un acto de orgullo, esa fe que vosotros 
festejáis en mí, y que no es sino un don gratuito de 
Dios, un reflejo de su gloria, un soplo luminoso de su 
infinita misericordia sobre el pedazo de barro de mi 
corazón. 



¿Por qué recordáis, señores, servicios míos que decís 
prestados á la causa de nuestra fe católica, y que juntos 
hemos realizado? ¿Puede acaso concebirse una fe que, 
siendo verdadera, sea inactiva, en nuestros tiempos so- 
bre todo? 

La indiferencia es la duda ; la fe, señores, ó deja de 
ser tal, ó es dinamismo, es celo, es entusiasmo, es abne- 
gación. ¿ Qué otra cosa que un acto de fe activa de vues- 
tra parte es esta manifestación que ofrecéis á vuestro 
hermano en la causa de Cristo ? 

Yo personalmente no la merezco, oh amigos míos. 

Porque, ó yo he realizado esos esfuerzos que decís en 
pro de nuestra causa, teniendo por móvil el cumpli- 
miento del deber que me impone el don gratuito de la 
fe, ó los he llevado á efecto buscando los éxitos y los 
triunfos de la tierra. Si he perseguido esto último, vos- 



i |X>8 AMI008 229 

otros no podéis tributarmu vuestro aplauso; mis accio- 
nes no hubieran sido meritorias. Y si fuera cierto que 
he tenido la suerte de realizarlas buscando sólo la glo- 
ria de Dios, ¿por qu(^ mo ])rfimiais, ¡imprudentes! tan 
ampliamente en la tierra, y no me dejáis un pobre saldo 
siquiera que hacer valer en el cielo? ¿Lo queréis todo 
para vosotros, que habéis hecho loque yo? 

Oh, nó, amigos míos, no sois imprudentes, ya lo sé. 
Yo retiro la palabra, aunque bien habéis comprendido 
todo el íntimo sentido del atrevido reproche. También 
yo os he comprendido á vosotros: es la ley del corazón, 
que es caridad entre cristianos, la que aquí impera, ley 
irresistible; es que vosotros me tenéis a-íecto por (jue si, 
y sentíais la necesidad, que yo también sentía hace mu- 
cho tiempo, de fundir una vez más vuestros corazones 
con el del hermano ausente, en este sitio en que tantas 
veces hemos sido una sola alma, un solo pensamiento, 
una sola aspiración. 

Yo correspondo á vuestro abrazo de bienvenida, con 
toda la efusión de mi alma; yo pongo una vez más en 
vuestras manos la protesta inquebrantable de mi fe, de 
mi consagración á la causa de Jesucristo en nuestra 
patria; yo os pido, por fin, que me ayudéis á obtener de 
Dios la gracia necesaria para que esa fe no vacile en 
mi alma, y para que este vuestro viejo camarada no se 
haga jamás indigno de esta manifestación de que lo ha- 
béis hecho objeto, y con la que habéis comprometido 
más y más sus esfuerzos y su vida. 



El Arzobispo de Montevideo 

Discurso pronunciado en ei banquete ofrecido al Excelentísimo y Re* 
verendísimo señor Arzobispo de Montevideo, Monseñor Mariano 
Soler, á su regreso del Concilio Latino 'Americano celebrado en 
Roma. 



SUMARIO 



Ofrecimiento. — Monseñor Soler, tercer obispo de Montevideo. — 
Las circunstancias de su elección. — El Arzobispo de Mon- 
tevideo en el Concilio Latino-Americano. — Concepto de que 
goza Monseñor Soler en el Vaticano. — Monseñor Soler se 
debe á su patria. — Las actaales perturbaciones del mundo, 
y la parte de responsabilidad que corresponde á los cató- 
licos en ellas. — La voz de León XIII. — El significado de 
las manifestaciones populares á Monseñor Soler. — El brin- 
dis filial. 



Excmo. y Rvmo. señor: 

A mi me corresponde, como presidente de la asam- 
blea de católicos, el ofreceros este banquete de bienve- 
nida. Os lo ofrezco, señor, en nombre de esa asamblea: 
os lo ofrezco en nombre de todos los que, sentados en 
esta mesa, creen que comen el pan y beben el vino de 
la casa paterna, porque vos los presidís y lo bebéis con 
ellos; os lo ofrezco en nombre del pueblo católico: de 
ese que habéis visto anteayer salir en masa enorme á 
vuestro encuentro, alfombrar de flores vuestro camino, 
y llenar las naves de nuestra catedral para recibir vues- 
tra bendición; de ese que ha corrido á dar gracias á 
Dios porque os había protegido en vuestro viaje, os ha- 
bía iluminado en vuestra misión, y os había devuelto, 
por fin, al ósculo respetuoso y cariñoso de vuestro pue- 
blo que os ama, que os venera, y que se enorgullece de 
su insigne prelado metropolitano. 

La patria tiene ciertamente motivos para dar gracias 
á Dios. Fué El quien la inspiró, sin duda alguna, cuando, 
con un movimiento vigoroso y unánime, luchó contra 
vos mismo, señor, para arrancaros del alma un ensueño 
generoso que quería arrebataros para siempre á la pa- 



234 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

tria, y para mostraros en ella vuestro verdadero campo 
de acción ; en ella, en esta tierra querida que os vio na- 
cer, y á la que pertenecéis porque Dios lo quiere, por- 
que nosotros lo queremos, y porque vos también lo que- 
réis; fué Dios quien la iluminó cuando vio en vos el 
hombre predestinado á recoger la herencia del doliente 
obispo mártir, y del primer obispo sembrador del Uru- 
guay; fué Él, sin duda, quien la movió, cuando aclamó 
en vos por la primera vez, y aclama hoy de nuevo, la 
continuación de la tradición de inmaculada doctrina, de 
virtud y de celo, que constituye la serie de ilustres pre- 
lados que han sido el tesoro de nuestra patria ¡ qué digo 
« han sido » ! que son el tesoro de nuestra patria, por- 
que las patrias, señores, se forman, no sólo de sus hijos 
vivos, sino también, y muy especialmente, de sus gran- 
des hijos muertos. 

La patria oá ha seguido, señor, con avidez, en vuestras 
últimas importantísimas labores ; os ha visto subir á la 
cátedra del Concilio Latino -Americano para pronun- 
ciar el discurso inaugural de esa memorable asamblea 
de nuestra raza, y ha sentido con gratitud, cómo se 
reflejaba en su nombre el brillo de vuestro carácter, de 
vuestras virtudes y de vuestro saber ; os ha visto acer- 
car al Vicario de Cristo, que os llamaba para consultar 
vuestras opiniones, y ha advertido cómo el augusto an- 
ciano escuchaba con atención vuestros dictámenes. Os 
ha visto, por fin, trabajar con energía y eficacia en el 
sostenimiento y adelantos del Colegio Pío Latino Ame- 
ricano de Roma, por el cual ya recorristeis una vez en 
peregrinación nuestra América Española; de ese Co- 
legio Latino Americano, vivero fecundo del clero de 
nuestro continente, corazón que, unido íntimamente al 
del representante de Cristo, derrama por las arterias de 



ici. AK/<)iiisi>o i>K .M()N"ri;vii>i:() 286 



iiiiostra Amórica lu savia d»' la doctrina, y envía por 
todos sus ámbitos tíjcmplos do ciencia y do virtud, <jue, 
como vos, señor, y como osos dos prolados insignes que 
comparten con vos la ¡¡aternidad osj)iritual on ostc; ban- 
quete fraternal de vuestros hijos, son honra y prez de 
aquel colegio romano, y justo título de orgullo para sus 
patrias respectivas. 



Pero la patria os ha seguido de lejos, señor, en vues- 
tras labores en la ciudad eterna. Yo, que tuve la honra 
de gestionar, como enviado diplomático, la erección de 
la sede metropolitana de Montevideo; yo, que tuve la 
fortuna de recibir vuestra primera bendición pastoral, 
cuando recibisteis vuestra excelsa investidura, yo he 
podido ver de cerca todo el prestigio de vuestra per- 
sona en la ciudad eterna, y todo el respeto que habéis 
sabido conquistar allí con vuestras virtudes y vuestra 
inteligencia. 

Yo os he visto atravesar la puerta de bronce en que 
termina la columnata del Bernini, y penetrar al Vati- 
cano como á vuestra casa solariega; yo os he visto de- 
volver, con noble inclinación de cabeza, el saludo de 
la guardia suiza de casco de bronce cubierto de crin 
blanca, pasar sereno ante la guardia noble, cruzar la 
semiobscuridad de las antesalas del cardenal secretario 
de Estado, y he oído, en pos vuestro, lo que vos no escu- 
chabais ya: el acento de veneración con que se pronun- 
ciaba vuestro nombre en aquella casa que es el centro 
del mundo ; el tono de admiración con que allí se de- 
cían los unos á los otros al veros pasar: « es el Arzobispo 
de Montevideo». 

¡Oh! ¡El nombre de la patria! ¡El nombre de la pa- 



236 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

tria pronunciado con respeto y admiración allá lejos ! 
Gracias, señor, por los momentos aquellos de satisfac- 
ción que experimentó mi alma, al sentir reflejarse sobre 
ese querido nombre la luz solar y el prestigio que de 
vuestro nombre irradiaban. 

Pero yo tuve ocasión de ver algo más fundamental 
que eso que deleitaba mis sentidos: tuve entonces oca- 
sión de convencerme de que León XIII os tiene in 
jpecto7'e, y de que vuestro nombre no se confunde entre 
los de tantos prelados eminentes que cruzan constante- 
mente por su pensamiento luminoso. El cardenal Ram- 
polla me hablaba de vos como del liombre indiscutible 
y transparente ; y oí entonces decir que el pueblo os 
llamaba allá en Roma afectuosamente ü cittadino ro- 
mano, no sé si porque quiere incorporar á sus glorias 
la gloria de vuestro nombre, ó si porque realmente 
vuestra figura clásica, reflejo fiel de vuestra alma se- 
rena y siempre fija en la esencia de las cosas, recuerda 
alguno de aquellos cardenales medioevales, en que el 
pincel de Rafael quiso inmortalizar el tipo señorial de 
la nobleza romana. 

Pero nó, señores ; agradezcamos, en buena hora, ese 
testimonio de veneración y simpatía del pueblo católico 
de Roma, hacia nuestro insigne metropolitano; pero 
apresurémonos á decir que es nuestro. Él es y será siem- 
pre, con la gracia de Dios, el hijo fiel de la Iglesia Ro- 
mana; pero es y será siempre, también con la gracia de 
Dios, el ciudadano ilustre de la nación oriental que lo 
reclama. 



BL AKZOUIHPO DB MONTBVIOBO 987 



Sed, pues, el bienvenido, señor, al seno de esta vues- 
tra patria que os esperaba y que os necesitaba. 

El mundo entero atraviesa una época de caóticas per- 
turbaciones y de pálidos desalientos. Vos venís de pal- 
parlo, señor, en la Europa revolucionada, que nos envía 
sus doctrinas y sus ejemplos. El si^lo termina en un cre- 
púsculo de cieno, después de haber comenzado en una 
aiu-ora de sangre. Los ideales se van confundiendo y 
obscureciendo; la humanidad pierde el rumbo. Las pro- 
mesas de la revolución anticristiana eran sangrientas 
ánforas vacías; se van extinguiendo también las espe- 
ranzas que se cifraban en restauraciones monárquicas 
ó en combinaciones puramente políticas, que prescin- 
den por completo, cuando no hostilizan, el reinado so- 
cial de Jesucristo. 

Se busca la paz, y se enciende cada vez más la gue- 
rra; se busca la riqueza, y se aumenta cada vez más la 
miseria de la inmensa mayoría de los hombres; se busca 
calmar y satisfacer al pueblo, incitándolo á la conquista 
de sus derechos, y sólo se consigue excitar sus pasiones, 
desenfrenarlo, y hacer de él el más terrible de los ene- 
migos que amenazan la paz y la felicidad sociales. 

¿ Cuáles sou las causas de ese deplorable estado del 
mundo europeo? 

Las causas son varias, señores ; pero nosotros debe- 
mos fijarnos muy especialmente en la parte que han to- 
mado los mismos católicos en ese derrumbe de los gran- 
des ideales en Europa. Los católicos, señores, adolecen 
quizá de un defecto fundamental: se toman muy á me- 
nudo gran trabajo en hacer á sus contrarios el examen 
de conciencia; pero no siempre se preocupan de hacer 
debidamente el examen de la propia; se inoculan mutua- 
mente el odio contra los tiranos exteriores de su causa. 



238 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

contra los liberales impíos; pero muy pocas veces se 
acuerdan de los cómplices de esos tiranos, de los propios 
defectos católicos, de la falta de obediencia á los prela- 
dos, y hasta al Papa mismo, de la adhesión apasionada 
á la propia opinión, de la indiferencia, de la soberbia, 
de la indisciplina dentro de las propias filas. Ellos han 
olvidado muchas veces lo esencial, para preocuparse sólo 
de lo accidental; ellos han pospuesto muchas veces la 
causa soberana del catolicismo, que es donde está la 
única salvación, á causas transitorias y puramente hu- 
manas; se han dividido, se han dispersado, se han com- 
batido, se han aniquilado, ya persiguiendo restauracio- 
nes dinásticas ó ideales individuales, ya dejándose llevar 
de móviles políticos, con prescindencia completa de los 
ideales cristianos. Y ha sido necesario que León XIII 
les dé voces, que casi no se oyen entre el fragor de las 
luchas y preo.cupaciones políticas, para recordarles la 
causa soberana. «Nó, les ha dicho, no identifiquéis la 
causa de Dios con la de los hombres; no atéis la Igle- 
sia alo que pasa, porque ella es inmutable; no la ama- 
rréis á lo que lucha, porque ella es la paz en el mundo . . . 
La Iglesia, agregó el gran Pontífice, no se adhiere sino á 
un solo cadáver; al de Aquel que murió en la Cruz, por- 
que con Él resucitará». 



La voz de León XIII, señores, es la voz de la espe- 
ranza; ella y sólo ella puede salvar las sociedades va- 
cilantes. 

Ella y sólo ella debe dirigirnos también á nosotros, 
los católicos uruguayos, en nuestros esfuerzos en pro de 
la felicidad moral y material de la patria. 

Estas manifestaciones de que es objeto nuestro ilus- 



■L AIIZOHIKPO UK MONTBVIOBO 289 



tre prolado metropolitano, manifostacíoncB católicaH 
como jamás so liahían visto en la ciudad de Montevideo, 
son una protesta de amor y de veneración á la persona 
de nuestro querido pastor ; pero son también, acaso ante 
todo, una protesta de adhesión á las enseñanzas de 
León XIII; son también una protesta de la necesidad 
de unión y de organización que experimenta el pueblo 
católico uruguayo ; son una voz que quiere llegar elo- 
cuente y vigorosa á los oídos del Jefe de la Iglesia, para 
decirle : aquí estamos. 

Aquí estamos, pues, señor; vos sois el único repre- 
sentante del Vicario de Cristo; vos sois nuestro padre y 
nuestro capitán. 

Queremos acompañaros, señor; queremos acataros y 
obedeceros. Mareadnos el rumbo, que los católicos uru- 
guayos miraremos como luz del Norte el brillo de vues- 
tro báculo y de vuestra cruz pectoral; que los católicos 
orientales seguiremos las cruces negras de vuestro palio, 
tejido con el vellón de los corderos de Santa Inés, como 
en otro tiempo seguían los soldados el penacho blanco 
del rey caballero, en las gloriosas batallas de la patria 
de San Luis. 

Confirmad vos. señor, con vuestra bendición, nuestros 
propósitos de unión y de fidelidad á la causa de Cristo 
y de su Iglesia libertadora. Retribuid nuestro saludo 
filial, saludándonos una vez más con la celeste frase del 
Divino Maestro: «La paz sea con vosotros». 

Y mirad, ¡oh señor! con cuánta cordialidad bebemos 
en vuestro honor la copa que levanto en este nuestro 
banquete fraternal, concentrando en la ternura de mi 
palabra la armoniosa vibración de los corazones de to- 
dos los que aquí estamos. 

Señores: levantemos nuestra copa en honor de núes- 



240 CONFIQRBNCIAS Y DISCURSOS 

tro querido y venerable prelado. Que Dios bendiga 
nuestros votos antes de formularlos ... Y ahora, seño- 
res, pidámosle que proteja su vida, que ilumine su en- 
tendimiento, que lo colme de felicidades, porque la lum- 
bre de su espíritu será la luz de la patria, y la felicidad 
de su vida es la dicha y la alegría de sus hijos. 



Unión Católica del Uruguay 



Discurso pronunciado en el tercer Congreso Católico Uruguayo, 
celebrado en Montevideo, el mes de Noviembre de 1900 



SUMARIO 



El tercer Congreso Católico Uruguayo. — Un lapso de siete años. 
— Causas. — La Unión Católica. — No se refiere á los ar- 
tículos de la fe. — Tampoco á formas de gobierno ó tradi- 
ciones políticas. — Objeto característico de la Unión Católica 
del Uruguay.— El partido católico del porvenir. — Cifras de 
sa programa. — Muertos, dormid : no es hora todavía. — 
El "leader" del futuro. — Clodoveo el sicambro. — Cristo 
vive, reina, impera. 



cosT. r Disc. 16. 



Excmo. y Rvmo. señor: 

Vengo á hacerme el intérprete del espíritu de este 
tercer Congreso Católico del Uruguay, el eco de vues- 
tro propio espíritu, señores, y á proclamar, una vez más, 
la constitución de la Unión Católica en la república. 

El actual congreso es la continuación del celebrado 
en Enero de 1893, continuación á su vez del primero de 
la serie, que tuvo lugar el año 1889, bajo la presidencia 
del limo. Monseñor Yéregui, de santa memoria y per- 
durable. 

Ha transcurrido, pues, un lapso de siete años, sin que 
los católicos, dispersos por el territorio de la república, 
se hayan reunido en estas fecundas asambleas, á pensar 
en lo que más aman, y á uniformar sus opiniones y sus 
esfuerzos, en pro de la causa de la civilización cristiana 
en nuestra vida cívica. 

¡Siete años! Es indudablemente demasiado tiempo el 
que hemos pasado sin vernos, señores, Windthorst, la 
pequeña eminencia alemana, llamaba á los congresos ca- 
tólicos, que se reunían en torno suyo, nuestras manio- 
bras de otoño. Si lo fueran entre nosotros, muy largo 
hubiera sido nuestro último invierno ; muy enmohecidas 



244 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

tendrían que estar nuestras armas, y Harto atrasados 
sus sistemas; muy entumecidas por el frío nuestras ma- 
nos, y en extremo desteñidos por el sol invernal los co- 
lores de nuestra bandera. 

¿Será que el anhelo por la gloria de Dios ha langui- 
decido en el alma uruguaya? ¿Es que realmente ha 
decaído el entusiasmo de otros tiempos en pro de la 
causa católica? ¿Es que ya los cristianos de esta tierra 
generosa no quieren hacer del amor á Jesucristo y á su 
Iglesia su amor soberano, y la suprema de sus glorias? 
¿O es acaso que el laicismo católico no se resuelve ya, 
como en otros tiempos, á aceptar la misión de colabo- 
rar en la obra de Dios y de su Iglesia, y está dispuesto 
á abandonar á ésta en manos de sus enemigos, atraí- 
dos los hombres por otros ideales, por otros intereses, 
que consideran más dignos de sus labores cotidianas, 
y más merecedores de sus esfuerzos y sacrificios? 

Nó, señores: yo miro esta asamblea rebosante, y veo 
que aquí estamos todos; á todos nos anima el espíritu 
bienhechor de los mejores tiempos. Un toque de lla- 
mada ha sido bastante para agrupar de nuevo á los sol- 
dados leales que parecían haberse distraído, y para 
hacerles recobrar la actitud atenta y marcial del que 
espera, con la mirada fija en el horizonte, las nuevas vo- 
ces de atención del clarín inteligente. Yo veo aquí á 
los viejos compañeros de veinte años atrás, unidos á los 
que en ese largo período de luchas y de esfuerzos han 
ido engrosando nuestras filas ; yo he visto el entusias- 
mo con que todos los delegados de la república han to- 
mado parte en las deliberaciones de este congreso, y 
me he convencido ¡gracias á Dios! de que, si ha habido 
un eclipse en la acción católica colectiva del Uruguay, 
no ha sido porque haya decrecido en luz ó en calor el 



UNIÓN CATÓLICA DKL IIIUOUAT 246 



astro de la fe, sino porque sobre su disco, siempre lu- 
minoso, se ha proyectado la sombra de extraños acon- 
tecimientos. De entre esa sombra brota de nuevo, seño- 
res, la cara del astro tutelar: es la fe católica que nos 
llama, y nos sonríe, y nos marca la ruta; es la concien- 
cia del deber que brota del fondo de nuestros almas, dis- 
persando las tinieblas ; es Cristo, Cristo Redentor del 
mundo, que, al finalizar el siglo xix, nos recuerda que 
aún vive, que aún reina, que aún impera, y que aún 
tiene derechos absolutos sobre nosotros. 

Estoy hablando, pues, á hermanos incondicionales, 
á católicos que saben están en la obligación de abrazar 
la causa de Jesucristo y de su Iglesia en el Uruguay 
como la causa soberana, y de que su triunfo, en todas las 
manifestaciones de la vida nacional, debe ser el objeto 
primordial de sus esfuerzos. 



¿Por qué entonces, señores, se me ha encargado que 
diserte esta noche sobre la Unión Católica del Uru- 
guay? ¿No existe, por dicha, esa unión entre nosotros? 
¿Hay alguien que niege con Arrio, por ejemplo, la di- 
vinidad del Verbo, ó con Nestorio la unión de la divi- 
nidad y de la humanidad en una misma persona? ¿Hay 
alguno que, con Focio ó con Lutero ó con el filoso- 
fismo, proclame la rebelión contra el papa, ó el libre 
examen? ¿Hay católico en esta asamblea, que se sienta 
inficionado del naturalismo moderno, y niegue la exis- 
tencia de lo sobrenatural ó la influencia de la gracia 
divina sobre el hombre degenerado por el pecado ori- 
ginal, y condenado por él á la concupiscencia y á la 
muerte? 

Nó, indudablemente : todos creemos en Jesucristo el 



246 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

Verbo increado que era al principio y estaba en Dios 
y era Dios; en el Verbo en que estaba la vida; en el 
que era Luz de los hombres, resplandeciente en las ti- 
nieblas; en Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios, na- 
cido del Padre antes de los siglos, Dios de Dios, Luz de 
Luz, Dios verdadero, Hombre verdadero evocado por 
el Espíritu Santo en las entrañas virginales de la sola 
mujer incontaminada, Redentor del mundo por el do- 
lor, el sacrificio y la muerte, Juez que juzgará un día á 
los vivos y á los muertos, y cuyo reino jamás tendrá 
fin. Todos creemos en la Iglesia que el VerKo huma- 
nado fundó sobre la tierra, sociedad perfecta, de origen 
divino inmediato, independiente de todo poder hu- 
mano, superior por su origen y por sus fines á toda 
otra sociedad, dominadora del tiempo y del espacio, y 
que comprende en su seno á todos los pueblos y nacio- 
nes, sin poder ser comprendida por ninguno de ellos. 
Todos creemos en la existencia de esa Iglesia en el 
mundo, bajo la dirección infalible del representante de 
Jesucristo, á quien protestamos nuestra incondicional 
adhesión, y del obispo que Dios nos ha designado, y á 
cuya autoridad, de origen también divino, prestamos 
nuestro filial acatamiento. 

Eso creemos ; eso, y todo cuanto la Iglesia nos dice 
que es verdad revelada. Y son esas verdades las que nos 
unen con vínculo indisoluble, y nos unirán siempre por 
la misericordia de Dios. 

En otros pueblos, señores, dentro de la unidad del 
dogma y de la doctrina y de las costumbres, existen 
causas poderosas que han imj)edido la unión de los ca- 
tólicos, y dado el triunfo, en la sociedad política, á los 
enemigos de Jesucristo. Divergencias de opinión sobre 
formas de gobierno, sobre tradiciones políticas, sobre 



UNIÓN CATÓLICA I>KL LRU(»LAV 217 



cuestiones dinástioas s<Tular<'s, liiiii dividido ú lo« cató- 
licos, 1^110, empujados por la pasiúii, niuchas veces í^íMie- 
rosa, pero no siempre regulada })or la razón, han em|)e- 
(jueñecido la causa eterna de Dios y de su Cristo, iden- 
tificándola en absoluto con las formas transitorias y 
fugaces de los hombres, hasta el punto de creer (jue la 
destrucción de las antiguas forman importa la destruc- 
ción de las substancias eternamente nuevas. Inútil ha 
sido muchas veces que el mismo representante de Dios 
haya hecho oir su voz, con dulzura primeramente, y 
con severa firmeza después; inútil que haya recordado 
á sus hijos los principios más elementales de la doctrina 
católica, según los cuales no hay más autoridad eterna- 
mente legítima que la de Dios, fuente única é inagota- 
ble de toda autoridad, cualquiera que sea la forma en 
que ésta se personifique. 

El non servianí del ángel rebelde se ha dejado oir 
algunas veces, aun entre los leales; la voz de la pasión 
ó de la rutina ha dominado la misma voz del vicario de 
Cristo, y la unión de los católicos ha sido imposible. Su 
derrota, por consiguiente, ha resultado inevitable, y des- 
graciadamente merecida, ya que los católicos no deben 
aspirar á que Dios haga milagros para suplir su iner- 
cia, su soberbia, su indisciplina, ó su falta de celo labo- 
rioso é inteligente. 



¿Existe algo de eso entre nosotros? 

Nó, felizmente, señores. Entre nosotros, las nociones 
de patria y democracia se identifican en nuestra alma, 
como se identifican la de democracia y la de forma re- 
presentativa republicana. Todos reconocemos al pue- 
blo, como el cauce natural por donde debe pasar la 



248 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

autoridadj desde su fuente divina hasta los hombres 
que han de ejercerla eu la sociedad; todos queremos 
y proclamamos y defendemos la misma legitimidad, 
fundada sólo, como fundamento inmediato, en la vo- 
luntad nacional genuinamente representada, que es 
el medio que más racionalmente conduce al verda- 
dero ideal de gobierno: el gobierno de los más aptos y 
mejores; todos escuchamos, sin reservas mentales, la 
palabra del papa, y no sometemos ligeramente la opi- 
nión de nuestro obispo á la revisión de nuestra crítica 
atrevida. 

¿Cuál es entonces la unión que en este momento debo 
yo inculcar á mis hermanos en Cristo y en la democra- 
cia, para que el tercer Congreso Católico del Uruguay 
tenga eficacia y consecuencias perdurables? 

Es, señores, la unión en lo secundario, puesto que en 
lo primario estamos ya unidos ; es la unión en aquello 
que está librado á las controversias de los hombres, en 
aquello en que todos y cada uno creemos tener razón, 
con intención recta y completa buena fe; en aquello 
que diferencia al ciudadano que ama á la patria, del 
soldado que la defiende formando ejército. Más que la 
unión católica, estoy, pues, en el deber de inculcar á 
mis correligionarios la disciplina en la acción católica, 
y, ante todo y sobre todo, la. acción misma, el celo por 
la gloria de Jesucristo Redentor del mundo, tomada 
como suprema aspiración de la vida, y abrazada como 
objeto más que suficiente para absorber toda la activi- 
dad de nuestra fe de cristianos, y todo el esfuerzo de 
nuestro carácter de ciudadanos. 

No se trata, por consiguiente, de constituir, con la 
creación de la Unión Católica del Uruguay, una nueva 
corporación puramente piadosa ; la práctica de la Re- 



|INI(')N CATÓLICA DKI, CKCfiCAV 24Í) 

ligión se prcsupono en .sus dcforisores, sti presume en la 
Unión Católica; poro ella no forma el objeto que la 
caracteriza y diferencia. Se trata de ejercitar una vir- 
tud que es más grande aún que la piedad religiosa: la 
caridad en su acepción más excelsa, que es el celo por 
la gloria de Dios en la sociedad y en las almas; se trata 
de constituir el núcleo de la gran masa de elemento» 
cívicos católicos del país; de imprimirá éstos el movi- 
miento tendente á la defensa eficaz ¡eficaz sobre todo, 
señores! de nuestros principios, contra las agresiones 
de que son objeto por parte de otras agrupaciones cí- 
vicas; se trata de formar, con ese objeto, una entidad 
directiva, compuesta de estadistas, de pensadores, de pu- 
blicistas, de hombres prácticos y sagaces, conocedores 
de los recursos que han de ponerse en juego, y conven- 
cidos de que, como ha dicho un gran pensador, el éxito, 
en la mayor parte de los casos, depende de saber cuánto 
tiempo es necesario para alcanzarlo; se trata de agru- 
par inteligencias, experiencias, estudios, actividades, 
recursos de todo género, para influir á favor de nues- 
tros principios, en la vida cívica de la nación, para ro- 
dearlos de los prestigios humanos, haciendo nuestros 
todos los medios buenos ó indiferentes que, según el 
sentir general de las gentes en nuestra época, y no sólo 
según el sentir de las personas privilegiadas por Dios 
con el don de la piedad, dan prestigio á las causas en 
lucha, y las conducen al triunfo. La Unión Católica, se- 
ñores, no tiene por objeto principal el enfervorizarnos 
en nuestra vida individual, ni el darnos ocasiones de ma- 
nifestar ese santo fervor. El simple hecho de no mani- 
festar ese piadoso sentimiento, aunque se experimente 
vigoroso en el alma, puede llegar á ser, en ciertas oca- 
siones, una gran virtud en nuestros tiempos, como puede 



250 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

llegar á ser un vicio ó una debilidad su manifestación 
extemporánea, que muchas veces puede ser una simple 
ostentación sin grandes quilates de virtud. 



Yo, señores, he consagrado, bien ó mal, pero he con- 
sagrado mi vida entera á la satisfacción de ese anhelo ; 
todo lo he abandonado y quiero abandonarlo por él. 
Cual si estuviera ligado por un voto superior á mi vo- 
luntad, he renunciado al mundo, para encerrarme en el 
claustro solitario de mis ensueños de fe, y esj)erar en 
él la hora de una resurrección, y apresurarla, si fuera 
posible, con mi labor sin tregua. 

Sí, señores : yo soy un viejo soñador incorregible. 

Yo quiero creer que, en estas nuestras asambleas ca- 
tólicas, estamos haciendo historia. 

Yo he soñado muchas veces en un momento del por- 
venir de mi patria, de mi patria cristiana, en que un 
gran partido político se reunirá á recordar estas asam- 
bleas, á pronunciar nuestros nombres llamándonos pre- 
cursores ó predecesores, y á repetir respetuoso nuestras 
palabras, las palabras pronunciadas en este congreso, 
como la gloriosa genealogía de su existencia; yo he 
visto, en mis ensueños, á todos mis hermanos en la fe, 
agrupados en torno de la bandera soberana que hoy nos 
congrega, librar briosos y compactos las generosas 
batallas de los anhelos populares; yo los he seguido, 
primero en las derrotas fecundas, después en el clarear 
de las esperanzas luminosas, y, por fin, en las victorias 
institucionales; yo los he visto prescindir de todo mó- 
vil secundario, de todo propósito divergente, y he oído 
correr entre sus filas numerosas el santo y seña único é 
inmortal: el mismo, señores, que hoy á nosotros nos 



UNIÓN ( ATí'n.ICA UKt. JRI (ÍIAV '^1 



conpre^a : (^risfo rire, (^rinto reina, ('risto impera por 

JOX MÍ(j/o.S (le ¡OH xiíjloH. 

Y yo hü visto más; he clistiní;ui(J(^ pcrfectaiiiente, 
desde mi claustro, los colores de su bandera que pasaba: 
«rau los de la patria independiente amada hasta el sa- 
crificio: he leído las cifras do su propjrama: eran lasdel 
Evangelio, es decir, las fórmulas únicas y eternas déla 
verdadera libertad. 

En él estaba escrita, y puesta bajo la protección de 
Dios Omnipotente, la fórmula verdadera de la democra- 
cia, es decir, el orden civil en i\ue todas las fuerzas so- 
ciales, jurídicas y económicas, en la plenitud de su des- 
arrollo jerárquico, cooperan proporcional mente al bien 
común, para tender, en último resultado, al bien prepon- 
derante de las clases inferiores, al bien preponderante de 
los pobres^ de los débiles, de los más semejantes á Je- 
sucristo, el Hijo del obrero de Nazaret, el divino pobre 
crucificado; e;i él estaba escrita, sin reservas ni reticen- 
cias, la fórmula representativa republicana, el derecho de 
los pueblos á hacer oir y á hacer respetar su voluntad, 
libremente manifestada, en la formación de los poderes 
públicos, interpretando con esa voluntad popular la vo- 
luntad de Dios; pues Dios, que ha dado al hombre el 
imperioso instinto social, le ha dado con él la facultad 
natural de acertar en la designación de los que deben 
regirla en el nombre del Señor, y para el cumplimiento 
de su voluntad soberana ; yo he leído, en ese programa 
político del porvenir, un plan de relaciones internacio- 
nales, que definirá la personalidad y la misión de nues- 
tra patria en el concierto de las naciones soberanas, y 
la hará ocupar supuesto de racional influencia; he visto 
escrita en él la representación proporcional del pueblo 
en el seno de las asambleas legislativas, la organización 



252 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

comunal que anima y vivifica los diversos núcleos de 
palpitación en el organismo político, la libertad verda- 
dera de enseñanza, la soberanía del padre de familia 
en el seno de la sociedad doméstica, la del pueblo en el 
de la sociedad civil, la de la Iglesia de Cristo, la más 
santa de las soberanías, en el seno perturbado del uni- 
verso. Yo he visto á esos mis bravos coreligionarios del 
porvenir, cegar los fosos enemigos con los cadáveres de 
sus propios derechos desconocidos y atropellados al prin- 
cipio, sin por eso abandonar el orden institucional ni la 
fe en la labor pacífica y perseverante, y pasar después 
sobre aquellos cadáveres para escalar la cindadela que 
parecía inexpugnable, y realizar en ella los otros ar- 
tículos de su programa: adelantarse á la sangrienta re- 
volución de las masas, realizando pacíficamente la revo- 
lución de las ideas, la que funde los conceptos de justicia 
y caridad, la que da al Estado cristiano una cierta in- 
tervención en la organización económica de la sociedad, 
en la distribución de la riqueza, en el valor absoluto del 
trabajo humano; acercar á Europa las costas privile- 
giadas de la patria, abriendo puertos en nuestro esplén- 
dido litoral atlántico, en que está nuestro tesoro escon- 
dido, el tesoro exclusivo del Uruguay entre todos sus 
hermanos de la América subtropical; regular el im- 
puesto, no sólo al capital, sino también á la renta; cerrar 
las aduanas sólo lo suficiente para hacer de ellas fuen- 
tes de recursos, sin convertirlas en obstáculo al libre des- 
arrollo de las leyes naturales del intercambio comercial: 
señalar, tendiendo hacia ellos, todos los progresos, todas 
las audacias, todas las libertades hijas del principio 
cristiano, que todas ellas caben, señores, y se desarro- 
llan ampliamente en el cuadro espléndido del Evange- 
lio. Porque ó no existe la democracia en el seno del 



UKIüN CATÓI.KJA DKI, I IllíH.'AY 2651 



mundo, sonoros, ó ella existo, en la ploiiitud de sua her- 
mosas armonías, en el seno eternamente fecundo de 
nuestra fe católica, la libertadora del liombre, la (jue lo 
emancipa, no sólo de los tiranos que hacen violencia a 
su cuerpo, sino, muy principalmente, de los que se la ha- 
cen á su alma, arrancándole la libertad: las pasiones, las 
concupiscencias de los vicios, las soberbias. 

Eso y mucho más estaba escrito en el programa del 
partido de mis ensueños. Con él se conservaba y acataba 
nuestra constitución, por medio de un régimen concor- 
datorio debido á la inagotable benevolencia de la Igle- 
sia para con sus hijos fieles; con él demostrábamos, 
como lo hace la Bélgica, la nación más libre y mejor ad- 
ministrada del mundo, que el progreso moral, que se ha- 
lla sólo en la Iglesia de Cristo, no sólo no está reñido, sino 
que es el gran propulsor de todos los progresos mate- 
riales, pues todos pueden y deben contribuir al reinado 
de Jesucristo, á la difusión del Evangelio, y á la salva- 
ción de las almas ; con él reivindicábamos, por fin, ese 
título de liberales, que nos han arrebatado, para hacerse 
con él una careta siniestra, los eternos enemigos de la 
libertad cristiana. 

Pero, señores, dejemos que esa ráfaga del porvenir 
pase rápida sobre nuestro presente, despertando sólo lo 
que debe despertarse. Es ahora en mis labios como la 
ráfaga aquella de la mañana que, según el poeta, re- 
fresca la frente del labrador dormido, y le dice ¡leván- 
tate y trabaja!; toca las plumas del gallo entumecido, y 
le dice ¡despiértate y canta!; sacude las ramas de los 
árboles inmóviles, y les dice ¡despertad á vuestros ni- 
dos!. . . Pero atraviesa el inmediato cementerio de la 
aldea que sacude el sueño, y, al pasar sobre las tumbas 
silenciosas, les dice con un ritmo melancólico y sutil: 
¡ Muertos, dormid ; no es hora todavía ! 



254 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 



No es hora todavía, señores ; sólo como de un ensueño 
de nuestras almas podemos hablar del anhelo generoso 
de la organización política del elemento católico ; hay 
circunstancias que se oponen á ello. Pero eso, lejos de 
excluir la unión eficaz de ese elemento en que están 
cifradas las esperanzas de la patria, debe estimularnos 
en la realización de esa unión firme en lo accidental de 
que antes os he hablado, que es el objeto perseguido 
por este congreso que celebramos en homenaje á Jesu- 
cristo Redentor, y que bien pudiera ser un primer es- 
tremecimiento que anuncie la aurora del sábado, el re- 
surrexit del ángel luminoso, bajado del cielo para remo- 
ver la piedra del sepulcro solitario. 



Señores : 

Ha habido naciones en que, por haberlo merecido, 
Dios ha suscitado eminentes ciudadanos que, por sus 
virtudes, sus talentos y sus prestigios, han sido acla- 
mados unánimente por los católicos, como los caudillos 
indiscutibles y providenciales de su causa: O'Conell en 
Irlanda, Mallincrodt y "Windthosrt en Alemania, "Wal- 
ker Martínez en Chile, han constituido, por si solos, 
núcleos de unión y de resistencia primero, y bandera de 
victoria después. 

Entre nosotros, señores, ese hombre de talentos y 
virtudes excepcionales, ese Windthort oriental, que 
pudiera ser por si solo núcleo de unión y esperanza de 
victoria, no aparece todavía ; el mensajero no ha llegado 
aún ; acaso está en viaje hacia nosotros, y llegará cuando 
sepamos merecerlo ; pero aún no está aquí, ó, si está, 
no sabemos distinguirlo. 



UNIÓN CATÓLICA DEL URUGUAY 266 

J 

Nos es, pues, indispensable formar una entidad colec- 
tiva que lo sustituya, sumar todos nuestros pequeños 
méritos, todos nuestros ])equefios prostituios, renunciar 
á nuestras opiniones individuales, olvidar, aniquilar 
nuestra propia personalidad, para fundir, con abnega- 
ción cristiana, todos esos méritos, todos esos prestigios 
en la entidad colectiva que hemos aclamado con el nom- 
bre de Unión Católica. 

Aseguran algunos teólogos, señores, que si se diera 
el caso de un hombre que hubiera guardado la ley na- 
tural, y se acercara á la muerte sin haber podido reci- 
bir el bautismo, que es la llave de oro de las eternas 
puertas azules, Dios enviaría expresamente un ángel 
que derramara sobre la cabeza de aquel justo las rege- 
neradoras aguas bautismales. 

Yo casi me atr-evería á afirmar que, si se diera el 
caso de que el elemento católico oriental fuera fiel á 
las bases de unión en la acción, que acaba de sancionar 
libremente en este tercer congreso uruguayo; si lle- 
vara lealmente á la práctica la resolución de prestigiar 
y vigorizar la autoridad colectiva que se ha dado con 
la elección del directorio de la Unión Católica, Dios 
suscitaría, tarde ó temprano, en el laicato católico 
oriental, el hombre superior á nosotros, el hombre de 
inteligencia, de abnegación, de acción y de carácter, de 
prestigio y de autoridad, á quien podríamos aclamar 
unánimemente como el caudillo laico providencial que 
en otros pueblos ha sido la gloria del catolicismo, y el 
tipo excelso del soldado de Cristo. 

Sin ese espíritu de unión y disciplina, señores, no 
aparecerá jamás el Windthort de la nación uruguaya; 
y si apareciera, pasaría inadvertido, así fuera un verda- 
dero genio profético. Sin esa unión, no organizaremos 



256 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

jamás nuestras fuerzas ; no estaremos jamás habilita- 
dos, por consiguiente, para instaurar y llevar á efecto las 
grandes reivindicaciones que todos unánimemente an- 
helamos. 

Sí, todos las anhelamos, señores, y quisiéramos reali- 
zarlas nosotros mismos, ¿no es verdad? quisiéramos 
realizarlas en el día de hoy, y muy radicales, muy jus- 
ticieras, sin transacciones con el mal. 

¡ Oh, los extremistas, los mártires de deseo ! ¡ Qué sim- 
páticos son! 

Y sin embargo, señores, no siempre son los que de- 
ben predominar en la acción cívica, si hemos de seguir 
el consejo del Evangelio, de ser candidos como palomas, 
pero también astutos como serpientes. Esos extremis- 
tas, señores, no son, por otra parte, los más perseveran- 
tes; no siempre se les encuentra en primera fila en los 
momentos de acción. Todo leader de una grande idea, 
dice un eminente pensador, tiene que luchar, por una 
parte, con los enemigos abiertos y declarados de la idea; 
y, por otra parte, con su defensores ó abogados extre- 
mos, que desean lo imposible, y que dan la mano á sus 
opositores extremos, por tal de batir á los amigos razo- 
nables de dicha idea. 

El generoso anhelo de realizar hoy mismo, sin pér- 
dida de minuto, nuestros propósitos, señores, me re- 
cuerda la historia de Clodoveo, el rey sicambro, aun 
fiero y recién convertido al cristianismo. Cuando, con 
los ojos muy abiertos y apoyado en su enorme mando- 
ble, oía el doloroso relato de la pasión de Nuestro Señor 
Jesucristo; cuando se le narraban sus persecuciones, su 
prisión, sus escarnios, sus suplicios, su muerte ignomi- 
niosa en medio del abandono de los hombres, el nuevo 
•cristiano semibárbaro sentía que se estremecían todas 



UNIÓN CATÓLICA I»HL URUGUAY 257 



las fibras de su ser, apretaba nerviosamente el puño de 
su espada, y decía siniestro, y noblemente rencoroso: 
¡oh, porqué no eataha yo allí con mu francon! Va\ luf^ar 
de decir, como debe decir un cristiano, ¡oh, porqué no 
estaba yo allí con mis pecados!» 

No debía el sicambro, señores, desear pelear á todo 
trance por Cristo, sino sufrir con Cristo ; no debía de- 
sear matar con sus francos á los judíos perseguidores y 
deicidas, sino matar, ante todo y sobre todo, sus propias 
pasiones, su falta de caridad, su fe en si mismo conpres- 
cindencia de la inspiración y del auxilio de Dios. De la 
indiferencia á la muerte de la fe, no hay más que un 
paso, es cierto, señores; pero no es mucho mayor la dis- 
tancia que separa el celo puramente humano, de la so- 
berbia y de la muerte de la caridad. 

Cuando consideremos, pues, señores, las persecucio- 
nes de que es objeto la Iglesia, no pensemos, como el 
bárbaro sicambro, ante todo y sobre todo, en aniquilar 
á sus perseguidores ; pensemos antes en nuestras indi- 
ferencias para con la causa de Jesucristo, que nos hacen 
ser católicos después de todo, en vez de serlo antes que 
todo; pensemos en nuestros actos de soberbia ó de amor 
propio, que dificultan la unión de los católicos, único 
medio de luchar con eficacia ; pensemos en la adhesión 
desordenada á nuestros propios pareceres, que hace que, 
como dice Kempis, seamos movidos muchas veces por 
la pasión, cuando creemos que somos movidos por el 
celo. Pensemos en eso, señores; ratifiquemos una y mil 
veces las protestas de unión católica que hemos formu- 
lado con tanto entusiasmo en este congreso, y dejemos 
á Dios el resto. 

Cristo no necesita, para triunfar, de la espada del rey 
franco; si El rogara á su Padre, éste le enviaría doce 

CONF. Y DISC. 17. 



258 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

legiones de ángeles para defenderlo; pero Él, en su mi- 
sericordia infinita, no ha querido arrebatar al hombre 
la gloria de reemplazar á los ángeles en esa pugna su- 
blime. 

Démosle gracias, señores, porque nos ha elegido para 
tan excelsa misión, y bendigamos una y mil veces su 
nombre, porque nos ha permitido unir nuestra voz á la 
voz del universo, que, al finalizar el siglo xix y comen- 
zar el siglo XX, aclama á Jesucristo Redentor de la hu- 
manidad, y hace flotar entre el cielo y la tierra el in- 
menso clamor de gratitud y de esperanza: Cristo vive, 
Cristo reina, Cristo impera, por los siglos de los 

SIGLOS. 



Bodas de Plata del Club Católico 

Discurso pronunciado en la velada celebrada en el Club Católico 
de Montevideo, para celebrar el XXV aniversario de su íun* 
dación. 



SUMARIO 



El Clnb, casa nadre 4e (odaa las iostltuclones laicas de la re- 
pública. — Sd fnndacióo por Monseñor Vera. — Sltaacióo del 
país en aqael eoíonces. — Sos jóvenes fundadores. — Hora- 
cio Tabares, primer presidente. — El doctor Soler. — El pri- 
mer Arzobispo de Montevideo. — Obras qne se ban despren- 
dido del Clnb. — " El Bien Público", los "Clrcolos de Obre- 
ros", la "Unión Católica del Uruguay ". — Misión que se 
ba reservado el Club. — Paz y alegría. — Los coros de ni- 
ñas. — La poesía. 



Pocas palabras debiera agregar, Excelentísimo Señor, 
á las magistrales con que Vuestra Señoría se ha dig- 
nado conmemorar el vigésimo quinto aniversario de la 
fundación de nuestro Club Católico ; pero me ha cabido 
la fortuna, señores, de presidir el Club en esta fecha 
despertadora, y, por más que la simple palabra hablada, 
y sobre todo la mía, puede disonar, si absorbe demasia- 
dos compases, entre los cantos y los acordes musicales 
de esta fiesta, yo estoy en el caso de llenar los deberes 
de mi cargo . . . 

He ahí, señores, que, mal de mi grado, y á despecho 
y pesar de mi aversión á las fórmulas oratorias, me he 
dejado arrastrar por una de ellas, acaso la más afónica. 
Nó, señores, os ruego que no me creáis. No es el cum- 
plimiento de un deber el que me hace hablar con voso- 
tros en la plenitud de esta velada. Yo me alegro, con 
una alegría que me parece casi infantil, de poder ser 
yo quien presida, y quien celebre con la palabra, que 
también puede ser melodía, las que llamaremos bodas 
de plata de este nuestro Club Católico; de esta institu- 
ción amable en que me parece ver concentrada mi vida 
casi entera; de esta casa tan poblada de mis recuerdos, 
que se asoman para mirarme de detrás de todas las co- 



262 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

sas que me rodean; de este centro tan impregnado de 
esa mezcla de alegría y de tristeza, de horas prósperas y 
adversas, de triunfos y de desastres, de esperanzas, y de 
glorias y de desencantos, que van quedando en el tiempo 
detrás de nosotros, como una niebla que dejamos en el 
valle á medida que vamos subiendo la cuesta, y que uno 
mira largamente, cuando alcanza una cumbre en que 
puede sentarse á descansar. 

Veinticinco años es mucho tiempo, señores; estamos, 
sin duda alguna, en una cumbre. Descansemos, pues ; des- 
cansemos, ya que desde aquí se ve bien á lo lejos, y celebre- 
mos á nuestro Club, que ya tiene su interesante historia. 

Este Club Católico de Montevideo es la casa madre 
de todas las instituciones laicas católicas de la repú- 
blica; su aparición marcó una nueva era en nuestro 
país. Nació en el regazo de un santo: fué Monseñor 
Vera quien lo fundó ; Monseñor Vera era un santo. 
Se constituyó con un pequeño núcleo de jóvenes, 
casi niños, en una época muy distinta de la nues- 
tra, oh sí, muy distinta. Entonces nadie odiaba á los 
católicos; con despreciarlos era bastante, si es que al- 
guno se atrevía á recoger el honor de ese desprecio. Los 
publicistas de nuestro país, los poetas, los hombres 
prestigiosos de la sociedad, del foro, de las letras inci- 
pientes, eran casi unánimemente incrédulos, ó desdeño- 
samente indiferentes. Y como entonces se les juzgaba 
sabios eximios, su palabra, que sólo era la reproducción 
de algunos escritores franceses, no siempre bien tradu- 
cidos, era una palabra solemne, profética, que hacía 
silencio en torno suyo. Así era de enfática. Ese énfasis 
se reflejaba naturalmente en nuestra prensa, que, salvo 
el pequeño y valiente semanario que se llamaba El 
Mensajero del Pueblo, dirigido por don Rafael Yéregui, 



BODAS 1)K l'l.ATA UVA. CLUB OATÓIJCO 2r»:i 



el virtuoso sacerdoto, era unánimemente anticriHtiana 
La universidad de la república constituía el vivero en 
que los jóvenes se formaban |)ara la incredulidad; su 
profesorado, su librería, «u atmósfera, todo era olvido 
ó negación, desdén olímpico sobre todo, del principio 
religioso que, fuera del templo, se refu^^iaba en la fami- 
lia para no morirse de frío. 

^,Quó había de ser de un joven cristiano que en esa 
universidad caj'^era, y que sintiera sobre su alma el peso 
de aquella atmósfera? 

Quizá ese joven se sentaba en las aulas al lado de 
otro que, como él, amaba sus creencias maternas, }', 
como él, sufría al principio congojas de muerte al ver- 
las despreciadas; pero ambos callaban, como callaba el 
de enfrente, y el otro, y el otro de más allá. Se encon- 
traban, pues, solos,' y, por fin, acababan por reírse como 
los demás de sus propias creencias heridas de muerte. 
¡Se reían de miedo y de dolor! 

¿Y qué habían de hacer ante el prestigio del profesor 
que creían eminente, ante las risas burlonas del corri- 
llo, ante la convicción, al menos aparente, de todo el 
mundo, que condenaba á desdén mortal la fe. el culto, 
el sacerdocio? 

Si alguna sociedad literaria de jóvenes se constituía, 
ella se formaba de jóvenes estudiantes de la universi- 
dad. Y es claro que ellos no podían decir y pensar sino 
lo que habían oído y aprendido de sus maestros; y, para 
descollar, procuraban superar á éstos en manifestacio- 
nes radicales contrarias á la Religión, por lo mismo que 
sabían menos que aquéllos. Eran más olímj^icos, más 
dogmáticos, }'■ se llamaban á si mismos espíritus fuertes, 
fundados precisamente en su desventurada debilidad. 
Es ese un fenómeno común bien conocido. 



264 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 



Entonces fué, señores, cuando se reunieron los pri- 
meros jóvenes del Club Católico en casa de Monseñor 
Vera, para organizar este Club. Se reunieron á lanzar el 
pequeño guantelete de hierro que arrancaban marcial- 
mente de sus manos, á la incredulidad dueña del campo, 
é iniciar, como ellos mismos lo decían con lírico desen- 
fado, la regeneración de la jDatria. Querían tribuna 
para liacer sus protestas de fe generosas y enérgicas; 
para prestar en voz alta el juramento de fidelidad sobre 
la empuñadura de la espada ; para cerrarse ellos mis- 
mos la retirada liacia la apostasía. Los bravos conquis- 
tadores quemaban sus naves. ¡ Los bravos conquista- 
dores ! 

Tengo que defenderme de mis propios recuerdos, 
señores, para no ser demasiado largo. Yo pierdo muy 
fácilmente la conciencia del tiempo que transcurre, 
cuando os hablo de cosas que nos son amables. 

Pero dadme algunos minutos, os lo ruego, para algu- 
nas de mis caras memorias personales. Yo estaba en- 
tonces lejos de la patria; estudiaba en Chile, donde no 
pasaba lo que aquí. Yo allí no tenía el mérito de mis 
amigos de Montevideo al profesarme católico : yo estaba 
en valiente compañía. Pero era yo joven también, casi 
niño, como mis amigos de la tierra natal ; ansiaba vol- 
ver á ella, y, como aquéllos, sentía lo que podría lla- 
marse la soberbia de mi fe, la necesidad de ser, si se 
quiere, perseguido, de ser odiado, pero no desdeñado 
por profesarla en la patria. Yo no sé, señores, cómo 
definir ese sentimiento de mi primera juventud, esa 
indignación que me inspiraba la cobardía de los cató- 
licos vergonzantes, ese horror que me infundía la idea 
de poder yo llegar á formar parte de su manso rebaño. 



IlODAH I>K I-I, ATA l)i;l, I'IA'U < ATÓMCO 'JG5 

Muchas vt'cos lie j)(Misa(Jo en si no ha influido en mí 
demasiado la soberbia, que tantas veces se confunde 
con la dignidad, j)ara resolverme á mi actitud de cons- 
tante batalla por mi fe. Pero si en eso ha habido culpa, 
yo no puedo menos de decir, con el libro sagrado: oh 
felix culpa, oh culpa feliz, que nos ha merecido un Re- 
dentor. Mis amigos me saludaban desde aquí, me llama- 
ban á su lado; yo apresuraba la terminación de mi 
carrera, y les contestaba con gritos líricos llenos de en- 
tusiasmo, que transponían los Andes, y que hoy, trans- 
poniendo el tiempo pasado, regresan á mi memoria en 
un recuerdo vibrante y lleno de color. Allá voy, les 
decía; seguid en la noble empresa, y esperadme; reser- 
vadme mi puesto, el último entre vosotros. 

Y vine, y ocupé mi puesto, y aprendí virtudes de mis 
buenos compañeros, y recogí de ellos ejemplos y entu- 
siasmos, y estímulos, y luché al lado de ellos, y aquí 
estoy todavía, después de veinticinco años, en el lugar 
que entonces ocupé ... Y he ahí, señores, porqué os dije 
al principio que siento mía grande alegría, una alegría 
compleja y difícil de definir, al verme todavía aquí, en 
la misma tribuna, proclamando la misma fe de mi juven- 
tud, animado de la misma esperanza, y sintiendo el 
mismo fuego sagrado en el corazón, á pesar de que ya 
comienza á nevar en mi cabeza. 

Yo doy gracias á Dios por ello. Démoslas todos los 
que perseveramos, señores; hagamos de esta fiesta, ante 
todo y sobre todo, luia armoniosa acción de gracias. A 
medida que la eternidad se acerca, el don de la fe va to- 
mando proporciones á nuestros ojos, y concluirá por 
identificarse con la misma eternidad. 



266 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

Acabo de recorrer, señores, ^^n cuaderno pequeño, 
lleno de correcciones y enmendaduras, que contiene el 
acta de fundación y las de las primeras sesiones de este 
Club. Es de ver y de celebrar el candoroso celo de após- 
toles de los jóvenes fundadores. Se armaban apresurada- 
mente; estudiaban las posiciones propias y las del enemi- 
go; discutían temas de filosofía, de apologética cristiana, 
de ciencias físiconaturales; organizaban sociedades cien- 
tíficas y literarias; adoptaban todas las actitudes de los 
grandes reformadores. No cabe en los límites que me 
he trazado el detallar ó describir aquellas sesiones tan 
llenas de carácter, ni el pronunciar los nombres de aque- 
llos jóvenes. No debo hacer esto último tampoco, por- 
que todos ó la mayor parte de ellos están en la labor, y 
deben continuar la jornada. 

Aun no ha llegado, oh amigos, la época de los triun- 
fos ; y si, mereciéndolos, no llegara nunca sobre la tierra 
para nosotros, ¿que más quisiéramos? ¿no es verdad? 
¿qué más quisiéramos nosotros? 

Desdeñemos, oh amigos, los triunfos de la tierra; sólo 
sirven muchas veces para arrebatarnos algún ahorro 
de méritos que reservamos para el cielo, y que al fin . . . 
al fin acabamos acaso por malgastar en terrenales ba- 
ratijas de oropel. Sigamos todos la jornada; el triunfo 
€s sólo del que persevera, y aun las penas tienen su 
día de alegría para un cristiano: el último día de la vida. 



Pero parece, señores, que la Providencia quiso dejar- 
nos, para que lo celebremos, un símbolo personal y per- 
manente de aquellos esfuerzos juveniles, arrebatando 
prematuramente á la vida al que presidía las claras se- 
siones de la mañana de este club. Y, ahí lo tenéis, seño- 



nODAS I)K l'LATA l>KL CLfH CATí'njCO 2U7 



res, (seftalando el retrato que Hecora el testero princi- 
pal dol salón ) |)rt'KÍ(Ji«Muio pnrj)»'tuani('nte laH nuí^strax, 
•con esa sonrisa pensativa de los (pie miran desde el 
otro lado de la muerte. . . 

Es Horacio Tabaros, cuyo rá[)ido coraz<>n no tuvo 
necesidad de esperar la noche para haber terminado su 
día; 68 un joven casi desconocido, casi sin nombre, sin 
historia, y que, sin embargo, vivirá en nuestra tierra 
mientras viva la causa que defendemos. 

Ahí está, señores, colocado entre los proceres de la 
patria: está bien, está en su puesto. 

El es y será el símbolo casi inmaterial del joven cre- 
yente que, habiendo bebido la fe cristiana en el regazo 
materno, no sólo no reniega de ese santo legado, ni lo 
arroja lejos de si con miedo y vergüenza, como el sol- 
dado cobarde su uniforme, á la primera aparición del 
«nemigo, para no ser reconocido, sino que, por el con- 
trario, ostenta su ejecutoria de familia, de hijodalgo de 
la fe, exhibe sus títulos de legatario del cielo, toma po- 
sesión del solar de sus abuelos, y defiende el honor y 
los blasones de su estirpe. El no reniega de la Iglesia 
su madre, por verla renegada de algunos de sus herma- 
nos ; él no la abandona ni se esconde por verla perse- 
guida ó escarnecida ; él no puede permanecer indife- 
rente ante la escena de agresión injusta. El movimiento 
instintivo de su alma es radicalmente el contrario: 
siente la necesidad de acometer, de interponerse entre 
el agresor y la madre inerme atropellada, de aplastar 
á aquél, de estrangularlo entre sus dedos, y de arro- 
dillarse después ante su madre, y besarla en la frente. 
y pedirle perdón por haber abrigado un rencor irresis- 
tible hacia el hermano parricida. 

Eso es lo que simboliza, señores, ese joven primer pre- 



268 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

sidente del Club Católico, El es recuerdo, es ejemplo, 
es victoria. El perdura, felizmente; está entre vosotros, 
está en vosotros, oh mis jóvenes amigos que formáis en 
este club; está en aquellos de vosotros que vais todos 
los años á renovar y retemplar vuestra profesión de 
fe personal, y la colectiva de esta institución, en nues- 
tras eucarísticas reuniones en torno de la divina mesa 
presidida por Cristo en persona, por Cristo -Hostia, por 
Cristo amor; está en aquellos de vosotros que concurrís 
á las aulas de nuestra universidad, y, profesaijdo con 
fortaleza vuestra fe católica, y descollando en ellas por 
vuestros talentos y vuestras virtudes, rompéis allí la 
antigua hegemonía de la incredulidad, que hacía silen- 
cio en torno suyo, y parecía pasearse entre vencidos; 
está en aquéllos de vosotros que concilláis la cultura y 
el desenfado y los prestigios de la vida social, con los 
ejemplos y la caballeresca honestidad de la vida y de las 
prácticas cristianas ; en aquellos de vosotros que culti- 
váis las ciencias y las letras y las artes, contribuís á 
levantar el nivel intelectual de nuestra patria, y pres- 
táis vuestro concurso á sus progresos y á su gloria, sin 
por eso apostatar de vuestra fe, antes por el contrario, 
ofreciéndoos como prueba viviente de que ella es pro- 
greso, es bienestar, es gloria, es alegría. 

Dad gracias á Dios, oh amigos, porque sois así; El os 
ha dado vuestra fe; El os ha infundido vuestra energía; 
El ha encendido la lámpara sagrada en vuestras almas. 
Pero confesad que este Club Católico, que os preparó 
la generación anterior, ha sido uno de los instrumentos 
de que El se ha valido para hacer sentir su inmensa 
misericordia en vuestros jóvenes espíritus. Amad, pues, 
esta casa, miradla siempre como la casa solariega que es 
vuestra herencia, y celebrad conmigo, con alegría y gra- 



BODAS DB PLATA DBL CLUB CATÓLICO 269 



titud, el vigésimo quinto aniversario de la colocación 
de sus primeros sillares. 



He dicho, señores, que no me es posible recordar los 
detalles de la fundación de nuestro club. Pero al lado 
de la matinal figura, apagada en la muerte, de su joven 
primer presidente, yo veo otra de muy distinto carác- 
ter, que en vano he pretendido desvanecer en el con- 
junto; ella se me ha impuesto, me ha salido al encuen- 
tro de todas las páginas del primer libro de actas que 
acabo de recorrer. Es la de un joven también, un joven 
sacerdote, que, llegado recientemente en aquella sazón 
de Roma, donde había terminado brillantemente sus es- 
tudios y recibido las sagradas órdenes, se constituyó, 
gracias á su rotación vertiginosa, en núcleo de atrac- 
ción de todos los elementos católicos dispersos en el 
país. El fué, sin duda alguna, quien sugirió á Monseñor 
Vera la idea de la fundación de este club. 

¡Qué entusiasmo, señores, qué actividad, qué ubicui- 
dad^ iba á decir, la de aquel joven propagandista! Es- 
taba en todas partes: en la cátedra, en la tribuna, en el 
gabinete científico, en las academias recién nacidas, en 
el corrillo de los jóvenes á que antes me he referido, y 
que lo rodeaban fascinados; él es el alma, es el nervio, 
es el eje de todo aquello. Funda un liceo ó universidad 
católica, en que se forma la mayor parte de los que hoy 
presiden nuestro movimiento ; establece sociedades cien- 
tíficas y literarias; organiza museos, gabinetes y labo- 
ratorios; publica libros de ciencia, de controversia, de 
historia; da conferencias apologéticas, en que pone de 
manifiesto su gran caudal de ciencia y de erudición: 
provoca discusiones públicas, en las que se ve asaltado 



270 CONFEBENCIAS Y DISCURSOS 

por legiones tempestuosas que vociferan, mientras él 
permanece sereno, impasible como esfinge de piedra. 
Ese joven sacerdote providencial fué el organizador de 
todo cuanto hoy existe en materia de organización ca- 
tólica en nuestro país; él ha sido siempre, desde enton- 
ces, el conservador de todo, á través de todas las difi- 
cultades y desalientos, el ejemplo de toda virtud, de 
toda fortaleza, de toda abnegación; él ha aceptado, 
como talladas expresamente para él, todas las cruces 
que son el lote obligado del propagandista católico en 
nuestros tiempos ... Y, para no rechazar, señores, la 
más pesada de todas, que le fué impuesta por Dios de 
una manera providencial, ha aceptado por fin la cruz 
pectoral de prelado del Uruguay. 

Ese joven sacerdote, que fué el alma y el nervio prin- 
cipal de la fundación de este club, no ha muerto, señores, 
gracias á Dios, como Tabares ; está ahora, felizmente, 
entre nosotros, y tiene que hacer un nuevo sacrificio 
en obsequio de su causa, al resignarse á escuchar mis 
palabras: es Monseñor Soler, dignísimo y querido pre- 
lado metropolitano del Uruguay, que preside nuestra 
fiesta, y á quien, en nombre de este club, que fué su obra, 
presento reverente las protestas de nuestra gratitud y 
nuestro amor. Se las presento, señores, sin el más mí- 
nimo temor de envanecerlo ; oh, no hay cuidado. Yo bien 
sé, señores, cuánta verdad encierran Jas palabras que 
él se ha arrancado del alma generosa, para escribirlas, 
como mote heráldico, en su escudo episcopal: Absit 
gloriari nisi in cruce. Mi sola gloria es la cruz. 



He dicho, señores, que el Club Católico de Montevi- 
deo es la casa madre de todas las instituciones laicas 



BODAS DID PLATA DBL CLUB CATÓLICO 271 

militantes del país, y que, por consiguiente, esta fiesta 
es la fiesta de todas ellas. 

Efectivamente: todas las obras que, en el transcurso 
de los últimos veinticinco ufios, han nacido en defensa 
de la causa de Jesucristo y de su Iglesia, son ramas del 
tronco aquél, brotado á su vez de un grano de mostaza 
fecundado por Dios, De aquí salieron la idea, los re- 
cursos y los redactores (|ue dieron nacimiento á El liien 
Público^ primer diario católico de la república, que, al 
través de vicisitudes de todo género, permanece aún, 
más vigoroso que nunca, y celebrará muy pronto, como 
el Club Católico, su vigésimo quinto aniversario; de 
aquí salió el pensamiento de la celebración periódica 
de nuestros primeros congresos católicos; de aquí el de 
la creación de los círculos católicos de obreros, que hoy 
están difundidos en toda la república, y son el tesoro de 
nuestra causa; aquí nació, por fin, la Unión Católica 
del Uruguay, entidad cívica á la que convergen todos 
nuestros elementos de acción, incluso el mismo Club 
Católico, que á ella envían sus representantes, á fin de 
constituirse en un gran organismo de funciones ordena- 
das, que debe pugnar, en todos los terrenos á que los 
acontecimientos lo conduzcan, por el triunfo de los 
ideales cristianos en nuestra patria. 

Todas esas instituciones, nacidas de este fecundo 
Club Católico, tienen su autonomía, sumisión, su carác- 
ter determinados. Yo quisiera hablaros de todas ellas, 
pues no por haberse desprendido del Club, dejan de ser 
vida de su vida, y calor de su circulación. Yo quisiera 
hablaros de la unión en la acción católica, de la protec- 
ción á la prensa, al diario católico, cuya difusión es el 
más fiel, iba á decir el único barómetro para poder 
apreciar el verdadero estado del espíritu católico con 



272 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

relación á la defensa de su causa. Porque es notorio, se- 
ñores, que existen católicos muy piadosos, muy cum- 
plidores de sus deberes religiosos, pero con los cuales 
no hay que contar para nada, cuando se trata del es- 
fuerzo cívico destinado á defender de la ruina los 
mismos templos á que ellos concurren, las mismas co- 
munidades religiosas de que ellos se sirven para sus 
ejercicios de piedad individual, los mismos sacramentos 
que ellos reciben con ejemplar devoción. Yo os hablaría, 
señores, como lo he hecho aquí mismo hace algunos 
días ante un numeroso auditorio de hombres bien in- 
tencionados, del deber premioso en que están los cató- 
licos, todos, absolutamente todos, de no mirar con indi- 
ferencia la lucha empeñada por todas partes, y también 
aquí, entre la causa de su fe religiosa y sus encarniza- 
dos enemigos ; de formar en ese laicismo católico de que 
tan expresivamente acaba de hablarnos nuestro ilustre 
prelado metropolitano, que es su cabeza; de no dejar 
abandonados á los que luchan en las primeras filas ; de 
no contar con que estos lo harán todo, porque ellos nada 
podrán emprender, nada podrán hacer, sin exponer su 
causa á grandes fracasos por imprudencia, mientras no 
nos vean á todos unidos, compactos, disciplinados y dis- 
puestos á resistir y á obedecer la orden de marcha ha- 
cia adelante. Oh, la indiferencia, la venenosa indiferen- 
cia, la higuera maldita del Evangelio! Es niebla que 
envuelve la fe rutinaria ó moribunda ó muerta, y crece 
en torno de las almas frías, como los cipreses en torno 
de los sepulcros. 

Pero yo comprendo, señores, que el desarrollo de esos 
temas no daría una nota justa en el acorde de esta fiesta; 
son demasiado serios, lo comprendo. Precisamente para 
-evitar esas disonancias se han desprendido del Club las 



MODAS DIO I'LAIA DKI, CI-t'M (JAT(')I,ir() 27¡l 



vipjorosas ontidaHos A qno antnB mo he reforido, llnvén- 
dono cada una do «*Ilas, coino oaráctor propio, una [larte 
d^'^ las alril)ii('i()ii(iH que, (mi mi principio, estaban todaH 
en germen ó (M1 actividad, en esta institución madre. 



¿Pero qué se ha reservado entonces, me diréis, como 
misión caractorística, el Chib Católico do Montevideo? 

Pues bien : sin haber abandonado ninguno de sus 
idéalos primitivos, pues nada de lo que interesa la causa 
católica puede serle ajeno, este club se ha reservado 
algo de vital imj)ortancia, que lo ha mantenido y lo 
mantiene, como es notorio, en plena y fácil prosperi- 
dad : se ha reservado el carácter de núcleo de la cul- 
tura intelectual y social que fluye de la vida y de los 
principios cristianos. El club es centro de cultivo de 
las ciencias, de las letras y de las artes ; es, muy espe- 
cialmente, centro de reunión, de contacto, de presti- 
gio para la fe, y de mutuo estímulo para la juventud 
católica; es, por fin, vuestra casa, señores, vuestra casa 
muy especialmente, señoras; un ensanche ó una con- 
centración de vuestros salones domésticos, que, refun- 
diéndose periódicamente en este salón de predilección 
para vosotras, á fin de formar estas amables veladas, 
trae en vosotras para nuestra causa un preciosísimo con- 
curso: el perfume del hogar, el prestigio de la virtud, 
la expansiva alegría que de esa virtud procede, el bri- 
llo, que constituye el principal atractivo para la gene- 
ralidad de las gentes, y que los enemigos de la causa 
católica hubieran querido monopolizar, presentando á 
esta como un simple conjunto de dolorosas é insocia- 
bles austeridades. 

Oh, el contento, el bienestar, la afectuosa comunica- 

COSF. T DISC. 18. 



274 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

ción de las gentes, la alegría de vivir! ¿Acaso las cosas 
buenas han sido hedías por Dios sólo para el placer de 
los malos? ¿No han de ser también premio y estímulo 
para los que creen en El y agradecen sus beneficios, al 
par que recurso eficaz para propender á la gloria del 
Autor de toda alegría verdadera y de todo bienestar? 

Oh nó, no es cierto, señores, como algunos lo han 
pretendido, que el espíritu del cristianismo imponga, 
como condición de la felicidad eterna, el sacrificio de la 
felicidad y la alegría terrenales; no es cierto quetodas 
las instituciones católicas, por el hecho de ser tales, han 
de ser instituciones de penitencia. 

La alegría es cristiana^ y sólo el cristianismo es ale- 
gría verdadera. 

El ángel que anunció á los campesinos el nacimiento 
del Redentor, les dijo: No temáis, porque vengo á anun- 
ciaros una grande alegría: os ha nacido un Salvador. Y 
los que cantaban en lo alto anunciaban paz, paz á lo& 
hombres. 

Paz y alegría; ese es el espíritu de la nueva ley. 
Nuestra Religión, señores, es la Religión de la alegría y 
de la paz. Nada más lejos de ella que los anatemas del 
filósofo indostánico, que algunos han querido presentar 
como el precursor del divino Redentor de los hombres. 
¡ Ay de la juventud que debe ser destruida por la vejez! 
decía el vate sombrío. ¡Ay déla salud, que tantas enfer- 
medades aniquilan! ¡Ay déla vida, en que el hombre 
sólo algunos días permanece! ¡Todo es vacío ; toda subs- 
tancia es vacío; la existencia es el mal! 

La existencia es el bien, señores ; la juventud es el 
bien; la salud es el bien. La fe cristiana nos enseña la 
conformidad, si esos bienes nos faltan ; nos dice que su 
ausencia no es el mal, y hasta nos enseña que es bien- 



JI<»I)AS l»K n.ATA DKI- CLUB CATÓLICO 275 



aventurado el <in(^ sufre y el (jue llora. Pero no ¡jor eso 
deja do serlo también el (jue ríe con la risa (jue ch re- 
flejo de la serenidad del alma, ni el que goza con grati- 
tud do los dones naturales de Dios. 

Víctor Hugo, en sus épocas de fe, decía á la joven y 
candorosa obrera de la l)ohardilla: 

Soifl joyeuse. La foi vit siius i iivislerité; 
Un des reflets du ciel, c'est le rire des ferames; 
La joie est la chalour qui jette dans les ames 
Cette ciarte d'en haut qu'on nomme vérité. 

Sí, señores; la serenidad del corazón es naturalmente 
luz y sonrisa en los ojos y en los labios; es, en la voz, 
afectuoso sonido; es, en el trato de las gentes, cultura, 
amabilidad, deseo de compartir con nuestros semejantes 
la propia felicidad, anhelo de hacer felices. 

¿Qué es, en resumen, la buena educación, sino el cum- 
plimiento estricto de la ley de Dios : ama á tu prójimo 
como á tí mismo, y hazle grata tu compañía? 

La misión social del Club Católico á que me refiero, 
es, señores, mucho más importante que lo que pudiera 
creerlo quien no la examina con mucha atención. Los 
que creen que la Religión debe quedar recluida en el 
templo, en vez de difundirse, como el aire que respira- 
mos, y acompañar al hombre en todas las manifestacio- 
nes de la vida, aun en sus alegrías, aun en sus pla- 
ceres, están equivocados. Oh, muy equivocados : el 
mundo es más grande que el recinto en que viven los 
más perfectos, que, desgraciadamente, no constituyen 
la mayoría de la humanidad. Encerrarse en el santua- 
rio por temor de contaminarse es enterrar, imitando al 
mal servidor del Evangelio, la moneda que nos ha sido 
confiada, por el temor de perderla y no poder dar 



276 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

cuenta de ella. Nó : es preciso hacerla producir ; es ne- 
cesario que aun la vida social produzca gloria de Dios ; 
es menester disputarla á sus enemigos. 



Yo acabo de escuchar verdaderamente conmovido 
los coros de esas niñas vestidas de blanco, que han sido 
quizá, y sin quizá, el principal encanto de esta velada. 
Por ellas muy especialmente, señores, no me lo nega- 
réis, por ellas habéis llenado este gran salón esta noche; 
á ellas creo deber, en gran parte, y no al atractivo de 
mi palabra, el honor de ser escuchado de la gran mayoría 
del selectísimo auditorio que me presta benevolente 
atención. 

He dicho que os he escuchado conmovido, amigas 
mías, y debéis creérmelo. Vuestras voces ingenuas y 
transparentes han pensado dentro de mi mismo, y voy 
á deciros, para terminar mi ya largo discurso, el pensa- 
miento que me han dejado, y que siento vibrar en mi 
espíritu. 

¿ Es acaso el mérito artístico de vuestras voces fun- 
didas en el acorde rítmico lo que ha producido esa re- 
sonancia sugestiva en mi corazón ? 

Debo confesaros francamente que no creo que sea tal. 

Oh nó, no es eso, ciertamente. 

¿No ha tenido entonces ningún mérito artístico vues- 
tro coro? 

Oh, tampoco es eso: habéis cantado como cantan los 
ángeles del bosque, que son los pájaros; como cantarán 
acaso los pájaros del cielo, que son los ángeles .... Nó, 
no temáis tampoco que os vaya á regalar con requiebros 
ó palabras lisonjeras ; mis hijas están también vestidas 
de blanco entre vosotras, y puedo adoptar hasta un tono 



llOltAN ItK II. ATA DICI. (JLUB CATÓLICO 277 

patornal, por conH¡guiont«, para lial)laroa do coKatj tn¿8 
serias <|u<' <>! siniplc projM'tsito de aplaudiros ó do agra- 
daros. 

Mo habéis coiiiiinvido con vuestros cantos, olí amibas 
mías, porque, aunque invisible para los ojos del cuerpo, 
yo he estado viendo, cuando cantabais en coro, detrás 
de cada una de vosotras, otra l'ornuí que se os parecía 
mucho, otro coro (pn» parecía vuestro lierinano: he es- 
tado viendo á vuestras madres que, hace veinte años, 
antes de haber vosotras nacido, cantaban en este mismo 
sitio coros semejantes, muy semejantes al vuestro, y 
formaban un conjunto juvenil, envuelto en gasas blan- 
cas, muy parecido, casi idéntico, al que vosotras formáis 
esta noche. Los dos coros se han fundido en uno solo 
dentro de mí ; acasd se ha agregado á él el que se can- 
tará aquí mismo, por niñas que aun no han nacido, y 
que verán como vosotros veis, en este salón del Club 
Católico, un ensanche de sus hogares cristianos. Y ese 
coro litúrgico del pasado, del presente y del porvenir, 
que acaba de vibrar en vuestras voces, amigas mías, 
significa la perpetua resurrección, la permanencia in- 
conmovible en nuestro país, al través del tiempo, de lo 
que es nuestro tesoro, el antemural inexpugnable y la 
principal garantía de perpetuidad de nuestra fe, que se 
identifica con nuestra patria: hablo de la familia cris- 
tiana de este país, de esa familia tipo de virtudes, que 
tiene por base la piedad religiosa que la informa y 
compenetra; de esa nuestra familia tradicional inex- 
pugnable, que pasa, incontaminada en su fe, fuerte en 
su virtud inmaculada, al través del tiempo y de los 
cambios de costumbres y de exigencias sociales: que con- 
centra y aviva en si misma el calor religioso, alimentado 
por la piedad, á medida que el ambiente nacional tiende 



278 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

á enrarecerse ó á enfriarse por la inevitable agregación 
de elementos extraños; que es nuestro refugio, nuestro 
consuelo, nuestro estímulo, nuestra corona. 

Esa familia, hoy como ayer, ve en el Club Católico 
su casa, se siente en él como en su propio ambiente; 
celebra en él sus fiestas domésticas. Pues bien : ninguna 
gloria mayor podría reflejarse sobre esta institución; 
ningún concurso más eficaz puede traerse á la causa 
que ella defiende y representa en la jDatria ; ninguna ga- 
rantía mayor de la permanencia de la fe católica en 
nuestro Uruguay, al través de las inevitables variacio- 
nes de costumbres. 

Nosotros pasamos, pero nuestra fe permanece ; queda 
en nuestros hijos, á quienes la infundimos; queda en 
vosotras, amigas mías, en nuestras hijas. Nosotros de- 
fendemos esa fe en la tribuna, en la prensa, en la vida 
cívica; hablando, escribiendo, luchando. Vosotras, oh 
amigas, vosotras la defendéis siendo felices con vues- 
tra virtud, la defendéis cantando. Sed, pues, felices; 
sed buenas; alegraos y cantad. 

¿Os sonreís? Pues no hay para tanto, os lo aseguro. 
Vosotras, y toda esa sociedad que envuelve vuestro 
coro en una gran sonrisa de cariño, dais á la acción ca- 
tólica, á este club especialmente, lo que dan las flores á 
la naturaleza: los colores, los perfumes, las formas her- 
mosas, que no son sólo apariencias, porque son vida, 
germinación, promesa; vosotras nos traéis la poesía. 

¿Y quién podrá negar que la poesía es un gran ele- 
mento de acción, y aun de combate por el ideal cristiano 
en la sociedad? Oh, nó, señores: la poesía no se va, 
como ha dado en decirse en estos últimos tiempos : ella, 
que es eflorescencia germinadora de nuestro ser sensi- 
ble, ha sido y será siempre el nervio de las grandes 



BODAS DB PLATA DBIi ULUU OATÓMCO '27i> 



acciones, el aliento del combatiente, la corona del ven- 
cedor. 

Decir que ya no hay [¡ocsía, es decir que ya no hay ro- 
sas, ni auroras, ni sepulcros, ni ruinas; que ya el incienso, 
transformado por el luef^o en nube suplicante, no as- 
ciende al tabernáculo de Dios; (jue ya no cuelga ni col- 
gará jamás la escala de seda de Romeo en los halcones 
de Julieta, mientras la alondra canta en el jardín de 
tonos azulados los cantos de amanecer; que ya no hay 
madres que lloran; que ya no hay niños que mueren; 
que ya no puede existir un soldado herido que dispare 
su fusil haciendo trinchera de la cureña de un cañón 
desmontado por las balas del enemigo, mientras dirige 
su última mirada á la bandera de la patria, que se es- 
fuma en los albores de la vida navegante que se va, 
que se pierde en la infinita transparencia que es azul. 

Pero mientras eso, ¡y tanto más! exista; mientras se 
sienta su repercusión rítmica en el organismo humano, 
¡Droduciendo en él el estremecimiento de la pasión ge- 
nerosa, existirá la ¡Doesía como el motor principal de 
las acciones del hombre; y el Club Católico, al hacer de 
su custodia y de su aplicación á la causa de Dios, uno 
de los objetos principales de su misión ; al vincular las 
severidades de la verdad con los amables prestigios de 
su hermana la belleza, conservará como conserva la ra- 
zón de ser de aquellos sus primeros días de vida, en que 
concentraba en sí todas las obras del laicismo católico: 
en que rompía la hegemonía social de la incredulidad 
prepotente, y en que iniciaba el movimiento de valiente 
fe cristiana, cuyas actuales y múltiples manifestaciones 
son otros tantos títulos de honor para esta robusta casa 
solariega del laicismo católico uruguayo. 



Lavalleja 



Discurso pronunciado en la plaza de la ciudad de Minas, el 12 de 
Octubre de 1902, al inaugurarse la estatua ecuestre del General 
Juan Antonio Lavalleja, Jefe de los Treinta y Tres. 



SUMARIO 



El Biouutnento de la Florida. El héroe de la patria. —Ahí está. 
— El hlmco de loshimn.is: la aclamación popular. — Cómo 
nacen las patrias. — .Artigas el mensajero. — La indepen- 
dencia del Iruguay, ley geológica, etnológica, geográfica y 
sociológica; ley superior á la voluntad de los hombres é 
irrevocable. --La leona herida. — Artigas se ha ido. — La 
espectativa de la patria abandonada. — El nue%o ungido. — 
Lavalleja. — En la Agraciada. — A pie. — Una página de Ho- 
mero. —Cheveste volverá, y volverá con caballos. — Lava- 
lleja á caballo. — El caballo de Lavalleja. — Artigas, Rivera 
y Lavalleja. — Los tres a artices. 



Señores: 

Hace veintitrés años, la patria oriental, templo en- 
tonces sin altares, erigía el primer monumento á su in- 
dependencia en la plaza de la Florida. 

Era aquel un monumento impersonal: era una sonora 
libertad vestida de blanco, que, sacudiendo en la una 
mano las anillas de una cadena, extendía los dedos cris- 
pados de la otra, en actitud de imprecación, y abría los 
labios para dar salida á un grito perdurable, mezcla de 
insulto y de rugido, lanzado contra un ser invisible y 
odioso, que parecía proyectarse en las honduras de los 
ojos resplandecientes de aquella resonante mujer de 
piedra. 

Era aquello un espíritu de mármol ; pero todos sabe- 
mos bien que el instinto popular, que no entiende de 
abstracciones, buscó y halló en aquel monumento un 
héroe ; pronunció unánimemente su nombre : lo canta- 
ron sus poetas; lo aclamaron sus multitudes. Tras la 
noble cabeza griega de aquella mujer vibrante, el pue- 
blo veía una cabeza varonil, caucásica pero muy crio- 
lla, de rasgos duros pero muy serenos, viva, caliente, 
tostada por el sol de la patria, conocida de todos, fami- 



284 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

liar en las almas y en los hogares orientales; el grito 
que salía de la boca de la estatua era ya descifrado por 
el pueblo que lo escuchaba, que lo sentía, que lo acla- 
maba; en la piedra granítica que formaba el pedestal 
del monumento, comenzó desde aquel instante á mode- 
larse por el tiempo la figura que estaba en todos los co- 
razones : la del héroe de la patria designado y ungido 
por la multitud, que jamás se engaña, cuando, al tra- 
vés de las edades, levanta sobre el pavés á los hombres- 
símbolo, y promulga las sentencias irrevocables de la 
gloria. 

Esa figura, señoreS; latente en el cívico altar de la 
Florida, ha brotado por fin de la tierra, ó bajado del 
cielo, después de pasar por el fuego lustral que inmor- 
taliza la forma heroica; se ha movido, buscando el sitio 
en que debía detenerse ; ha atravesado, jinete en su ca- 
ballo de batalla, las melodiosas colinas de nuestra tie- 
rra; ha reconocido en estos cerros, en estos horizontes, 
en el perfume de la gramilla y del trébol de estos cam- 
230S, el aliento de su niñez, el sitio bendecido en que se 
meció su pobre cuna, en que aprendió de los labios de 
su madre á pronunciar el nombre de Dios, en que sin- 
tió por vez primera el amor á su patria, y por primera 
vez oyó el mandato de lo alto que lo predestinaba á 
salvarla, y se ha detenido aquí, y ha sofrenado aquí, 

entre nosotros, su caballo de bronce, y ahí está. 

Para que lo reconozcamos, no ha tenido que pronunciar 
su nombre ; le ha bastado con hacer rodar sobre nuestras 
cabezas ese grito secreto que brota de sus labios calien- 
tes, recién salidos de la fragua: ¡Carabina á la espalda 
y sable en mano! 



I.AVAI.MCJA 286 



Oh, to hornos rcoonocido, vieja y (jU( rida figura pro- 
tagonista (le nuestra leyrin<hi |)atria. ¿(Jóiuo no rooono- 
certo, si, más que del suelo de tn tierra, lias lirotado 
del fondo de nuestras entrañas, como un florecimiento 
musical de nuestra sangre? 

V Te hemos reeonoeido, ¡oh el bravo entre los bravos, 
oh el bueno entre los buenos ! Eres el adolescente aquel 
que salió de entre estos cerros, para formar entre los 
primeros en la legión de 1811; eres el más temerario y 
el más humano al par do los capitanes del padre Arti- 
gas ; eres el coplero aquel que iba á cantar, al son de la 
guitarra campesina, los retos de la patria irreflexiva al 
pie de los bastiones españoles, en las noches estivales del 
primer asedio dé la ciudad cautiva; eres el que, luchando 
contra ciento, sintió, como en su propia carne, el abrazo 
de las boleadoras portuguesas en las patas de su ca- 
ballo, que sólo conocía el temerario camino del peligro; 
eres el del reto de la Agraciada, el del grito al Sa- 
randí. 

Sí, eres tú, viejo amigo, viejo símbolo . . . 

¡Presentes, mi general! 

Has escuchado el himno de la patria con que acaba- 
mos de dártela bienvenida; ese canto litúrgico de nues- 
tras glorias ha cobrado, al resonar en tu honor, una ca- 
dencia nueva, como si se hubiera transformado en un 
himno de justicia. Y has escuchado el canto de los can- 
tos, el aliento sonoro de esa muchedumbre que te 
aclama enternecida y delirante, para que suba muy 
alto, para que suba hasta ti. y aun más allá, la primera 
oración de gratitud que alza tu pueblo al congregarse 
ante su altar. 

¡ Presentes, mi general ! 

Aquí estamos : somos los mismos que te vimos y te 



286 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

aclamamos en la blanca mujer sin nombre de la Florida: 
si nuestros padres, que entonces lloraban á nuestro lado 
al aclamarte con nosotros, no están boy aquí, es porque 
todos eran viejos, y boy casi todos ban muerto ; pero aquí 
vienen con nosotros nuestros bijos, que ban nacido des- 
pués, y que significan el triunfo de tu nombre y el de 
tu gloria al través del tiempo; la marcba triunfal de tu 
recuerdo bacia el porvenir. 



Señores: 

Saludemos en Lavalleja la encarnación más pura y 
más genuina de las tradiciones nacionales. 

Las patrias, 'como los mundos, nacen del fondo de los 
nublados y de las tempestades. Son primeramente una 
materia cósmica luminosa, un instinto que brota de le- 
yes misteriosas, leyes étnicas^ geológicas, sociológicas, 
bistóricas, todas ellas emanadas del Supremo Legisla- 
dor. Son después un bombre, brotado de las entrañas 
del pueblo y arraigado en ellas, que concentra y que 
acaudilla esos instintos ; son, por fin, una multitud que, 
empujada por una ley superior á su voluntad, ajusta el 
ritmo de su alma colectiva al del alma del béroe, afi- 
nada á su vez con la divina armonía universal, rea- 
liza bazañas legendarias, é impone al fin por la fuerza 
su voluntad, órgano inconsciente de la voluntad de 
Dios. 

Nuestra patria, señores, la república atlántica sub- 
tropical, arranca quizá del instinto innato de libertad 
salvaje de nuestros primitivos aborígenes. Trozo del 
continente separado de la región tropical por el clima, 
y segregado también de la región andina por la forma- 



I.AVALLBJA 287 

(iióii ^»!oló^¡('.a, tenía (lUc, ser d iiúcloí^ dv. una naciona- 
lidad independiente. Esa es la armonía. 

Bien sabéis vosotros cómo nació. No os el momento 
de recordar los detalles de nuestra tcmixístuosa apari- 
ción ante el mundo, jíonjue «dios cantan en este mo- 
meuto en vuestra memoria. 

Mirad, sin embargo, mirad cómo pasa el viejo Arti- 
gas por el fondo do aquel resplandor crepuscular, lle- 
vando la bandera azul y blanca, cruzada diagonalmcnte 
por un golpe sangriento de su espada. 

Él es el mensajero, es el patriarca; él es el grande, él 
es el genio, solitario como todos los astros, poseedor del 
secreto del porvenir oriental, que se movía en la obscu- 
ridad de su alma,' como se mueve el hombre en las sa- 
gradas tinieblas de las entrañas maternales. 

El fué el primero que sintió la ley providencial que 
decretaba la existencia de una patria independiente 
en este territorio que bañan el Uruguay, el Plata y el 
Atlántico: una patria que, siendo subtropical, era al 
mismo tiempo atlántica. El fué el primero que vio, con 
la clarovidencia del que cierra fuertemente los ojos para 
ver, cómo se desprenden los grandes ríos meridionales 
de las entrañas de la América, para venir á desembocar 
en el Plata, formando dos regiones distintas, dos pa- 
trias, hermanas pero diferentes, á ambos lados de esos 
ríos. El comprendió, ó más bien dicho, sintió en el fondo 
de su ser, cómo, por una ley, no sólo sociológica sino tam- 
bién geológica y etnológica, este pedazo de suelo ame- 
ricano tenía que ser el territorio de una patria indepen- 
diente. Porque si según las leyes sociológicas, estábamos 
unidos, por la lengua y las tradiciones españolas, á nues- 
tros hermanos de allende el Plata, que tienen por núcleo 
geológico el levantamiento de los Andes, según las le- 



288 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

yes étnicas pertenecíamos á la formación atlántica del 
Brasil. Y si éstas nos unían etnológicamente á las anti- 
guas posesiones portuguesas, de ellas nos separaban, no 
sólo las tradiciones de lengua y de costumbres, no sólo lá 
rivalidad secular de los dos pueblos descubridores, sino 
también nuestra posición geográfica, que nos separa de 
los dominios del trópico, y nos marca como el núcleo 
inconmovible de los pueblos atlánticos subtropicales 
de la América Meridional. 

Si así como los orientales, señores, amamos fieramente 
nuestra independencia, dejáramos de amarla algún día, 
tendríamos que sobrellevarla. Seríamos independientes 
con nuestra voluntad, sin nuestra voluntad, y aun con- 
tra nuestra voluntad. Y el oriental que renegara de la 
independencia de su patria, iría á ocupar el sitio más 
lóbrego del infierno del Dante: aquel en que residen los 
que « non hanno speranza di morte » , los que no tienen 
ni la esperanza de morir. * 

Así sintió á nuestra patria el viejo Artigas; recibió 
una revelación de lo alto ; oyó y cumplió un decreto de 
Dios. 

¡Y cómo cumplió, señores, ese decreto irrevocable! 

No lo recordemos cuando levanta el espíritu de la 
revolución americana en los campos de las Piedras ; no 
lo miremos cuando traza las líneas fundamentales de la 
democracia del Plata, en sus instrucciones del año 13 ; 
no exaltemos tampoco su fe inquebrantable en la exis- 
tencia de un patrimonio de orientales, que no podía to- 
carse, que no podía venderse, ni aún al precio de la ne- 
cesidad. Recordémoslo más bien cuando, acosado, per- 
seguido, sintiendo que todo vacilaba en torno suyo, 
huye de la patria en que ya no encuentra sitio para po- 
sar el pie ; pero huye con el alma y con el cuerpo del 



I-AVAM,KJA 28ü 

TJriiguiiy; con su vi.sión interna (juo lo envuelvo en un 
nimbo luminoso, como el reflejo de un inmenso sol po- 
niente; con sus hijos, con todos sus hijos, y sus familias, 
y su pobre patrimonio; con toda la patria (jue lo si^ie 
en sus marchas interminables á la luz de las estrellas 
australes, que marchan presididas por la misteriosa 
Cruz del Sud que bendice nuestro polo. 

Entonces se le ve grande como ninguno entre los hé- 
roes de la historia americana. Es la leona herida que 
va á echarse jadeante, lejos, en el fondo del bosque, al 
que ha llevado entre los dientes y dando cortos rugi- 
dos á sus cachorros, que amamanta para la venganza; 
es el águila que esconde su nido en las grietas de los 
picachos inaccesit)les, y grazna siniestramente desde 
allí, con las plumas erizadas por los vientos de tempes- 
tad que sacuden los horizontes ; que mira, con los ojos 
encendidos, á sus crías, su esperanza, sus aiglons, que 
un día saldrán de allí para la conquista del porvenir, 
cuando el águila caudal se haya perdido en las infinitas 
transparencias del azul. Recordémoslo, por fin, cuando, 
después de terminar su tarea de sembrador de patrias, 
siente que debe cubrir el surco en que queda la semilla, 
y, para arrojar sobre ella el último riego, inicia su de- 
fensa heroica y desesperada, y lanza, como iiltimo pro- 
yectil, un puñado caliente de la sangre de su pueblo 
casi extinguido al rostro del invasor inmunerable 



Artigas se ha ido. señores, y se ha ido para no vol- 
ver; se ha puesto en los horizontes de la patria. Esta 
parece borrarse para siempre en la mirada que su pro- 
feta le dirige al transponer la frontera. La soñada patria 

cosF. r Disc. 19. 



290 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

atlántica subtropical es sólo una vasta soledad, atada á 
las regiones del trópico con cadenas de hierro ; una len- 
gua extraña se habla oficialmente en nuestro altivo 
Montevideo; nuestras glorias son delitos, nuestros li- 
bertadores son bandidos condenados á muierte, contra 
los cuales se han de envenenar hasta las fuentes de la 
historia. 

Nuestras colinas han quedado solitarias ; se alargan 
bajo el peso de la tristeza. Nuestro gaucho heroico no 
las recorre ya, cantando á media voz una canción de 
guerra ó de amor, y buscando su incorporación al ejér- 
cito de la patria, conductor del arca santa de nuestra 
alianza con la libertad y con la gloria ; las inmensas ye- 
guadas, y las tropillas de potros salvajes recorren sin 
ginetes nuestros campos, atronando la soledad con el 
choque de sus cascos; las manadas de perros cimarro- 
nes vagan hambrientas á lo largo de nuestras cañadas, 
ó se las ve cruzar en largas hileras famélicas, con las 
cabezas bajas y las colas lacias, por el lomo de nuestras 
cuchillas desiertas, coronada alguna de ellas por la 
copa redonda del ombú; el grito del teru-tero, el pá- 
jaro vigilante de nuestros aires, resuena en el vienta 
como llamados angustiosos de la patria criolla á los que 
nadie contesta; el carancho se posa en la osamenta; en 
la cumbre de la colina, ó sobre la línea del monte, á 
orillas del río que blanquea, se ve el esqueleto del jdo- 
bre hogar campesino, la tapera desierta en que ya no- 
se enciende el fogón ; y el espíritu de esa patria, perso- 
nificado en algún paisano viejo, ó en alguna pobre mu- 
jer, parece que se agazapa en los bajos, y sube de vez 
en cuando silencioso á la cuchilla, para mirar primera 
hacia el Sud, á ver si viene ya á aniquilarlo el enemiga 
ensoberbecido y prepotente, que impera en Montevi- 



LAVALLBJA '201 

cit'O, y para mirar dospuós hacia «>1 Norte, por ver hí 
efectivamente se ha perdido para HÍempre, ó si vuelve 
á reaparecer, alhí, sobre la última cuchilla, el poncho 
blanco de Artigas, único símbolo do nufstra libertad y 
de nuestra esperanza. 

Nó, buena patria: Artigas ha muerto; ha ido á morir 
durante treinta años en los bosques del Paraguay, y á 
extinguir su lumbre bajo la ceniza de sus laureles calci- 
nados; ha muerto, como el profeta conductor de los he- 
breos sobre el monte Nebo, sin haber podido alcanzar 
la tierra de promisión. Pero él ha recibido las tablas 
de piedra de nuestra ley, en la cumbre tempestuosa del 
Sinaí de nuestras primitivas glorias; él ha pensado en 
el Josué de nuestro, éxodo, al trasponer para siempre, 
con la frente inclinada, la frontera de la patria; él, sa- 
biendo que el capitán Lavalleja, el bizarro, el temera- 
rio, el casi atolondrado capitán Lavalleja, está prisio- 
nero con algunos compañeros en los calabozos de Río 
Janeiro, y allí tiene hambre quizá, hambre de pan y de 
gloria, le ha enviado las últimas monedas de su escar- 
cela de derrotado, yéndose él á vivir de limosna, para 
que Lavalleja coma de su pan, y para que reciba en él 
su espíritu, y, con su espíritu, su ley, su mensaje sagrado. 

Es una vocación, señores. Lavalleja es el elegido, es 
el ungido; Lavalleja es el hijo primogénito de Artigas. 
Tiene ya en la frente la luz profética inconfundible; el 
ascua ardiente lo ha tocado en la boca. 

Con sólo montar á caballo y presentarse en la patria, 
ostentando su mensaje luminoso, la patria lo recono- j 
cera, y lo seguirá como siguió al viejo x\.rtigas : lo seguirá 
porque sí. 

Pero es preciso que Lavalleja monte á caballo; con 
diez, con veinte, con treinta y dos hombres ; no importa 



292 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

el número; pero es preciso que venga él; porque es él 
el que lleva el resplandor sobre la frente. 

Y ya está ahí, señores; está en una playa desierta y 
primitiva; ha pisado de nuevo el suelo sojuzgado de la 

patria. Están con él treinta y dos hombres Son 

treinta y tres. Es la cifra, es la hora, señores . . . La vi- 
sión ha descendido á nuestra tierra. 

Estamos, por fin, en la aurora de la Agraciada ¡La 
aurora! Pero esa no fué sólo una aurora, señores: fué 
también una verdadera noche triste, triste como la no- 
che sin luna de las vísperas de Otumba. 
Í/> Vosotros sabéis, señores, que, al desembarcar Lava- 
'^ Ueja en la Agraciada con sus treinta y dos compañeros, 
todos contaban con encontrar caballos prontos al pisar 
las playas de la patria. El caballo es, para nosotros, algo 
más que un noble bruto : él debiera figurar en todos los 
escudos americanos, como símbolo de la libertad de este 
continente; el caballo fué el baluarte movible de la pa- 
tria; fué el nervio vibrante de la ballesta oriental, que 
despedía, como proyectil mortífero, al gaucho centauro, 
armado de su lanza primitiva. > 

Lavalleja contaba con encontrar su caballo en el are- 
nal de la Agraciada. 

Don Tomás Gómez estaba avisado; él debía traer los 
caballos de la legión libertadora. 

Y sin embargo, Lavalleja y sus compañeros se halla- 
ron á pie, en medio de un arenal. Estaban á merced de 
la primer partida enemiga que pasara. ¡Y eran las once 
de la noche! 

El héroe ordenó, á pesar de todo, y sin vacilar, que 
las tres lanchas que los habían conducido se volviesen 
inmediatamente á su punto de partida. 



LAVALLBJA 21)3 



Y <nu'(laron .solos, y á pir, en jikmüo <I<*1 uií-nal, y í-ii 
ol corazón de una noche que pareció eterna, treinta y 
(los honil)res. . . y uno más: Lavalleja. 

Uno do nuestros hóroos, t'l coronel don Atanasio Sie- 
rra, nos ha narrado la impresión de esos momentos; nos 
ha pintado las largas horas de esa noche triste, con la 
ingenua sencillez, quo nada puedo sustituir, del que es 
liéroe sin darse cuenta de ello, d»'l brazo de Dios. Ho- 
mero habla como él. 

«Estábamos, nos dice, en una situación singular. A 
nuestra espalda el monte; á nuestro frente, el caudaloso 
Uruguay, sobre cuyas aguas batían los remos las tres 
barcas que se alejaban; en la playa yacían recados, fre- 
nos, armas de diferentes formas y tamaños: aquí dos ó 
tres tercerolas, allá un sable, aquí una espada, más allá 
un par de pistolas. Este desorden, agregado á nuestros 
trajes completamente sucios, rotos en varias partes, y 
que naturalmente no guardaban la uniformidad militar, 
nos daba el aspecto de verdaderos bandidos». 

«Desde las once de la noche del 19, hasta las nueve 
de la mañana del 20, nuestra ansiedad fué extrema. Con- 
tinuamente salíamos á la orilla del monte, y aplicábamos 
el oído á la tierra, por ver si sentíamos el trote de los ca- 
ballos que esperábamos. Lavalleja se paseaba tranqui- 
lamente al lado de un grupo de sarandíes ; y habiéndosele 
acercado don Manuel Oribe y Zufriategui, diciéndole que 
eran las seis de la mañana, y Gómez no llegaba con los 
caballos, les respondió sonriéndose : « Puede ser que Gó- 
mez no venga, porque los brasileros lo tienen apurado; 
pero Cheveste volverá, y volverá con caballos; es capaz 
de sacarlos de la misma caballada de Laguna ». Cheveste, 
como sabéis, era el baqueano de la legión heroica, el gatt- 
cho instintivo que lee su rumbo en el viento que pasa, 



294 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

en la yerba, en las estrellas, y, sobre todo, dentro de si 
mismo: oye el rumbo en la circulación de su sangre. 

Ahí está Lavalleja, señores : desde el primer momento 
reaparece la vieja fe inquebrantable de Artigas: no ven- 
deré el patrimo7iio de los orientales al bajo precio de la 
necesidad. 

« Cuando don Tomás Gómez, agrega el héroe narrador 
con su sencillez homérica, cuando don Tomás Gómez, 
acompañado de Cheveste y de don Manuel Lavalleja, 
llegó con los deseados caballos, (eran las nueve de la 
mañana) hubo muchos de nosotros que se abrazaron al 
pescuezo de los animales, dándoles besos, como si fueran 
sus queridas». 

Oh! y lo eran, señores; eran mucho más que eso; los 
generosos animales tenían que ser casi una parte inte- 
grante de aquellos hombres, porque ellos eran los cen- 
tauros de la patria, que debían dominar como señores la 
extensión de nuestras sagradas colinas; porque ellos eran 
la libertad americana, la libertad á caballo.,,^^^? 



Lavalleja está por fin en los estribos, señores; ahora 
sí, saludemos la aurora de la Agraciada. Lavalleja está 
por fin á caballo; ahora sí, por fin, tenemos patria. El 
héroe no se apeará de él en tres años. Ese caballo es el 
mismo, señores, que acaba de ser sofrenado entre nos- 
otros por la mano pujante del hijo y del sucesor de Ar- 
tigas. Ha llegado hasta aquí, conduciendo orgulloso su 
preciosa carga de gloria, después de haber recorrido por 
todas partes las colinas de la patria, sembrando por to- 
das ellas las victorias ; él sintió las espuelas de su jinete 
en los primeros choques que despejaron el camino á la 
legión heroica para introducirla á la patria, que abría los 



I,AVAI-I,KJA 'J'.fT) 

ojos resplandecientí'M en (jim llainoaba la aurora; ¿1 oyó 
el relincho dol caballo do Rivera, cuando el que debía 
ser el hóroe del Rincón y de las Misiones, vino á unir 
sus armas y su corazón al corazón y á las armas del 
jefe de los Treinta y Tres; él condujo á Laválleja, bajo 
una lluvia torrencial, á deponer su espada ante la ma- 
jestad do la ley, sin cambiarse sus ropas empapadas, y 
cubierto del barro del camino, en la memorable asam- 
blea de la Florida; él oyó, relinchando de júbilo, el clarín 
de Sarandí; él salvó nuestras fronteras, y penetró con 
su jinete al corazón del territorio enemigo, para escuchar 
allí alborozado las dianas de Ituzaingó; y él nos lo ha 
conducido, señores, hasta aquí, vencedor no sólo del es- 
pacio sino también del tiempo, vencedor de los desdenes, 
de las ingratitudes, de los envenenamientos de la histo- 
ria, para que ese jinete de hierro estremezca nuestro co- 
razón al desenvainar la espada de Sarandí, y al hacer 
rodar sobre nuestras cabezas, como un trneno musical, 
ese grito rechinante que brota de sus labios modelados 
por el fuego: ¡Carabina a Ja espalda y sable en mano! 

Y ahí, quedará, señores, y quedará para siempre en- 
vuelto en el nimbo de la perdurable apoteosis; arraigado 
en las entrañas de nuestra tierra, cuya vida circulará por 
las arterias de ese bronce sagrado y melodioso; erguido 
en los estribos, y alta, muy alta la frente, para que todos 
veamos en ella el sitio en que fué tocada por el dedo del 
viejo Artigas: la unción de la patria, la predestinación 
luminosa de la gloria. 

Artigas se alzará en Montevideo con los ojos clavados 
en el Cerro, dominador de nuestro Atlántico ; Rivera debe 
levantarse allá, en la frontera, mirando siempre hacia el 
Norte, hacia el linde verdadero de la patria, á que él se 
aferró muchas veces, y que sólo abandonó rugiendo: La- 



296 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 



valleja quedará aquí, en el centro, junto á su cuna. De- 
jémoslo aquí, señores, dejémoslo aquí. 

Y los fulgores de esas tres espadas se cruzarán al tra- 
vés de nuestro sagrado territorio, como los fuegos de inex- 
pugnables baterías combinadas; como las luces de faros- 
estrellas que alumbrarán nuestra ruta, si alguna vez cae 
la noche sobre el alma de los orientales; como los vér- 
tices del cuadro que debe formar nuestro Uruguay, el 
día en que el alma de la patria vuelva á tocar á llamada 
en el viejo clarín de Sarandí. 



León XIII y la América Latina 

Conferencia dada en la velada que tuvo lugar, ct 30 de Junio de 1902, 
en honor de S. S. León XIII, en el Colegio Seminario de Monte* 
video. 



SUMARIO 



Cómo la misma Santidad de León XÜI propuso ese tema al ora- 
dor. — Recuerdo díl ¡frca pontiüce. — León Xlü es el pon^ 
tifice suscitado por Dios para coalirmar, en forma expresa, 
la independencia de la América Latina, cuyos estados san 
hijos de la democracia cristiana. - La perpetua reaparición 
de Cristo en la serie de los pontífices romanos. — La cuna 
de la dinastía sagrada. — Pedro el pescador y sus suceso- 
res. — Tocando las cumbres. — El imperio romano ; las bárba- 
ros; fundación de las sociedades cristianas sobre la base de 
los bárbaros convertidos. — La nueva invasión. — La revo- 
lución de 1789. — Los bárbaros " sans culotte". — L'n nuevo 
elemento. — El pueblo. — El origen del poder público. — La 
soberanía popular. — Una e«olucióo natural precipitada por 
la revolución. — León XIII aplica á los bárbaros modernos 
el mismo procedimiento aplicado por la Iglesia á los anti- 
guos bárbaros. — El procedimiento de la Iglesia. — Pío Vil 
y Napoleón. — Pío iX. — Las dinastías. — "¡Alleí an pcu- 
pie!" — El nuevo soberano originario. — La América demo- 
crática y republicana. — La revolución americana no es bija 
de la revolución francesa. — Caracteres que las distinguen 
y diferencian. — El regalismo. — Opiniones de A\ellaneda 
sobre el Congreso de Tucumán. — Teorías de Hegel, Goethe. 
Cariyle y Taine. — Artigas como espíritu de la revolución 
americana. — La América al encuentro de Colón. — Sale al 
enccentro de Leen Xiü. 



Bien sabía yo, Excmo. Señor, lo que en este momento 
me esperaba; bien sabía, señores, que, en la batalla de 
esta noche, me había cabido en suerte un puesto estra- 
tégico, es cierto,, pero que es también el de mayor peli- 
gro. Estratégico, en cuanto me ha sido dado recoger 
ideas, calor de vida, sugestiones luminosas, y colocar mi 
espíritu en un estado de armoniosa vibración, propicia 
al verbo, con sólo haber escuchado la voz contagiosa de 
mis amigos, que con tanta elocuencia os han hablado an- 
tes que yo. De mayor peligro, porque fácilmente puedo 
ser herido en este puesto por vuestra indiferencia, al 
pretender conquistar vuestra atención y mover vues- 
tros afectos, desde que la codiciada posición de vues- 
tros corazones ha sido ya bizarramente ocupada por 
aquellos mis justamente aj)laudidos amigos. 

Pero siento que este ambiente vibra aún. y, sobre- 
todo, tengo mucha fe en el tema cuyo desarrollo se me 
ha encargado imperativamente: León XIII y la América 
L atina. 

Hay, señores, un momento de penosa inquietud y de 
desaliento, que suele preceder á la composición orato- 
ria, lo mismo que á la poética. Se siente entonces una 
especie de pánico : las ideas dispersas flotan, como en 



300 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

un vago amanecer, en torno del asunto que uno se pro- 
pone desarrollar, sin posarse en él, sin reconocerse las 
unas á las otras, sin formar el acorde que debe resonar 
en el alma, para que ésta se ilumine, y pueda leer el 
orador la revelación del dios interior que debe transmi- 
tir á su auditorio. 

Cuando, al pensar en el tema que debo desarrollaros, 
mi espíritu se halló en ese período de malestar, un re- 
cuerdo amigo, vago y blanco como una nebulosa, salió 
del fondo de mi memoria, comenzó á adelantar bacia 
mi conciencia, á tomar forma en mi imaginación, y, por 
fin, se definió con toda la brillante nitidez de una es- 
trella confidente y expresiva. 

¡León XIII y la América Latina! 

Sí, no hay duda; ese tema no es la primera vez que se 
me propone; me fué propuesto en una circunstancia so- 
lemne de mi vida: fué en Roma, lo recuerdo bien, y quien 
me lo propuso fué precisamente el mismo León XIII, en 
la audiencia en que le presenté una vez mis cartas cre- 
denciales como enviado diplomático de mi país. 

El recuerdo, pues, de la blanca persona del gran pon- 
tífice, cuyo influjo en el mundo se os ha expuesto ya, 
se me apareció identificado con mi tema, y comunicán- 
dole su diáfano resplandor. Yo veía, yo veo en este mo- 
mento, señores, á ese anciano exangüe, casi inmaterial, 
que vive en la plenitud de su vigor intelectual en la 
edad en que los otros hombres han muerto, en que él 
mismo debía ser un muerto según el orden normal de 
las cosas; al verlo reaparecer en mí, evocado para vo- 
sotros, siento pasar por mis pensamientos, y recorrer de 
nuevo mi carne, el escalofrío que produce la proximidad 
de lo extraordinario, y que yo dominé con dificultad, 
cuando me hallé en presencia de León XIII; creo sen- 



LEÓN Xlll V I, A AMÍIIMíIA I-ATINA .'{01 



tir ((U inis ojos la mii-julii soiiricntí', pensativa, ¡xiui- 
traiito como una estrella (|Uo so abní y viene hacia nos- 
otros chispeando en la obscuridad, do aquellos ojos 
pequeños como pjotas ne<Tras, vivaces y movedizos, ama- 
bles ó im[)oriosos, que reclamaban mi contestación á 
esta pregunta que me hacían los labios pálidos y expre- 
sivos del augusto anciano: ¿y cómo va vuestra Amé- 
rica? ¿cómo va vuestro Uruguay? Decidme algo, pues, 
de su estado político, de su estado social y religioso. 
¿Qué se piensa, qué se dice allá del Papa? 

Ya lo veis, señores: es mi tema, mi tema de esta no- 
che. Con deciros, pues, lo que entonces dije al Papa, os 
pronunciaría un buen discurso; casi estoy seguro de ello, 
aun siendo yo quien lo pronuncie. 

Pero yo os engañaría, señores, si os dijera que voy á 
reproduciros fielmente la contestación que di entonces 
á León XIII. Yo mismo no la sé. Sólo sé que hablé 
largamente con él, contestando su pregunta; sólo re- 
cuerdo que mi impresión primera de sobrecogimiento, se 
transformó pronto en una verbosidad, casi atrevida, de 
hijo consentido, que el padre de los padres recogía con 
benévola sorpresa, é interrumpía con signos que yo creí 
de aprobación; sólo sé que ese recuerdo reproduce aún 
en mis ojos el agrio de una lágrima brotada de muy 
hondo, que me fué arrancada por la mano trémula y 
fría, pálida y azulada como la de un convalesciente, que 
León XIII colocó fuertemente sobre mi cabeza incli- 
nada, para hundir en mi alma su indeleble bendición 
paternal, en el nombre del Padre y del Hijo y del Es- 
píritu Santo. 

Pero si no sé con precisión lo que entonces dije al 
blanco anciano, estoy casi seguro de haberle dicho lo 
que entonces estaba en mi espíritu, 5^ aun permanece en 



302 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

él; lo que hoy quiero deciros á vosotros, señores, y cons- 
tituirá la proposición de mi discurso : que León XIII 
es, para nuestra América Latina, algo más que un nue- 
vo y gran pontífice en la serie maravillosa de los suce- 
sores del príncipe pescador; es el pontífice suscitado 
por Dios, en el momento oportuno, para bendecir y con- 
firmar de una manera expresa y definitiva, y en nombre 
del Único y Eterno Soberano de hombres y de naciones, 
el nacimiento á la vida independiente de las repúblicas 
americanas, de estas hijas legítimas y predilectas de la 
democracia cristiana, que, si rompieron los vínculos que 
las ligaban con sus antiguos reyes, lo hicieron obede- 
ciendo á un secreto impulso providencial, y sin romper 
por eso, antes vigorizándolos más y más, los vínculos 
esenciales que las ligaban con su Dios, y con su augusto 
representante en la tierra. 



Yo estoy obligado, señores, por la índole de mi con- 
ferencia, á concentrar mis raciocinios. No me es dado 
desarrollarlos debidamente, y tengo que limitarme á 
sugerirlos, contando con que la comunidad de nuestras 
ideas y sentimientos les dará pleno desarrollo en vues- 
tro espíritu. 

Vosotros sabéis como yo, y acaso lo sentís mejor que 
yo, porque sois mejores, que el Divino Fundador de la 
Iglesia alienta en ella eternamente. En nada se siente 
más enérgicamente acaso el calor de su respiración crea- 
dora, que en la continuada aparición del pontífice su- 
premo que debe ser su representante, y la cabeza visible 
de la Iglesia. Es una constante reaparición sin eclipse 
de la luz de Cristo sobre la tierra: lumen in codo. 

El divino Libertador del Mundo funda su Religión 



l,i;<'>N Xlll V I-A A.Ml'OHICA LATINA ¡{O.'í 

Hobríí la l)!is(> dci iiu polircí hombro, poscador fii un la^í) 
circundado (le aldeas. Lo convierte en piedra an^jiular; lo 
hace principo de au sangro divina, con sólo infundirlo 
su palabra, y lo envía á Roma, á tomar posesión dol 
reino nuovo, es decir, á morir clavado en su trono cruz. 

He ahí, señores, la cuna de la interminable dinastía 
de los pontífices romanos. La suprema condición del 
primer soberano debía ser la de saber morir, la de re- 
frendar con su sangre la nueva ley: quien vence con 
morir es invencible. 

Los sucesores inmediatos de Pedro salen taml)¡énde 
los dormitorios subterráneos ; brotan de la sombra. Allí 
los elige Dios, para ser nuevos vencedores según el con- 
cepto cristiano ; nuevas hostias expiatorias y propicia- 
torias, que se van heredando la divina legitimidad: el 
derecho al potro giratorio de los mártires, que chispea, 
salpicando luminosa sangre real, en medio á las tinie- 
blas del paganismo, que ya empieza á ser tragado por 
ellas. Era necesario insistir todavía en el triunfo del 
dolor hecho cosa divina, en la suprema victoria de la 
muerte hecha inmortal. 

El imperio romano en descomposición se ha derrum- 
bado, y se ha hundido en su propia noche infecta : los 
bárbaros, como si vinieran caballeros en buitres, se aba- 
ten desde el Norte sobre el cristianismo recién nacido. 
Pero Cristo ha vuelto á aparecer, no ya en un viejo pes- 
cador, sino en el majestuoso León el Grande, que de- 
tiene á Atila con un signo de su dedo luminoso, salva 
á Italia de la devastación, y á Roma de los horrores 
del incendio y del saqueo, y defiende al mundo más 
tarde de las garras de Genserico, el fiero halcón. Y no- 
tadlo bien, señores, yo os lo ruego, porque esta será la 
idea fundamental de mi discurso : los bárbaros destru- 



304 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

yeu el imperio romano: sólo el papa los detiene; pero 
los detiene para bautizarlos. Y es precisamente de esos 
bárbaros vencedores, de esos hombres vellosos de ins- 
tinto feroz, pero de sangre no contaminada, de los que 
se ha de valer la Iglesia para echar los cimientos de los 
pueblos occidentales ; de nuestras actuales sociedades 
cristianas. Sí, señores : somos todos hijos de fieras do- 
mesticadas por Cristo. ; No sin causa vemos reaparecer 
la fiera entre nosotros, desde el momento en que desa- 
parece de nuestro lado el divino domador! 

Los pueblos occidentales cristianos han nacido, pues ; 
han nacido á la sombra de la Iglesia ; nadie es osado á 
negar ese postulado de la historia. Pero ya esos pue- 
blos han comenzado á rebelarse contra su madre. Los 
emperadores del sacro imperio romano germánico han 
pretendido resucitar el cesarismo pagano : la absorción 
del sacerdocio por el imperio. Pero ya es tarde para 
conseguirlo : ya no es tampoco el viejo Pedro, el tosco 
pescador del lago, quien encarna la presencia de Cristo 
en este mundo : ocupa su lugar G-regorio VII, que, no 
teniendo ja, el derecho de morir, sino el deber de vivir, 
reivindica y conquista su independencia espiritual en 
sus luchas con Enrique IV, y traza las fronteras del 
reino de Cristo, alzando los baluartes definitivos del 
circuito de la ciudad de Dios. 

¡Cuan grato me sería, señores, recordaros, siquiera 
fuese ligeramente, los rasgos característicos de los gran- 
des pontífices que abonan mi tesis : los de aquel siglo dé- 
cimo tercio, por ejemplo, del siglo poético de Dante y 
San Francisco de Asís, para haceros ver destacarse so- 
bre él la figura resplandeciente de Inocencio III ! Nó : 
me es imposible : el pensamiento fundamental de mi dis- 
curso, al llamarme á si, me empuja vertiginosamente 



I,K»»N XIII V I.A A.\IKl;li A LATINA !50r 



(l(wimil)rt' rn (UiMlirr; las v«'0 pasar como antorchas 
volcánicas. Apenas si me es dado indicaros do paso e8<< 
pontifico sideral, qne, con el nombre de León X, da sn 
nombre al siglo del renacimiento, y es el principio de 
acción de todos los grandes progresos que entonces rea- 
liza la humanidad en marcha. Ni si(]uiera me es posiblo 
recordaros con la debida atención los momentos pavo- 
rosos por que atravesó el cristianismo, al sentir en las 
puertas de sus fronteras orientales los golpes de la ci- 
mitarra musulmana, y en su suelo, ya invadido j)or el 
turco, el galopar siniestro de los potros de los bárbaros 
orientales. Y sin embargo, me es indispensable dete- 
nerme aquí un niomento; tengo que haceros notar la 
diferencia que existe entre éstos y los otros bárbaros. 
Estos no son, como aquéllos, el hombre primitivo de 
sangre espumante propicia al bautismo ; traen la sangre 
contaminada por el virus sensualista del Corán. No son 
una aurora del Norte; son un crepúsculo caliente del 
mediodía africano; son, como el imperio romano, el fin 
de un mundo, cercado por las sombras hambrientas que 
tienen que devorarlo. Así devoran las hienas á los ca- 
dáveres insepultos inhábiles para la resurrección. 

Entonces veréis surgir también, del fondo de esas ho- 
ras negras, la forma providencial de otro gran pontífice, 
suscitado por Dios para aquel momento ; veréis reapa- 
recer á Cristo, no ya en la forma del mártir, sino en la 
figura homérica de Pío V, á cuya voz apareja su escua- 
dra nuestra madre España, é invocando á la Virgen li- 
bertadora con el título de Auxilio de los Cristianos, su- 
merge á los nuevos bárbaros, no en las aguas tranquilas 
del Jordán que redime, sino en las airadas de Lepanto, 
el impetuoso golfo exterminad or. 

Pero no enumeremos más, señores : comj^rendo que 

CONF. T DISC. 20. 



306 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

la enumeración tiene que fatigaros; dejemos pasar las 
cumbres ; no nos detengamos ni siquiera en esa elevadí- 
sima en que resplandece la tiara de hierro de Sixto V ; 
saltemos, á fin de arribar cuanto antes á los tiempos 
modernos, en que nos espera otra invasión de bárbaros: 
la revolución política de 1789, hija legítima de la re- 
volución religiosa del siglo décimo sexto. Aquí veremos 
coincidir con la revolución francesa, en el tiempo aun- 
que no en el espíritu, el nacimiento á la vida indepen- 
diente de nuestres repúblicas americanas; y aquí ve- 
remos, una vez más, cómo el dedo de Dios marca á su 
elegido en la frente, y lo toca en la boca, al suscitar en 
su Iglesia el pontífice providencial. 



Comprenderéis, señores, que no entra en las pro- 
porciones de este mi discurso el proceso de la revolu- 
ción francesa, que ha hecho Hipólito Taine, el ecuánime 
pensador liberal, al llamarla á juicio para estudiar los 
orígenes de la Francia contemporánea. Esa revolución, 
que pretendió libertar el pensamiento humano, luchó 
contra los agentes exteriores que, según ella, lo esclavi- 
zaban; pero ni siquiera pensó, porque no creía sino en 
las apariencias externas, ni siquiera pensó en los agen- 
tes interiores^ en los verdaderos tiranos de nuestra vo- 
luntad, en los que realmente, esencialmente imiDÍden 
nuestra libertad de pensar, de sentir y de obrar, y son 
los que dominaron la revolución en vez de ser domina- 
dos por ella: el vicio, el sensualismo, el orgullo, el odio, 
la ambición, la falta de energía para vencerse á si mis- 
mo. En esos casos, señores, el pueblo no se liberta de 
los déspotas, sino para sustituirlos, para convertirse él 
mismo en opresor. Eso fué la revolución francesa. 



LBÓN XIII Y I.A AM^KICA LATINA 3íl7 



No es, puos, mi ánimo el reproduciros los cuadros en 
que el ilustre crítico francés nos rotrata la nueva inva- 
sión do bárbaros ndus cu/otte, esclavos do si mismos, y 
(jue pretenden libertar á otros; invasión que sube au- 
llando desde el fondo hasta la superficie de la sociedad 
moderna; tampoco ho reproducido los cuadros simila- 
res de los bárbaros que bajaron desde el norte para aba- 
tirse sobro la sociedad antigua, y que fueron, no obs- 
tante, los progenitores de Clodoveo y de Recaredo. 

Debo haceros notar, sin embargo, el rasgo fundamen- 
tal, no político sino sociológico, de esos acontecimientos 
con que se inicia la historia contemporánea. De en me- 
dio del derrumbe de las antiguas instituciones seculares; 
de en medio de los errores y crímenes de la revolución, 
un nuevo elemento ha surgido providencialmente, provi- 
dencialmente, no rectifico mi palabra, reclamando ó rei- 
vindicando la suprema intervención en la dirección de 
la sociedad, y consagrando un nuevo principio, confuso 
entonces, pero basado en la realidad: el gobierno debe 
pertenecer á los más aptos de entre toda la sociedad; 
el método para descubrir el más apto es indiferente ; 
el que consiste en su designación por el consenso po- 
pular es el más natural, y es la reacción natural tam- 
bién contra el que consiste en la designación por el 
simple nacimiento. Si aquel método no es perfecto ni 
infalible, menos puede serlo este ; pero, sobre todo, am- 
bos son medios de conseguir un fin: la mejor constitu- 
ción de la autoridad ; la autoridad para el pueblo, nó el 
pueblo para la autoridad. Y eso es verdad, señores. 

Ese nuevo elemento que ha aparecido, es pues, el 
pueblo precisamente; el pueblo que, considerando res 
nullius la autoridad civil, se hace dueño colectivamente 
de ella á título de primer nuevo ocupante, y la enajena 



308 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

después, ó la delega en forma definitiva, en los hombres 
que él cree más aptos para ejercitarla en beneficio 
común. 

¿ Y quién, si nó el pueblo, ha de reconstituir la socie- 
dad, dándole autoridades, una vez que éstas han cadu- 
cado? 

¿Y quién podría negar, sin que esto importe aplicar 
el raciocinio á un caso concreto, que hay momentos en 
la historia de la humanidad, en que las autoridades, re- 
sistentes á una evolución consumada, y á una- transfor- 
mación necesaria, caducan y se extinguen, como una 
luz que se apaga por falta de oxígeno en el aire reno- 
vado? 

La aparición imperiosa y brutal del nuevo soberano 
originario, señores, ¿era un simple accidente transito- 
rio? ¿O era el término, previsto por la ciencia, de una 
lenta evolución de la humanidad, que la revolución pre- 
cipitaba? ¿O era que las antiguas formas de toma de 
posesión y ejercicio del poder público habían terminado 
ya su ciclo histórico providencial, y reclamaban una 
forzosa sustitución, más en consonancia con el desarro- 
llo del principio cristiano, y de la conciencia humana, 
forma que acaso hubiera venido por evolución ya ini- 
ciada, si la revolución no la determina brutalmente? 

En ese caso, si el nuevo imperante se presentó como 
los bárbaros del Norte, como á los bárbaros del Norte 
era preciso detenerlo, reducirlo, bautizarlo, hacerlo ser- 
vir de base para las sociedades cristianas democráti- 
cas del porvenir. Es el procedimiento histórico de la 
Iglesia, y es el que la Iglesia ha adoptado en presencia 
de la revolución moderna. 

Para lo primero, para reducir á los bárbaros, Dios 
suscitó en el seno del Catolicismo á León el Grande, 



LKÓN XIII Y I, A AMl'cKirA LATINA ÍIOÍ) 



(jur (lotiivo á Afila en Iiis pufitas de Kmna; j)ara lo k»'- 
íj;un(io, Cristo lia reaparecido en otro Looi», lu» iik'iioh 
ina<i;no (juo ol |)rimoro: eso es León Xlll; León XIII, 
([uo ha (lado contestación categórica á las anteriores 
preguntas: la democracia no es un accidente, es el th'- 
mino de una evolución secular; no es un eclipse, es la 
aurora de un astro nuevo. Es preciso aceptar sus for- 
mas, y hacerla cristiana. 

Esa es la piedra del ángulo del gran monumento po- 
lítico de León XIII, monumento de piedra. 



La Iglesia católica, señores, aunque jamás ha sido 
obstáculo á las transformaciones sociales ó políticas 
exigidas por la marcfia de la humanidad, no ha apresu- 
rado tampoco la muerte de las instituciones humanas 
consagradas por los siglos; ha contribuido más bien á 
conservarlas, sin por eso reconocerlas como eternas. 
Pero si bien no ha precipitado la muerte de esos orga- 
nismos ó formas de gobierno de vida limitada, tam- 
poco se ha identificado con ellos, de modo á creerse 
obligada á seguir sus destinos atándose á sus cadáveres, 
porque ella es lo inmutable y lo inmortal, en medio á 
las transformaciones y las desapariciones. La frase es 
de León XIII, señores: la Iglesia, ha dicho el gran 
pontífice, no se ata á más cadáver que al de Aquél que 
está El mismo atado en la cruz. 

El santo Pío VII, el doliente asceta torturado, pro- 
cura detener y reducir, á fuerza de bondades, al bárbaro 
genial que arrastra en pos de si las muchedumbres fas- 
cinadas, y azota ala Europa con la espada forjada para 
él en las fraguas de la revolución. Por ver si es efecti- 
vamente la encarnación genuína de la moderna irriip- 



310 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

ción predominante, el papa consagra y corona á Bona- 
parte bajo el dosel ojiv^al de Notre Dame. Tolerancia 
paternal, pero inútil. Aquello es un meteoro luminoso 
pero inconsistente que pasa. No es el pueblo coronado; ni 
siquiera se llega al pueblo por él. Bonaparte ha comen- 
zado, es cierto, por una fe en el hecho y en el espíritu 
de la democracia; pero, al aspirar á la corona de empe- 
rador de la sangre, de miembro de la dinastía austríaca, 
ha tenido que abdicar la corona real, real en el sentido 
de res^ cosa, realidad, esencia, nó en el sentido de rex, 
rey; ha abandonado la democracia, para transformarse 
en un César, un César más, un César ebrio, ebrio de 
soberbia y de crímenes de gloria, que adopta, como 
prueba de su instinto cesarista, hasta la nomenclatura 
y los símbolos romanos. El pasa, porque es la aparien- 
cia ; pero el pueblo, que es la realidad, permanece y acrece 
de día en día su poder; permanece el niievo principio: 
el gobierno para los más aptos; los más aptos designa- 
dos por la nación. 

Pío IX, el gran Pío IX, hace los últimos esfuerzos 
por mantener la existencia de las instituciones interme- 
diarias, por medio de las cuales la influencia del repre- 
sentante de Dios se ejerce sobre los pueblos. Pero es inú- 
til; esas instituciones no están ya identificadas con el 
pueblo, y tampoco lo están, en general, con la Iglesia; 
no sirven á su objeto. Recordad, si nó, aquella aristo- 
cracia escéptica y disipada del siglo xviii; recordad á 
los Choiseul, á los Aranda, á los Pombal ... y tantos 
más, señores, tantos más. Lejos de acercar el pueblo á 
la Iglesia, esas instituciones lo alejan de ella, haciendo 
cargar á ésta con las culpas dinásticas; lejos de coope- 
rar á que aquélla desempeñe su misión evangélica entre 
la sociedad, le niegan sus atributos esenciales, le mi- 



I.KÓN XIII \ I.A AMÍCHICA LATINA !U 1 

iiiiii Sil |irt's( i^io y su aiit oriihid, !«• iinchiit ¡ni hms n-- 

CMUHOS. 

¿A qué, pues, interraodiarioH entre Díom y el pueblo? 

Es entonces, seílores, cuiiudo Cristo n-apurece en la 
forma transj)arento como una visión profótica do nues- 
tro pontifico León XIII, que se dijera sentado entre 
un sepulcro y una cuna. Ks entonces cuando se oye salir 
de los labios octo<;onarios del pálido pastor de las con- 
ciencias aíjuella voz que rodó como un trueno bajo los 
tronos y los poderes tambaleantes, y que recuerda el 
« id y etiseñad d todas las gentes bautizándolas". ¡Allez au 
peuple! dijo el papa desde lo alto; id al pueblo, pues; 
id á él directamente ; sed el pueblo vosotros mismos, 
pues el pueblo es la fuente de soberanía más indicada 
por la naturaleza, y las leyes naturales son leyes de Dios ; 
no os atéis servilmente á las formas accidentales, tran- 
sitorias y caducas; no os amarréis á los cadáveres de sui- 
cidas; aceptad la democracia, que es hija legítima de la 
fraternidad de la cruz; si ella no es cristiana, arrojad 
sobre su cabeza el agua lustral, y ella, como el fiero 
sicambro, adorará mañana lo que hoy hace arder, y que- 
mará lo que hoy adora, para arrojar incienso sobre las 
ascuas. 

La encíclica de León XIII, señores, su carta monu- 
mental á los obispos de Francia, firme 3' serena como 
una epístola de San Pablo, no inventa ciertamente una 
doctrina. Los papas no inventan, señores: leen el Evan- 
gelio inmutable y siempre nuevo en compañía del Espí- 
ritu Santo, y lo releen al pueblo cristiano, en el mo- 
mento oportuno, y traducido en lengua vulgar. 

La doctrina de León XIII, que causó tanta sorpresa 
en los hombres de fe estrecha que empequeñecen á Dios 
hasta hacerlo del tamaño de sus rutinas: la doctrina del 



312 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

grande anciano sobre el origen divino esencial de la 
autoridad, y sobre sus formas accidentales, sobre la so- 
beranía originaria del pueblo es]3ecialmente, no era otra 
cosa que la doctrina planteada ya en Grecia por Aris- 
tóteles, y proclamada en toda su plenitud por las escue- 
las cristianas: por el genio portentoso de Santo Tomás 
de Aquino; por los maestros de las universidades cas- 
tellanas, y por los de la antigua Sorbona; por el Padre 
Vitoria, por Belarmino, por el ilustre Padre Suárez en 
pleno siglo decimosexto; por vosotros mismos, olí maes- 
tros queridos de la Compañía de Jesús, que, al pisar 
tierra americana, os sentís tan republicanos como nos- 
otros, y, sofocando quizá tradiciones personales, nos 
enseñasteis y enseñáis á nuestros liijos á amar y á glo- 
rificar las tradiciones de la patria independiente repu- 
blicana, nacida á la libertad por la voluntad y el es- 
fuerzo soberanos del pueblo ungido por el sacrificio y 
por la gloria. 

La palabra de León XIII produjo, sin embargo, una 
especie de pánico ó de consternación en muchos buenos 
espíritus de Europa, adoradores de las formas ó acci- 
dentes, idólatras sin saberlo. 

¿ Qué será de la Iglesia, llegaron á decir, sin el apoyo 
de los grandes ? 

En vez de decir, como pensó León XIII: ¿qué será de 
esos pequeños grandes sin el apoyo de la Iglesia? 

¡La Iglesia sin el apoyo de los grandes! 

¡ Como si pudiera haber algo grande al lado de Dios, 
apoyo inquebrantable de la Iglesia de su Cristo ! 

¡ Como si, debajo del Solo Altísimo, pudiera conce- 
birse en el orden social nada más alto y más poderoso 
que el pueblo, cuando le llega la hora de ser el agente 
de los designios de Dios! 



LK<')N Mil V I.A AMI'OIMIA LATINA 313 



¡El pueblo! ¡El piioblo soberano! No hay que des- 
confiar do (^1, sonoros; liay qiio ir á él, como lo quiere 
Loón Xlll; hay quo osporar en él, porque el pueblo es 
bueno, cuando no lo hacen malo los que, después de sem- 
brar vientos en su alma, lo ronief^an y lo incriminan por- 
que salón de ella tempestades. Es verdad, señores, que, 
en el momento más formidable de la historia, fué ese 
soberano anónimo quien, bajo los balcones del pretorio, 
reclamó la muerte del Hombre -Dios, y aclamó á Ba- 
rrabás, el homicida y ladrón. Pero no es menos cierto 
que, entonces como tantas otras veces, el pueblo pro- 
cedía instigado por los grandes, por los escribas secta- 
rios, por los fariseos opulentos, por herodianos dinás- 
ticos. Y no es menos cierto que también fué el pueblo 
el único baluarte humano del Justo divino ; no es me- 
nos cierto que, por temor á una sublevación popular en 
favor del Maestro, acusado de agitador, de sedicioso, de 
enemigo del César, se buscó la complicidad de las som- 
bras de la noche y los caminos menos concurridos, para 
arrastrar al Divino Redentor ante el inicuo tribunal 
perjuro. 

Notad, por fin, señores, una circunstancia esencial de 
la participación del pueblo en el drama santo de la re- 
dención humana. Las muchedumbres que condenaron 
al Justo fueron las turbas de la capital, acaudilladas por 
los políticos; el pueblo amigo de Cristo fué el pueblo de 
los campos, el que había venido á Jerusalén á celebrar 
las fiestas, y acampaba en las orillas del Cedrón; el que 
realmente representaba el instinto popular no contami- 
nado. Los pobres son evangelizados. 

La Europa católica ha tardado mucho, señores, en 
compenetrarse del pensamiento genial del gran pontí- 
fice, que ha envuelto en luz el problema sociológico 



314 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

contemporáneo, y abierto nuevos rumbos á la humani- 
dad cristiana. La Europa ha tardado en comprender que, 
muy al contrario de lo que pretendieron algunos soña- 
dores, que querían poner al servicio de la revolución se- 
mi-bárbara la fuerza de la Iglesia, León XIII quiere po- 
ner al servicio de la Iglesia la fuerza de la revolución 
incontrastable, cuyas causas profundas y seculares no 
deben buscarse ciertamente en el pueblo. Lo único que 
ha hecho el gran pontífice ha sido cambiar de instru- 
mento para ejercer su misión evangelizad ora, aceptar 
el más eficaz, el solo eficaz, impuesto por los hechos 
providenciales. 



Pero si eso ha tardado en ser comprendido en Europa, 
señores, aquí estaba nuestra América, bien predispuesta 
á recibir esa doctrina, porque es la base de su ser in- 
dependiente; aquí estaba nuestra América, democrática 
y republicana de nacimiento, que, sin preocupaciones, 
ni reatos, ni solidaridad con hombres ni dinastías, pudo 
romper y rompió los vínculos políticos que la ligaban 
con sus antiguos reyes y señores, sin por eso pretender 
romper ¡ qué digo romper! sin por eso debilitaren lo 
más mínimo los vínculos que la ligaban con su Dios; 
antes por el contrario, recurriendo á Él en apelación de 
los injustos procedimientos de los hombres. El es el rey 
de todos los reyes, el señor de todos los señores, la fuente 
única de toda soberanía, de todo imperio y de toda hu- 
mana potestad; El es el que desata los vientos escon- 
didos en el aire ; El, el que concita á los pueblos escon- 
didos en la historia. 

Nó, señores : la revolución de independencia de la Amé- 
rica latina no fué la hija de la revolución anticristiana 



I.IOÓN XIll V I, A AMKIíKA LATINA 816 

europea, cualpsíiuiera que hayan sido laR ¡nflueiu;¡aH (pío 
ésta haya podith) (\j('r(<M- |)ara (h't»MTniiiar d iijoiiHMito, y 
aun para vul<;arizar, auiuiuc adulterado, el principio, 
que era ya nuostro, de ser el pueblo la fuente más na- 
tural de soberanía, y de q\u\ el í^obierno debe pertene- 
cer á los más aptos. La revolución do nuestra América 
tiene su carácter pro[)io. No es el desarrollo de una 
teoría; es un hecho providencial procedente del Evan- 
gelio ; es la inspiración del corazón popular no enfermo, 
no contaminado; es la obra del instinto de libertad cris- 
tiana, que hace que los hombres redimidos por Cristo 
se sientan nobles por ese solo hecho, iguales ante Dios, 
y obligados á inclinarse sólo ante El, ya que todo poder 
y toda autoridad sólo de Dios j^roceden, y sólo al cum- 
plimiento de su Voluntad suprema se encaminan. Ese es 
el verdadero origen de los estados soberanos. Estos 
se forman por la reunión de los hombres movidos por 
una misma inspiración, unidos por un mismo propósito 
de felicidad común, sometidos á una misma autoridad, 
y dueños de una suficiente extensión de territorio, deli- 
mitada por la acción de otros grujios de hombres que. 
persiguiendo el mismo propósito, son dueños de los 
territorios limítrofes. Cuando tales circunstancias se 
reúnen, las nuevas naciones nacen, porque deben nacer, 
porque quieren nacer, porque Dios quiere que nazcan, 
sobretodo. 

Observad si nó. señores, la diversidad de caracteres 
entre la revolución europea del siglo pasado, y la gue- 
rra de independencia de nuestra América latina. Ailí, 
de las oleadas de las muchedumbres, empujadas por el 
viento soplado por demagogos, brotaba un sordo clamo- 
reo contra Dios, cuyos altares ardían; aquí, el pueblo se 
reúne precisamente en torno de los altares; se congrega 



316 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

en los mismos templos; sus aclamaciones son una so- 
lemne plegaria, algo como el rumor de un bosque sa- 
grado habitado por la tempestad. Allí, los generales que 
enarbolaban la enseña roja ó la tricolor tenían muy á 
menudo la blasfemia en los labios; las excomuniones 
del papa, decía Bonaparte, no han de hacer caer los fu- 
siles de las manos de mis soldados; aquí, el general Bel- 
grano hace rezar el rosario á su ejército prosternado, 
antes de la batalla, y depone, después de la victoria, su 
espada vencedora á los pies de la Virgen de las Merce- 
des. Allí, se imponía al clero católico la opción entre la 
muerte y la apostasía ; el clero eligió la muerte ; aquí, 
los sacerdotes americanos veían identificado su jura- 
mento sacerdotal con el solemne de fidelidad á la Pa- 
tria, y acompañaban sus ejércitos, y bendecían, en nom- 
bre del Altísimo, sus banderas, y alzaban, en coro con 
el pueblo, las acciones de gracias por las victorias. La 
revolución europea, por fin, y es esto lo más esencial, 
definió su espíritu y sus propósitos en declaraciones y 
constituciones anticristianas, cuyos errores ha conde- 
nado la Iglesia. Pues bien: yo os invito, señores, á re- 
correr la serie de las constituciones de los estados la- 
tino americanos, y á que me indiquéis una sola en que 
haya dejado de consignarse, como base de la nueva 
nación, la unión de Dios y de la Patria, el consor- 
cio de la Iglesia con el Estado, la filial protección de 
éste en favor de aquella; yo os invito á que me mos- 
tréis una sola de esas constituciones en que se hayan 
escrito principios que los hijos fieles de la Iglesia este- 
mos en el deber de rechazar. 

Ah. . . sí, los hay, es verdad; sí, los hay, señores, en 
algunas constituciones americanas, Pero observadlo 
bien: los errores que inficionan á veces esas cartas fuii- 



l.KÓS XIII V I, A AMIOItKA LATINA 'M' 



damentalesflo los |)uo1)los de Amórica, no provionon fi«!l 
princ.¡[)¡o (lomocrútico ro[)ubIicano <]tio t-n ellas se ron- 
sa¿j;ra; no son lujos del espíritu |)0I)u1hi' americano <|Uo 
sustituyó al anticuo ('S|M'r¡tu dinástico; ni siquiera re- 
])r('sontan el reíh^jo de los principios fie la revolución 
francesa. Son precisamente todo lo contrario: son ios 
hijos del viejo y funesto regalismo monár<iuico, señores, 
que significaba todo lo oj)uesto á la soberanía pO])ular; 
los hijos del regalismo, qutí tenía su orijjjen en la ley de 
Partida que dice al pueblo que deve ver e cononcer, como el 
nonie del Eeij es de Dios, é tiene sti lugar en la tierra O; 
ó la que dice que el monarca será considerado como el 
«Vicario de Dios » sobre la tierra, y como el propieta- 
rio de todos los países del globo sujetos á su cetro ^2^; 
son e\ patronato real, el exequátur, el placet regio, que, 
aunque nacidos, es cierto, de un acto de amor y grati- 
tud del Estado hacia la Iglesia, }'• de una concesión de 
ésta, se había transformado, mucho antes del movimien- 
to democrático moderno ¡mucho antes! en el gran re- 
curso cesarista para maniatar á la Iglesia, para oprimir- 
la, para humillarla, para arrebatarle, con su carácter de 
sociedad perfecta é inviolable, sus atribuciones inalie- 
nables ; para arrancarle, en fin, su divina primogeni- 
tura, á trueque de un plato de lentejas rojas. 

Oid, señores, lo que dice el esclarecido procer don 
Nicolás Avellaneda, en el magistral estudio que nos ha 
dejado sobre el congreso de Tucumán, que declaró la 
independencia argentina el 9 de julio de 1816: 

«No hubo jamás una asamblea más argentina, dice 
el ilustre presidente de la república hermana: ninguna 



(1) Partida ii, titulo xiii. 

(2) Partida ii, titulo xiii, ley xxv. 



318 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

que respondiese mejor al estado intelectual y moral del 
país. Hablamos de la pureza de sufragios con que fue- 
ron designados sus miembros, ya que el congreso mis- 
mo volvía con complacencia los ojos sobre lo inmacu- 
lado de su origen, recordando, en su manifiesto del 2 
de Agosto, que casi todos los diputados habían renun- 
ciado, y que los pueblos ratificaron su nombramiento...» 

«Leamos ahora sus nombres, y no encontraremos, á 
la verdad, los de los actores políticos que siete años de 
revolución habían hecho famosos». 

« Son eclesiásticos en su mayor parte, y doctores to- 
dos de Córdoba y Chuquisaca. No habiendo vivido en 
la ciudad capital del virreinato, y sin haber salido del 
interior de su país, han permanecido naturalmente ex- 
traños á las influencias que vienen de afuera. No cono- 
cían los libros con que la Francia había removido los 
espíritus en el siglo xviii ; y, si los acontecimientos de 
la revolución llegaron á sus oídos, había sido solamente 
para inspirarles un santo horror». 

«Van á emanciparse de su rey, y toman todas las 
precauciones para no emanciparse de su Dios ni de su 
culto ; y es este recelo de sus espíritus el único senti- 
miento que pudiera atribuirse á la advertencia de los 
sucesos extraños» (i\ 

Ese es efectivamente, señores, el espíritu de la revo- 
lución americana. Si esos doctores de Córdoba y Chu- 
quisaca, y todos sus congéneres de América, tenían 
errores que inficionaron algunas de sus constitucio- 
nes, esos errores no eran hijos del espíritu democrático 
republicano, sino residuos del regalismo tradicional, 
que sólo la democracia debe extirpar, porque si se decla- 

(1) Nicolás Avellaneda: Ensayo histórico sobre el Tucumán. 



LEÓN XIII Y I.A AMÉIllCA LATINA 819 



rase heredera rio jirivilejrios reales cesuriutas, renega- 
ría, ])or eso solo hecho, do si misma. 

No cabe, señores, en las ])ro|)orc¡ones de esta confe- 
rencia, la demostración, (|U<' ¡)odría ser amplísima, de 
esta mi afirmación fnndamental; pero bástenos recor- 
dar que, después qn^^ el Rey Nuestro Señor Carlos III 
expulsó á los jesuítas brutalmente de los dominios de 
su corona, fundó en Buenos Aires, para sustituir sus 
colegios, el Real Consisforio Carolino. 

¿Cuál era su espíritu? No es posible dudarlo. Estu- 
diad sus anales, señores, y veréis las doctrinas que allí 
se enseñaban : el regalismo absoluto tradicional en la 
monarquía, el regalismo universal, el verdadero cesa- 
rismo. que hace de la lealtad al rey, considerado el 
ungido directo de Dios, el dogma supremo, y niega á la 
Iglesia el carácter de sociedad perfecta, independiente, 
y de origen divino: plena heregía. 

La doctrina católica, señores, sostiene el origen di- 
vino de la autoridad. Sí, no hay duda ninguna; toda 
autoridad viene de Dios; lo mismo la doméstica, deter- 
minada por la generación, y que es indeleble en su 
esencia, aunque puede ser caduca en su ejercicio, que 
la civil ó política, determinada por los hechos en que 
puede ó no intervenir la libre voluntad de los hombres, 
y que es esencialmente caduca con relación á las per- 
sonas. 

Pero vosotros sabéis perfectamente, señores, que de 
esa doctrina que establece el origen divino de la auto- 
ridad, á la unción de Dios, directa, personal, perpetua, 
atribuida á ciertos y determinados hombres ó familias, 
considerados como seres superiores en la especie hu- 
mana, hay un abismo. La primera es doctrina católica; 
la segunda nó; la primera engendra naturalmente la de- 



320 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

mocracia y la república, desde que el heclio más natu- 
ral para determinar la autoridad es la designación po- 
pular; la segunda es la madre del cesarismo que, en sus 
relaciones con la Religión, se lia llamado regalismo. 

En este está, señores, vuelvo á repetirlo, y no en el 
principio democrático republicano, el liuevo de los erro- 
res de algunas constituciones americanas. 

En ese Real Consistorio Carolino de que os lie ha- 
blado, se formaron los Larrafiaga, los Irigoyen, los 
La- Robla; en él debe buscarse el origen de ios erro- 
res regalistas del deán Funes, y de tantos otros, que 
son legión. Fué en esa época, señores, durante el rei- 
nado de Carlos IV, cuando se pretendió, contándose 
con la anuencia de doce obispos, separar de Roma la 
iglesia de España, á cuyo efecto, cuando ocurrió la 
muerte del pontífice Pió YI, el rey Carlos IV prohibía 
á todos los prelados de España y sus dominios que die- 
sen noticia alguna sobre la elección del nuevo pontífice, 
y sobre el estado de la iglesia universal, á menos que 
esa noticia fuera recibida directamente del secretario 
de su majestad. 

Esa era la doctrina predominante en la monarquía 
que la revolución democrática americana debía susti- 
tuir por la soberanía emanada del pueblo. Convenga- 
mos, pues, señores, en que nada hemos perdido con la 
sustitución; convengamos en que los hijos fieles de la 
Iglesia católica, aunque sólo fuera en el carácter de ta- 
les, sólo podemos bendecir á Dios por la independencia 
de la patria americana, y, muy es^iecialmente, por el 
espíritu democrático republicano que fué su aliento, su 
nervio, su vida intrínseca. 



I, ICÓN XIII Y I, A AMKKK A LATINA !1'21 

Pero, como miles lo hr arirmado, Boíloros, la rovolu- 
ción do mu'slra Aiiiórica no fuó ol dn.sarrollo de una 
doctrina; fu¿ un heclio del dinamismo popular. Kl pucMo 
es su mentó, os su corazón, al mismo tiempo que su l>razo. 

Pero es el pueMo del Cedrón, ontendedlo bien, el 
anii^o de Cristo: nó el de la capital, (juo, incitado por 
herodianos y fariseos, declaraba no (juerer más rey que 
el César, y hacer de Barrabás su ])redilecto. 

Por oso, señores, los grandes y clásicos caudillos de 
la independencia americana; los quo de veras concen- 
tran el espíritu flotante en su tempestad de gloria, 
no son los hombres que bebieron inspiraciones en las 
bibliotecas de la enciclopedia, ni en las antecámaras re- 
galistas, ni en ios sanhedrines diplomáticos; no son los 
que, venidos de la Europa revolucionaria, renegaban 
del poder eficiente del pueblo, y fraguaban restauracio- 
nes ó formaciones de monarquías americanas sobre la 
base de los híbridos principios del 89; de aquellos de- 
rechos del hombre sin deberes correlativos, de aquella 
tendencia á encadenar los tiranos exteriores, con el solo 
objeto de erigir en tales á los interiores, á los vicios y 
las pasiones del hombre. 

Los verdaderos caudillos americanos fueron aquellos 
que bebieron toda su inspiración, y recogieron toda su 
fuerza, y cifraron todas sus esperanzas en los puros 
sentimientos populares, sentimientos esencialmente 
cristianos; los que, conservando los principios de liber- 
tad, de igualdad y de caridad, que habían sido traídos á 
América por los misioneros, por los verdaderos liber- 
tadores, no estaban contaminados j^or las rebeldías de 
la razón, ni por las apostasías del sensualismo utilitario. 

Hay una teoría alemana, señores, según la cual todo 
período, toda nación, toda civilización, tienen su idea, 

cosF. r Disc. 21. 



822 CONFEJRENCIAS Y DISCUKSOS 



que es como el gran niicleo cuya rotación atrae, deter- 
mina y ordena todas las otras ideas. Donde Hegel, el 
filósofo germánico, coloca una ¿dea^ Carlyle, el original 
y conceptuoso escritor inglés, pone un sentimiento, que 
él concentra en un héroe; Taine, el historiador soció- 
logo francés, nos habla de un personaje reinante. Hegel, 
siguiendo su método de las ideas madres, que funden en 
la unidad hasta los mismos contrastes, busca la fórmula 
de todo, de todas las cosas; Goethe, siguiendo el mismo 
sistema, busca la visión de las ciencias, la visión de 
todo, y lleva á Fausto á la mansión obscura de las ma- 
dres ó de las causas. 

El héroe, dice Carlyle, contiene y representa la civi- 
lización en que está comprendido. El pensador inglés re- 
sume, pues, en un hombre, todos los elementos disper- 
sos que Hegel pretende concentrar en una ley, y Goethe 
en una imagen. Aquellos viejos reyes del mar, dice Car- 
lyle, silenciosos y sombríos, que, con los dientes apre- 
tados, desafiaban al Océano embravecido, y á sus mons- 
truos, y á todos los hombres, y á todas las cosas, igno- 
rando que fuesen especialmente valerosos, son los abuelos 
de nuestros Blakes y de nuestros Nelson. 

La verdadera historia, dice Taine comentando á 
Carlyle, no es otra cosa que la epope3'a del heroísmo. 

Yo no acepto, señores, filosóficamente hablando, esas 
teorías sobre la influencia del medio, como creadora de 
una conciencia colectiva. Yo creo que, haya lo que haya 
en el medio ambiente, concurran más ó menos eficaz- 
mente las cosas y los hechos concomitantes á formar 
una grande idea, ésta ha de presentarse la primera vez 
en una conciencia. Y no hay más conciencia que la de 
los hombres, la de un hombre. Pero diciendo transeat 
á aquellas interesantes hipótesis, y hasta aceptando la 



I.KÓN XIII Y LA AMÉSUICA LATINA 828 

j)urt»« <1.' vcnliul »iin' tallas contienen, y que ch la que 
piunle concillarse con la ])erHonaIidari y la libertad hu- 
manas, y con la absoluta ini[)Utal)¡liílaíl de Ioh actos del 
ser inteli^ontíi y libre, concí^ntrad, señoreH, en un hé- 
roe, la idea ó fórmula deHegel.la visión de (loíthe, ó el 
sentimiento heroico d»> Carlyle ó de Taine, para for- 
mar la idea, <>1 héroe, la imagen ó el personaje rcMuante 
de la revolución americana; elegid en nuestra América 
el equivalente de aquellos viejos reyes del mar, abue- 
los de Nelson, que glorifica el inglés contemporáneo, y 
que, según él, tienen parte en el gobierno actual de la 
Inglaterra; buscad el personaje original, clarovidente, 
sin preocupaciones extrañas, en contacto sólo con lax 
madres, ajeno por conipleto á la influencia de las gran- 
dezas cesaristas, la quinta esencia de estos pueblos re- 
cién nacidos á la libertad, y no hallaréis en la historia 
del continente una figura más clásica ni más homérica, 
que la que ofrece nuestra historia patria. Ese hombre es 
ArtigaS; el jDrimer jefe de los orientales; el más calum- 
niado, sin embargo, el más escarnecido de los héroes 
americanos. 

Examinad, señores, los rasgos fisonómicos de esa 
genial figura, que se proyecta, inmóvil como un mito, 
sobre el primer resplandor de nuestro patrio sol, y que 
es, para nosotros, mucho más ciertamente de lo que 
pueden ser para los ingleses aquellos viejos reyes del 
mar. que enaltece Carlyle como los abuelos de Nelson 
y como el genio de Inglaterra. El viejo Artigas, aun- 
que de origen urbano y patricio, aunque de posición 
social independiente y de educación y cultura descollan- 
tes en su época, fué al pueblo, sólo al pueblo : creyó en 
él, no desconfió jamás de sus energías, ni de sus virtu- 
des; tuvo fe en la democracia nativa. 



324 CONFEREJNCIAS Y DISCURSOS 

El rechazó las dádivas y promesas de los poderosos, 
porque ningún honor, según él mismo lo decía, podía 
superar al de ser caudillo y conductor de su pueblo he- 
roicamente indigente ; él, que pudo haber ocupado las 
más encumbradas posiciones, obtenido los más altos 
grados militares, conseguido el mayor predominio, y 
formado una fortuna personal, fué siempre inaccesible 
al soborno; se alzó con el pueblo y cayó con el pueblo; 
vivió libre, en compañía de su visión 2:)rofética, y murió 
mendigo, en compañía de un negro, soldado de su ejér- 
cito sacrificado. Él, como el Fausto de la leyenda, estuvo 
en contacto con las causas, las visitó en la caverna 
obscura de los sueños, recibió de ellas la llave fantás- 
tica; él, acusado y perseguido, no sólo por los extra- 
ños, sino también por aquellos de los propios que rene- 
gaban del evangelio democrático republicano, huye 
como la fiera herida que lleva entre los dientes á sus ca- 
chorros; huye con todo su pueblo, con sus familias, con 
su miserable patrimonio ; huye con la patria á cuestas, 
hasta ponerla en lugar seguro, hasta salvarla para la de- 
mocracia. 

¡ Extraña figura, señores, extraña figura! No en balde 
ese genial personaje ha desorientado á tantos sociólo- 
gos de segunda mano, que sólo han podido distinguir 
en él las apariencias que lo confunden con los caudi- 
llos anárquicos y sangrientos. Es necesario mucho si- 
lencio, señores, para entrar en el secreto de los héroes. 
En nuestra América, no se ha hecho bastante silencio 
todavía en el sagrado de la historia en que los héroes 
habitan. 

Artigas es la lucha del hombre que tiene el pensa- 
miento fijo en la real esencia de las cosas, contra los que 
lo tienen puesto en las apariencias, como dice el mismo 



LKÚN XIII Y I-V AMkltK A LATINA f)2B 



Carlyl<^. Transformar lo accidontal on fKriiciiil; cr«'(n- 
en las viojas t'»'>niuilas do organización social como en 
el único medio dt> lornnir la patria, medio sin el cnal 
sólo podía haber desipiicio y ananinía interminables, 
eso fné lo <pie hicieron los hombres de la revolución 
que, auntpic fueron grandes, no fueron genios. Artigas 
no fué de esos: fué una intuición, una fe, una fuerza 
nueva: la fuerza que al fin ha triunfado: la democracia 
nativa. Por eso no podía fundirse ni confundirse con 
los demás; describían órbitas distintas. Artigas era cen- 
tro de nuevo sistema planetario; los otros eran astros, 
pero astros del antiguo ; no concebían más sol que el 
sol: el rey europeo ó incásico. Artigas creyó en el 
pueblo, en la materia cósmica, más ó menos caótica, 
pero capaz de ser fecundada por la palabra creadora. 
El la fecundó, y de su aliento brotó la patria nueva, la 
patria republicana de nacimiento. 

Y digo más ó menos caótica^ señores, porque yo bien 
sé que hay quienes, imputando á ese salto brusco y sin 
preparación, del absolutismo colonial á la democracia, 
todos los males sociales y políticos porque han atrave- 
sado y atraviesan las repúblicas americanas, reniegan 
del origen de la patria, y escarnecen y denigran á sus 
primitivos héroes proféticos. Esos sociólogos hubieran 
deseado tener la facultad de elegir madre antes de ha- 
ber nacido, y hubieran elegido una gran dama aristo- 
crática y opulenta. Pero la madre no se escoge, seño- 
res; y^ sobre todo, para llegar á la 023ulencia bien nacida, 
es preciso corhenzar por el trabajo, por el esfuerzo te- 
naz, por el sacrificio heroico muchas veces. 

Sí: es indudable que las cosas hubieran ido mejor, si 
estos pueblos hubieran estado preparados prácticamente 
al gobierno propio al hacerse independientes, como hu- 



326 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

biera sido mejor que los bárbaros, base de los pueblos 
occidentales, hubieran venido del Norte con alguna 
práctica de la vida cristiana. Su civilización hubiera 
sido más rápida, sin duda alguna; el feudalismo allá, 
como el caudillismo acá, hubieran durado menos, y su 
transformación hubiera exigido menores esfuerzos. Pero 
eso, y perdónenme el desacato los sociólogos que tal 
afirman, tiene mucho de verdad de Pero Grullo; ¿no es 
verdad, señores? De eso no puede deducirse la condena- 
ción de los dos grandes ideales : el ideal cristiano allá ; 
el ideal democrático cristiano aquí; y mucho menos la 
del héroe primitivo que desbravó la selva virgen, y 
arrancó de la cantera inviolada el bloque de mármol, 
duro pero sin grietas, en que modeló con su martillo 
de hierro la estatua de la nueva diosa. 



Ahora bien, señores, ¿ no es verdad que pudiera de- 
cirse que ese hombre Artigas, tipo de la revolución 
americana, había lanzado ó escuchado el grito de León 
XIII ¡allez au peuple! ¡id al pueblo! con su mismo sig- 
nificado, con su misma extensión, cien años antes de 
haber sido pronunciado por el gran pontífice? 

Artigas es, señores, la revolución americana; él es el 
viejo abuelo impertérrito que venerarán las generacio- 
nes futuras de América, cuando Nelson haj'a nacido en- 
tre nosotros, y cuando el Carlyle y el Taine americanos 
hayan hablado de los héroes. Hoy, en nuestra América, 
no se habla, ó se habla muy poco, ó se habla muy mal 
de los profetas. 

Pues bien: si León XIII ha marcado en Europa 
al pueblo, erigido en fuente inmediata del ¡Joder, como 
la base de la restauración cristiana de los tiempos 



I.KÓN Mil V Í,A AMi;lll( A LATINA I»27 

luocloinoy, aun ♦•ii aijiiclliis síx.irdudcs en qu*- cxa has»* 
parecía chocar con venerables tradiciones seculares : si 
el gran pontífice ha sancionado expresamente la or- 
ganización d<Mnocrática que se ha darlo una nación con 
tantos reatos como la Francia, y bendecido sus ban- 
deras, ¿con cuánta efusión no luil)ní bendecido las 
nuestras americanas? /.Con cuánta no habrá confir- 
mado nuestra pura democracia, estas nuestras repúbli- 
cas recién nacidas, sin más base que los ])rincipios cris- 
tianos de libertad, sin más tradiciones que los esfuerzos 
y los sacrificios heroicos de un pueblo que siente 2)or 
instinto la ley natural de su propia soberanía, con el 
solo anhelo de constituir su propio hogar para ser fe- 
liz, y para en él bendecir á Dios al bendecir á la patria? 



Señores : 

Cuando Colón, el cruzado navegante, con los ojos fijos 
en la visión azul como el mar que brotó de su alma, y le 
marcaba una ruta, emprendió su viaje para llevar la 
cruz á las regiones ignotas, él. como vosotros lo sabéis, 
no buscaba nuestra América: ni siquiera sospechaba su 
existencia: iba en pos de las costas de la India: buscaba 
sólo el oriente por el occidente. Ya lo he dicho en una 
ocasión solemne: no fué Cristóbal Colón el que se pre- 
sentó á América; fué América la i\ue salió de entre las 
espumas del mar al encuentro de Colón, j^ara decirle: 
¡Aquí estoy! ¡Esa cruz es para mí! 

Cuando León XlII.después de hundir su pensamiento 
luminoso en las obscuridades del prol^lema contemporá- 
neo, más profundo que el mar tenebroso, salió con su 
visión mensajera, é indicó el pueblo como el nuevo 



328 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 



mundo, base providencial de la restauración cristiana 
de la sociedad moderna, tampoco pensaba acaso en 
nuestra América: él pensaba en Europa, cuyos tronos 
seculares, como los dioses liieráticos de la India, se al- 
zaban en el mar de las tempestades populares; pensaba 
especia.lmente en Francia, cuyas flores de lis se habían 
marchitado ya para siempre al parecer. 

Pero, como al paso de Colón desde el fondo de los 
mares, sale nuestra América al paso de León XIII, 
desde el fondo de sus tradiciones y sus glorias demo- 
cráticas, y sus repúblicas independientes le dicen en 
coro: aquí estamos, señor; somos nosotras; somos el 
pueblo que ha pasado por tus visiones, el rey bueno del 
porvenir y del pasado : el que, en el porvenir, restaurará 
todas las cosas en Cristo; el que en el pasado fué el 
amigo del Justo, porque, acampado en las orillas del 
Cedrón, no fué el instrumento de los sanhedrines deici- 
das, ni oyó la voz de fariseos y de herodianos. 



Señores : 

' Os prometí deciros algo de lo que yo había dicho á 
León XIII, al contestar su pregunta. Advierto que he 
estado con vosotros más locuaz, sin duda alguna, de lo 
que estuve con el augusto anciano ; pero vosotros, se- 
ñores, no seréis menos benevolentes que él, y me per- 
donaréis. Lo qae os prometí deciros, bien ó mal, os lo 
he dicho. 



Ch¡le=Uruguay 



Discurso pronunciado en e! banquete ofrecido por la Comisión Po- 
pular uruguaya á la "Delegación Chilena en el Río de la Plata", 
que visitó á Montevideo con ocasión del aiianzaraiento de ia paz 
entre Chile y la Argentina — (3 de Junio de 1903). 



Señores : 

Es para mí un motivo de ingenua alegría el poder 
decir algunas palabras en este banquete poi)ular, y, so- 
bre todo, el que me haya tocado decirlas ahora, después 
de haberse dado las primeras elocuentes bienvenidas á 
nuestros ilustres huéspedes, y de haberse interpretado 
el pensar y el sentir del alma colectiva de mi país, con 
relación al alma nacional de la patria chilena. 

Yo, por muchas razones, hubiera tenido que perma- 
necer callado, j gozando de este amable espectáculo de 
fraternidad chileno-uruguaya, si no me hubiera sido 
dado el ofreceros, oh amigos, el tributo de mis afectos 
personales. De tal manera dominan ellos mi espíritu 
exclusivamente, en estos días de calorosas expansiones. 

Yo estoy convencido como todos, por supuesto, de la 
trascendencia de este cambio de manifestaciones amis- 
tosas, tan espontáneas, tan abiertas, entre chilenos y 
orientales, desde que. sea como diplomático, sea como 
periodista, sea como oriental, he tenido que meditar 
muchas veces sobre el problema internacional hispano- 
americano, en sus relaciones con los destinos de mi país. 
Pero yo os aseguro francamente que no es nada de eso 



332 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

lo que recuerdo en este momento, que estimo un mo- 
mento de felicidad. Yo estoj^^ recordando y quiero recor- 
dar á mis viejos y queridos amigos de Chile ; yo quiero 
vivir un momento, para vivirlo unido íntimamente con 
vosotros, en aquella época de mi vida en que, pasada 
ajDenas la niñez, y comenzada la primera juventud, se 
abrió mi espíritu entre vosotros, á las primeras impre- 
siones perdurables, á las germinales meditaciones, á los 
nacientes afectos viriles, álos augúrales ensueños de glo- 
ria. Todo eso se confunde en mi recuerdo, señores, con 
vuestro Chile, dejadme que diga con nuestro Chile, tan 
noble, tan bueno, tan valiente, tan generoso ; con las 
azules transparencias de aquellos vuestros valles; con 
vuestras blancas montañas esculturales y gloriosas, cu- 
yos j)erfumes respiró con avidez, hasta saturarme de 
patria chilena, en esa edad en que los dolores y los des- 
encantos de la vida no han nevado aún sobre el alma, 
ni han logrado todavía encanecerla. 

¡Recuerdos, recuerdos amables! Tomadlos, oh amigos, 
completadlos; yo os los arrojo sobre el alma, porque sé 
que despiertan en ella melodiosas resonancias. Son mi 
tributo, son mi obsequio. 

Todo eso ha pasado en el tiempo, señores; pero no 
pasa en el alma que vibra, que vibra con acorde musical. 

Aquellos mis viejos amigos de adolescencia me es- 
tán escuchando con vosotros, estoy seguro, en este mo- 
mento en que hablamos de Chile con cariño. 

¿Desde dónde? 

No lo sé. La vida los ha dispersado. ¡ Oh buenos 
amigos ! 

¿ Sus nombres ? 

No quiero pronunciarlos individualmente; son legión 
aérea que pasa melodiosa. Muchos de ellos llevan los 



misinos apellidos viirstroM, olí nuncios d»- mwHtrfi friitor- 
iiídad ; p^ro lodos ellos sr Ihunuii ¡miislad, triunfo do 
amor sohrc el ti(Mn|)() y o\ cspiK'io. liOs Jinos d(í entre 
esos amibos, que a])arecon en mi memoria, han (jiiedado 
ocultos en la vida del hogar; los otros han hecho de 
sus nombres resonantes otros tantos emblemas de glo- 
ria chilena, y de esplendor americano. 

Salta en este momento uno de esos nombres de entre 
la legión (jue pasa: es el del amigo de ojos claros y se- 
renos, do mirada profunda }' noble, de alma más noble 
y más transparente que su mirada juvenil: se llama 
Germán Riesco... Ali. señores, es verdad: hoy no puedo 
pronunciará la ligera ese nombre sin irreverencia; hoy 
tengo que detenerme á saludar en él al ilustre actual 
Presidente de la República Chilena. Deteneos, pues, 
conmigo, señores; levantaos conmigo, yo os lo ruego, á 
saludar entre aplausos, al esclarecido ciudadano que 
hoy rige los destinos de la gran nación hermana. . . 

(El auditorio se pone de pie y aplaude largamente el 
nombre del Presidente de Chile). 

Y sin embargo, señores, otros amigos míos han su- 
bido más alto que él, mucho más alto todavía: algunos 
de ellos, algunos de los más queridos han muerto. . . y 
han muerto por la patria I Arrojados al fuego de la ba- 
talla, se han transformado en perfumes; sumergidos en 
la noche de la muerte. . . se han convertido en auroras. 

Vosotros comprendéis, señores, ¿no es verdad? que 
esos recuerdos no pueden saber mentir; vosotros me 
creéis, oh amigos los bienvenidos á mi patria, cuando 
os digo que amo á vuestro Chile con toda mi alma de 
oriental, y que esa mi alma transparente refleja el alma 
buena de mi Uruguay, que os aclama sin reservas. 



334 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 



Pero tengo que seguir con mis recuerdos. Hay una 
nación hermana en cuyo seno discurrieron fugitivos los 
años de mi niñez, en que se ríe á través de las lágrimas. 
Allí también amé^ allí también aprendí, allí echó pro- 
fundas raíces mi corazón en flor, raíces que es imposi- 
ble arrancar sin que el corazón se muera de sed. ¡Oh 
buena, oh gloriosa patria argentina! ¡Oh amiga escon- 
dida en las luminosas nieblas de mi primer recuerdo! 
¿Cómo olvidarte en este momento de confidencias fra- 
ternales, si tú eres y has sido siempre nuestro i'efugio 
generoso, si eres la amiga de ayer, si eres la amiga de 
hoy, si serás la amiga de siempre, porque Dios lo quiere, 
y porque nosotros lo queremos? 

Señores. . . no me miréis, aunque quizá lo merezco, 
con ojos distraídos; no tachéis estas palabras, que voy 
enhebrando sin concierto, de subjetivismo egoísta. Todo 
esto es algo más que la historia amable de una alma: 
es la historia del alma. 

Todo eso os lo he mencionado, no sólo para ofreceros 
y ofrecer á vuestro Chile el obsequio de mis recuerdos, 
que &on tesoro, pero sólo para mí, sino para poneros de 
relieve toda la angustia que se apoderó del alma uru- 
guaya, cuando vio que, con intermitencias que se suce- 
dían como llamaradas de incendio, sacaba la cabeza de 
un cráter de los Andes una Medusa siniestra coronada 
de serpientes; cuando vio que esas dos hermanas que de- 
bían amarse entre si, aunque no fuera más que por la in- 
genua razón de que nosotros las amábamos, estaban col- 
gando crespones de un odio concentrado é inverosímil, 
y enlutando para la muerte los horizontes americanos. 
Yo he llamado á mis recuerdos para que os dijesen, para 
que os contasen algo de la alegría que se ha apoderado 



< Illl.K-UKUOt'AY il^iT) 

(lo8j)U¿s (!«' nuestro espíritu, cuando hemos visto <|U<*. 
vencetlore« do la liidra de cabezas renacientes, vence- 
dores de vosotros niisjnos. p;randes y fuertes como nunca, 
os arrojasteis el uno en brazos del otro; y, en medio de 
los júbilos lio hi roconciliación ])ordurable, pensasteis 
en nosotros, y recordasteis que os amábamos, y habéis 
venido á recoger los í;ajes de nuestro afecto. 

No hablemos más de todo eso, no hablemos más. 

Hoy, señores, una luz tenuísima, una luz recién na- 
cida, parece difundirse por nuestros cielos muy altos, 
muy distantes; hoy parecen andar por ellos los can- 
tos do la alborada de Belén: gloria á Dios en las alturas 
y paz en la tierra á los hombres de buena voluntad ; 
hoy la estrella, que es un sol, y el sol, que no »'S otra 
cosa que una estrella, son astros buenos, astros amigos 
que anuncian felicidad. Ya podemos, señores, jgracias 
á Dios! trabajar tranquilos en nuestros días; ya pode- 
mos dormir tranquilos en nuestras noches silenciosas. 
Podemos dormir, y hasta podemos soñar: soñar en pros- 
peridades inauditas, en fuerzas incontrastables, en so- 
beranías intangibles de la América del Sud. 

La gran república iberoamericana del Norte se ha 
unido con nosotros á la gloria do vuestro triunfo : el 
nombre de nuestro hermano el Brasil es aclamado en 
estos momentos en Chile, como es exaltado el nombre 
de Chile en el Uruguay. 

Son las constelaciones que se reúnen, señores, obede- 
ciendo á una ley de atracción providencial incontras- 
table, buscando la sideral armonía. 

Chile, la Argentina, el Brasil. Es verdad: son las tres 
grandes potencias de la América del Sud. 

Pero yo quiero recordaros, señores, que la constela- 
ción clásica de nuestro hemisferio, la más hermosa de 



336 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

las constelaciones celestes, es una grande cruz de estre- 
las que sube y baja por nuestras noches australes. 

En esa constelación, tres estrellas son de primera 
magnitud. Pero recordad que en ella existe una cuarta, 
que, no por aparecer como de segunda magnitud, deja 
de ser un astro de luz propia y perdurable. Bien sa- 
béis, señores, que la magnitud en los astros, como en los 
estados, es sólo aparente. 

Si escribís, pues, en los primeros de esos viajeros de 
lo infinito los nombres resplandecientes de Chile, de 
la Argentina, del Brasil, ¿qué nombre habéis de dar á 
la cuarta estrella, indispensable para formar la conste- 
lación indivisible del Sud, qué nombre habéis de darle 
si no es el nombre querido de mi Uruguay? 

Hacedlo así, oh amigos que habéis sido los portado- 
res de la buena nueva; dejadme que os ponga en el 
alma esa resplandeciente cruz de estrellas, como el re- 
cuerdo cariñoso y perdurable que os entrego, en nom- 
bre de mi patria, para que ilumine vuestras noches. 

Señores: Brindemos á esa radiosa cruz de soles de 
nuestro hemisferio austral; brindemos porque esa cons- 
telación querida siga su ruta imperturbable en torno á 
nuestro polo americano; brindemos porque con ella, 
sigan también su curso feliz y eternamente armónico, 
todos los astros que poblaron el cielo americano en los 
días de nuestras glorias, brotando del vacío al fiat lux 
omnipotente de la revolución de 1810. 



Monseñor Jacinto Vera 

Discurso pronunciado, en el atrio de la Catedral de Montevideo, ante 
el cadáver del llustrísimo y Reverendísimo señor don Jacinto 
Vera, primer obispo del Uruguay. 



COKF. T DISC. 



Señores : 

Por comisión del Club Católico de Montevideo, tengo 
que dar á la palabra dolorosa algunos momentos que 
me veo en el caso de arrancar á las lágrimas: á las lá- 
grimas que, en este momento, bañan mi alma, y el alma 
del pueblo uruguayo enlutado y consternado 

¡Padre!. . . ¡Maestro!. . . ¡Amigo!. . . ¿Dónde estás? 

Dinos que es verdad que esos tus ojos están cerrados 
para siempre; cuéntanos cómo esa tu mano ha caído 
para siempre postrada á fuerza de bendecir: haznos 
saber que la última sonrisa que debías cambiar con la 
muerte, tu última amiga, es esa que tienes helada entre 
los labios, y que en ellos quedará inmóvil para siempre; 
danos la triste noticia de que ese tu corazón está por 
fin deshabitado, deshabitado del amor que en él vivió, 
que en él y con él se movió determinando sus latidos ; 
dinos todo eso, por más amargo que sea. . . pero dínoslo 
una vez siquiera, para que sintamos, una vez más, el 
contacto de tu vida, para que podamos decir á nuestros 
hijos, á las generaciones á quienes transmitiremos tu 
memoria, cuál fué la última vez que escuchamos tu voz 



340 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

que era armonía, tu voz que consolaba, que acariciaba, 
que era verdad 

Señores, hermanos, pueblo uruguayo : el santo ha 
muerto. Su espíritu invisible anda en torno de nosotros, 
y recoge nuestras lágrimas, que, en este momento, son 
lluvia de la tierra al cielo. 

Ha caído, señores, como él lo presentía, como él lo 
anhelaba: en actitud de apóstol, andando, abrazado á su 
cruz en medio de nuestros campos desiertos^ mártir de 
su deber de caminante. Se ha desplomado en nuestros 
brazos, como el águila herida de muerte en los aires, 
que deja en ellos su vuelo, que es su alma, y devuelve 
á la tierra lejana su cuerpo solo. 

Él tiene derecho, oh, sí, tiene derecho, señores, á 
arrastrarnos como nos arrastra en el dolor de su muerte, 
porque siempre nos envolvió en las bendiciones de su vida. 

Yo no tengo, oh hijos de ese padre común, oh her- 
manos, yo no tengo una frase bastante dolorosa y jjer- 
durable para que enterremos en ella su memoria. El 
panegírico de sus virtudes lo ha meditado anoche sólo 
mi llanto; perdonadme, señores, si mi palabra incohe- 
rente sólo refleja el confuso pensamiento de las lágri- 
mas de insomnio. 

¡ El santo ha muerto ! 

Ahora, inmóvil pero expresivo aun en su último le- 
cho, no más duro que los que ocupaba en vida, es una 
sombra amiga. Vedlo: la misma muerte pierde su ho- 
rror en su cara grave y apacible. 

Nació predestinado á hacer la felicidad del pueblo 
uruguayo, y ha cumplido la voluntad de Dios. 

Fué verdad, fué abnegación, fué consuelo, fué paz, 
fué ejemplo. 



MONSICSOU .lACINTO VKKA ÍHl 

KI [)()1)I('> (Ir palabras ac.oiiij)añanteH la soledad del !••- 
cho do muertr de iiueNtros padres, de imestroH herma- 
nos, de nuestros amigos. ¿R(H;ordáÍ8 su sonrisa? Klla 
sola ahuj'entaba los rencores, oonciliaba las familias, 
desarmaba á los (Miemigos. Hablaba con los hombres, 
con la misma ingenua ternura que empleaba para ben- 
decir á los niños. Y los hombres se sentían nifios cuando 
estaban con él. Su sola presencia era una resignación 
difundida; su voz curaba y alentaba: su plegaria fecun- 
daba como un riego, como una lluvia lenta que eae so- 
bre el cam})o mientras dormimos. 

La historia de esto anciano muerto, señores, es la his- 
toria íntima, amarga muchas veces, desconocida casi 
siempre, del espíritu de su pueblo. ¡Oh santo mensa- 
jero! El se ha llevado én el alma el alma de nuestros 
dolores, al foco de las eternas redenciones: él es nues- 
tra vida que alienta en la eternidad. 

Maestro, buen maestro: las oraciones que nos ense- 
ñaste perfumarán de incienso tu memoria, de incienso 
ardiente. Duerme en paz, que nosotros velaremos. 

Padre perdido para nuestro amor de la tierra: ensé- 
ñanos á llenar el vacío que en nuestra alma dejas; ensé- 
ñanos á llenarlo con los amores del cielo. 

Amigo, santo amigo: te besamos en la frente, con un 
beso húmedo en lágrimas que corren. Ayúdanos á seguir 
el ejemplo de tu vida, como hemos seguido, oprimidos 
y llorosos, el camino de tus despojos. 

Padre, maestro, amigo . . . Dios lo ha querido : te de- 
jamos en la soledad de tu sepulcro. 

Cvímplase la voluntad divina é inescrutable. Bendita 
sea la mano que nos castiga, sacándonos al que amába- 
mos de nuestro lado. 

Adiós, buen padre: la fe y las oraciones que nos en- 



342 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 



señaste serán nuestro tributo para tí. Tú has muerto 
en el Señor. Duerme en paz, duerme en paz en su re- 
gazo. Nosotros haremos silencio^ largo y acongojado si- 
lencio . . . 



Don Francisco Bauza 

Discurso pronunciado en el Cementerio de Montevideo, al inhumarse 
los despojos del señor don Francisco Bauza, el 5 de Diciembre 
de 1899. 



Señores: 

La Unión Católica del Uruguay, el Club Católico de 
Montevideo, que tengo el honor de presidir, y el Cír- 
culo Católico de Obreros, me han dicho que venga aquí, 
á decir adiós, en nombre do ellos, á ese muerto ilustre 
que fué mi amigo, que es mi amigo. ¡Oh santa amistad 
la de los muertos ! Y he venido, trayendo hasta aquí mi 
corazón con esfuerzo; con mucho esfuerzo, señores, por- 
que nada pesa tanto como el corazón, cuando está can- 
sado. 

¡Y yo tengo que hacer oir aquí la voz del mío á pesar 
de todo! 

Se acaba de decir, por bocas elocuentes, y en repre- 
sentación de entidades excelsas del país, que la patria 
ha perdido un grande hombre; que es la voz de la elo- 
cuencia la que se ha extinguido en esa garganta que ya 
no vibrará jamás; que una de nuestras hogueras inte- 
lectuales se ha apagado en ese cerebro para siempre frío 
bajo sus cenizas; que uno de nuestros hidalgos corazo- 
nes ha quedado inmóvil para siempre en ese corazón 
vacío. 

Se ha recordado al procer, al soldado, al diplomático, 



346 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 



al escritor, al ministro de estado, al pujante batallador 
de las luchas políticas. 

Es verdad, señores: el senador don Francisco Bauza 
fué un procer ilustre, fué un procer honrado. Amó á su 
patria por ella misma; porque amarla era ley, necesi- 
dad armoniosa de su esj^iritu; porque sentía identifica- 
das con sus tradiciones domésticas todas las tradicio- 
nes de la patria; porque las sentía en la médula de sus 
huesos, que conservarán su huella aun después que se 
desnuden de su carne; en los glóbulos de su saiigre, en 
el calor de su vida; porque, con la convicción intuitiva 
de su corazón, no concebía ni podía concebir una patria 
más grande que la patria uruguaya, desde que sólo ella 
era del tamaño de ese corazón, pues sólo ella lo llenaba ; 
porque pasó su vida estudiando su pasado, luchando 
por su presente, soñando en las grandezas de su porve- 
nir. Bauza, señores, era un hombre para pensar; era un 
atleta para luchar; era un niño para sentir. 

Los hombres así, señores, prosperan muy poco gene- 
ralmente en el mundo. Encerrados en si mismos, ajenos 
al pensar de los hombres que los rodean, son mirados 
como entes extraños. Van por la tierra tristes y solos 
en su gloria, encerrados en la columna de humo que en- 
volvió á Moisés en el desierto. Son muchas veces des- 
graciados. Mueren pobres como ha muerto Bauza, por- 
que para andar por el suelo estorban las alas. 

Pero las injusticias de la tierra, llaman á la otra 
vida, como llaman los niños desgraciados á su madre. 
Oh nó, no hay ni puede haber una injusticia eterna 
para el ser inteligente y libre; también las penas tie- 
nen su día de alegría : el último de la vida. Llegan, se- 
ñores, sí, tienen que llegar los momentos de las grandes 
reparaciones para los hombres de bien, reparaciones 



DOS FKANcisco iiAi;zÁ :H7 

(j[Ue (Jtíbcn si'V para ellos y no puní nosotros. Y lo sorían 
sólo para nosotros, en vez de ser para ellon, si esaH jus- 
ticias reparadoras se limitaran á estas manifestaciones, 
paramento tcrrtMias, fton (pío lionramos ú un homijre 
ipio ya no está con su organismo sensitivo en la tierra. 
Eso sería insistir en la injusticia, señores; sería hacer 
servir una vez más al hombre ilustre para nuestro ho- 
nor, para la «ijloria nuestra. 



Por esa consideración, señores, llego naturalmente al 
desempeño de la misión que me han confiado los cen- 
tros católicos de Montevideo, que creen y esperan en 
la permanencia de la persona humana al través de la 
muerte. Es ahora cuando tengo que recordar y llorar, 
no ya al procer de la patria, cuyo recuerdo será ¡íatri- 
monio de todos, sino al hermano en la fe, al amigo que- 
rido, al compañero de causa, cuya memoria no morirá 
jamás en el alma de los que nos arrodillamos al pie de 
los mismos altares, de los que libramos con él las luchas 
cívicas por los mismos ideales cristianos, de los que con- 
fiamos y esperamos con él en no ser desamparados en el 
momento eterno, de los que con él creemos en Jesu- 
cristo, divino redentor de la humanidad, y nos confor- 
tamos con el vino de sus infalibles promesas. 

Yo quisiera, señores, que todos los que, unidos en un 
mismo sentimiento de respeto hacia ese muerto cris- 
tiano, acompañamos contristados sus despojos, estuvié- 
ramos también unidos en un mismo sentimiento de fe 
en la inmortalidad, y tuviéramos en los labios la misma 
fórmula de plegaria, la fórmula inefable que nos enseñó 
el Maestro; que todos ¡pudiéramos pronunciar las divi- 
nas palabras que, bajo la paternidad del Padre común, 



348 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

consagran la fraternidad de todos los hombres ; que to- 
dos pudiéramos arrancar en coro unísono de nuestras 
entrañas dolorosas la plegaria inagotable, y decir al 
cielo en los momentos de dolor y de amargura: ¡oh Pa- 
dre, Padre nuestro que estás en los cielos! 

Esa sería, señores, la felicidad; porque si el orden es 
la armonía de las cosas, ¿qué es la felicidad sino la ar- 
monía de las almas? 

Pero ya que tanta dicha no es posible en este mundo 
de contradicciones, dejadme que, en la representación 
que invisto, haga pasar por esta atmósfera sagrada, al 
despedir al compañero, al amigo, "al hermano querido 
en la fe y en la esperanza, haga pasar por esta atmós- 
fera sagrada las palabras que más gratas hubieran sido 
á esos oídos que ya no oyen, y que, sin duda alguna, él 
escucha desde el seno de la eternidad; dejadme aca- 
tar, en nombre de la fe, los altos designios de Dios; de- 
jadme decir, en nombre de esa fe que represento, las 
palabras que son tributo expiatorio y suplicatorio por 
los muertos : oh Padre, Padre que estás en los cielos ; 
Vos nos lo disteis, vos nos lo quitasteis; acatamos, oh 
Padre, tus soberanos designios ; Tú solo eres bueno ; Tú 
solo justo; Tú solo altísimo. Que se haga, en todo, y 
para siempre, tu santa, tu misteriosa voluntad! 



Doña Sofía Jackson de Buxareo 

Discurso pronunciado, el 4 de Septiembre de 1900. al inhumarse. 
en el panteón de familia de la capiJIa de Jackson, en Larranaga. 
los restos mortales de la señora doña Sofía Jackson de Buxareo. 



Señores : 

De nueve venimos á abrir, bajo el ábside ojival de esta 
i<;lesia, ese venerable panteón de la familia Jackson, tan 
conocido de la familia Oriental: tan amado y conocido 
sobre todo de los flesgraciados. 

En ese sepulcro, señores, han caído ya muchas veces 
las lágrimas de este pueblo; lágrimas de dolor, de res- 
peto, de amor, de gratitud. Al levantarse la piedra que 
lo sella, parece que brotan, de su fondo lleno de noche, 
memorias santas que se encienden en lo obscuro, y salen 
á nuestro encuentro con la majestad de la muerte, de la 
muerte que es corona, y nimbo de luz perpetua, y sere- 
nidad celeste, en los muertos que se nos aparecen cuando 
pensamos en Dios. 

En ese sepulcro han dormido y duermen los hijos el 
sueño eterno al lado de los padres: en él está Elena, la 
mujer de puros ojos azules, reflejo de un alma todo trans- 
pariencia. de ojos que se llenaron de noche en pleno día; 
la amiga personal de los desvalidos; la que fué sonrisa 
de dolores ignorados, y cuyo recuerdo pasa en este mo- 
mento por nuestra memoria como un perfume de lejanos 
paraísos. En él duerme Clara, aquella nobilísima ma- 



CONFBKENCIAS Y DISCURSOS 



trona; aquella madre impertérrita ante los dolores con 
que la vida premió casi siempre sus heroicas y no olvi- 
dadas virtudes; aquella mujer que, transformando su 
hogar en santuario inaccesible al deleite, lo llenó del per- 
fume de su propia alma de madre, y del incienso propi- 
ciatorio que subía al cielo desde sus resignaciones y sus 
ejemplos, desde las ascuas siempre encendidas de sus ca- 
ridades. A él traíais ayer no más, señores, á don Juan, 
á aquel gran ciudadano, varón sin tacha, alma de hierro, 
forjada por Dios en nuestra tierra, para dejarnos un mo- 
delo perdurable de virtudes cristianas, y para' que tam- 
bién nosotros tuviéramos el tipo de la humildad en la 
grandeza, del desprecio de toda vanagloria en la opu- 
lencia, de la rectitud de intención en la caridad hecha 
sólo por amor de Dios y sólo para su gloria, de la po- 
breza 3'' de la humildad en medio de la riqueza, consi- 
derada por el que la posee sólo como un préstamo de 
Dios, y un instrumento de labor penosa y abnegada. 

Todos ellos, señores, nos han estado aguardando en esa 
tumba hasta este momento, y aquí les traemos contris- 
tados lo que ellos esperaban. El último de los cuatro her- 
manos Jackson que, durante cuarenta años, no han ce- 
sado de derramar beneficios ámanos llenas en este nuestro 
país, viene también por fin á esperar aquí la resurrec- 
ción de su carne, al lado de sus mayores y de sus herma- 
nos; á reunirse, al fin, al puro representante de la nueva 
generación, que la muerte arrancó prematuramente de 
su rama, para arrojarlo marchito en esa tumba. 

La santa mujer que hoy traemos dormida á descansar 
en el seno de los suyos, era la última hermana que nos que- 
daba de la generación de benefactores de la sociedad que 
en ella termina, para dar paso en la tierra á la nueva, 
que está encargada por Dios de continuar la obra de 



liOÑA SOFÍA JAUKMON UU llt \AUKr> HTiH 

canda<l dosiis progonitoroN. En ella piín'cíiin luiberHore- 
coiuu'udiitld todas las viiLiidcs de esc iipcllido ilii.strf oii 
loH uiuilos de lii caridad uruguaya: ella r<iimía, á la did- 
zura de los unos, la viril sonMiidad y la honda conciencia 
de su misión do los otros; á las grandes rcsif^nacioneH, 
las inagotables ansias do hacer cl bien : á las altiveces 
d(^ la verdad y la virtud, las renuncias do todo prodomi- 
nio mundanal; al esplendor de la caridad munificente y 
generosa, la obscuridad do la vida que prejjara á la muerte 
y predestina á la f^loria. 

En ella, pues, parece querer reconcentrarse, en este 
momento majestuoso, todo el homenaje de la gratitud 
social; y por eso, congregados en torno de eso ataúd, 
lloramos nosotros, en nuestras lágrimas, las lágrimas de 
millares; elevamos, en nuestra oración, una solemne y 
propiciatoria oración nacional. 



Yo traigo aquí, señores, la misión de rendir un home- 
naje postumo, abriendo la urna de la palabra dolorosa 
que guarde la memoria de esa mujer fuerte, cuyos des- 
pojos vamos á entregar á la tierra, que piadosa los reci- 
birá en su seno; traigoesamisiónennombrede la Unión 
Católica del Uruguay : me la ha dado el Club Católico de 
Montevideo, que tengo la honra de presidir; me la han 
confiado también los Reverendos Padres S ales i/i nos. las 
Conferencias de San Vicente de Panl. la Cruz Roja Uru- 
guai/a de Sefwras Cristianas. 

Yo cumplo, señores, mi misión, pronunciando espe- 
cialmente los nombres de esas instituciones. Pero á mí 
me parece, al pronunciarlos, que cien voces, brotadas de 
todos los confines de la república, se disputan el de- 
recho de ser las primeras en hacerse oir. quieren á todo 

OOXF. Y DISC. 'Si. 



354 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

trance vibrar en mi voz, y reclaman el privilegio de 
formar las primeras en el acorde de la gratitud que en 
torno de este sepulcro se levanta, como un enorme esta- 
llido de corazones reconocidos. Oigo gritos de niños 
educados en los asilos, protestas de ancianos recogidos 
en las mansiones de la vejez, voces de vírgenes del Se- 
ñor, que enseñan y forman el corazón de la niñez des- 
valida, que rezan por los que no rezan, que redimen la 
sociedad con sus plegarias y virtudes ignoradas; escu- 
cho bendiciones de familias socorridas, de dolores ali- 
viados, y de grandes amarguras restañadas : resuena en 
mi oído, señores, la voz salmódica de los templos cons- 
truidos por la munif ícente caridad de esa gran matrona, 
que puede decir con el salmo del divino rito: yo he 
amado, oh Señor, el decoro de tu casa, y el sitio que es 
la habitación de tu gloria; llega hasta mí el clamor de 
todas las instituciones de beneficencia amparadas por 
esa mujer, el de la prensa católica que protegió difun- 
diendo ei ¡oeriódico y el libro conductores de la buena 
nueva; el de todas las comunidades religiosas que ella 
trajo al país y sostuvo con su dádiva generosa, para 
difundir la verdad y el ejemplo, para esparcir por toda 
la república simientes de vida en almas desiertas j 
abandonadas, para repartir á manos llenas lo único que 
el hombre puede dar sin tenerlo él mismo: la felicidad. 
Esa gran mujer, cuyos despojos traemos acongojados 
al sepulcro de los suyos, y cuya pérdida viste de luto á 
la nación; ese corazón que ya no tiene ritmo, señores, 
palpitó siempre, vosotros lo sabéis, movido por la pa- 
sión del bien que es armonía; anheló la gloria de Dios 
con la intensidad del apó.stol; buscó su reinado en las 
almas y en la sociedad, con una tenacidad y una per- 
severancia que absorbieron su vida casi entera, su inte- 



DüS.V SOllV JACK80N ÜK HUX \UK<) 955 

H^iMícia Imniíiosii, su voluntad in(jU<il)rai)t-Rl>l<'; alzó 
sit'iu|)i'f los ojos iil cii'lo, piíni leer iii »''\ rui'il ••r>i la vo- 
luntad d»i Dios, il fin di' r»!alizarla »'U ialit-rra: nti con- 
sidoró siempiv como una simplo administradora d« los 
«Iones de intel¡«>;enc¡a, de carácter y de fortuna de que 
Dios la liahia dotado, y ha estado siempre j)re|)arada á 
rendir (lUMila (<s(>ru|)ulosa de esa, administración ante 
los triliunales eternos. 

Hoy, señores, esa cuenta está rendida. Y no nos cn- 
<>afia nuestro corazón, no nos engaña cuando nos hace 
sentir en este momento, en torno del sepulcro de esa 
mujer que reposa, el eco de las divinas absoluciones, 
de los ósculos eternos, de las recompensas infinitas. 

El duelo, señores, debe convertirse entonces en apo- 
teosis solemne; las lágrimas deben perder toda su amar- 
gura; el tributo de gratitud debe dirigirse, ya no sólo 
á la memoria de la bienhechora de nuestra sociedad 
cuya pérdida lloramos, sino al Dios de misericordia que 
ha hecho cesar los dolores de su sierva para llamarla á 
su seno, y para hacerle oir las palabras eternas, que son 
el germen y la raíz de todas las grandes virtudes, de 
todas las caridades heroicas que brotan á la sombra de 
la cruz: Venid, benditos de mi Padre, á poseer el reino 
que os está preparado desde la eternidad; porque tuve 
hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de 
beber, estuve enfermo y encarcelado, y me visitasteis, 
y me curasteis, 3' disteis á mi corazón la palabra de paz, 
la de consuelo. la de esperanza. 



Paz á los hombres 



Discurso pronunciado en el palacio de gobierno de Monlevidco, el 30 
de Marzo de 1903, en el "meetinK* iniciado por la Cámara de 
Comercio con motivo de la celebración de la paz. 



SUMARIO 



El espíritu de la multitud. - La guerra civil. — Sus verdaderas 
cansas en el Uruguay. -L^ nueva solución. — Lo que sig- 
nifica la manifestación popuiar iniciada por la Cámara de 
Comercio. — El señor Batlle y Ordónez y los trabajos de 
paz. — La gloria común. -La paz bija de paz. 



Señor Presidente do la República: 

La Cámara de Comercio, inioiadora de esta manifes- 
tación popular, ha querido que sea yo quien os hable 
en este momento; que sea yo, el más modesto de vues- 
tros conciudadanos, quien recoja el espíritu de ese 
monstruo de treinta mil cabezas y treinta mil corazo- 
nes que acaba de pasar aclamando vuestro nombre por 
debajo de los balcones de esta casa en que vive vues- 
tra legítima autoridad, y lo infunda en algunas palabras 
que palpiten y jDerduren. 

Y eso no es posible, señor: la palabra no puede vivir 
cuando el pensamiento que la habita la comprime de- 
masiado : estalla y se desvanece en el viento, sin trans- 
mitir la idea ni sugerir la emoción. 

Esa multitud que os ha aclamado es muy gi'ande: su 
espíritu muy complejo ; indefinible, para mí al menos, 
esa su aun perceptible resonancia. 

Ese clamor que acaba de pasar por aquí va sonando 
á júbilo y á alegría indudalilemente, tiene acordes de 
entusiasmo y de esperanza: eso se percibe claramente. 
Pero ese grito tiene también mucho de un inmenso sus- 
piro : en él se nota aún el dejo de las trémulas angus- 



360 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

tias y de las negras congojas por que lia pasado este 
pueblo en estos últimos días: algo de la sorpresa y del 
pavor de que se sintió poseído, cuando, sin querer dar 
crédito á sus propios ojos muy abiertos, tuvo que con- 
ven cerce de que la guerra civil, ]a tenebrosa guerra ci- 
vil, con todos sus desastres, iba á ser una vez más, si ya 
no era, una verdad en nuestra tierra; de que una vez 
más habíamos caído en nuestro delirio morboso, que ya 
se creía extirpado en nuestro organismo para siempre. 

¡La guerra civil! La hija del espíritu de soberbia que 
perdió la facultad de perdonar y la potencia de amar! 
¡La larva puesta tantas veces por el orgullo ó la in- 
consciencia en las entrañas de la libertad impúber ! 

Ahí van, pues, palpitantes aún en esa multitud cla- 
morosa, las exclamaciones de desaliento de los hombres 
pensadores sorprendidos por los sucesos; las protestas 
sofocadas de los que, sin fuerza moral bastante, se 
veían arrastrados á la guerra fatal contra su propia vo- 
luntad ; los sollozos de las madres, que veían desapare- 
cer del hogar, acaso para no volver, á sus briosos hijos 
adolescentes, llevados por el torbellino; los lamentos de 
los hombres de trabajo, que sentían la temjDestad aba- 
tirse sobre el surco recién abierto, y arrebatarles el pan 
de su familia; los cantos tristísimos de nuestros cam- 
pos, de ese nuestro gaucho desheredado, señor, tan no- 
ble, tan valiente, y tan resignado á su destino, que no 
ha sido otro sino el de ser empujado á la guerra y á 
la muerte por el brazo férreo de su patriotismo incons- 
ciente. Ruinas, desolaciones, amarguras de todo género, 
profundas perturbaciones interiores, posibles y difíciles 
complicaciones exteriores, todo se amontonó sobre nues- 
tras cabezas en la nube tempestuosa que apareció en 
nuestros horizontes ; todo eso, y mucho más, va reso- 



I\/. Á I.OH HOMIIUKM :Uil 

nando aún »»n ese enorme Muspiro dn multitud (\\w «ru- 
za, como nna ráfa{j;ii d»« vi<iiito disipador fh* la tormenta, 
á lo largo de niuvstras oullos. 

/, Y todo eso por «juéy ^/fodo eso por (jiiién? 

Sefior: recordemos nuestro jKisado: miremos dentro 
de nosotros mismos, y enrontraremoH, en el fondo df* 
nuestra alma, un irresistible y generoso sentimiento de* 
piedad y dn indulgencia hacia nuestro ])reHente. 

Fué el viejo espíritu, señor, al que no es ajeno nin- 
guno de los (jue hemos nacido en esta tierra volcánica, 
al ijue no se ha sustraído ninguno de nosotros, el i\ne 
amenazó en estos últimos días la felicidad nacional. No 
podemos ni debemos acercarnos á examinarlo con de- 
masiada ])recipitación, porque acaso nos pasara lo que 
al atrevido é irrespe.tuoso personaje de la leyenda, que, 
al descubrir el ataúd, vio con pavor que era su propio 
cuerpo el del muerto que llevaban á enteiTar. 

Fué el inquieto espíritu heredado, el nativo genio tur- 
bulento, al que debemos nuestras glorias y nuestros desas- 
tres, y que no se resigna á quedarse sólo en el pasado ; 
quiere á todo tranc<^ arrastrarnos hacia allá : atravesarse en 
nuestro camino; cerrarnos el porvenir; fueron los acon- 
tecimientos históricos, que se eslabonan de una manera 
fatal, porque los hechos tienen su lógica inflexible; fue- 
ron nuestros latentes problemas sociológicos y políti- 
cos, que no habían hallado solución en la inexperiencia 
del pasado, y se presentaban de nuevo á buscarla, una vez 
más, en la madurez del presente; fué el complejo fenó- 
meno morboso de nuestro organismo social, el antiguo 
germen no extirpado de disolución, que hace su apari- 
ción de vez en cuando, provocado por circunstancias 
accesorias, y produce el vértigo que, perturbando la 
conciencia, hace reaparecer la subconsciencia atávica. 



362 OONl'^EIiENCIAS Y DISCURSOS 



Era, pues, indispensable tentar esta vez nna nueva 
-solución; no la antigua convencida mil veces de impo- 
tente. Era indispensable hallar una fórmula hija de un 
examen profundo de la conciencia nacional, del medio 
ambiente, de las circunstancias atenuantes; una idea de 
estadista, de sociólogo, de varón fuerte, y, sobre todo, 
de patriota. 

Para eso era necesario en el gobierno un hombre su- 
perior, capaz de sustraerse al vértigo del abismo, de 
comprender que se puede gozar de la libertad y de la 
fuerza sin servirse de ellas, y que es posible ser ^ buen 
patriota sin experimentar las perjudiciales pasiones de 
la patria, como se puede ser buen hijo sin padecer las 
enfermedades de la madre. 



Lo que quiere decir, pues, en resumen, señor Presi- 
dente de la República, lo que quiere decir esa solemne 
aclamación que acaba de pasar por esa plaza, es que 
ese hombre en el gobierno habéis sido vos. O es eso lo 
que esto significa, ó no tiene significado alguno. Ha- 
blan, pues, en mi voz, señor presidente, esos treinta mil 
ciudadanos que van por las calles de Montevideo. 

Bien ha comprendido ese pueblo, señor, las angus- 
tias de vuestros combates interiores; pero por eso pre- 
cisamente os aclama con mayor pasión ; bien ha sabido 
que os habéis visto solicitado por tendencias radical- 
mente opuestas, y sin embargo respetables, y por ra- 
zones contrarias, y sin embargo poderosas; bien ha 
sentido la lucha de un átomo con otro de vuestra san- 
gre, que se ha librado en la soledad de vuestras arte- 
rias; pero, precisamente por eso, ho}^ os proclama ven- 
cedor; porque vuestra mente serena ha sabido dar el 



I'A/ Á I, OS ii<iMi:i;i;s JWiJJ 

triunfo ([ue le correspondía á la sangro generosa que, 
enviada directamente por vuestro corazón á vuestro e»;- 
rebro, hizo florecer en óstc el ]tensaniÍHtito gerinin»! d»* 
la tolerancia y de la j)az. 

El pueblo, señor, que no se engaña en sus grandes 
instintos, ha sabido (¡ue habéis padecido en su carne: 
que habéis vivido tantas vidas cuantas se vieron ame- 
nazadas por h\ guerra inminente; que habéis palpitado 
en tantos corazones cuantos estuvieron acongojados por 
las angustias de estos días. 

Por eso os aclama, señor, como símbolo de fortaleza 
y al par de justicia; por eso estáis realizando en estos 
momentos el supremo y difícil ideal de la democracia : 
ser á un tiempo mismo el jefe del poder piíblico y el 
de la opinión. 



Y nosotros especialmente, señor, nosotros, los (jue en 
distintas formas os hemos asediado sin compasión en 
los momentos de ansiedad, reclamándoos la paz, la paz 
á todo trance, la paz á toda costa, y haciendo cargar, 
acaso injustamente, sobre vuestro espíritu, todo ei peso 
de la responsabilidad de un momento supremo; nos- 
otros, que sabemos que el consejo es una es^^ecie de pa- 
ternidad que crea deberes en quien lo da, venimos leal- 
mente, y con resuelta satisfacción, á cumplir nuestro 
compromiso de honor: á rodearos y á estimularos en 
este momento de gloria, en que la inmensa aclamación 
del pueblo agradecido es la consagración solemne, defi- 
nitiva, irrevocable, de vuestra conducta de magistrado, 
y justifica también la nuestra de agentes de concordia 
cívica, y de cívica esperanza. 

En aquellos instantes de angustia, cuando se llegó á 



364 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

temer que una sola cláusula, al parecer poco importan- 
te, de las bases de pacificación, estaba á punto de ha- 
cer desmoronar las esperanzas del pueblo, vos, que 
queríais sinceramente la paz, permanecisteis, sin em- 
bargo inflexible en vuestra primitiva exigencia. Pero 
en esa inflexibilidad liemos visto, señor, no sólo el pro- 
pósito de conservar incólume, como lo habéis conser- 
vado, el principio de autoridad y el prestigio de vues- 
tro gobierno, sino algo más grande y más generoso: 
hemos visto el propósito de compartir con esos mismos 
hermanos que se habían alzado en armas frente^ á la 
autoridad constituida, la gloria, la transparente gloria 
de haber cedido ellos también, ofreciendo así, también 
ellos, en esta fiesta lustral de los holocaustos patrióti- 
cos, una ofrenda propiciatoria á la patria ; pudiendo así 
también ellos, en esta pascua de nuestras esperanzas 
nacionales, comer con todos sus hermanos el pan sin 
levadura y el cordero sin mancha de sangre, que sim- 
boliza la nueva era; la era de la paz de noble estirpe ; 
la era de la paz hija legítima de paz. 

Así, y solo así, vigorizaremos el principio de la auto- 
ridad constituida, emanación del pueblo libre; uniendo 
al pueblo y al Gobierno en una sola aspiración de paz 
y de justicia, superior á toda otra aspiración; así apre- 
suraremos, como dice el poeta pensador, el camino de 
la razón en las almas retardadas, el advenimiento de la 
época en que todos los que sean fuertes tendrán miedo 
de su fnerza, y en que, poseídos de un santo temblor, 
temblarán á un tiempo mismo, el poder, en presencia 
de sus deberes, los pueblos, en presencia de sus dere- 
chos. 



Obra de paz 



Discurso pronunciado, en el "Teatro Larrañaga" de la ciudad del 
Salto, en el banquete ofrecido por el pueblo al presidente de la 
república, don José Batlle y Ordóñez, ei I." de Octubre de 1903. 



SUMARIO 



Las manilestaciones al presidente de la república. Su si^aifi- 
cado. — El pueblo se aclama á si mismo. — El principio de 
autoridad. — El acatamiento al fsllo del sufragio. La bao- 
dera y el abanderado. — El ciudadano Batlle y Urdónez. - 
Sus títulos. — Los palmares de Soto. —La mujer ea la obra 
de paz. — El brindis. 



Señor Presidente de la República: 
Señores : 

Nó, no ha sido un triunfo de la generosa y elocuente 
insistencia de mi ami^o el doctor Blixen, como él lo 
acaba de afirmar, el hecho de haberme yo levantado á 
dirigiros la [palabra. Si vosotros no me hubierais pedido 
que os hablara esta noche, yo os hubiera rogado que 
me escucharais, pues para eso acepté reflexivamente, y 
muy agradecido, la invitación á acompañarlo en este 
viaje, con que me honró el presidente de la república: 
para proclamar, definir y comprometer opiniones arrai- 
gadas en mí, tras larga y concentrada meditación: para 
unir mi adhesión, por insignificante que ella sea, á la 
que el pueblo del Uruguay quiere ofrecer y ofrece, en 
su devorante anhelo de paz y de iiormalidad, á la si- 
tuación política que preside el ciudadano con quien be- 
bemos en esta mesa el vino generoso de las cívicas 
cordialidades; para estimular intenciones buenas, y vi- 
gorizar esperanzas firmes: para unirme d vosotros, se- 
ñores, en el ejercicio de la virtud ciudadana que con- 
siste en prestar franco y valiente apoyo á los gobiernos 



368 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

dignos de él por su origen y por sus actos, virtud que 
representa muy á menudo muclio maj^or fortaleza é in- 
dependencia mayor que la que consiste en combatir las 
tiranías. — (Aplausos). 

Todo es sugestivo, señores, en el ambiente de entu- 
siasmo que liemos respirado y respiramos desde que, 
hace algunos días, dejamos, con el presidente de la re- 
pública, el puerto de Montevideo. Pero yo lie creído 
distinguir una idea protagonista en medio de esta serie 
no interrumpida de aclamaciones populares. Estas ma- 
nifestaciones completamente espontáneas, y en las que 
nadie podrá encontrar ni un átomo de esas imposicio- 
nes oficiales ó de esas lisonjas falaces que no son raras 
en casos análogos, son la proclamación del gran j^rinci- 
pio, alma mdter del régimen democrático republicano 
que todos amamos: el soberano originario, ó, más bien 
dicho, la fuente inmediata del poder es el pueblo; él es 
el nervio de la soberanía. Y si hoy aclamamos al hombre 
que preside este banquete augural^ es porque vemos en 
él la huella luminosa del dedo j)opular, que lo ha to- 
cado en la frente, y le ha ungido la cabeza con el óleo 
sagrado del sufragio libre. — (Grandes aplausos). 

Es el pueblo el que se dignifica y ennoblece, por con- 
siguiente, señores, con estas m^anifestaciones de respeto 
á esa entidad consagrada que acata sin temer; con ellas 
se aclama altivamente á sí mismo, porque con estas acla- 
maciones, más aún que al abanderado, saluda y rinde 
tributo á la bandera, al pabellón de las instituciones 
libres, del orden, de la normalidad, del respeto á la ley, 



(Si bien en las piezas oratorias que forman este libro se han suprimido 
las manifestaciones ó movimientos del auditorio, se han conservado en el 
presente discurso, tomado de la versión publicada en El Día de Montevi- 
deo, por juzgarlo así necesario á la comprensión é integridad de la obra). 



oiiKA i>i-: i'AZ 809 

(k'l imperio do lu justicia, «'luariiutlos vu la p«THona del 
primer magistrado (1«í la nación. — (ApIau80Hj. 

Vo he creído ver y palpar en las manifestacioneH di- 
ayer »mi Paysandú, y en las no menos vibrantes d»* hoy 
en el Salto, un hecho esencial. Vosotros m»- diréis, se- 
ñores, si es ó no exacta mi observación. O mucho m«* 
equivoco, ó una parte de esas aclamaciones al jefe legí- 
timo de la nación han brotado de- labios y corazones 
de hombres <}Ue, en la reciente cami)aíia electoral, no 
fueron partidarios de la candidatura del ciudadano 
Batlle y Ordóñez, para presidente de la república. 

(Varias voces: es cierto, es cierto). 

Pues bien: ya que ello es cierto, digamos que, si to- 
das las manifestaciones de adhesión que han poblado y 
})ueblan el ambiente qiíe respiramos son briosas }' son 
fecundas, ninguna es más amplia, ninguna más libre, 
más democrática, que la de esos ciudadanos que fueron 
los adversarios del hombre que hoy acatan y sostienen : 
porque ella denuncia la convicción, instintiva en unos, 
científica y reflexiva en otros, de que la persona es lo 
accidental, de que lo esencial es el principio de autori- 
dad encarnado en ella, y respetado como condición sine 
qua non del ejercicio de todas las libertades: que la ban- 
dera es el símbolo; que la realidad amable ante todo es 
la patria, la patria definitivamente constituida y apta 
para la democracia, libre, feliz, próspera por el funcio- 
namiento ordenado de su robusto organismo institucio- 
nal: porque eso indica que ya nos vamos convenciendo 
de todo lo estériles que son las luchas fuera del orden, 
y de que ellas son la causa de todos nuestros males: por- 
que eso revela, en fin, señores, que nos vamos inclinan- 
do á seguir el ejemplo de la gran democracia del norte, 
en donde, después de la más reñida de las elecciones 

COSF. Y DISC. 24. 



370 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

presidenciales, la primera mano que se tiende muy 
abierta, muy grande, muy llena de jugo del bravo co- 
razón norteamericano al candidato vencedor, es la mano 
del candidato vencido, derrotado en buena lid. Eso es 
lo noble, señores, eso lo valiente, lo fecundo .... 
(Grandes aplausos y aclamaciones). 

¿Qué virtud cívica esencial entraña la aclamación que 
tributamos al amigo personal, ó á la persona que nos es 
simpática y de quien somos bien queridos,, cuando esa 
persona es elevada por el triunfo cívico ? 

¡Valiente virtud, señores, valiente virtud! La palabra 
virtud viene de vis, fuerza, y para aclamar al amigo triun- 
fante no es necesario hacernos fuerza alguna. 

La virtud está en lo contrario: en la aclamación y el 
estímulo 'ofrecidos al adversario legalmente vencedor, 
en el acatamiento democrático al principio que él ha 
triunfado. 

Alzarse contra el resultado de una elección en que se 
ha tomado parte libremente, y alzarse contra ella por- 
que no ha vencido nuestro candidato ó nos es anti- 
pático el triunfador, es algo que casi deja de ser culpa- 
ble á fuerza de ser pueril. Sí, señores, eso tiene algo del 
niño que se somete á tirar á la suerte con sus hermanos 
pequeños el juguete apetecido, pero sólo en el caso en 
que la suerte le sea favorable. 

Nos vamos, pues, haciendo hombres, señores: nos va- 
mos convenciendo de que los destinos de la patria no son 
juego de niños voluntariosos y consentidos, que pue- 
dan depender de nuestras simpatías personales. Ya era 
tiempo, ciertamente, ya era tiempo. (Grrandes aplausos). 



oiij:a i»k vkv. Ít71 



Pero auiKHK^ «'s eso el Hignificado raán amplio «le 
estas maiiilostaciones altivas, sofior«vs, ellas revelan 
también, pues no es posible negar la luz á medio día, 
«jue el pueblo oriental está persuadirlo de que, en este 
raso, el abanderado os dif^no df la bandera. . . ( ff ron- 
den aplausos ¡nterninipen al orador) está convencido de 
(jue el abanderado es digno de la bandera, y j)or eso 
confunde, en una sola aclamación, los colores de ésta con 
las virtudes cívicas de aquél. 

( Aplausos prolongados ). 

El ciudadano Batlle y Ordófiez, señores, ha exhibido 
sus títulos bien saneados al sufragio popular que ha un- 
gido su cabeza; él no es uu advenedizo afortunado; él 
ha sido, durante su vida entera, un soldado de la liber- 
tad política; cualesquiera que hayan sido y sean nues- 
tras divergencias de principios y aspiraciones en otros 
terrenos, en ese, que es fundamental, él es el coreligio- 
nario de todos los hombres libres; él ha luchado, con- 
fundido con todos nosotros, por el reinado de las insti- 
tuciones; él ha padecido, con todos sus buenos conciu- 
dadanos, las grandes persecuciones jDor la justicia. 

El discurso que acaba de pronunciar en este acto, 
firme y diáfano como un cristal de roca, es de una in- 
genuidad 3'^ de una intensidad tales, y tan entrañables, 
que es muy difícil que sean percibidas y aquilatadas en 
una sola audición; el país lo verá mañana hasta el 
fondo, y sabrá apreciarlo en toda su profunda transpa- 
rencia. Sí, ha dicho en él el presidente, mostrando su 
alma abierta de par en par, porque nada tiene que 
ocultar en ella: sí, yo he luchado, en lucha franca y 
leal, por la presidencia de la república ; mis actos per- 
tenecen al juicio de mis conciudadanos; jDero más que 
ejercitar un derecho, he creído cumplir con ello un de- 



372 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

ber : el deber de ocupar el puesto en que más eficaz- 
mente podía realizar nuestros comunes ideales de liber- 
tad y de justicia. Es el pueblo el que ha subido en mí, y, 
como supremo estímulo de mis actos de magistrado, yo 
he traído á la presidencia de la república mi concien- 
cia, que es la misma, exactamente la misma, que rigió 
mis actos de ciudadano batallador. No es un candidato 
el que habla así, señores, es un presidente, en los mo- 
mentos de su mayor apogeo. 

(G-randes y repetidas salvas de aplausos). 

Yo acabo de cruzar, señores, por la primera vez, al 
través de las colinas de esta ondulante región del Norte 
de mi tierra, que es, toda ella, una continuación de mi 
ciudad natal ; y al mostrárseme á lo lejos un grupo de 
palmeras, que el ferrocarril iba dejando atrás lenta- 
mente, y que parecían girar en la cumbre de la colina 
lejana ; al decírseme que esos palmares eran los palma- 
res de Soto, una niebla pensativa, tristemente lumi- 
nosa, brotó, como una aurora sideral, del fondo de mis 
complejos recuerdos . . . ¡ Oh recuerdos, recuerdos que 
os movéis en la bruma blanquecina, y habláis en ella 
largas palabras, y reproducís azuladas tragedias melan- 
cólicas ! 

Allí se luchó : esos palmares, que son símbolo de paz, 
y al mismo tiempo de gloria, lloran con el viento su 
larga elegía; lloran por todos los caídos en el regazo de 
la batalla, por los de una y otra parte ; á todos los con- 
funden en una perpetua lamentación que parece ma- 
ternal, porque brota de las entrañas del sagrado suelo 
patrio, sube con la vida del árbol, y se difunde entre el 
cielo y la tierra en los rumores musicales de sus hojas 
suplicantes. 

( Grrandes aplauso s . — / Bien ! ¡ Muy bien !) 



UliHA DK l'A/ 878 

Allí Imliü á mu'stro ludo, ««'íioreK, el ciudadano liatlle 
y Oidüfiez, por la libertad y por la junticia ; yo no puedo 
olvidarlo; desde allí ha ido escalando lentamente la 
cumbre, dejuiulo muclia saii<jjre d<' suh pies ««n «d áspero 
camino; ha suicido mezclado á la larga peregrinación de 
los romeros del derecho, confundido con todos nosotros 
en la ambición de libertad cívica, cualesquiera que ha- 
yan sido nuestras discrepancias de doctrina y nuestras 
diferencias de criterio en lo relativo aciertos hechos con- 
cretos ; desde allí ha subido, jjor fin, con nuestros princi- 
pios democráticos á cuestas, hasta la cumbre en que hoy 
aclamamos, y en que debemos sostener, en un acto de 
consecuencia y en un transporte de esperanza, como 
presidente de la república, al viejo soldado de esos pal- 
mares de Soto que hemos visto al pasar esta tarde, en 
la cumbre de las colinas solitarias. (Aplausos repetidos). 



Hoy, señores, el que fué ^propagandista ardiente y 
soldado ciudadano, proclama la paz honrosa que él 
mismo, mezclado al pueblo, ha conquistado para el pue- 
blo, á fuerza de sacrificios. Es que ha llegado, señores, 
para este país, pues algún había de llegar, el momento 
de realizar algo que es más difícil que sacrificarse : el 
momento de poseerse, el de preparar unidos el campo 
de batalla en que libraremos después entre nosotros mis- 
mos los combates incruentos de la idea. 

Hoy, el antiguo soldado de los palmares ama y pro- 
clama la paz, no como una inconsecuencia ciertamente, 
sino como la más ceñida de las consecuencias lógicas; 
no como la base de su gobierno solamente, sino como 
la hija de sus entrañas de ciudadano, como el fruto de 
los sacrificios comunes de veinte años, como el depósito 



374 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

sagrado que el pueblo ha confiado á su energía, y que 
él está obligado á custodiar. 

Por eso, sin duda alguna, siente un amor apasionado 
hacia la normalidad institucional conquistada; por eso, 
al imaginársela injustamente amenazada, siente en su 
naturaleza, en general poco expresiva, movimientos de 
celosa angustia, y se oyen notas de serena firmeza en 
las vibraciones de su voz. 

Yo, señores, no formo parte de los consejos del señor 
presidente de la república, ni de su gobierno; no pue- 
do constituirme en intérprete autorizado de su Intimo 
pensar; no estoy vinculado, por otra parte, á ninguno 
de los partidos políticos de mi país; no tengo, pues, 
ninguno de los grandes recursos de hermenéutica polí- 
tica. Soy un principio que flota en medio de vosotros, 
una convicción que palpita, una voz impersonal que 
pasa por el viento. Pero con el simple buen sentido que 
Dios me ha dado para sustituir la falta de una inteli- 
gencia superior que tanto desearía en estos momentos 
para inocular en mi país la convicción que está en mi 
espíritu; con mi simple buen sentido, yo he visto bien 
claro, en el insistente anhelo de paz que, en varias for- 
mas, todas ellas amables y sentidas, ha manifestado en 
este viaje el presidente de la república, un grito pre- 
mioso en el que dice á todos los hombres de buena vo- 
luntad : dejadme haceros bien ; dejadme concentrar to- 
das mis horas, todos mis pensamientos á ese solo objeto. 
Que no se atraviese, por Dios, en mis meditaciones, la 
idea de que existe el mal, y de que yo, como presidente 
de la república, estoy en el deber de prevenirlo, y con- 
jurarlo y reprimirlo. Yo os prometo, una vez más, si es 
necesario, libertades, justicia, bienestar, prosperidad. 
Si no creéis en mis palabras, dadme tiempo para hace- 



itIlUA DK I-A/. B7B 

io.s ficfi (11 lilis ln'clíDS. Pero os razoniiljli- <jin- ( h-íu.s 
en mis promesas, (jiu< ul)oiio con una vida «üitera (!<• lu- 
cha por la libertad. Yo estimularé la ganadería, la agri- 
cultura, el comercio; yo haré profundos y accesibles 
vuestros puertos, transitables vuestros caminos, invio- 
lables y seguros vuestros hogares; yo no puedo hacer 
más, para abonar mis ])rome8as, de lo (jue ahora estoy 
haciendo: arrojaros mi corazón, (pie es transparente, 
para que lo examinéis hasta el fondo. Pero cooperad 
todos vosotros á la obra; cooperad á ella, haciendo un 
postulado nacional de la paz, de la condenación enér- 
gica de todo pensamiento que tienda á arrancarnos de 
sus brazos, ó á arrebatarnos la fe en la eficacia de las 
instituciones, haciéndonos fundar una esperanza preca- 
ria y dolorosa en la destrucción y en el derrumbe. 

Proclamad eso ante todo, porque la unión de todos 
en esa fe inquebrantable es la base indispensable de todo 
progreso político y material; no permitáis que se me im- 
ponga á mí esa preocupación, que debe ser la de todos 
y cada uno de vosotros; no queráis que se me grave con 
esa tarea, porque no es posible que yo me concentre al 
mismo tiempo á defender la puerta de la casa amena- 
zada, aunque lo sea por fantasmas, y á realizar en el 
interior de ella la mayor suma de bienestar: porque no 
es posible, en fin, como lo dice el adagio vulgar, repicar 
en la torre tocando á rebato, y andar al mismo tiempo 
en la procesión. 

(Grandes y repetidas salvas de aplausos). 

El presidente tiene razón, señores, y no es sensato 
ver en sus palabras otra cosa que una nueva prueba del 
angustioso anhelo que siente porque el país lo deje ha- 
cer bien, todo bien, y nada más que bien. Démosle lo que 
pide, señores, porque es justo, porque es conveniente: 



376 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

démosle fe; demos apoyo, como lo estamos haciendo por 
medio de estas desinteresadas manifestaciones popula- 
res, á su autoridad, que es emanación legítima del pue- 
blo; seamos todos pacificadores en la más honda de las 
pacificaciones, que es la única que acaso nos queda por 
realizar: en la pacificación de los espíritus, en la paci- 
ficación de los deseos, de las intenciones, de las espe- 
ranzas. — • ( Aplausos ). 



¿ Y cómo no recurrir á vosotras, oh señoras, que sois 
el principal esplendor de esta fiesta, como no recurrir á 
vosotras, para la realización de esa obra que podríamos 
llamar de evangelización política? 

La empresa debe ser vuestra en gran parte; la obra es 
digna de vosotras; tomadla, hacedla vuestra con gene- 
rosa pasión: trabajad por la paz; matad con el amor 
todo germen de odio que sintáis brotar en el alma de 
aquellos sobre quienes ejercéis vuestro irresistible as- 
cendiente de ternura: sobre vuestros esposos, sobre vues- 
tros hijos, sobre todos los que obedecen, aun sin quererlo, 
la inerme tiranía de vuestro amor omnipotente. — ( Gran- 
des aplausos). 

Yo bien comprendo que la mujer no puede menos de 
compartir los sentimientos de su esposo, de sus herma- 
nos, de sus hijos, desde que su corazón, que es maravi- 
lloso instrumento de armonía, tiene que ajustarse al 
ritmo de los que ama, so pena de dejar de amarlos. Pero 
la nota de vuestro corazón, señoras, puede ser, sin desen- 
tono, la nota de la ternura, de la caridad, del perdón, en 
el acorde doméstico. Llevadla siempre á él, señoras; 
aplacad las pasiones, sin contribuir jamás á exacerbar- 
las; sed siempre el espíritu cristiano dentro de la tra- 



OIIKA l»K TAZ M77 

(li(M(Mi |>iirti(luriii; s)m| 1h ixiliiiira (jii<< ¡iplacu, iu lú^ninu 
ijue pordona, el suspiro qiin se rosi^na, la mano débil y 
suplicanto que dotiono ol brazo armado. Kse es el divino 
mensaje que tenéis en el fondo devuestrasalmatí; loedlo 
en ellas; leedlo bien, y trasmitidlo en nombre d»' Dios á 
esta sociedad, tan perturbada tcxlavía por las rf'li<|uias 
de sus pasadas convulsiones. 

Vuestro sexo, señoras, que ha sido llamado sexo débil, 
es el sexo fuerte por excelencia, cuando se encierra en 
su misión de amor: vuestra mente es de luz para la intui- 
ción, de hierro es vuestro corazón para el dolor; la pri- 
mera no se ofusca cuando ve; el segundo no se quebranta 
cuando ama. Ved, pues, claro en este asunto, y amaréis 
enérgicamente, y seréis la paz. 

Tened fe en vosotras mismas; en todas las grandes 
empresas, en las divinas y en las humanas, la mujer ha 
sido siempre la fe vidente. Cuando el Hombre Dios, 
abandonado por sus amigos que huyeron ante el peli- 
gro, recorría su calle de amargura, sólo mujeres le die- 
ron lágrimas y consuelo: sólo una mujer se desciñó las 
tocas de su cabeza para enjugar la sangre y restañar 
las lágrimas de su rostro luminoso profanado. Cuando, 
en la cumbre de la colina sacrosanta, abrió sus brazos 
la cruz, como el iris de paz encendido entre las iras del 
cielo y los pecados del mundo, casi sólo mujeres estu- 
vieron al pie del patíbulo del Justo, sólo ellas vieron 
gotear la sangre de la Víctima divina, sólo ellas oyeron 
el testamento de Dios, y aceptaron por nosotros y nos 
trasmitieron nuestra herencia de redención . . . 

(Largos aplausos repetidos). 

Y cuando el genio errante por Europa con un mundo 
en la cabeza, pisaba desamparado la tierra española y 
pedía agua y pan para su hijo en las puertas del con- 



378 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 



vento de la Rábida, ya lo esperaba en tierra española 
un amor de mujer capaz de acompañarlo y de alentarlo, 
y un genio de mujer capaz de comprenderlo, y que, se- 
gún la expresión del poeta, de su corona desprendió un 
tesoro, para engastar un mundo en su corona. 
(Bravo, bravo, aplausos ). 



Señores, brindemos: brindemos á la bandera de las 
instituciones republicanas, por cuyo triunfo, dentro de 
la normalidad y la paz, estamos librando estas batallas; 
brindemos á su actual abanderado, que para ella recoge 
nuestras viriles aclamaciones; brindemos á la realiza- 
ción del ideal que aconsejaba un día el presidente Roose- 
velt á sus conciudadanos, en un acto como éste, y en un 
discurso memorable: hagamos de modo, les decía, que, 
llegada la hora de nuestra muerte, podamos morir en 
la convicción de que la humanidad es un poco mejor, 
porque nosotros hemos vivido; brindemos, por fin, al 
inapreciable concurso de la mujer en nuestra obra de 
justicia, de progreso, de libertad, de amor. . . 

( Grandes aplausos. La concurrencia, puesta de pie, 
aclama largo rato al orador). 



Las Misiones Salesianas 



Conferencia dada, el 14 de Noviembre de 1900, en la tercera sesión 
pública del Congreso de Cooperadores Salesianos celebrado en 
Buenos Aires. 



SUMARIO 



El derecho de conquista sobre los primitivos pobladores de Amé- 
rica. — Las diferentes doctrinas al través del tiempo. — 
La doctrina verdadera. — La Conferencia de Berlín. — Las 
soberanías africanas. — Los indios no constituían una per- 
sona política capaz de soberanía, pero eran personas hu- 
manas con la plenitud de los derechos de tales. — Las doc- 
trinas de los teólogos españoles del siglo \VI. Fray Barto- 
lomé de Las Casas é Isabel la reina. — El soldado y el mi- 
sionero. — Las misiones jesuíticas del Paraguay. — Los mi- 
sioneros salesianos. — Don Bosco. — Su semblanza. — Su 
vocación de misionero. — San Francisco de Asís y don Bos- 
co. — El ensueño de don Bosco. — Su realización. — La 
concesión de almas. — El imperialismo salesiano. — La 
independencia de América. — La sociabilidad americana. 
— Su composición étnica. — El misionero en el pueblo. — La 
civilización es inseparable del cristianismo. — La democra- 
cia. — Uua balada alemana. — Gratitud. 



Excelentísimos señores ; 
Señoras : 
Señores : " 

Algunas de las personas que me escuchan lo saben fe- 
lizmente: me he encargado sólo á última hora del des- 
arrollo del primer tema de esta tercera sesión pública del 
congreso de cooperadores salesianos: las misiones. 

¡Y me encargué, sin embargo ! ¿Por qué lo habré he- 
cho? ¿Por qué no insistí mucho más en la necesidad de 
que un asunto tan vasto, tan sugestivo, tan acreedor á 
una larga preparación, fuera tratado aquí por voz más 
elocuente que la mía? Es ahora, en vuestra presencia, 
ilustres prelados que me escucháis, es ante vuestra pre- 
sencia, oh señoras y señores que formáis con ellos esta 
imponente asamblea, es ahora cuando siento todo el 
peso del irreflexivo compromiso que contraje, y todas 
las exigencias del asunto que acepté. 

¡La noche de las almas! ¡El hombre salvaje! ¡El mi- 
sionero! ¡El sembrador peregrinante del Evangelio, que 
traza con su sangre la primer senda para la civilización 



382 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

cristiana en el desierto, y enciende en él sus palabras, 
é ilumina lentamente con ellas la soledad! 

¡Don Bosco! El salesiano, el buen salesiano! 

Todo eso, señores, y tanto más que sugiere mi asunto, 
produce una enorme resonancia en las almas armonio- 
sas. Yo he creído escucharla muy á lo lejos, al ponerme 
á meditar sobre lo que estaba en el deber de deciros en 
esta sesión; pero la ráfaga musical pasó por mi espíritu, 
como el viento entre los árboles, sin desprender de él 
las palabras maduras que hubiera debido ofreceros ; sólo 
tengo, señores, ideas aun informes, palabras sin bas- 
tante sol. El tema quedará casi desierto. ¡ Qué le hemos 
de hacer! 

Sírvame, sin embargo, de disculpa el hecho de haber 
aceptado mi compromiso con resistencia, y sólo á falta 
de mejor intérprete para mi asunto, y entremos de lleno 
á nuestro tema: las misiones salesianas, es decir, la di- 
fusión del Evangelio, por los peregrinos de don Bosco, 
entre los hombres de nuestra tierra que no están aún 
incorporados á la civilización cristiana. 



Nosotros, señores, hombres de raza europea ó caucá- 
sica, vivimos en una tierra que hasta hace cuatro siglos, 
bien poco tiempo, por cierto, no pertenecía á nuestra 
estirpe ; otra raza, que la habitaba desde los tiempos 
sin historia, fué desalojada á viva fuerza por unos con- 
quistadores venidos en carabelas desde el otro lado del 
mar. Y esos conquistadores son nuestros padres; de ellos 
heredamos esta tierra. 

No creo necesario demostrar que nosotros descende- 
mos de los conquistadores, á despecho y pesar de los 
cantos líricos indígenas de nuestra independencia poli- 



LAH MI8I0NEH HALE8IANAM 883 

tica; ninguno de entre nOHOtros ao cree deHcendiente de 
los para{)as, do los í|ii(»randíí's (') <!•' los charrúas. 

Ahora bien, st«fiores: ¿Fls l('f¡;ítinui nuestra lierencia? 
¿Es justo, y no precario, nuestro título ? Kxistió en nues- 
tros causantes el derecho de conquista sobre las tribus 
indias que poblaban esta tierra que hoy llamamos nues- 
tra? ¿Quó derechos tienen los vestin;ios de luiuellas ra- 
zas, los hijos do los conquistados, que aun viven en los 
desiertos, sobre nosotros, los hijos de los conquistadores, 
que hemos edificado ciudades y cultivado campos? 

He aquí, señores, la porfiada controversia del si- 
glo XVI que reaparece, y que recobra su interés en nues- 
tros días. Estamos en época, no de descubrimientos, 
pero sí de exploraciones y de conquistas, de expansio- 
nes territoriales, de' imperialismos como hoy ha dado 
en llamárseles. Y yo, que voy á ocuparos una hora para 
hablaros de una especie de imperialismo, del imperia- 
lismo de un rey, (hablo de don Bosco) debo comenzar 
por plantear y resolver esa cuestión secular. 

Vosotros conocéis las distintas fases por que ella ha 
pasado. Ora se ha sostenido que los pueblos salvajes ó 
las tribus bárbaras no tienen derecho alguno personal 
sobre las tierras que ocupan, ni de propiedad, ni menos 
de soberanía; ora se ha dicho que tales pueblos sólo 
pueden pretender una soberanía limitada por los dere- 
chos de la colonización y de la civilización ; ora, por fin, 
se ha proclamado á grandes voces, en nuestros días so- 
bre todo, el derecho de aquellos grupos humanos á la 
independencia como entidad jurídica, á la pro|3Íedad co- 
lectiva de la tierra, y aun á la soberanía y al respeto ab- 
soluto de los estados cristianos, que les deben hasta el 
comitas gentium. 

Es esta última doctrina la que prevalece teóricamente 



384 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

en el derecho de gentes moderno. En éste, la concesión 
pontificia de los antiguos tiempos, ó la prioridad en el 
descubrimiento, ó la posesión más ó menos ficta que se 
invocaba como modo de adquirir el dominio por parte 
de los estados descubridores, han sido sustituidas por la 
toma de posesión real y efectiva^ notificada á las demás 
potencias colonizadoras. Esta tesis, adoptada por casi 
todos los tratadistas, desde Bynkershoek, Vatel y Mar- 
tens, ha sido incoriDorada, como sabéis, al derecho in- 
ternacional positivo, desde la conocida conferencia de 
Berlín de 1884 y 8B, en que se establecieron las formas 
de ocupación de las costas del continente africano. 

¡El respeto absoluto ala soberanía salvaje! ¡Los tra- 
tados y convenciones con los jefes de tribu! ¡Las cesio- 
nes voluntarias de territorios, y los protectorados pater- 
nales ! 

Ah, seiiores: todo eso está muy bien escrito en los 
libros ; pero todo eso no es verdad en los hechos. El rei- 
nado de la fuerza no ha terminado en el mundo : se ha 
vestido de abalorios solamente. Si aun rige entre los 
pueblos civilizados ¿qué sucederá en las relaciones de 
éstos con los salvajes? 

Ha dicho un gran pensador inglés, señores, que « las 
filosofías del hombre son generalmente el suplemento 
de su práctica, una especie de barniz lógico con que se 
adorna, una epidermis de inteligencia articulada con 
que se recubre, y con la cual se esfuerza por hacer ad- 
misibles sus actos instintivos y ciegos después que los 
ha realizado». 

A nada sería más aplicable esa profunda observación, 
señores, que á las relaciones entre los pueblos, aun en- 
tre los estados cristianos ; cada pueblo tiene su filosofía 
internacional. Recordemos, si nó, esa llamada doctrina de 



I, AS MINIONKN HAI.KHIANAH 886 

AUiiiroo, (>s|)('('i<' (le canmhMJii doriido (juí*, di'spuó.s (!«• 
cobrar tantos colores como rayos (U' sol han tocado hu 
piel articulada, ha dejado de ser una doctrina interna- 
cional como se creía, para transformarse ó confenarst' 
lo (ju(^ si(>ni|)re ha sido: un simple aforismo de política 
interna do un gran pueblo. 

Bien sabéis, señores, que ese respeto á las soberanías 
africanas proclamado en nuestros tiempos tiene mucho 
de olímpica hipocresía, y que, si algún progreso entraña 
en la vida internacional, es sólo porcpio la hijjocresía 
puede ser un tributo que el vicio ó el error suelen ren- 
dir á la virtud ó á la verdad ; bien sabéis que ese respeto 
á las soberanías salvajes en nuestros días, y los tratados 
que se celebran con. los jefes de tribu, más que una 
proclamación del derecho de los conquistados, es una 
precaución adoptada por los conquistadores, á fin de 
que las potencias puedan tomar más fácilmente pose- 
sión de los nuevos territorios, sin lastimarse mutua- 
mente; es, en una palabra, la tan criticada bula de 
Alejandro VI, expedida previamente por los grandes 
pontífices imperiales; bien sabéis por fin, señores, que 
la conquista moderna del África no difiere fundamen- 
talmente de la antigua conquista de América, á pesar de 
los congresos y conferencias. 



¿Por qué no establecer entonces, señores, con hon- 
rada sinceridad, los verdaderos principios, que son los 
eternos de la filosofía cristiana? 

Voy á exponéroslos en la forma somera que con- 
siente la naturaleza de mi discurso. 

Yo creo que el título de propiedad sobre nuestra tie- 
rra que. como persona colectiva, hemos heredado de la 

COKF. Y DISC. ^. 



386 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

otra persona internacional que fué nuestra metrópoli es 
un título perfecto, pues perfecto fué el modo de adqui- 
rir de nuestros causantes, los bravos descubridores y 
conquistadores de estas tierras. 

Recordemos ante todo que, para concebir el derecho, 
el hijo de la justicia, que es relación jurídica entre per- 
sonas, tenemos que concebir una persona que sea sujeto 
del derecho, y otra que sea su término ó su objeto. No 
es menos esencial el recordar que existen dos clases de 
personas: la persona física, el hombre, y la persona co- 
lectiva ó jurídica. Vosotros sabéis que, en derecho in- 
ternacional, las entidades que son objeto y término del 
derecho no son las personas físicas, no son los hombres ; 
son las personas internacionales, los estados ó sus re- 
presentantes, las agrupaciones de seres humanos que, 
en posesión estable de un espacio determinado de la 
tierra, constituyen esa especie de organismo persistente 
al través de los tiempos y generaciones, capaz de vida 
interna y de vida de relación con los demás organismos 
de su especie, que llamamos sociedad política, estado 
independiente, nación soberana. 

Ahora bien, señores: las tribus americanas que po- 
blaban nuestro Río de la Plata, ¿constituían esa per- 
sona colectiva, ese organismo vivo, articulado, cons- 
ciente, apto para ser objeto y término del derecho que 
rige las personas internacionales? 

Estoy firmemente persuadido de que nó, señores; 
estoy convencido de que aquel hombre triste y melan- 
cólico que recorría desnudo, en número exiguo, un espa- 
cio capaz de servir de vivienda á cien millones de seres 
humanos ; aquel hombre sin fe, sin ideal alguno de pro- 
greso, sin concepto alguno de soberanía ni de vida de 
relación, no ocupaba propiamente esta tierra; pasaba 



LA8 MI8IONBH 8ALHRIANAfl 887 

por ella nomo el pájaro por sus aires, como el avestruz 
por sus llanuras. Esos pjru|)os do hombres, obscuros pe- 
regrinantes (le la soledad, no constituían un organismo 
(le la misma especie de las personas colectivas que son 
sujeto y término del derecho de gentes. Yo bien sé, se- 
ñores, que la sociedad civil se constituye, ipno fado é 
ipso JiO'í'^ por la coexistencia de los hombres, ó más 
propiamente de las familias, (]ue son la unirlad primitiva 
de esa sociedad, y que hallarán su unidad definitiva en la 
unión organizada de los estados civilizados; yo bien sé 
que no es concebible una reunión permanente de seres 
liumanos que no constituya una sociedad con deberes y 
derechos inherentes; pero de esa sociedad civil primi- 
tiva á la .sociedad política formada, organizada de modo 
á constituir una perdona internacional , hay una enorme 
distancia. Y si bien no nos es dado establecer de una 
manera precisa el minirmim. de condiciones requerido 
para que aquella persona se considere existente, es in- 
dudable que ese mínimum no era alcanzado por las 
tribus nómades de los territorios rioplatenses primi- 
tivos. 

No habiendo, pues, señores, una persona colectiva 
apta para tomar posesión, como tal, de nuestra tierra, 
era ésta res nuUius^ á los efectos del dominio eminente, 
en la época de la conquista: perteneció pues al primer 
ocupante animo domini, á la j^ersona internacional 
que primero se estableció en ella, y que primero echó 
los gérmenes de las actuales sociedades políticas cris- 
tianas 

Ahí está, señores, á mi sentir, el verdadero título de 
dominio de nuestros causantes; ahí está el origen de 
nuestro propio dominio sobre nuestra tierra. 



388 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

Pero sólo sobre la tierra, señores, sólo sobre la tierra; 
jamás sobre el hombre, que no es objeto de más domi- 
nio que el de Dios. Porque si es verdad que en el con- 
junto de los hombres salvajes no existía una persona 
jurídica capaz de dominio eminente, es indiscutible que 
cada uno de esos hombres era una persona humana, libre, 
inteligente, no sólo capaz de deberes y derechos, sino 
idéntica por su naturaleza, por su origen, por su destino 
inmortal, al más encumbrado de los seres que forman 
la humanidad; idéntica al rey que conquistaba estas tie- 
rras, idéntica al mismo pontífice augusto que entonces 
las concedía en el nombre de Dios. Ese hombre, señores, 
era y es un hijo del mismo Padre común que está en los 
cielos, era j es un descendiente de Adán el primer pro- 
genitor, un expatriado, como él y como todos nosotros, 
del Paraíso en que tuvo su divino origen; ese hombre 
heredó como nosotros la culpa original, germen de su 
infeliz decadencia; y, título supremo de suprema digni- 
dad, señores, por ese hombre, como por todos nosotros, 
el Verbo de Dios se hizo carne, hombre como el indio, 
y Cristo murió por él en la cruz. Era pues, nuestro in- 
feliz coheredero ; era un rey, el rey de la creación. 

Esa persona humana, señores, tenía, como tal, la fa- 
cultad lícita é inviolable de obrar que compete á la 
persona; la inviolable potestad de usar de las facultades 
propias de su naturaleza, de unir á esa persona, por 
medio de los actos de esas facultades, los bienes exte- 
riores, y de disponer de ellos como de su propiedad. 
Porque ese hombre tenía un fin idéntico al nuestro, 
tenía el deber de cumplirlo, y la necesidad de usar para 
ello de sus facultades y de las cosas de este mundo, 

Y si en él residía la facultad moral llamada derecho, 
en todos los demás hombres, en todos, señores, y en la 



LAH MIHIONKM SAI.KSIANAS 389 

sociedad (\\\e estos fonnahau, residía d dcIxT correla- 
tivo: el do reeonooerle, como ohjt-to d»- perfección, un 
fin propio, no subordinado al de suh semejantes, un fin 
superior »l las criaturas, desde que las criaturas son, 
cuando más, sus if^uales en naturaleza; el de no tratarlo, 
por consiguiente, como un medio para que otros reali- 
cen su destino; el de acatar á esa persona como sagrada 
é inviolable en si misma, y en todo aquello que le está 
unido por naturaleza ó por acto de sus facultades; el 
de respetar, por consiguiente, su vida, su integridad, su 
libertad, su propiedad, su excelsa dignidad de persona 
humana. 

Ese deber histórico asistió, por consiguiente, á nues- 
tra raza, con relación, al primitivo poblador de nuestra 
tierra; no podía exterminarlo, no podía hacerlo esclavo, 
no podía despojarlo de su propiedad individual; tenía 
el deber de incorporarlo, en la plenitud de sus derechos 
y de su dignidad de hombre, á la sociedad civil y polí- 
tica que formaba en la tierra que aquel pisaba; tenía, 
por consiguiente, el deber de conquistar su inteligen- 
cia á la verdad, su voluntad al bien, su persona entera 
á la civilización cristiana. Y ese deber de nuestra raza, 
señores, ha pasado íntegro y reside en. nuestros estados 
independientes; y el derecho correlativo reside aún en 
los vestigios de aquella raza, en el hombre de nuestro 
pueblo. 

Esa es la doctrina, señores, la vieja doctrina cris- 
tiana, que hoy suele reproducirse, más ó menos frag- 
mentaria, como una conquista de los tiempos modernos, 
en los congresos y conferencias internacionales, cuando 
no se proclama la ley modernísima de selección ó de evo- 
lución en la escala ascendente de la vida animal; era esa 
la doctrina que informaba las monumentales Leyes de 



390 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

Indias, y las que proclamaban los teólogos españoles, 
Victoria, Soto, Fray Melchor Caro, Fray Antonio de 
Córdoba, el Padre Suárez, que son los verdaderos fun- 
dadores, antes de Grocio, del Derecho Internacional, y 
sobre los cuales descuellan, como símbolo viviente y 
encarnación práctica de esas ideas, la figura monolítica 
de Bartolomé de Las Casas, el fraile blanco, y la trans- 
parente figura de Isabel de Castilla, la reina católica, 
que hasta en su testamento escribía: «Por cuanto, al 
tiempo que nos fueran concedidas por la Sede Apostó- 
lica las islas y tierra firme del mar océano, fué nuestra 
principal intención la de procurar inducir y traer los 
pueblos de ellas, y los convertir á nuestra santa fe cató- 
lica, y enviar á las dichas islas y tierra firme prelados 
y religiosos para instruir y enseñar buenas costumbres 
á los moradores de ellas: Por ende, suplico al Rey mi 
Señor y á la princesa mi hija y al príncipe su marido 
que así lo hagan y cumplan, y que este sea su princi- 
pal fin; y no consientan ni den lugar que los indios re- 
ciban agravio alguno en sus personas y bienes; y, si 
algún agravio han recibido, lo remedien y provean por 
manera que no se exceda en cosa alguna». 



Ya desde entonces se inicia, sin embargo, señores, la 
pugna, que aun no ha terminado, entre el soldado, con- 
quistador de tierras y de cosas, y el misionero, conquis- 
tador de almas; el uno es el derecho de posesión sobre 
la tierra, á la que tiende á encadenar el hombre como 
un accesorio ; el otro es el deber de justicia y caridad 
hacia el hombre, desprendido de la tierra, y señor y do- 
minador de ella. 

Es verdad, señores, que esos dos elementos debieron 



LAS MIHI0NR8 HAI.BHIANAH MMl 

y deben ser complomentarios ; es verdad que máH de una 
vez lo han sido: pero confesemos, Hefiores, (jue general- 
mente no lo i'iK'i-on, (¡up p;on«Talm('nto no lo son. Haga- 
mos nuestro examen de conciencia social, y confesemos 
honradamente, confiésenlo todos, aun los que no pien- 
san con nosotros, que, á no haber existido el misionero 
nadie, desde los tiemjios de la con(piista hasta nuestros 
días, nadie hubiera pensado jamás acercarse con respeto 
al indio, sólo para decirle que es un hijo de Dios, y que 
tiene un alma que ennoblecer y que salvar: nadie se hu- 
biera llegado á él para llamarle hermano ; nadie para 
cumplir los deberes fundamentales de la raza cristiana 
conquistadora sobre los vestigios de la desventurada 
estirpe con(|UÍstada. 

Ahí están, señoreé, al lado nuestro, las ruinas de las 
antiguas reducciones jesuíticas del Paraguay. La sole- 
dad que las habita habla largas palabras melancólicas. 
Esos escombros son el gran monumento levantado al mi- 
sionero en el desierto americano. Allí vivió el salvaje al 
lado del evangelizador; el indio era allí un hombre; creía, 
trabajaba, amaba, era feliz. El misionero aplicaba á 
aquel hombre niño, á aquella raza infantil, el método 
racional educativo; el mismo que hoy prescribe para 
casos análogos la psicología pedagógica moderna con 
su criterio experimental. La apología de esa coloniza- 
ción acaba de hacerla, al decir la última palabra de la 
ciencia económica, el eminente Enrique George: ese 
estado social de las misiones paraguayas, dice el gran pen- 
sador protestante, constituye el eterno honor de los je- 
suítas. Efectivamente, señores, allí se realizaba el ideal 
de la ciencia económica; allí el trabajo era reconocido 
como el elemento predominante de la producción; allí, 
ni la tierra ni el capital menoscababan, con las tiráni- 



392 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

cas exigencias de la renta ó del interés irracional, el 
fruto sagrado del esfuerzo humano. Es cierto que se ha 
hablado de libertad al denigrar las misiones. Compa- 
rad señores la situación del indio en su reducción con 
la de muchos obreros modernos en sus fábricas, y de- 
cidme cual de ellos es más libre, más feliz, más hom- 
bre. Fué arrojado el misionero de las misiones : fueron 
expulsados los jesuítas ; triunfó allí la tendencia del sol- 
dado. Y el indio volvió á su selva, y olvidó el nombre 
de Dios, y reanudó su vida nómade y salvaje, y se de- 
rrumbaron los templos y las felices reducciones, como 
si se echaran á llorar la ausencia eterna de un espíritu ; 
y la maleza envolvió todo aquello ; y los tigres tomaron 
posesión de las viviendas del hombre, y el hombre fué 
á habitar las viviendas de los tigres, y á cruzar de nuevo 
como ellos, desnudo y receloso y fierO; la inmensa sole- 
dad de los desiertos. 

Oh, sí, señores; confesemos honradamente que el sol- 
dado, lo mismo el armado de arcabuz que el que dispara 
el fusil moderno de repetición, que mata tanto en tan 
poco tiempo, no es el que lleva al indio la prueba de que 
la raza conquistadora es más virtuosa que la doliente 
estirpe conquistada; confesemos que sólo el misionero 
ha sido siempre, y es, y seguirá siendo el único intér- 
prete del Evangelio de caridad ; el único que siente el 
supremo respeto por la persona humana del salvaje, el 
solo que lo eleva realmente, no en la teoría sino en la 
práctica de la vida, á la igualdad absoluta de naturaleza 
con los demás hombres ; el único que realmente lo siente 
y lo llama hermano, pues sólo él se arrodilla á su lado, 
y, levantando los ojos á las estrellas, le hace decir al 
unísono con él: « Padre, Padre nuestro que estás en los 
cielos». 



I.AN MlHigNKH NAIJCNIANAN ¡MtH 

Liis aniionías (li'I ruciorinio f¡loH<'»f'ií;o al)Htiit< ;<• m' 
han ulojudtí (luizá (l«'masiuflo dr mi tom»i. sefíon-H. Pít- 
Honadme; vaniOH á M. 

Ah, h{, hímiÍm los l)i«'nv»<iU(los ú mirstiii tima, uh los 
buenos in¡s¡on»Mos Balfsianos. ¿ Hul)óih \<<ni(lo áella ;, no 
es verdad? liabais venido á oumjilir por nosotrOM el de- 
ber de nuestra raza jiara con el liombn* cuya tierra es 
nuestra tierra? 

¿Pero no sois vosotros los hijos de aquel Don Hosco 
que comenzó su apostolado reuniendo en torno suyo los 
niños haraposos (juc corrían ¡)0r las calles d»* Turín? 

¡Don Bosco! ¡Oh! ¡ Bien lo recuerdo, bien lo veo en 
mi imaginación (pie ha ocupado tantas veces, con su 
cara sonriente, y sus ojos llenos de luz tranquila y de 
bendiciones plácidas! Lo veo rodeado de niños ])oV)res 
bajo los árboles de los suburbios de la ciudad italiana. 
Lo circundaba el portento ; un efluvio de compasiva 
ternura parecía brotar como una aureola luminosa de 
su vieja sotana negra: el birrete (jue ceñía su cabello y 
dejaba en él su huella circular, parecía piedisponer para 
el nimbo aquella nobilísima cabeza que se inclinaba sin 
abandono sobre el hombro derecho en actitud de per- 
manente indulgencia. ¡Y qué firmeza de resolución ha- 
bía en aquella frente erguida en su humildad, é inacce- 
sible al desaliento! ¡Qué reposo en aquella boca que, 
pensando siempre en el cielo, nos hablaba del paraíso 
con sólo sonreir! 

¡Don Bosco, el buen Don Bosco, el celestial amigo! 

Seáis los bienvenidos á nuestra tierra, oh vosotros 
sus heroicos mensajeros, oh vosotros que vivís de su 
recuerdo y de su espíritu! 

¿Pero cómo os habéis convertido vosotros, los hijos 
de Don Bosco, en misioneros de indios, si parece indu- 



394 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

dable que la vocación de vuestro padre no era otra que 
la de acudir al gran peligro de las modernas sociedades, 
amenazadas, no tanto por los salvajes del desierto, cuanto 
por los no menos temibles que hoy preparan en las ciu- 
dades la tercera invasión de bárbaros que registrará la 
historia, y que, como las anteriores, sólo el cristianismo 
podrá desarmar? ¿Cómo se transformó Don Bosco en 
misionero de las regiones patagónicas ó ecuatoriales de 
América? 

Señores: la historia de los peregrinos sembradores 
del Evangelio por el mundo, desde los apóstoles hasta 
nuestros días, es la historia del heroísmo humano en su 
más alta expresión; la vocación del apóstol, el impulso 
que pone un báculo en la mano de un hombre y una 
alforja en sus espaldas, y lo hace andar remotos cami- 
nos en busca de hombres desconocidos, de otra patria, 
de otra raza, con el solo objeto de predicar á esos hom- 
bres la fe, y disj)uesto á dar por ello la propia vida, es 
un perpetuo milagro psicológico, pues interrumpe las 
leyes naturales del espíritu humano; sólo un agente 
supernatural "extraordinario puede determinar ese im- 
pulso. 

Don Bosco, como hemos dicho, no lo sintió al prin- 
cipio de su vocación. Si esa inspiración pasó alguna vez 
por su mente; si hasta llegó á comunicarla al pontífice 
Pío IX, se vio obligado á desecharla, por consejo del 
mismo gran pontífice. Pensad en consolidaros en Italia, 
le dijo. Y los niños abandonados de las ciudades euro- 
peas continuaron siendo el único objeto de su caridad. 
Eso parecía bastar, y aun sobrar, para llenar sus ambi- 
ciones de inerme conquistador; muy poco parecía una 
vida, aun siendo la de Don Bosco, para tan grande em- 
presa. 



I.AH MISIONKM HAI.RMIANAM ÜMft 

Pero <l»«rr«'|»«Mit«*. y cuando mu filua <lul»ii jiim-híih muh 
primeroH vacilttnt»».s pasos on Italia. la sug«'8t¡ón li»Toica 
reaparece en su alma, en forma imperioHa, irreMÍMtible. 
Don B08CO Miente el anhelo de la aventura evangélica, 
de los desciihrimientos de almas desronoíriflas; es el im- 
perialismo de la caridad, señores. Ciñiere salir, no sólo 
de Italia, sino también de Europa ; el mundo le parece 
estrecho: quiere correrlo, y dar á sus hijos la consigna 
que el pobrecito de Asís, el primer sucesor directo de 
los apóstoles, había dado seis siglos antes á sus frailes 
menores: Su miei figli. tpargeteci peí mondo *• annuuziate 
la pace. Ea, hijos míos, esparcios por el mundo, y anun- 
ciad la paz. 

¿ Habéis notado, señores, las analogías entre don Bosco 
y San Francisco de Asís, entre la obra del pobrecito 
del siglo XIII y la del pobrecito del siglo xix? Habéis 
visto cómo la índole de ambos los induce á reclutar sus 
hijos en el pueblo, á confundirse con él, á ceñirse una 
cuerda, á tomar un báculo y una alforja casi vacía, y ca- 
minar los caminos del universo sin más guía ni apoyo 
que la Providencia de Dios? ¿Habéis %'isto la analogía 
entre los terciarios de San Francisco y los cooperado- 
res salesianos? ¿Habéis notado la tendencia á hermo- 
searlo todo con el arte, que acerca á Don Bosco y á 
San Francisco ? 

No cabe, desgraciadamente, en las proporciones de 
esta conferencia, señores, el estudio interesantísimo de 
ese parangón : debo sólo deciros cómo y cuándo cayó en 
el alma de Don Bosco la semilla inflamada del misio- 
nero peregrino por el mundo. 

Ella cayó, señores, desde la región misteriosa de los 
sueños. 

Don Bosco, en medio á las dificultades de sus prime- 



396 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

ras fundaciones, soñó durante una noche entera, hasta 
ser despertado por la aurora. Y no soñó con sus niños 
desvalidos que necesitaban pan ; no vio las calles de las 
ciudades europeas, en que otros niños esperaban su am- 
paro.' 

Voy á contaros lo que soñó. 

Escuchadme, predisjDoniendo vuestro espíritu á escu- 
char una historia amable, de esas que se cuentan á los 
niños, para que se duerman pensando en el cielo, y en 
los ángeles de alas blancas y transparentes. 

Don Bosco vio una llanura; el desierto inconmen- 
surable; ni colinas, ni montes; enjambres de hombres 
de largas cabelleras negras, todo desnudos, con pie- 
les de animales colgadas de los hombros, y armados 
de lanzas, recorrían aquellas pavorosas soledades; los 
vio muy bien; distinguió su color, sus rasgos antropo- 
lógicos. Algunos llevaban clavados en la punta de las 
lanzas trozos de carne sangrienta, otros cazaban bes- 
tias feroces; unos grupos peleaban contra grupos de 
su propia raza; otros luchaban contra soldados euro- 
peos. Luchaban ferozmente; el suelo estaba sembrado 
de cadáveres. En esto asoma, en la extremidad de la 
llanura, un grupo de misioneros. Don Bosco los mira; 
no los conoce. Los misioneros avanzan, y son destro- 
zados por los salvajes. La batalla se renueva con sus 
escenas sangrientas. Otros misioneros asoman por el 
horizonte. Don Bosco los mira, los reconoce; ah, sí, 
los reconoce bien; son sus hijos, sus salesianos; reco- 
noce personalmente á algunos, á los que vienen en pri- 
mer término ; pero á los otros nó, aunque también son 
salesianos ; estos son el porvenir sin duda alguna. Quiere 
detenerlos, para evitarles el destino de los otros misio- 
neros; pero los salesianos avanzan rezando el rosario en 



i.AH MIOIONKN NAI.KNIANAH ■'til? 

VOZ alta; juMM^truii «'iitir Ioh Halvaj»«H, . . . KhIoh corren 
hacia ellos, y ue detionen aHombradoH; ue ahupan, vo 
arreinolinaii, 1í>h a^n-n paso, fornuui ala, y los inÍHÍonero8 
sipiUMi avanzando; lh';;aii hasta el centro de la ininenHa 
muchoduniltre (jiie los rodea, y se arrodillan. Los sal- 
vajes dejan sus lanzas en el suelo, y se arrodillan tam- 
bién; sus ne«j;ras caholleras cuelfjjan desde sus frentes 
hacia la titura polvorosa. Y se oye entonces una melo- 
día, una enorme sinfonía que se difunde como una ola 
resonante sobre el desierto; el cántico saj^rado sube al 
cielo; salvajes y misioneros cantan unidos; sus voces 
forman un solo acorde sinfónico, como forman una sola 
armonía en la naturaleza las voces de los nidos y las 
de las cavernas y madrigueras, la de los tigres y la de 
las alondras; salvaje? y misioneros cantan unidos el 
cántico sagrado: Laúdate Maña, o lingua fideJe. 

¡Enorme sinfonía, señores, enorme sinfonía de los 
desiertos y de los cielos! Bethoven, el genio musical 
cristiano que da nombre á su siglo, no soñó nada tan 
grande. ¡Oh, si él hubiera escuchado y contado en su 
divino idioma ese armonioso ensueño de Don Boscol 

Pues ese ensueño, señores, es el germen de las misio- 
nes salesianas; de ese ensueño venís vosotros, oh los 
buenos peregrinos del hombre santo que duerme en Val- 
salice. 

Don Bosco se siente misionero : él ha visto la tierra 
que Dios le depara, ha visto ios hombres que la habitan, 
los hombres que le están destinados. 

Pero ¿dónde está esa tierra? ¿Dónde esos hombres? 

Es preciso encontrarlos, y Don Bosco se lanza en su 
busca; su pensamiento comienza á recorrer los mato- 
rrales de la tierra. 

Piensa primeramente que su región soñada debe ser 



398 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

la Etiojjia. Interroga, recoge datos .... Nó, no ve allí 
su ensueño; aquellos hombres negros no son sus hom- 
bres; no es su desierto aquel desierto abrasado. ¿Será. 
Hong-Kong, la isla de la China? DonBoseo detuvo en 
ella su pensamiento por algún tiempo; pero pasó; tam- 
poco aquello coincidía con lo que vio en sueños ; ni los 
hombres amarillos ni las cosas. He aquí que se ofrece 
á su vista el continente oceánico: es la Australia. Don 
Bosco cree haber dado con la realidad de su ensueño. 
Y tan llega á creerlo, que encarga á dos de sus hijos que 
se consagren sin dilación al estudio de la lengua in- 
glesa. Pero muy pronto su ilusión se desvanece; el ras- 
tro se pierde por ese lado, y la Australia es reemplazada 
por Mongolor, la isla de la India. Hubo un momento en 
que no se veía en manos de Don Bosco otra cosa que 
mapas de la India cristiana, libros é informaciones so- 
bre la región asiática. 

Estaba en esa tarea, cuando llegó á sus manos una 
carta de América, de la República Argentina, en que 
se le invitaba á mandar allí sus hijos. 

¡América! ¡La República Argentina! 

¿Y si fuera esa tierra la tierra de su ensueño? 

Su pensamiento acude al nuevo rastro. Busca libros, 
estudia, y una impresión solemnísima se apodera de su 
alma. En aquellos libros ve reproducido gráficamente 
su ensueño ; aquellas llanuras sin límites, aquellos hom- 
bres cobrizos, huraños, de pómulos salientes, de cabellos 
y ojos negros, son sus llaniu^as, son sus hombres. Eran 
los patagones. No queda en el alma del apóstol ni el 
más mínimo resquicio de duda. Cree firmemente, y esa 
fe triunfará. Ha triunfado, señores: las misiones sale- 
sianas, que hoy agrupan millares de indios, desde el 
Ecuador hasta Patagonia, en torno á los hijos de Don 



I.AH MIMIONKH «AI.KNUNAM M'J{) 

BoHco, 11») s(ui olla cusa 4110 los «uiHiuiñoH (lo «'•«to ijur hm 
han posado en América. No me pidáin datOH PHtadiHÜ- 
oos Hobr«> ellas, Hcñores; ni los números ni las informa- 
ciones niinnciosas pueden caber en los líniites de esta 
conlemiciu de índole j)uraniente sugestiva. Basto recor- 
dar ijue la enorme sinfonía que oyó. Don Bosco reHuena 
en estos momentos en muchos de.sierto8. Las multitudes 
salvajes cantan en torno de los salesianos: multitudes 
de niños, de mujeres, de hombres evangelizados. 



¿Hay alguno de entre vosotros que sólo oye en mis 
palabras algo así como un cuento fantasmagórico, ó la 
narración de un caso patológico de perturbación mental? 

Podéis creerlo así todos vosotros, señores: podéis 
creerlo sin desacato. Debo haceros saber con sinceridad 
que estaréis en buena compañía, cuando menos, pues así 
lo creyó el virtuoso cardenal Barnabó, cuando Don Bosco 
le hizo la narración que acabo de haceros, y aun cuando 
el pontífice reinante le ordenó emitir un dictamen sobre 
los propósitos del nuevo misionero. Es una fantasía, dijo 
el ilustre purpurado: no hay tales pueblos desconocidos 
en la América del Sur. Son utopías. . . ideas de mente 
enferma. 

Sí, señores ; todo esto no es dogmático, no es artículo 
de fe ni mucho menos ; jDodéis dejar de creerlo. Pero si 
los que dudan tienen buena compañía, nosotros, los que 
creemos en la realidad de ciertos ensueños, la tenemos^ 
mucho mejor. Pío IX. el gran Pío IX, creyó con nos- 
otros, á pesar del dictamen adverso del cardenal Bar- 
nabó; creyó en el sueño de la noche de Don Bosco. Y, 
sin vacilar, dio su aprobación al pensamiento, otorgó el 
permiso necesario, armó á Don Bosco caballero del 



400 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

Evangelio, y le dio en propiedad las almas de los indios 
americanos que se le aparecieron en sueños. 

¿ En propiedad ? 

Sí, señores : es una concesión de almas. Puede discu- 
tirse, podemos discutirlo aun los católicos, el carácter 
en que el pontífice- Martín Y acordó en el siglo xv á 
los portugueses los países que descubrieran más allá del 
Cabo Bogador; el de Nicolás V y Sixto IV, al conceder 
al mismo pueblo la soberanía de la Guinea, en 14B2 y 
54; el de Alejandro VI, al trazar con su báculo, en su 
famosa bula de 1493, la línea divisoria entre los domi- 
nios españoles y portugueses en nuestra América. Yo 
mismo os he indicado ese problema al principio de esta 
conferencia; yo mismo disiento de los que, con Perin, el 
eminente autor del « Orden Internacional » , atribuyen 
esa facultad al Vicario de Jesucristo, como inherente 
á su misión divina. Pero si es inacej)table la facultad, 
con origen divino, de Alejandro VI, para atribuir la ju- 
risdicción temporal á los descubridores de tierra ameri- 
cana, es indiscutible la de Pío IX para señalar su juris- 
dicción espiritual á los descubridores y conquistadores 
de almas. Eso sí que es de origen divino, señores; eso 
sí que se basa en las palabras más poderosas y perma- 
nentes que los cielos y la tierra: Id y enseñad á todas 
las gentes. 

Don Bosco, se sintió, desde aquel momento, dueño de 
aquellas almas ; las amó como cosa propia ; vio aquellas 
regiones, su. presente, su porvenir, con una intensidad 
asombrosa, guiado por el espíritu de sus ensueños. Se 
dijera que había recorrido á pie toda la América Meri- 
dional. En la conferencia geográfica que dio en Lyon, 
en 1883, tuvo suspenso durante hora y media á su nu- 
meroso y escogido auditorio, hablando de la geología, de 



I.A» MINIONRN HALBNIANAH 401 

la etnología. (i« las minaH, (1<> la orografía, du la hidro- 
grafía, do la fauna y de la flora de nuestra» regiones. 

con una procisión de explorador científico. 

Con eso título, sefioreH, Don Bosco lanzó á hu tijército 
á la conquista de su conceHÍón de almas, y le dio el 
santo y seña inmortal: Ihi mihi animas, cietera tolli' 
Dad me las almas, t/ quedaos con todo lo demds. 

Ks la coníjuista, el imperialismo, señores; pero no el 
imperialismo moderno reglamentado en el Congreso de 
Berlín: es el famélico imperialismo del celo por la glo 
lia de Dios, famélico, sí, señores, no rectifico mi pala- 
bra; con hambre de almas, con hambre y sed de jus- 
ticia y caridad. 

Últimamente, señores, un gran estadista de Inglate- 
rra, el pueltlo protestante conquistador, establecía la 
siguiente fórmula del procedimiento tendente á re^i- 
lizar su expansión en el mundo : primeramente se envía 
el misionero bien rentado; después el cónsul; después 
el general. Comparad esa fórmula, señores, con la fór- 
mula de Don Bosco, que envía el misionero,}' después el 
misionero, y siempre el misionero. Las dos interpretan 
fielmente los dos imperialismos modernos : dadme tie- 
rras, dadme subditos, dadme nuevos mercados para mis 
productos, dice la una: dadme almas, dadme esas almas 
que son mis hijas, las hijas de mis ensueños, dice la 
otra. 



No ha faltado, sin embargo, señores, quien haya di- 
cho y repetido en nuestro país, en circunstancia so- 
lemne : ¿ á qué hablarnos de misiones, si ya no hay 
indios entre nosotros? 

¡Entre nosotros! No los hay, efectivamente, señores. 

COSF. T DISC. 26. 



402 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

al menos con sus atributos exteriores, en la Plaza de la 
Victoria de Buenos Aires, ó en la de la Independencia 
de Montevideo; no parecía tampoco que los hubiera, 
capaces de redención al menos, y dignos de otra cosa 
que de la descarga de Máuser del soldado, aun en las 
apartadas regiones de los territorios argentinos, antes 
de establecerse las misiones ; ]jero han penetrado en los 
matorrales esos. . . ¿me permitiréis la expresión? han 
penetrado en los matorrales esos lebreles de almas 
amaestrados por el espíritu de Don Bosco, y las almas 
aladas y huérfanas han brotado en bandadas innúmeras 
de las malezas. Era preciso optar entre exterminar esos 
hombres ó reducirlos por el misionero. No hay término 
medio, señores. Y allá están agrupados, desde las sole- 
dades del Ecuador hasta las espesuras de Matogrosso ; 
desde los bosques del Paraguay hasta nuestras pampas 
y desiertos patagónicos: son hombres arrancados acaso 
al exterminio é incorporados á la vida por el misionero; 
son como creaciones de la caridad, señores; sin ella, 
esos hombres hubieran muerto, esas almas hubieran 
sido acaso desterradas para siempre del cielo y de la 
tierra. Yo bien se, señores, que hay quienes, proclamando 
esa ley de selección ó evolución en la escala de la vida 
animal de que antes he hablado, hubieran mirado con 
indiferencia cuando menos el exterminio de esos hom- 
bres; pero ese criterio, que convierte al que lo adopta 
en el verdadero salvaje, no merece el examen de las 
almas honradas; sólo sirve para demostrar hasta donde 
puede conducir al hombre la ausencia del espíritu cris- 
tiano. 

Y por otra parte, señores: ¿acaso termina el indio allí 
donde no existe el hombre que come carne cruda? 

He aquí, señores, otro aspecto que nos ofrece este fe- 



I.AS MlilONKM NAI.KHUNAN 40M 



cnndo tema; Tin intí»rPRanto pstndio dn psicolop^a Hocial 
se ofrec't' á nurstru coiiHidoración. 

Os he hablado (h< hi ooiKiiiista OHpafiola; oh he rocor- 
(hido el Inihihiiiti» primitivo d(^ estas rociones, y lie in- 
dicado los víjiculos jurídicos (jue lo ligan con uosotros, 

Pero pasó la época de la conquista; pasó la del colo- 
niaje español. Nos emancipamos de la metrój)oli, y re- 
clamamos nuostra hcrenciii; nos hicimos duefios de esta 
tierra, y formamos en elhi nuestra patria inclependiente 
y democrática. 

¿Cambió por eso el problema? ¿La tran.sformación 
|)olítica produjo acaso una transformación sociológica? 

Todo lo contrario, señores. Para formar la patria tu- 
vimos que recurrir al pueblo, á la gran masa, sin dis- 
tinción de razas, con 'todos sus vicios y sus virtudes. 
Esa gran masa respondió al llamado de la libertad, tal 
como era. Desde los batallones de negros de San Mar- 
tín; desde las indiadas semisalvajes de los caudillos in- 
teriores, hasta los hijos de los hidalgos españoles, todos 
lucharon por la patria, todos sintieron el amor más ó 
menos instintivo de la bandera, escalaron las cumbres, 
recorrieron las llanuras en sus potros sin domar, hicie- 
ron la nación independiente, con su carácter propio, 
con sus profundos sedimentos de influencias étnicas, 
sobre los cuales se han depositado los enormes aluvio- 
nes de las inmigraciones europeas. 

Es sobre esa patria, sobre toda ella, y no sobre la que 
nos fingen los ideólogos, sobre la que es preciso traba- 
jar para perfeccionar el organismo nacional, señores. 
Veamos, pues, su verdadera estructura. Hoy se estudia 
nuestra psicología social, y se busca en razones étnicas 
ó antropológicas las causas de nuestros males políticos 
y sociales. Un escritor ha dicho, después de estudiar la 



404 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

composición étnica del pueblo argentino, que « el rasgo 
capitalísimo común á negros, á mestizos y á mulatos, á 
los que atribuya gran influencia en la idiosincrasia na- 
cional; es la falta de un sentido moral cristiano. Este 
sentido moral, agrega, este imperativo categórico de 
nuestra conciencia es una aptitud que los europeos he- 
redan de veinte siglos de ascendientes cristianos y que 
no es posible improvisar en conciencias mestizas». 

Oh, señores, todo eso, y todo lo que con tales consi- 
deraciones se relaciona, llama más la atención por el 
brillante cascabeleo de su tecnicismo científico que por 
su verdad intrínseca. Yo no niego la influencia del or- 
ganismo sobre las operaciones del alma; tampoco pongo 
en duda la de la herencia, la de las predisposiciones 
atávicas, la de todo cuanto constituye la biología psi- 
cológica moderna, sobre las acciones de los hombres y 
los destinos de los pueblos. Eso no es nuevo ; bien sa- 
bemos que la unión del alma con el cuerpo es una unión 
sustancial; que el hombre es un espíritu servido por 
órganos; y nadie ignora que el dogma del pecado ori- 
ginal, la herencia morbosa moral de la humanidad, es 
el dogma fundamental de la doctrina cristiana. Pero 
nada de eso puede hacer desaparecer la libertad humana, 
el libre albedrío, la conciencia, la imputabilidad de los 
actos á la persona que los realiza, la influencia decisiva 
de la educación y del espíritu cristiano sobre el hom- 
bre; la influencia de la gracia de Dios sobre todo, la mis- 
teriosa influencia de lo sobrenatural en la humana na- 
turaleza perturbada por la culpa. Para el cristianismo 
no hay diferencias de razas, no hay estigmas somáticos 
ni psíquicos que diferencien sustancialmente los hom- 
bres. Cristo redimió á todos por igual ; para todos pre- 
dicó el mismo Evangelio de caridad; por todos murió 



LAN MMIONKN HALI-ltlANAN 406 



<n la cruz. Todo« fueron bárbaro.s. udi- .^ d»- (Jrihi.., io- 
dos han sido y során civilizados por ('riHlo. por mu ley 
de gracia, por su ley de amor. 

El proMoiiia. pues, seftoreH. no es etnológico, no es 
antropológico solamente; es casi exclusivamente socio- 
lógico. Es (|no en nuestras tierras ha continuado y con- 
tinúa en mu( lias partes el desierto, aun en las regiones 
habitadas por hombros de las razas superiores; es <|ue 
en nuestro país casi despoblado, donde se cuentan tres 
ó cuatro seres humanos en el mismo espacio en que 
se cuentan 110 en Italia, 130 en Inglaterra, 225 en 
Bélgica, existen multitudes que, aun(jue incorporadas 
á la vida natural del organismo social, y decoradas con 
el nombre de miembros de la soberanía nacional, no 
pueden considerarse aún incorporadas á la civilización 
cristiana; no viven la vida sobrenatural; son multitudes 
que, como el indio primitivo, no han oído pronunciar el 
nombre de Dios, ni el de Jesucristo Redentor de la hu- 
manidad ; hombres que no han oído hablar de deberes 
morales, de vínculos sagrados de familia, de mansedum- 
bre y de perdón, de sanciones de ultratumba, de desti- 
nos superiores. Y el hombre en esa situación, señores, es 
salvaje cualquiera que sea su raza: no hay rasgo antro- 
pológico, no hay imperativo categórico de la conciencia 
que subsane la ausencia del Evangelio, y el ascendiente 
milagroso que ejerce sobre el hombre la palabra de 
eterna caridad que redimió al mundo de la barbarie an- 
tigua. El bárbaro de raza caucásica es y será tan bár- 
baro como el aborigen americano primitivo, como el 
meztizo, como el cafre ó el hotentote : y el indio y el 
hotentote, por el contrario, pueden hacerse santos, con 
solo amar á Cristo y observar sus mandamientos. 

Si hay algo indiscutible, señores, es que la civiliza- 



406 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

ción moderna es inseparable del cristianismo. Basta 
abrir los ojos, para que penetre hasta el fondo del espí- 
ritu más prevenido ese postulado histórico ; los límites 
de la civilización están determinados en el mundo por 
la difusión del Evangelio. Ahí está la Turquía mahome- 
tana, al lado de la Europa cristiana ; ahí están las an- 
tiguas regiones cristianas de África, vueltas á la barbarie 
en cuanto el cristianismo las abandonó ; aquí está nues- 
tra América: la noche primitiva continúa entre noso- 
tros, allí donde no ha penetrado el sol de la palabra de 
Cristo que pronuncia el misionero. El fenómeno es 
constante é idéntico, señores, se repite en todos los 
climas, entre todas las razas, cualesquiera que sean las 
predisposiciones del hombre. , 



¡Y ha}'', sin embargo, quienes combaten el cristia- 
nismo en el seno de los pueblos civilizados! 

¡Y hay quienes hostilizan al misionero en su con- 
quista de almas para la civilización! 

Esos hombres que se dicen no cristianos en plena ci- 
vilización no se dan cuenta de que no ven su propio 
cristianismo, por la misma causa que les impide ver 
sus propias pestañas: por tenerlas demasiado cerca de 
los ojos; no ven que ellos mismos están compenetrados 
del espíritu cristiano, que están sumergidos en él como 
en el aire que respiran ; que todo lo bueno que piensan y 
sienten y ejecutan no es otra cosa que el reflejo incons- 
ciente de esa atmósfera en que viven. Ese hombre que 
alza su copa en el banquete de la civilización americana, 
señores, para execrar el cristianismo, no se da cuenta de 
que, sin el cristianismo difundido por el misionero, esa 
copa que levanta estaría llena de sangre de yegua sal- 



I.AM MIMONKN NAI.KNIANAM 4()7 

\aj<', ni i\i' i|ii<' los |)i'nHamicnt-os (¡lu' l»rotjin <mi hu ce- 
rohro Hi«ríiiii los itonsuiniriitoH dt'I |)iiin|ia. dfl |»ii«'lcli<'. 
del qufrandí ó d»«I charrúa. 

El uristianiHino »».s como el úrl)ol d»d sándalo, ii»d iju»' 
so ha dicho (juc pcrtiima ol hacha (\\u- lo hiere. ¿Re- 
cordái.s la Icycnchi ah-nnina? íjniero t|ne me traigaM el 
corazón d«' tu niadrr, dijo la hermosa mujer perversa á 
su joven amante calcinado por la pasión. Yo quiero el 
corazón de tu madre. Y el joven fué; y abrió con el jju- 
fial cincelado el pecho de su madre; y le arrancó el co- 
razón. Y volvió con él á su amada; y el corazón goteaba 
sangre, Y el joven corría con los cabellos erizados; veía 
sólo los ojos de su amada que brillaban siniestros frente 
á él; no veía el camino. Y tropezó, y cayó. 

Y del corazón que llevaba en la mano, goteando san- 
gre, salió entonces un grito dolorido y anhelante. Y' 
salió de él una voz que decía llena de sobresalto, de an- 
gustia y de ternura: ¿te has hecho daño, hijo mío? 

j Oh, la Iglesia de Cristo perseguida, señores, la Igle- 
sia lastimada en plena civilización cristiana! 

Las naciones modernas le arrancan el corazón mu- 
chas veces, para obsequiar con él á la amada infernal 
de ojos siniestros, de carne envenenada, de abrazo mor- 
tal; y es de ese corazón de donde brotan los más inten- 
sos y dolorosos quejidos por los dolores que sufre la 
sociedad apóstata perturbada: es en ese foco de amor 
materno inextinguible en donde se esconden las más 
negras congojas ante la gran caída que amenaza á las 
modernas sociedades; es la Iglesia la que pugna sin des- 
canso por la paz internacional, difundiendo el principio 
de justicia; la que busca la paz social saliendo á la de- 
fensa de los débiles oprimidos : es ella la que procura 
conjurar la tempestad que se acerca, y es á ella á la que 



408 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

se volverán por fin, en busca de refugio, las sociedades 
atribuladas después del inevitable desastre. 

Es ella la que os envía á vosotros á nuestra América, 
oh misioneros salesianos, á fin de que cumpláis por noso- 
tros el deber que contrajimos para con el indio primi- 
tivo que nos cedió su tierra; el que nos vincula á la masa 
de nuestro pueblo que nos dio su sangre ; el que tenemos 
para con la democracia que formamos. 

Vosotros, que os envolvéis en la humildad de esa so- 
tana salesiana, que es la sobreveste que cubre vuestra 
resplandeciente armadura de conquistadores de almas 
abandonadas, vosotros nos llamáis cooperadores, y nos 
pedís auxilio para vuestra obra, cual si reclamarais un 
favor. Y sois vosotros, sin embargo, los que venís, en- 
viados del cielo, á cooperar á la obra nuestra funda- 
mental; al cumplimiento de nuestro deber, ó más bien, 
á cumplirlo por nosotros. Somos, pues, nosotros, los 
que tanto blasonamos en América de hijos predilectos 
de la democracia, los que debemos inclinarnos ante vos- 
otros que asistís á nuestra madre. 

Y sin embargo, besáis, como si fuerais mendigos, la 
moneda que ponemos en vuestras manos para esa ma- 
dre democracia; y sin embargo, nos hacéis creer que sois 
los servidos, cuando sois los abnegados servidores; y nos 
dejáis, sin embargo, proclamar en las ciudades nuestro 
amor y nuestra sumisión á la soberanía de los pueblos, 
mientras sois vosotros los que allá, en la soledad de los 
campos, de los desiertos, de los aduares, os inclináis 
ante el pueblo desheredado y casi abandonado, ante ese 
mismo á quien nosotros llamamos soberano, y que sólo 
recibe inmediatamente, sin embargo, los santos home- 
najes de vuestro amor y de vuestro sacrificio. 

Es este, señores, el momento de las grandes gratitu- 



I, AS MISinNKN HAI.KHIANAH 409 

<les imcioiuilcs, (l<> lu.s gratitudes hiihm'k-íiuuh Íiucíh f\ 
tipo del inÍHÍonero, desde el frunciHcutK» <jue batitizó el 
primer indio, desde el jesuíta «jiio implantó la primera 
reducción, Imsta el salesiano que, stiHcitado expresa- 
ment»» para las exip;encias de los tiempos modernos, es 
la últinuí pahihni del verbo de caridad, y, realizando los 
ensueños de Doíj Bosco, toma posesión en nombre 
nuestro, y para nosotros, de esas almas rea nulliuM. 

No es sólo, por consipjuiente, la voz de la fe. señores, 
la que se levanta en mis palabras como un incienso que 
arde, al elevar esta protesta de gratitud hacia el misio- 
nero salesiano ; es la voz de la democracia, la de la ci- 
vilización : es el eco de aquella enorme sinfonía que 
oyó don Bosco en su ensueño memorable y fecundo ; el 
de aquel canto litúrgico de la inmensidad, que, fun- 
diendo en un solo acorde las esperanzas del misionero 
y las del salvaje, hizo descender el cielo hasta el de- 
sierto americano, y levantó el desierto á la visión es- 
plendente de los cielos estrellados. 



Cárcel de mujeres 



Discurso pronunciado, en la inauj^uración de la Cárcel de mujeres 
de Montevideo, el 14 de Enero de 18^ 



SUMARIO 



El deber social. — L«s penas y so ejecncióo. — El derecho pe- 
nal y el derecho natural.- El origen del derecho de casti- 
gar. — La misión de las cárceles. — La construcción de la 
Cárcel de mujeres. - Las hermanas del " Buen Pastor".— 
Caridad. — La crímioologia moderna. - La ciencia y su es- 
fera de acción. — La enfermedad de la delincuencia. — El 
delito y el pecado. — Misericordia. 



Señoras : 

Señores: 

He recibido ayer, de la comisión de Damas que ha 
dado cima á la construcción de esta cárcel de mujeres, 
el encargo de pronunciar ahora en su nombre algunas 
palabras, que sean algo así como la tradición ficta de 
esta obra, su entrega á la sociedad con cuyo concurso 
se ha realizado. 

Si es deber del orador, según dicen, el procurar colo- 
carse á la altura de su auditorio, ¿cómo llenar ese deber 
para con vosotras, señoras, que venís á ser auditorio y 
orador en este momento, pues debéis escucharme y 
hablar en mí al mismo tiempo? ¿Cómo dar forma, no 
sólo á lo que vosotras quisierais escuchar, sino á lo que 
quisierais decir y diríais en mi voz? ¿Cómo expresarlo, 
si no tengo la sensibilidad de vuestras almas, para po- 
der arraigar en ella mis palabras, y hacerlas florecer 
con el amable perfume que tendrían si fueran vuestras ? 

Yo espero, sin embargo, que vuestra bondad hará 
que no os desconozcáis por completo al escuchar á 
vuestro intérprete. 

¿No estamos acaso en un acto de caridad? 



414 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

Señores : 

En nombre de la Comisión de Damas, pongo en vues- 
tras manos, entrego á nuestra sociedad esta su propia 
obra, que, aunque modesta materialmente, puede lla- 
marse obra grande. 

Si bien lo examináis, esta cárcel de mujeres repre- 
senta, sin duda alguna, un nuevo gran paso que damos 
en el sentido de nuestra definitiva organización de pue- 
blo culto y cristiano; boy que la tenemos, nos parece 
imposible, ¿no es verdad, señores? nos parece imposi- 
ble que no la hayamos tenido hasta hoy. 

Muchos esfuerzos y muchos sacrificios ha impuesta 
su adquisición ; por largo tiempo, el anhelo de poseerla 
ha permanecido in pectorCj como una espina clavada en 
la conciencia nacional, que sentía de vez en cuando, 
para olvidarla en seguida, la desazón que esas espinas 
producen; pero al fin la cárcel está aquí, gracias á 
Dios; al fin, señores, nuestro gran deber de conciencia 
está cumplido. 

He dicho el gran deber, y debo desarrollar esa idea. 

Según un tratadista ilustre, señores, la teoría de la 
ejecución de las penas se ha formado fuera de la cien- 
cia del derecho penal; ésta, una vez pronunciada la 
sentencia, abandona al reo dentro de los muros de la 
cárcel, para hacerle sufrir su castigo. Pero si eso fuera 
cierto, señores, en cuanto al derecho penal, no lo es ni 
puede serlo en cuanto al derecho natural, que jamás 
abandona al hombre, así sea el más odioso de los cri- 
minales. Sí, señores; hay un derecho tutelar que sigue 
al criminal más allá de los muros de su encierro. Ese 
derecho, y el deber correlativo que reside en la socie- 
dad, son los que han construido esta prisión. 



cARCMI. DK Ml'JKHKM 415 

Kl <»stailo, 1h autoridHd, tieno el ílfp'clio, ó, máv bien 
dicho, el penoMO deber de caNti^ar. Kl origen moral 
de oHa facultad jurídica ha HÍdo, conu» HabéiH, muy om- 
tndiado y discutido; lo vh todavía, y lo será haNta lo 
infinito. 

La ciencia, se ha dicho, comienza por t'\ asombro, y 
tennina por el as(»nil>ro. ¡Olí, el enigma de laH causas! 

No he de desarrollar en este momento ese debatido 
problema; pero yo creo que, al través de todaw las teorías 
y disputas, se percibe clara y distintamente, como ba«e 
do aquel derecho, un principio de justicia absoluta, 
una ley innata, escrita en la trama misteriosa de la na- 
turaleza humana, que hace aparecer indisolublemente 
unidas en nuestra conciencia, como el cuerpo }• su som- 
bra, la idea de crimen y. la idea de castigo. Las injus- 
ticias y las violencias de la tierra claman á Dios, lla- 
man á la justicia armada y fuerte, señores, como los 
niños lloran llamando á su madre, y la llaman á gritos 
cuando se les hace sufrir. 

La conservación ó la defensa de la sociedad agredida 
por el crimen; el propósito de prevenir la comisión de 
nuevos delitos; la intimidación, la mejora del delin- 
cuente, y tanto más de que hablan los libros clásicos 
de ciencia, todo eso es ó puede ser, no lo pongo en duda, 
efecto de la pena: pero no es su razón de ser moral, no 
es su causa primera. Esta no puede encontrar.se sino en 
el orden, en la armonía, en esas armonías que, viniend' 
desde muy lejos, se difunden en la soledad de la con- 
ciencia humana, subiendo hasta ella desde los venera- 
bles silencios de una misteriosa subconciencia, como se 
propagan en los espacios las armonías de los orbes re- 
gulando su marcha, como se difunde por los organismos 
el ritmo de las moléculas determinando v sosteniendo 



416 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

y reproduciendo la vida, como se inoculan entre las 
almas, constituyendo la felicidad humana, las eternas 
armonías del amor. Y todo eso, señores, no es otra cosa 
que el espíritu del Creador que alienta en las criaturas; 
la voluntad del divino artífice que permanece en sus 
obras, y hace sonar, en la propia esencia de los seres, la 
nota que les corresponde para no desentonar en el 
acorde universal de lo creado. La ciencia no puede ser 
otra cosa, señores, que la investigación de esa volun- 
tad; descubrirla, es la verdad; seguirla, es el bien. Os 
estoy hablando, señores, en lengua filosófica cristiana;' 
bien sabéis vosotros que es mi lengua materna. 

Si hubiera, entre los que me hacen el honor de escu- 
charme, alguno que hablara otra lengua, acaso le fuera 
fácil traducir á ella mis palabras ; con sustituir el santo 
nombre de Dios Creador por uno de los vocablos idea- 
dos para no pronunciar ese nombre, mi raciocinio esta- 
ría traducido; pero confesemos, que muy poco ganaría 
en la traducción. 

Sí, señores : es justo, es necesario, es conveniente que 
la autoridad castigue los delitos ; eso es lo que nos dice 
nuestro sentido íntimo, y no es menester que consulte- 
mos otro consejero: no lo hay mejor ni más sabio. 

Pero lleguemos por fin al objeto de este mi raciocinio, 
señores: cuando la autoridad pública, ejerciendo aquel 
derecho, condena al hombre, en castigo de su culpa, á 
perder sus bienes ó su libertad, no por eso le extingue 
su personalidad inalienable, ni los derechos que en ella 
radican : el derecho al amor de sus semejantes, á la vida, 
al honor, á la rehabilitación, á la conquista de una 
nueva fortuna moral ó material, una vez que haya sal- 
dado su deuda con la sociedad. El antropófago, seño- 
res, se come al vencido; el salvaje lo mata; más ade- 



uAkcml or mi'Jkkicm 417 



Iant€)RP le ntili/a, iiuci/Mi(lülueH(!luvo ó liacién(Jr)lf ^>a^ar 
811 reMcatt*. ll<>y, (Íi*s|)Iióm que habló CrÍNto, mh lu iuipidn 
hacer mal como t'iu'ini^o, pero kp I»» r»'H|>eta, y aun «e le 
ama como homhn*. 

Por t'Ho, s««fi()rt».s, si s<« concleiiu iil criininal, <|Uh es 
también un vencido, á la pérdida de la libertad, sólo 
libortail debe arrancársele; uo vida, haciendo la cárcel 
un tormento <jue la acorte: no dignidad, haciendo del 
presidio un muladar (jue la infecte y la mutile ó ani- 
quile para siempre. 

Nuestro país, señores, esperó durante largo.s años, 
después de constituido en estado independiente, la 
construcción de una corcel penitenciaria que hiciera 
prácticos esos principios elementales del derecho cris- 
tiano. La obra se llevó, por fin, á término: una buena 
cárcel fué construida en Montevideo con arreglo á los 
dictados de la ciencia, y en ella se han procurado apli- 
car, y se aplican hoy en lo posible, los más adelantados 
sistemas penitenciarios. 

Pero la obra no había quedado terminada con eso. 
Fué la Comisión de Damas la que lo advirtió, al ejercer 
la obra de misericordia de visitar los encarcelados : ella 
vio que una parte de los desgraciados que en la cárcel 
purgaban sus delitos no había sido atendida con arre- 
glo á los principios de la ciencia del corazón: la ca- 
ridad. Y esa parte era acaso la más digna de atención: 
era la mnjer, que también tiene derechos. ^;no es ver- 
dad, señores? era la pobre mujer caída, que también 
clama al cielo por su regeneración, aun desde el fondo 
del delito y de la culpa. 

No era posible, por razones que caen de su peso, 

COSF. Y DISC. 27. 



418 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

responder á ese justo clamor, sin la construcción de 
una cárcel especial, distinta y separada de la del hom- 
bre delincuente, destinada á la mujer culpable. La Co- 
misión de Damas se puso á la obra con el apremio de 
la caridad; era preciso no perder un momento, no so- 
meterse á las interminables esperas de las obras públi- 
cas. Recurrió, pues, no sólo al Estado, sino al concurso 
popular; golpeó todas las puertas y todos los corazones; 
colocó la primera piedra del edificio, y sólo se ha sen- 
tado á descansar sobre la última, que ahora me ofrece 
como tribuna para deciros, señores, en su nombre, que 
nuestro deber social está, por fin, cumplido también en 
esa parte. Aquí está, dicen las damas que me han di- 
putado ante vosotros, aquí está esta modesta cárcel de 
mujeres, que, confiada á la dirección de la benemérita 
congregación del Buen Pastor^ tan acreedora por tan- 
tos títulos á la gratitud de nuestro país, es un modelo 
de organización interna. Ved esas mujeres que están 
ahí encarceladas: son delincuentes; pero son personas 
en la plenitud de los derechos inherentes á la persona 
humana; deben á la sociedad una parte de su libertad; 
pero nada más que eso; si algo más les arrebatara la 
sociedad, ésta, más aún que ellas, sería la delincuente. 



¿Y á quién hubiera podido confiarse la aplicación 
de esos principios que nos son comunes en el régimen 
interno de esta prisión, señores, á quién hubiera po- 
dido confiarse mejor que á esas mujeres á quienes las 
penadas llamarán hermanas, y que se llaman á sí mis- 
mas hijas ó hermanas de la Caridad? 

¡ Caridad ! La palabra misteriosa, la inmensa palabra, 
la eterna palabra! Ella permanece inmutable, inque- 



I'AIMKI, OK MI'.rKKI'.M f)|() 

brauUl)!.' al trav.'s ,|,. Ium variación. -m do rNciu-IaM y >U* 
(I«)(!l.rinas; »^lla t-H y Hnni la Hola cn-a.lí.ni, la .s..|u ,,,u- 
HtM-vadora do todo ciiHiito cxiHt,»'. 

Yo hien s<^. s.M-ion.s, .|ii<> la (•¡••iiria «li-I d.-n-clií) cii- 
luiíiHÍ al.ni\ i.'sa .u ...stos uioiiu'ntos i.or una ítísím íiuh 
tiende á dnstronar, á olvidar dcsd^noHann-nt.* cuando 
menos, .'sas |)alalM'as el.. mas, esas ^ran.l.'s id.Mis nni- 
dnss .|u.. |uilj)iuiu eoino corazones en o\ c.-rehro huma- 
no, y han sido y son la norma d.. .•ouducfa d- la hunui- 
ni.lad. La ci.Mn-ia, [.rocinando |.r,.scÍM(lir .le la noción 
s.-frún la fual .d homhr.' es un ser intelifrente y lihre, y 
está dolado .1.. una alma subsianeial, orifr¡uariamente 
hhre y causa concurrente de sus actos, .luierc ver en la 
|>ersona linmana un simple mu I.-0 .le energías .pie se 
modirica hajo el inllujod.. una fuerza ext.-rior de .esen- 
cia y de finalidad misteriosas. De ahí .|U.' las investi- 
gaciones científicas tiendan á concentrarse casi por 
completo, so pena de no ser consideradas tales, al es- 
tudio del organismo Iiumano, al de sus funciones, á la 
estadística, á la antropología criminal, al de las causas 
físicas y so.'iales que pueden determinar la criminali- 
dad, al descubrimiento de ciertos supuestos morhosi.s- 
mos congénitos determinantes imperiosos del delito, al 
estmlio de la herencia, del temperamento del clima,' de 
la alimentación, del medio social. 

Líbreme Dios, señores, de mirar sin respetuosa ad- 
miración la actividad científica moderna, .pie á todos 
nos arrastra en su anhelo de verdades experimentales 
inauditas. Sigamos hacia adelante con nuestros métodos 
perfeccionados; reproduzcamos artificialmente los fe- 
nómenos físicos, y aun los psí.iuicos de introspección, 
para interrogarlos, y confrontarlos, y forzarlos á reve- 
larnos su ley: arranquemos al organismo humano la ley 



420 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

de sus funciones más recónditas, la de sus relaciones 
más íntimas con las operaciones de ese yo permanente 
que habita nuestra carne sin ser carne, y cuya activi- 
dad precede á la manifestación del ser sensible, man- 
tiene su unidad al través de las modificaciones, y dirige 
su evolución según el tipo que debe realizarse ; arran- 
quemos á la célula el secreto de su misteriosa vibración, 
y el de su afinación intrínseca con la universal armo- 
nía; pero confesemos, señores, que las conclusiones de 
la ciencia experimental en esas materias son instables, ' 
son frágiles y variables; las hipótesis, esos inspirados 
poemas de la ciencia, que es también poesía, se suce- 
den sin cesar, se rectifican, se devoran las unas á las 
otras; los sabios se contradicen, ó nos ofrecen sólo ver- 
dades provisorias, que serán ó nó confirmadas por las 
investigaciones futuras. 

Y mientras los sabios se ponen de acuerdo, señores, 
el tiempo pasa y pasa indefinidamente. Y la humanidad 
no puede sentarse á esperar, para saber á qué atenerse 
en materia de conducta; no puede sentarse á esperar 
el término, que no existe, de la investigación científica. 
Todo el bien que pudiera hacer la ciencia experimen- 
tal no sería comparable, por consiguiente, al mal que 
produciría, si ella, para vivir, tuviera que matar ó de- 
bilitar esas verdades permanentes, esas palabras eter- 
nas á que antes me he referido, y que no son el simple 
resultado de los raciocinios ó de las vacilantes expe- 
riencias del hombre. 

Recuerdo en este momento, señores, una profunda 
observación de Taine en su estudio sobre la literatura 
inglesa. « Un inglés que entra en la vida, dice el ilus- 
tre pensador, encuentra respuestas hechas sobre todas 
las grandes cuestiones; un francés que entra en la vi- 



< AKCRK l>K MIMKHKh 421 

da, n<) (wu'Ui'ulrH sttliitt lo(liis Iuk ^rtiiidoN ciioHtionnM, 
sino (Imlus |»iu|)u<'sf.aH. Lo ch iu'cohhimo, «ii ohU^ con- 
flicto (Ir (»|»iiiinin's, lia«»Ms«< la Ir pnr si iiiÍHnio, y, no 
pudit^ndo hacf'i' la! <ii la mayoría d«« los caHOH, hu f'Kpí- 
riüi (ju«<da al)¡orto i'i lerdas las incorl-iduinhrps, expUí^Hto 
H f.odas las curiosidades, presa fio todas las angUHtiaM». 

La t;i<MU'ia <'s y im ininlr menos de sei* benéfica, se- 
fiores, en todas sus apüíMciones, incluso las que so re- 
fieren al der(>clu) criminal, al tratamiento de los delin- 
cuentes, al régimen de las prisiones; pero es ¿condición 
do (jueno pretenda ajiagar, ni si(piiera nublar á los ojos 
del hombre, la luz d«d sol (pie brilla en el cielo, á título de 
(pie ya existe, [)ar.i sustituirla con ventaja, la lampari- 
lla eléctrica encendida por el sabio en su mesa de la- 
bor; es á condición do'ciue no intente desalojar con sus 
hipótesis y sus ex[)eriencias las grandes verdades evan- 
gélicas (jue son la base de la sociedad cristiana; es á 
condición de que el ministro de la ciencia no se consi- 
dere incompatible con el ministro de la caridad. 

Hoy se sostiene, señores, que el criminal es un en- 
fermo. Yo, por mi parte, aun dentro de mi criterio cris- 
tiano, puedo asentir sin violencia á tal proposición, sin 
por eso, confundir en absoluto la ciencia penal con la 
ciencia antropológica. Sí; hay mérito en ser bueno, 
porque se lia nacido malo ; sí, señores, el hombre es 
un enfermo, el criminal es un enfermo. Y precisamente 
por eso, es la caridad la que ante todo debe presidir 
nuestro criterio al jienetrar en estas cárceles, y es la 
hermana de caridad la que debe ser el agente de la so- 
ciedad cristiana en su régimen interno. 

Es verdad, señores, que la ciencia del derecho penal 
no confunde ni puede confundir el delito con el peca- 
do; pero si eso acontece en el orden jurídico, no acón- 



422 CONFERENCIAS Y DISCURSOS 

tece otro tanto en el orden moral, en lo relativo al 
sentimiento que el criminal debe inspirarnos; si eso 
acontece en las relaciones del hombre con la sociedad, 
no sucede lo mismo en sus relaciones con sus semejan- 
tes ante el tribunal de Dios. ¡Cuántos de los penados 
de esta cárcel, señores, no serán menos culpables que 
yo á los ojos de Dios que mira los corazones! ¡Cuántos 
no se presentarán menos confundidos que yo, el día en 
que, según la expresión de JKempis, aparecerá el Maes- 
tro de los Maestros, Cristo, el Señor de los ángeles, 
para oir la lección de todos, esto es, para examinar la 
conciencia de cada uno! Entonces, dice la ciencia del 
espíritu cristiano, registrará á Jerusalén con lámparas, 
y se pondrán de manifiesto los secretos de las tinieblas, 
y enmudecerán los argumentos de las lenguas. 

Así habla, señores, la ciencia del espíritu, que es 
también una ciencia; según ella, todos somos enfer- 
mos, todos tenemos iiecesidad de compasión; según 
ella, el delincuente jurídico debe hallar en nosotros, lo 
que nosotros, delincuentes morales, tenemos necesidad 
de encontrar en el Supremo Juez : caridad, misericordia. 

Es ese el espíritu que nos garante en el interior de 
esta Cárcel (pie inauguramos la presencia en ella de 
esas mujeres vestidas de blanco á quienes las penadas 
llamarán hermanas, y que siguen las huellas del Buen 
Pastor, del que abandonó el rebaño para ir á buscar la 
oveja extraviada entre las malezas, y cargarla sobre 
los hombros para devolverla al aprisco. 

¡Pobres mujeres culpables! Ahí quedarán, señores, 
dentro de los muros de esta Cárcel que les hemos cons- 
truido para que paguen su deuda á la sociedad. No es 
posible que dejemos de experimentar, pues somos cris- 
tianos, un sentimiento de conmiseración y de |)ena al 



CAHOBI MI', MrJKHBS 42K 



flojarlns cii su |iiiNitiii ; pno rs hkIikIhIiIí' (jin- nuMsira 
pona s(> at<'in'ia, y casi se disipa por ((iiiipU'lo, a) p«»i- 
s)U" «pK', al mismo l.ioiii|i(t (pie ol caHf.i^o, Ihh hnmOH 
dado tíidos los <'l»«tni>iitoH d»^ reg('iipra(!Í(')n y do paz. 

Y («xarniíK'inos hioii ese g.^neroso movimiíüito (\f nues- 
tro eH|)írit,u, sonoros: nnoHlro consuelo no sci l)asa hóIo 
en el hecho de |»od»>r decir " <piedan en manos do la cien- 
cia» ; se tunda sohrt* lodo en el hecho de poder decir, al 
mirar esas hermanas ({ue permanecen encarceladas con 
ellas, « quedan á la sombra de la Car^iad ». 



íNDirp: 



nenciihrimipnto y conquintn del Rio «le la Plaln 

SUMARIO: Exor<ln>. — Kl continrntc anieri'-ano.— Kl homhrp «nipri- 
cano. — La llegada Hcl hombre europeo. .Juan I>laz He 
SolU. — El rio do la Plata. — La conquista — El charnía. — 
Magallanes y Elcano.— Oaboto. — Don Pedro de Mendoza.— 
Ayolas. Irala.— Alvar Núñcz. — Don Juan de ífaray.— Fun- 
dación lio ciuilades. Buenos Aires. — Asunc¡<\n. Caráoter 
especial do la colonización del Río de la Plata. — Don Bruno 
Mauricio de Zabala. — Montevideo 1 

El mpnNRjje de América 

SUMARIO: La sugestión de las cosas: Kl Monasterio de la Rá- 
bida, el Puerto de Palos, el Odiel. la barra del Saltes, los 
habitantes do la región, las carabelas. — La persona Hispa- 
nia. — Lo que es una nacionalidad. — La nacionalidad ibérica. 

— Su curso al través del tiempo y del espacio. — Dos men- 
sajes: el de América á España; el del mundo español al 
genio hispánico. — Gloria A Dios 41 

Derecho Internacional 

SUMARIO: Contestación al saluilo del señor Cánovas del Castillo. 
Objeto y naturaleza del Congreso Jurídico Ibero- Americano. 

— Las personas internacionales. — La sociedad internacio- 
nal. — El derecho entre personas internacionales. — La au- 
toridad internacional. — Derecho individual y derecho social. 
— La guerra. — Las revoluciones.^ Ideal remoto del derecho 
internacional. — El arbitraje. — Derecho internacional pri- 



426 ÍNDICE 



vado. — Divergencia posible de criterio entre los estados eu- 
ropeos y los americanos. — Ley personal y ley territorial. — 
El Congreso de Montevideo. — El hombre conao persona de 
derecho internacional. — La nacionalidad ibero -a.niericana. 55 

^ La Lengua Castellana 

SUMARIO: El descubrimiento de América, hecho inicial de la 
edad moderna. — La lengua castellana en América. — Nece- 
sidad y conveniencia de su cultivo y consci-vación, ante 
todo en España y para España. — Proporciones y efectos de 
su difusión en América. — El maestro Lebrija y su primera 
gramática. — Necesidad y conveniencia de la conservación 
del castellano en América. — Proposición de don Andrés 
Bello. — La unidad de lengua signo de progreso y esplendor. 
—Las lenguas americanas. — Su infinita variedad. — Causas 
de ésta. — La procedencia del hombre americano. — Las tri- 
bus aisladas. — La conservación del idioma concillada con 
su vida y su desarrollo orgánico. — La influencia popular 
concillada con la científica. — Influencias que han obrado 
sobre la lengua ca.stellana en América. — Acción de las len- 
guas extranjeras. — El vocabulario y la sintaxis. — Principios 
fundamentales de Max MüUer. — La herencia común 83 

Núñez de Arce 

SUMARIO: «Nuestro» poeta. — Añoranzas de América. — Glorifica- 
ción de España en el poeta español. — El poeta y la poesía. 

— La forma rítmica. — La región de las madres. — El que 
viene de allá. — Los que reciben el mensaje musical. —Lo 
qu.e trajo Núñez de Arce á su regreso. — La aclamación de 

la raza 111 

Congreso Pedagógico 

SUMARIO: Los debates del Congreso. — El propósito común de di- 
fundir la instrucción educadora. — Adhesión á él del Uru- 
guay.— La pedagogía como ciencia y como arte. — Sus re- 
laciones con el hombre y con las naciones. — Unión de España 
y los estados hispanoamericanos para su estudio. — La anti- 
gua y la moderna pedagogía. — Sus transformacioues.— Raza 
latina y familia hispánica. — La independencia americana. 

— Su carácter. — Después de la lucha. — El valor pagano y 

el valor cristiano 121 

i'El idealismo hispánico 

SUMARIO: Una lismona del Uruguay. —El espíritu de caridad.— 
La intención actual y la virtual. — Las fiestas paganas y las 



iNDiCB 437 

crintiniinii. Kl Miifilmi rn FI»vio. Kl i<l«'AlMni<i /. K» un 
<l<<fo<'lii il<* Ik rii«N? - Kl iilitHlinnio (•N|int'iol i|f<hi'iil>ri<'> AnW)- 
rJc'M. Lm «iniirmii ili< (^«lUn. Lit loiMirii il« C'nlfSn y lo rl» 
Kt.|>iiAii. Kv<)nHoi<^^ >\t< Isütwl, Ih rnujfr roiiiM Hu Mp*ri 
t'ión. Kl h<\roi< y el pnohl»» i-n <|in» urrnign. Lo» i<in*l«a 
quo •"• vüii. Kl Í'IxhI t-n Ih hoI» r<>iili<lH<i. - ('onHr-rVArii'tn rlM 
loM Ki'H"'^'"'' i'lcnli"4 cu i'l fiiM'lo ilfl nlnii* hinpánif'H 187 

l-:ii la llt'Hl .\«>iiil«*m in l';«*|ti<ii<tl<i 

SIM AHIO: I.H AniKlcmiii KspHñdln. «ftsH RDlur <l<' lii leiiKOn liir.pA- 
nica. — l'n «iiticiin HÍifto. Su origen. Su tranRÍorirmción. 
— ronvoniem-ia común fio hi autorMaH rio la Aca-lemi». -- 
Como la Aca<lomia Española abre sus puertas al verl'O ame- 
ricano 

F:n lii Kt'Nl /\«'a(l«-mÍH fl<- Ih IIÍMl<»i-in 



157 



Pnlahm- v'"""""*-*''*''*'' t'n la Acarlprnia He la Histfiria He MaHríH 
n\ incorporarse á ella, y contesiaHas por el señor Antonio 
Cánovas Hcl Castillo. presiHente He la AcaHcmia I'i5 

Ln música 

SUMARIO. De paso por la patria. - El arte. — E.í educaHor en si 
mismo. — Sobre la fórmula «el arte por el arte». — El arte 
al través ilel tiempo. -La música. — Es ciencia, es arte y es 
lengnaje. Resumen He su histDria. — El nuevo dia cristiano. 

— El Dante y San Francisco. — Los grandes nombres. — El 
arte en el siglo XIX. Lo que es la creación artística. — El 
siglo de Bcthoven. —Los grandes nombres contemporáneos. 

— ¿Dónde está santa Cecilia?— No fué música, pero es y 
debe serla patruna del arte musical. — Historia melodiosa 
de la virgen romana. — La música es sugestión ; es desperta- 
dora de lo dormido: exige predisposición en el alma y en 
el organismo. —Oración panegírica de Cecilia. Una frase 

de Pasteur. - Camino de la Iuí; armoniosa 171 

A trabajar en paz 

SUMARIO : Diputado católico.--Su carácter como representante del 
pueblo y su programa. - La confirmación social de sus po- 
deres.— Ratificación de sus invariables declaraciones. — La 
frase-programa del Presidente de la República: «A trabajar 
en paz por los intereses de la Patria •. — Puesto y programa 
de los católicos en la ejecución de ese propósito. — El pro- 
greso matcriul y el progreso moral.— No sólo de pan vive 
el hombre. — La riqueza. — El dinero.- La inmigración y el 



428 ÍNDICE 

Págs. 

hombre de la tierra. — Lo que es la virtud del patriotismo. 

— El gaucho. — La única entidad que se acerca al pueblo 
para elevar su nivel moral. — La organización católica. — La 
parte que en ella corresponde á la mujer. —La revolución 
del Quebracho.— Ineficacia de las revoluciones para el mejo- 
ramiento moral del pueblo. -El único recurso eficaz 193 

A los amigos 

SUMAEIO : Contestando la bienvenida del prelado. — Agradeciendo 
á los amigos. — Yo creo, Señor; ayuda Tú mi incredulidad. 

— La obra literaria. — La labor diplomática. — Lo que es la 
fe, — El ciego de Jericó. — Los servicios á la causa católica. 
Retribuyendo el abrazo de la amistad 219 

El Arzobispo de Montevideo 

SUMARIO: Ofrecimiento. — Monseñor Soler, tercer obispo de Mon- 
tevideo. —Las circunstancias de su elección. —El Arzobispo 
de Montevideo en el Concilio Latino-Americano. — Concepto 
de que goza Monseñor Soler en el Vaticano.— Monseñor So- 
ler se debe á su patria. — Las actuales perturbaciones del 
mundo, y la parte de responsabilidad que corresponde á los 
católicos en ellas. — La voz de León XIII. — El significado 
de las manifestaciones populares á Monseñor Soler. — El brin- 
dis filial • • 231 

Unión Católica del Uruguay 

SUMARIO: El tercer Congreso Católico Uruguayo.- Un lapso de 
siete años. — Causas. — La Unión Católica. —No se refiere á 
los artículos de la fe. — Tampoco á formas de gobierno ó tra- 
diciones políticas.- Objeto característico de la Unión Cató- 
lica del Uruguay. — El partido católico del porvenir.— Cifras 
de su programa. —Muertos, dormid; no es hora todavía.— El 
« leader» del futuro. — Clodoveo el sicambro. - Cristo vive, 
reina, impera 

Bodas de Plata del Club í',atólico 

SUMARIO: El Club, casa madre de todas las instituciones laicas 
de -la república. — Su fundación por Monseñor Vera.— Situa- 
ción del pais en aquel entonces. — Sus jóvenes fundado- 
res.— Horacio Tabares, primer presidente. —El doctor Soler. 

— El primer Arzobispo de Montevideo. — Obras que se han 
desprendido del Club. —«El Bien PLiblico», los «Círculos de 
Obreros», la «Unión Católica del Uruguay ». — Misión que se 
ha reservado el Club. — Paz y alegría. — Los coros de niñas. 

— La poesía • • 



241 



259 



iNiun-; 4*¿9 

l.ii%iill<>jn 

si MAKio: Kl uiiDKiitii <li> lit Kloiiilii. Kl Ii/mch' •Ih Iii |in(ria. 

Alii t'vtiV. Kl liiiiiiH) <l<- Ion liiniruiN: \t% M>■lllllmrll^|| impti- 
lur. ('i'iiint nitcM'ii liiM initrliin. Arti^uH i-l tiii<n*iiJrro. — |,a 
iii(l)<|M>iiil«<n(<iii ilitl l'rti|{ii.i,v, ley ((<">l''*KÍ''<ti ittiiolf^gtcK, gno» 
KriVrica .V Hi)('i(il('iKÍ<^ii; 1«.V MU|)i<ri()r A lii voluiita'l ilu loa 
liaiiibros ó irr<ni)(!Hl)lo. Lu l<<iiiiu lifri<lii. ArtlKiio "" l><> 
iiio. — La oNjK'c.tativii iln lii |iiiti-iii iiluiiiclunndit. ~ Kl nui'Vit 
iinKÍ>t<> hiiVMlh'jit. - Kn lii AKriciitilH. A |>í<<. Unit |>á- 
Kinii lio HoiDorc). -• ('lii'VoHte volvt«rá, y volverá ron niltallo*. 

1jHVh1I*'Jii A c'iiliallo. Kl caballo do Laval lo ja- — Artiga*, 
Uiveru y Lavall»>ja. -Lo» tres vértifíea 'MI 

León XIII y la Ainórifa i. aliña 

SUMARIO: CAmo la misma Santidad de JiOÓn XIII jiroitiiso e»e 
tema al orador. Rof-nerdo d<>l gran pontlfire.— Lo/m XIII en 
el pontlfioc suscitado i>or Dios para fonfirmur. on forma 
fxpresa, la indepondonniade la Amérira Latina, cnyos «'stadoü 
son hijos de lu di-mocraola cristiana. — La perpntua reapari- 
ción do Cristo en la serie de los j)ontlfices romanos — La 
cuna de la dinastía sagrada. — Pedro el pescador y sns suce- 
sores. —Tocando las cumbres. — Kl imperio romano; los bár- 
baros; fundación de las sociedades cristianas sobro la base 
de los bárbaros convertidos. — La nueva invasión. — La revo- 
lución de I78H. — Los bárbaros < sans onlotte». — Un nuevo 
elemento. — El pueblo. — El origen del poder público.— La so- 
beranía popular. - Una evolución natural precipitada por 
la revolución. — L(!Ón XIII aplica á los bárbaros modernos el 
mismo px'ocedimiento aplicado por la Iglesia á los antiguos 
bárbaros.— El procedimiento de la Iglesia.— Pío VII y Napo- 
león. — Pío IX. — Las dinastías. — «i Allez au penple!». —El 
nuevo soberano originario. — La América democrática y re- 
publicana. — La revolución americana no es hija de la revo- 
lución francesa. — Caracteres que las distinguen y diferen- 
cian. — El regalismo. — Opiniones de Avellaneda sobre el Con- 
greso de Tucumán. — Teorías de Hegel, Goethe, Carlyle y 
Taine. — Artigas como espíritu de la revolución americana. 
—La América al encuentro de Colón.— Sale al encuentro de 
León XIII 297 

Chile -Uruguay 

Discurso pronunciado en el banquete ofrecido por la Comisión 
Popular urugnay.t :l la « Delegación Chilena en el Rio de 
la Plata», que visitó A Montevideo en ocasión del afianza- 
miento de la paz entre Chile y la Argentina — (3 de Janio 
de 1903) 329 



430 ÍNDICE 

Págs. 

Monseñor Jacinto Vera 

Discurso pronunciado, en el atrio de la Catedral de Montevideo, 
ante el cadáver del Ilustrisimo y Reverendísimo señor don 
Jacinto Vera, primer obispo del Uruo:nay 337 

Don Francisco Bauza 

Discurso pronunciado en el Cementerio de Montevideo, al inhumarse 
los despojos del señor don Francisco Bauza, el 5 de Diciem- 
bre de 1899 343 

Doña Sofía JackNon de Buxareo 

Discurso pronunciado, el 4 de Septiembre de 1900, al inhumarse, 
en el panteón de familia de la capilla de Jackson, en La- 
rrañaga, los restos mortales de la señora doña Sofía Jack- 
son de Buxareo 349 

Paz & los hombres 

SUMARIO: El espíritu de la multitud. — La guerra civil — Sus ver- 
daderas causas en el Uruguay. — La nueva solución. — Lo 
que significa la manifestación popular iniciada por la Cá- 
mara de Comercio. — El señor BafcUe y Ordóñez y los tra- 
bajos de paz. — La gloria común. — La paz hija de paz 357 

Obra de paz 

SUMARIO: Las manifestaciones al presidente de la república. — 
Su significado. — El pueblo se aclama á sí mismo. — El prin- 
* cipio de autoridad. — El acatamiento al fallo del sufragio. — 
La bandera y el abanderado. — El ciudadano BatUe y Ordó- 
ñez. — Sus títulos. — Los palmares de Soto. — La miijer en la 
obra de paz. — El brindis , 365 

Las Misiones Salesianas 

SUMARIO: El derecho de conquista sobre los primitivos pobla- 
dores de América. — Las diferentes doctrinas al través del 
tiempo. — La doctrina verdadera. — La Conferencia de Ber- 
lín. — Las soberanías africanas. — Los indios no constituían 
una persona política capaz de soberanía, pero eran per- 
sonas humanas, con la plenitud de los derechos de tales. 
— Las doctrinas de los teólogos españoles del siglo xvi. 
Fray Bortolomé de Las Casase Isabel la reina. — El sol- 
dado y el misionero. — Las misiones jesuíticas del Para- 
guay. —Los misioneros salesianos. — Don Bosco.— Su sem- 
blanza. —Su vocación de misionero. — San ;Prancisco de 
Asís y don Bosco. — El ensueño de don Bosco. — Su reali- 



iMillK 



4U1 



/.iicl.'.ii. I,H ri)nr«iHÍi'iii lili aliiiUN. Kl iiii|ii.iiii||Mino «uin- 
Nimio, hii iii<li<|i«n<ltiiirin dn AitiArim. I.n •nicUItlIlcJiíd 
iiiii..rlrniiu. Hii inuiiKiMiriúii «Uní. a. Kl iiii.iniu.rii nn «I 
pu.l>lo Kh civiliKiicli'in KN iiiH.-|iiiral>li- iImI <ri-iiiitnUiii.i. 
i. 11 .IfiiiiMi lililí. Hiiii liiilii<l:i iiliiiiiiiiiii. (Ir^titiiil 



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SITMAHK); Kl <l..li..i- KKüiftl. - Lhm pcnim y un »>j«ruri<'ii». ■ Kl 
.I.T.riio piMiiil y I-I .l..iiM-h() imtiiial. Kl orÍK..n <Ji.l .l«r«- 
«•ho (lo ••iiHtÍKiir. I.a inÍNÍi'>n de Iah f.ároí'lBH. — La riiriH- 
flucción il». Iii »;iirc..l ,!•• mujorcH- Las h^rnianas del «Itiinn 
Pastor». (;nrida.l. ha iTÍmiii(il»)t{la iiiodcriiH. — La cii-n- 
cirt y su esfera de acci.'m. |,i, ciifernií'cjail de la delin- 
ciiencia. Kl dclit.. y d |)i.cado. Misericordia 



411 



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PQ Zorrilla de San Martin, Juan 
^519 Conferencias y discursos 

1905 






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